Ciudad de las nubes
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Seymour
Agazapado junto a la estantería volcada de los audiolibros, escudriñando por una ranura de la ventana, mira cómo ocupan sus puestos dos coches de policía más, como si estuvieran formando una pared alrededor de la biblioteca. Figuras encorvadas pasan deprisa por la nieve en Park Street, puntitos rojos viajan con ellos. ¿Escáneres térmicos? ¿Visores láser? Sobre los juníperos flota un trío de luces azules: alguna clase de dron controlado remotamente. Son las criaturas que hemos elegido para repoblar la tierra.
Seymour repta de vuelta al atril del diccionario y está intentando tragarse el remolino de pánico que tiene en la garganta cuando suena el teléfono del mostrador de recepción. Se lleva las manos a los protectores auditivos. Seis timbrazos siete ocho y para. Un momento más tarde, el teléfono de la oficina de Marian —poco más que un armario escobero detrás de las escaleras— es el que suena. Siete timbrazos ocho timbrazos para.
—Deberías cogerlo —dice el hombre herido al pie de las escaleras. Con los protectores puestos, su voz suena lejana—. Están buscando una manera pacífica de resolver esto.
—Por favor, cállese —contesta Seymour.
Ahora vuelve a sonar el teléfono de la recepción. El hombre al pie de las escaleras ya ha causado suficientes problemas, de hecho lo ha estropeado todo. Las cosas serían mucho más fáciles si no hablara. Seymour le hizo quitarse los auriculares color verde lima y tirarlos al pasillo de Ficción, pero el hombre sigue sangrando en la moqueta raída de la biblioteca embrollándolo todo.
Seymour va a cuatro patas hasta el mostrador de recepción y arranca el cable del teléfono de la clavija de la pared. Luego repta hasta el despacho tamaño escobero de Marian, donde el teléfono se ha puesto a sonar otra vez, y arranca también el cable.
—Eso ha sido una equivocación —dice el hombre herido.
Una pegatina en la puerta de Marian dice: «La biblioteca: donde el silencio es posible». Imágenes de su cara pecosa asoman en el campo visual de Seymour y pestañea para ahuyentarlas.
«Gran búho gris. Con mucho, la especie de búho más grande del mundo».
Se sienta en el umbral del despacho de Marian con la pistola en el regazo. Las luces de la policía proyectan borrones de rojo y azul en los lomos de títulos de narrativa juvenil. Puede sentir el rugido girar al otro lado de los cristales. ¿Estarán apuntándole francotiradores ahora mismo? ¿Tendrán herramientas para ver a través de las paredes? ¿Cuánto falta para que tomen el edificio por asalto y le maten a tiros?
Del bolsillo izquierdo saca el teléfono con los tres números escritos en el dorso. El primero detona la bomba número uno, el segundo la bomba número dos; el tercero se supone que debe marcarlo si hay algún problema.
Seymour marca el tercer número y se levanta uno de los cascos de los protectores auditivos. Suenan varios timbrazos, un pitido y la conexión se corta.
¿Significa eso que han recibido el mensaje? ¿Se supone que tiene que decir algo después del pitido?
—Necesito atención médica —dice el hombre al pie de las escaleras.
Seymour marca de nuevo. Suena suena suena suena suena suena suena suena suena pita.
—¿Hola?
Pero en cuanto suena el pitido, la llamada se corta. Probablemente significa que hay ayuda en camino. Significa que han recibido el mensaje, que estarán activando la red de apoyo. Hará tiempo y esperará. Hacer tiempo, esperar y la gente de Bishop llamará de vuelta o llegará para ayudar y todo se solucionará.
—Tengo sed —dice el hombre herido y de algún rincón llegan voces de niños y el silbido del viento que aúlla y el rugido de olas al romper. Trampas de la mente. Seymour vuelve a ponerse los protectores auditivos, coge una taza decorada con gatos de dibujos animados de la mesa de Marian, se arrastra hasta el dispensador de agua, la llena y la deja al alcance del hombre.
El cubo de basura junto a las butacas, que recoge el agua de la gotera, está lleno en tres cuartas partes. El hervidor que tiene debajo emite una serie de chirridos cansados. «Tenemos que ser fuertes todos —dijo Bishop—. Los acontecimientos inminentes nos pondrán a prueba de maneras que ni siquiera podemos imaginar».