Ciudad de las nubes
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Anna
Está en el patio cortando leña robada cuando los cañones disparan de nuevo, doce en sucesión, seguidos del rugido distante de piedra que se derrumba. Días atrás el estruendo de las máquinas de guerra del sultán podía empujar al llanto a la mitad de las mujeres del taller. Esta mañana se limitan a hacer la señal de la cruz encima de sus huevos duros. Una jarra se vuelca en un estante y Crisa se levanta y la pone de pie.
Anna arrastra la leña a la trascocina, enciende la lumbre y las ocho bordadoras que quedan comen y vuelven al trabajo al piso de arriba. Hace frío y ninguna cose con apremio. Kalafates ha huido con el oro, la plata y las perlas, apenas queda seda y, en cualquier caso, ¿qué clérigos van a comprar vestiduras con brocados? Todos parecen estar de acuerdo en que el mundo se terminará pronto y la única tarea esencial es limpiar el alma de toda mancilla antes de que ese día llegue.
La viuda Teodora está en la ventana del taller, apoyada en su bastón. María sostiene su bastidor a pulgadas de distancia de los ojos mientras empuja la aguja a través de la capucha de brocado.
Por las tardes, después de dejar instalada a María en la celda, Anna camina una milla para reunirse con otras mujeres y niñas en la explanada entre las murallas interior y exterior. Trabajan en equipos llenando barriles de pasto, tierra y mampuestos. Ve a monjas, todavía vistiendo el hábito, ayudando a enganchar barriles a poleas; ve a madres turnándose para cuidar de recién nacidos para que las otras puedan ayudar.
Los barriles son subidos con tornos tirados por asnos hasta las almenas de la muralla exterior. Después de oscurecido, soldados imposiblemente valerosos, a la vista de los ejércitos sarracenos, trepan por empalizadas construidas a toda prisa, bajan los barriles y rellenan los huecos alrededor de ellos con ramas y paja. Anna ve bajar hasta las estacadas arbustos enteros y retoños de árbol, incluso alfombras y tapices. Cualquier cosa que amortigüe los ataques de las temibles bolas de piedra.
Cuando rugen los cañones del sultán al otro lado de las murallas siente la detonación recorrerle los huesos y sacudirle el corazón dentro de las costillas. En ocasiones una bala rebasa el blanco, entra silbando en la ciudad y la oye quedar sepultada en un huerto o destrozar una casa. Otras veces las balas alcanzan las empalizadas y estas, en lugar de saltar en mil pedazos, engullen las bolas enteras y los que trabajan en la muralla defensiva lanzan vítores.
La asustan más los momentos de silencio: cuando el trabajo se detiene y oye cantar a los sarracenos más allá de las murallas, el rechinar de sus máquinas de asedio, los relinchos de sus caballos y los quejidos de sus camellos. Cuando el viento es favorable hasta huele la comida que cocinan. Estar tan cerca de hombres que la quieren muerta. Saber que solo una pared de piedra que se desmorona les impide hacer lo que se les antoje.
Trabaja hasta que no se ve las manos delante de la cara, entonces vuelve a la casa de Kalafates, coge una vela de la trascocina y se acuesta en el jergón junto a María con las uñas rotas, las manos surcadas de tierra, tapa a las dos con una manta y abre el pequeño códice encuadernado en piel de cabra.
La lectura avanza despacio. Hay páginas con partes oscurecidas por el moho, y el escriba que copió la historia no separó las palabras mediante espacios, y las velas de sebo arrojan una luz débil y chisporroteante, y a menudo Anna está tan cansada que las líneas parecen arrugarse y amontonarse ante sus ojos.
El pastor de la historia se convierte por accidente en asno, luego en pez y ahora nada en las entrañas de un enorme leviatán, visitando los continentes mientras esquiva bestias que tratan de comérselo; es tonto, absurdo; esto no puede ser de ningún modo el compendio de maravillas que buscaban los italianos, ¿verdad?
Y sin embargo… Cuando el flujo de griego antiguo coge ritmo y Anna trepa por la historia como si trepara por el muro del priorato en las rocas —una mano aquí, un pie allí—, el frío húmedo de la celda se disipa y el mundo ridículo y luminoso de Etón ocupa su lugar.
Nuestro monstruo marino batalló con otro mayor y más monstruoso aún que él y las aguas a nuestro alrededor se agitaron y naves con cien marineros cada una naufragaron ante mis ojos e islas enteras arrancadas pasaron flotando. Cerré los ojos aterrorizado y fijé mis pensamientos en la ciudad dorada de las nubes…
Pasar la página, recorrer las líneas de las frases: aparece el rapsoda y materializa un mundo de color y sonidos en el espacio dentro de tu cabeza.
No solo, anuncia Crisa una noche, ha usado el sultán su Degollador para aislar a la ciudad desde el levante, no solo ha situado sus naves bloqueando el mar desde el oeste, no solo ha reunido un ejército ilimitado con aterradoras piezas de artillería… ahora ha traído escuadrones de mineros de plata serbios, los mayores expertos en excavar del mundo, para que horaden túneles bajo las murallas.
En cuanto María oye esto, el terror a estos hombres se apodera de ella. Distribuye escudillas de agua por la celda, se inclina sobre ellas con los ojos casi pegados y estudia sus superficies en busca del más mínimo indicio de actividad subterránea. Por las noches despierta a Anna para que escuche con ella el arañazo de picos y palas bajo el suelo.
—Se están acercando.
—No oigo nada, María.
—¿Se está moviendo el suelo?
Anna la abraza.
—Intenta dormir, hermana.
—Oigo sus voces. Están hablando justo debajo de nosotras.
—No es más que el viento en la chimenea.
Sin embargo, en contra de toda lógica, Anna siente cómo se cuela el miedo en su interior. Imagina un pelotón de hombres en caftanes acuclillados en un agujero justo debajo de su jergón, con las caras negras de tierra, los ojos enormes en la oscuridad. Contiene la respiración; oye las puntas de sus cuchillos arañar la parte inferior de las baldosas del suelo.
Un atardecer de finales de mes, mientras recorre la sección oriental de la ciudad en busca de comida, Anna está rodeando la mole curtida por los elementos que es Hagia Sophia cuando algo la hace detenerse. Entre las casas, encajado contra el puerto, el priorato de la roca aparece silueteado con el mar de fondo y está ardiendo. Las llamas parpadean en ventanas medio derruidas y una columna de humo negro sube en espiral hacia el cielo que purpurea.
Las campanas tocan a rebato, ya sea para apremiar a las gentes a que sofoquen el incendio o por otro motivo, Anna no lo sabe. Quizá suenan simplemente para exhortar a las gentes a que no desfallezcan. Pasa un abad con los ojos cerrados y llevando un icono, seguido por dos monjes, cada uno con un incensario humeante, y el humo del priorato se queda flotando en el aire. Anna piensa en aquellos pasillos húmedos, en descomposición, en la biblioteca mohosa bajo los arcos rotos. En el código que guarda en su celda.
«Día tras día —dijo el italiano alto—, año tras año, el tiempo borra los viejos libros del mundo».
Una fregona con cicatrices en la cara se detiene ante ella.
—Vuelve a casa, niña. Las campanas están llamando a los monjes para que entierren a los muertos, y no es momento de andar por las calles.
Cuando vuelve a casa encuentra a María sentada muy rígida en la celda, en completa oscuridad.
—¿Es eso humo? Huelo a humo.
—No es más que una vela.
—Me siento sin fuerzas.
—Probablemente es hambre, hermana.
Anna se sienta, envuelve con la manta el cuerpo de las dos y coge la capucha de brocado del regazo de su hermana; cinco de los doce pájaros están terminados: la paloma del Espíritu Santo, el pavo real de la Resurrección, el piquituerto que trató de arrancar los clavos de las manos crucificadas de Jesús. La enrolla con el dedal y las tijeras de María dentro, saca el códice viejo y gastado del rincón y lo abre por la primera página: «A MI SOBRINA QUERIDÍSIMA CON LA ESPERANZA DE QUE ESTO LE TRAIGA SALUD Y LUZ».
—María —dice—, escucha.
Y empieza por el principio.
Etón, borracho e insensato, confunde una ciudad de una obra de teatro con un lugar real. Parte hacia Tesalia, tierra de magia, y termina transformado en asno por accidente. Esta vez Anna progresa más deprisa y, a medida que lee en voz alta, ocurre algo curioso: mientras dirige un flujo constante de palabras a los oídos de María, su hermana no parece sufrir tanto. Sus músculos se relajan; deja caer la cabeza sobre el hombro de Anna. Etón el asno es secuestrado por bandidos, atado a una noria por el hijo de un molinero, camina sobre sus pezuñas cansadas y astilladas hasta un lugar donde termina el mundo natural. María no gime de dolor ni susurra sobre mineros invisibles bajo el suelo. Está sentada a su lado, pestañeando en la luz de la vela, con expresión divertida.
—¿Crees que es verdad, Anna? ¿Que hay un pez tan grande que puede tragarse naves enteras?
Un ratón corretea por el suelo de piedra, se levanta sobre las patas traseras y arruga la nariz ante Anna con la cabeza ladeada, como si esperara una respuesta. Anna piensa en la última vez que se sentó con Licinio. Mῦθος, escribió, mýthos, una conversación, una leyenda de la oscuridad de antes de los tiempos de Cristo.
—Algunas historias —dice— pueden ser verdad y mentira al mismo tiempo.
Muy cerca de allí, la viuda Teodora estruja las gastadas cuentas de su rosario a la luz de la luna. En la celda contigua, Crisa, la cocinera, a la que le faltan la mitad de los dientes, bebe de una jarra de vino, y apoya sus agrietadas manos en las rodillas, y sueña con un día de verano fuera de las murallas, paseando a la sombra de cerezos bajo un cielo lleno de cuervos. A solo una milla al este, en el vientre de una carraca fondeada, el niño Himerio, reclutado para la defensa naval provisional de la ciudad, está sentado con treinta remeros más, apoyado contra el asta de un enorme remo, con la espalda palpitando y las manos ensangrentadas; le quedan ocho días de vida. En las cisternas bajo la iglesia de Hagia Sophia tres barquitas flotan en el espejo negro del agua, cada una llena de rosas de primavera, mientras un sacerdote entona un himno en la cavernosa oscuridad.