Ciudad de las nubes

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Omeir

Durante millas y en todas las direcciones martillos retiñen, hachas cortan, camellos rebuznan, ladran y balan. Deja atrás campamentos de maestros arqueros, campamentos de guarnicioneros, de zapateros y de herreros; hay sastres confeccionando tiendas dentro de tiendas más grandes; niños correteando de aquí para allá con cestas de arroz; cincuenta carpinteros construyendo escalerillas con troncos llegados por mar. Se han cavado zanjas para los desechos humanos y animales; el agua para beber se almacena en montañas de barriles; al fondo se ha construido una gran fundición portátil.

Llegan hombres de todos los rincones del campamento para ver el cañón que centellea, inmenso y reluciente, en su carro. Los bueyes, cansados por el barullo, permanecen muy juntos: Rayo de Luna parece dormir de pie mientras mastica, incapaz de levantar la cabeza por encima de la línea del lomo, y contrae una oreja. Omeir le embadurna el anca trasera izquierda con una mezcla de saliva y hojas de caléndula, como habría hecho Abuelo, y se preocupa.

Al anochecer, los hombres que han traído el cañón de Edirne se congregan alrededor de calderos humeantes. Un capitán se sube a una tarima para proclamar que la gratitud del sultán es inmensa. En cuanto la ciudad esté ganada, dice, todos tendrán ocasión de elegir una casa, y un jardín, y una mujer por esposa.

De noche el ruido de los carpinteros que construyen un soporte para el cañón y una empalizada para ocultarlo interrumpe el sueño de Omeir y durante todo el día siguiente los boyeros y los bueyes trabajan para levantar la segunda. De tanto en tanto llega una flecha de ballesta silbando desde el parapeto almenado en lo alto de la muralla exterior de la ciudad y se clava en un madero o en el barro. Maher agita el puño en dirección a las murallas. «Tenemos algo más grande que eso para lanzaros», grita, y todo el que lo oye ríe.

Esa tarde en los pastos donde apacientan los bueyes, Maher encuentra a Omeir sentado encima de un bloque de piedra caliza desprendido y se agacha a su lado y empieza a pellizcarse una costra de la rodilla. Miran el campamento que llega hasta el foso y las torres blancas como la cal, estriadas de rojo por los ladrillos. Con el sol poniente, el laberinto de tejados al otro lado de las murallas parece arder.

—¿Crees que para mañana a esta hora todo eso será nuestro?

Omeir no dice nada. Le avergüenza reconocer que el tamaño de la ciudad lo aterroriza. ¿Cómo han podido los hombres construir un lugar así?

Maher perora sobre la casa que elegirá, que tendrá dos plantas y canales de agua discurriendo por un jardín con perales y jazmines y sobre cómo tendrá una esposa de ojos oscuros y cinco hijos y al menos una docena de taburetes de tres patas… Maher siempre está hablando de taburetes de tres patas. Omeir piensa en la casita de madera en la cañada, en su madre haciendo requesón, Abuelo cojeando en dirección al establo, y la añoranza se apodera de él.

En la cima de un altozano a su izquierda, protegidas por escudos, varias zanjas y un muro de cortinajes, el conjunto de tiendas del sultán aletea en la brisa. Hay tiendas para su guardia personal, tiendas para sus consejeros y tesoreros, para sus reliquias sagradas y sus cetreros, sus astrólogos y estudiosos y catadores de comida; tiendas cocina, tiendas letrina, tiendas para la contemplación. Junto a una torre vigía ondea la tienda privada del sultán: rojo, oro y tan grande como un bosquecillo. Su interior está pintado, según ha oído Omeir, de los colores del paraíso y se muere por verlo.

—Nuestro príncipe, en su infinita sabiduría —dice Maher siguiendo la mirada de Omeir—, ha descubierto una flaqueza. Un defecto. ¿Ves allí donde el río entra en la ciudad? ¿Donde las murallas son más bajas, a la altura de esa puerta? El agua fluye allí desde tiempos del Profeta, que la paz sea con Él, acumulándose, empapando, corroyendo. Los cimientos están debilitados y la unión entre las piedras ha empezado a fallar. Por ahí irrumpiremos.

A lo largo de las murallas empiezan a encenderse los fuegos de los vigías. Omeir intenta imaginarse cruzando el foso a nado, trepando por el escarpe, escalando de alguna manera la muralla exterior, abriéndose paso por las almenas y cayendo en tierra de nadie a los pies del enorme baluarte de la muralla interior, con torres tan altas como doce hombres. Harían falta alas; haría falta ser un dios.

—Mañana por la noche —dice Maher—. Mañana por la noche dos de esas casas serán nuestras.

A la mañana siguiente se hacen abluciones y se dicen plegarias. A continuación los portaestandartes se abren camino entre las tiendas hasta primera línea y levantan gallardetes que brillan en la luz del amanecer. Por todo el regimiento resuenan tambores, panderetas y castañuelas, un estrépito pensado para asustar tanto como para inspirar. Omeir y Maher miran a los polvoristas —a muchos les faltan dedos, muchos tienen quemaduras en la garganta y la cara— preparar la gigantesca arma. Tienen rostros tensos por el miedo constante que produce trabajar con explosivos volátiles, y apestan a sulfuro, y murmuran entre sí en un dialecto extraño igual que nigromantes, y Omeir reza por que no lo miren a los ojos, por que, si algo sale mal, no culpen al defecto de su rostro.

A lo largo de las casi cuatro millas de muralla terrestre los cañones han sido agrupados en catorce baterías, ninguna mayor que la enorme bombarda que Omeir y Maher han ayudado a arrastrar hasta allí. También se cargan armas de asedio más comunes: trabuquetes, hondas, catapultas, pero todas parecen primitivas comparadas con los bruñidos cañones y los caballos y carros oscuros y las túnicas sucias de pólvora de los artilleros. Brillantes nubes de primavera surcan el cielo sobre sus cabezas igual que naves zarpando hacia una guerra paralela, y el sol cae a plomo en las azoteas de la ciudad, cegando momentáneamente a los ejércitos fuera de la muralla, y, por fin, atendiendo a alguna clase de señal del sultán, oculto detrás de un temblor de cortinas en lo alto de su torre, los tambores y los címbalos callan y los portaestandartes bajan sus pendones.

Apostados junto a más de sesenta cañones, los cañoneros acercan pábilos a la pólvora. El ejército al completo, desde pastores descalzos reclutados a la fuerza que van en vanguardia, armados con garrotes y guadañas, hasta imanes y visires, desde escuderos y palafreneros y cocineros y flecheros hasta el cuerpo de élite de los jenízaros con sus turbantes blancos impolutos, mira. Las gentes de la ciudad también miran, forman filas esporádicas a lo largo de las murallas exterior e interior: arqueros, jinetes, contrazapadores, monjes, curiosos e incautos. Omeir cierra los ojos y se tapa las orejas con los antebrazos y siente crecer la presión, siente el gigantesco cañón hacer acopio de su abominable energía y, por espacio de un instante, reza por estar dormido, por que cuando abra los ojos se encuentre en casa, descansando contra el tronco del tejo medio hueco, despertando de un sueño inmenso.

Las bombardas disparan una detrás de la otra, de sus bocas sale humo blanco mientras las cureñas reculan con violencia por el retroceso, haciendo temblar la tierra, y más de sesenta bolas de piedra vuelan en dirección a la ciudad tan deprisa que es imposible seguirlas con la vista.

De las murallas suben nubes de polvo y piedra pulverizada. Fragmentos de ladrillo y piedra caliza llueven sobre hombres situados a un cuarto de milla de distancia y un rugido atronador recorre los batallones en formación.

Cuando el humo se disipa, Omeir cae en la cuenta de que parte de una torre de la muralla exterior se ha derrumbado; aparte de eso, la defensa parece intacta. Los artilleros vierten aceite sobre el gran cañón para enfriarlo y un oficial prepara a su escuadrón para cargar otra bola de mil libras de peso y Maher pestañea incrédulo y transcurre mucho tiempo antes de que los vítores se aquieten lo bastante para que Omeir pueda oír los gritos.

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