Ciudad de las nubes

Ciudad de las nubes


Diez

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DIEZ

LA GAVIOTA

La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Κ

… la diosa descendió de la noche. Tenía cuerpo blanco, alas grises y una boca color naranja intenso como un pico, y, aunque no era tan grande como me había esperado que fuera una diosa, tuve miedo. Aterrizó sobre sus pies color naranja, dio unos pasos y empezó a picotear un montón de algas.

—Ínclita hija de Zeus —dije—, te lo suplico. Di el encantamiento mágico que me transmute de esta forma a otra, para así poder volar hasta la ciudad de las nubes donde todas las necesidades son satisfechas y nadie sufre y cada día brilla como si fueran los primeros días después del nacimiento del mundo.

—¿Se puede saber qué rebuznas? —preguntó la diosa y su fétido aliento a pescado casi me hizo desmayarme—. He volado por todas estas regiones y jamás he visto un lugar así, ni en las nubes ni en otra parte.

Estaba claro que era una deidad cruel deseosa de tomarme el pelo.

—Al menos podrías usar tus alas para volar a algún lugar alegre y cálido y traerme una rosa, así podría regresar a lo que era antes y empezar mi viaje de nuevo —dije.

La diosa señaló con un ala un segundo montón de algas.

—Esa es la rosa del mar del norte y tengo entendido que, si comes lo bastante, te sentirás raro. Aunque puedo asegurar con solo mirarte que a un capullo como tú jamás le saldrán alas.

A continuación exclamó un «ah ah ah» que sonó más a risa que a palabras mágicas, pero aun así me metí la maraña viscosa en la boca y mastiqué.

Aunque sabía a rábanos podridos, empecé a notar una transformación. Se me encogieron las patas, lo mismo que las orejas, y me salieron unas hendiduras detrás de la mandíbula. Sentí escamas deslizarse por mi lomo y una baba cubrirme los ojos…

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