Ciudad de las nubes

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Zeno

Las preguntas se persiguen las unas a las otras en el carrusel de sus pensamientos. ¿Quién disparó a Sharif y cómo de graves son sus heridas? ¿Por qué le hizo una señal Sharif de que volviera arriba? Si las luces que hay a la puerta de la biblioteca son fuerzas del orden o de una ambulancia, ¿por qué no entran? ¿Es porque el asaltante sigue dentro? ¿Solo hay uno? ¿Se está avisando a los padres de lo que ocurre? ¿Qué se supone que tiene que hacer él?

Sobre el escenario, Etón el asno camina por el confín helado del mundo. Del altavoz de Natalie llega el sonido de olas del mar rompiendo en la grava. Olivia, con una gran cabeza blanda de gaviota y leotardos amarillos, señala con una de sus alas de fabricación casera un montón de papel de seda verde sobre el escenario. «Tengo entendido —dice— que, si comes lo bastante, te sentirás raro. Aunque puedo asegurar con solo mirarte que a un capullo como tú jamás le saldrán alas».

Alex, que es Etón, coge un poco de papel de seda verde, se lo mete en la boca de asno de papel maché y sale del escenario.

Olivia la gaviota se vuelve hacia las sillas.

—No tiene sentido para un asno como este hacer castillos en el aire. Ser sensato se llama «tener los pies en la tierra» por una razón.

Desde fuera del escenario, Alex grita:

—Pues algo sí está pasando. Lo noto.

Christopher cambia la luz de discoteca de blanca a azul, los torreones de la ciudad de los cucos y las nubes centellean al fondo y Natalie sustituye el rugido de las olas por ruido de borboteo y gorgoteo y burbujeo bajo el agua.

Aparece Alex en el escenario con su cabeza de pez hecha de papel maché. El sudor le pega el flequillo a la frente.

—¿Podemos hacer un descanso, señor Ninis? ¿Medio tiempo?

—Quiere decir entreacto —dice Rachel.

Zeno levanta la vista de sus manos temblorosas.

—Sí, sí, por supuesto, un agradable y tranquilo entreacto. Buena idea. Lo estáis haciendo maravillosamente. Todos.

Olivia se quita la careta.

—Señor Ninis, ¿de verdad cree que deberíamos decir «capullo»? Mañana van a venir algunas personas de la parroquia.

Christopher hace ademán de dar la luz, pero Zeno dice:

—No, no, mejor a oscuras. Mañana estaréis entre bastidores con poca luz. Vamos a sentarnos entre bambalinas, detrás de las estanterías que ha puesto Sharif, lejos del público, igual que estaremos mañana por la noche, y lo hablamos, Olivia.

Los guía detrás de tres estanterías. Rachel reúne las hojas de su guion y se sienta en una silla plegable, Olivia guarda el papel de seda verde arrugado en una bolsa y Alex repta detrás del perchero con los disfraces y suspira. Zeno se coloca en el centro del círculo que forman con su corbata y sus botas de velcro. A sus pies, la caja de microondas convertida en sarcófago se transforma momentáneamente en una cabina de aislamiento detrás del cuartel general del Campo Cinco —medio espera que Rex salga de ella, demacrado y sucio, y se ajuste las gafas rotas sobre la nariz— y a continuación vuelve a ser una caja de cartón.

—¿Alguno de vosotros —susurra— tiene un móvil?

Natalie y Alex niegan con la cabeza. Alex explica:

—Dice mi abuela que no hasta que esté en sexto.

Christopher dice:

—Olivia tiene uno.

Olivia rebate:

—Me lo quitó mi madre.

Natalie levanta la mano. Sobre el escenario, al otro lado de las estanterías, el gorgoteo submarino sigue saliendo de su altavoz, desorientando a Zeno.

—Señor Ninis, ¿qué es un periquete?

—¿Un qué?

—La señorita Marian dijo que volvería con las pizzas en un periquete.

—Un periquete es como un papagayo —dice Alex.

—Eso es un periquito —replica Olivia.

—Es el palo de un barco —dice Christopher.

—Un periquete es poco tiempo —responde Zeno—. Un ratito.

En algún lugar de Lakeport suenan sirenas.

—Pero ¿no ha pasado ya más de un periquete, señor Ninis?

—¿Tienes hambre, Natalie?

La niña asiente con la cabeza.

—Yo tengo sed —apunta Christopher.

—Seguramente las pizzas se retrasan por la nieve —dice Zeno—. Marian volverá enseguida.

Alex se sienta erguido.

—Podríamos bebernos alguna de las zarzaparrillas de la ciudad de los cucos y las nubes.

—Son para mañana por la noche —dice Olivia.

—Supongo que no pasa nada —propone Zeno— si os tomáis cada uno una zarzaparrilla. ¿Podéis cogerlas sin hacer ruido?

Alex se levanta de un salto y Zeno se pone de puntillas para mirar por encima de las estanterías mientras el niño rodea el escenario y se agacha para pasar por el hueco entre el telón pintado y la pared.

—¿Por qué no puede hacer ruido? —pregunta Christopher.

Rachel lee su guion siguiendo las líneas con el dedo índice.

—¿Qué hacemos entonces con lo de la palabrota, señor Ninis? —dice Olivia.

¿Se está desangrando Sharif? ¿Debería Zeno actuar más deprisa de lo que lo está haciendo? Alex sale de detrás del otro extremo del telón en albornoz y pantalones cortos con una caja de veinte zarzaparrillas marca Mug.

—Cuidado, Alex.

—Christopher —susurra Alex mientras rodea el proscenio del escenario de conglomerado—, esta es para…

Entonces se engancha el dedo del pie en la tarima, tropieza y doce latas de zarzaparrilla vuelan sobre el escenario.

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