Ciudad de las nubes
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Omeir
La primera vez que se dirige al norte rodeando las murallas de la ciudad y ve el Cuerno de Oro —una lámina de agua plateada de media milla de ancho que discurre despacio en dirección al mar— le parece la cosa más asombrosa del mundo. Las gaviotas trazan círculos en el cielo; aves zancudas tan grandes como dioses alzan el vuelo desde macizos de juncos; dos de las barcazas del sultán se deslizan sobre las aguas como por arte de magia. Abuelo dijo que el océano era lo bastante grande para contener todos los sueños jamás soñados, pero hasta ahora Omeir no había entendido qué quería decir eso.
A lo largo de la orilla occidental del estuario los muelles rebosan actividad. Mientras la caravana de bueyes baja hacia los embarcaderos, Omeir distingue grúas y cabestrantes, estibadores que descargan barriles y munición, caballos de tiro esperando enganchados a carros, y está seguro de que nunca volverá a ver algo tan esplendoroso.
Pero a medida que los días se convierten en semanas su asombro inicial palidece. Los bueyes y él son asignados a un grupo de ocho carretones que transportan bolas de granito extraídas de canteras en la orilla norte del mar Negro, desde un muelle del Cuerno hasta una fundición improvisada junto a las murallas, donde picapedreros las cincelan y pulen para darles el calibre de las bombardas. Es un trayecto de cuatro millas, cuesta arriba en su mayor parte, y el apetito de nuevos proyectiles de los cañones es insaciable. Las ristras de bueyes trabajan de sol a sol, pocos animales se han recuperado del largo viaje hasta allí y todos dan muestras de estar sufriendo.
A cada día que pasa Rayo de Luna asume más peso de la carga que su hermano cojo y por las tardes, en cuanto están desuncidos, Árbol apenas logra dar unos cuantos pasos antes de tumbarse. Omeir dedica casi todas las noches a traerle forraje y agua. Con el mentón en el suelo, el cuello inclinado, las costillas que suben y bajan suben y bajan: un buey sano jamás en la vida se tumbaría así. Los hombres lo miran, presintiendo una comida.
Lluvia, luego niebla, luego un sol lo bastante abrasador para levantar nubes de moscas. La infantería del sultán, trabajando entre proyectiles que silban, rellena secciones del foso a lo largo del río Lico con árboles talados, arietes, tela de tiendas de campaña, con cualquier cosa y con todo, y cada pocos días los comandantes arengan febrilmente a los hombres y lanzan una nueva ofensiva.
Mueren a centenares. Muchos lo arriesgan todo por recobrar a sus muertos y mueren mientras recogen los cadáveres, dejando nuevos muertos que recoger. Casi todas las mañanas, cuando Omeir unce sus bueyes, el humo de piras funerarias sube hacia el cielo.
La carretera a los embarcaderos a lo largo del Cuerno atraviesa un cementerio cristiano que ha sido transformado en un hospital de campaña al aire libre. Hombres heridos y moribundos yacen entre viejas lápidas: macedonios, albanos, valacos, serbios, algunos soportan sufrimientos tales que parecen reducidos a algo no humano, como si el dolor fuera una ola niveladora, una argamasa extendida a paletadas sobre todo lo que fue esa persona una vez. Los curanderos circulan entre los heridos llevando fardos de madera de sauce humeante y los médicos guían asnos cargados con jarras de barro, y de las jarras sacan grandes puñados de gusanos para limpiar las heridas, y los hombres se retuercen o gritan o se desmayan, y Omeir imagina a los muertos enterrados a solo unos pies debajo de los moribundos, con la piel putrefacta y verde, los dientes castañeteando en sus esqueletos, y se siente desgraciado.
Carros tirados por asnos adelantan a los bueyes en ambas direcciones; en los rostros de los carreteros se dibujan muecas de impaciencia, de miedo, de ira o de las tres cosas. El odio, se da cuenta Omeir, es contagioso, se propaga por las filas igual que una enfermedad. El asedio ya dura tres semanas y algunos de los hombres han dejado de combatir por Dios, por el sultán o por el botín y solo los mueve una ira temible. Matarlos a todos. Terminar con esto de una vez. En ocasiones la ira también hierve en el interior de Omeir y solo desea que Dios envíe su puño ardiente desde el cielo y empiece a aplastar un edificio detrás del otro hasta que todos los griegos estén muertos y él pueda volver a casa.
El primero de mayo el cielo se tensa con nubes. El Cuerno de Oro está enlentecido y negro y agujereado con los círculos de cien millones de gotas de lluvia. La caravana de carros espera mientras los estibadores hacen rodar las grandes bolas de granito, veteadas de cuarzo blanco, rampa abajo, y las suben al carro.
A lo lejos, un trabuquete lanza rocas que trazan parábolas aleatorias sobre la ciudad y desaparecen. Están subiendo la carretera de vuelta a la fundición, medio hundidos en los surcos, con los bueyes babeando y jadeando con la lengua fuera, cuando Árbol se tambalea. Consigue erguirse y avanza con las patas muy separadas, pero a los pocos pasos vuelve a tambalearse. La caravana entera se detiene y los hombres corren a frenar el carro mientras los demás lo adelantan.
Omeir se agacha junto a los animales. Cuando toca la pata trasera de Árbol, el buey se estremece. De las fosas nasales le bajan dos regueros de moco, y se pasa la enorme lengua una y otra vez por el cielo del paladar, y los ojos le tiemblan suavemente de arriba abajo dentro en las cuencas. Tiene las córneas desgastadas y se adivina en ellas la bruma de las cataratas. Como si en los últimos cinco meses hubiera envejecido diez años.
Con la aguijada en la mano y el calzado hecho trizas, Omeir recorre la fila de bueyes jadeantes y se detiene debajo del contramaestre, que está sentado con cara de enfado en el carro, sobre el montón de bolas.
—Los animales necesitan descansar.
El contramaestre baja la vista medio asombrado y medio asqueado y busca su látigo. Omeir siente que su corazón se balancea al borde de un precipicio negro. Le viene un recuerdo: una vez, años atrás, Abuelo lo llevó a lo alto de la montaña a ver a los leñadores talar un abeto plateado enorme, centenario, tan alto como veinticinco hombres, un reino en sí mismo. Cantaban una canción queda y resuelta mientras hundían las hachas en el tronco rítmicamente, como si estuvieran clavando agujas en el tobillo de un gigante, y Abuelo le explicó los nombres de los útiles que usaban, alcorques y hupe y trozas y perchas, pero de lo que se acuerda Omeir ahora, mientras el contramaestre se echa hacia atrás empuñando el látigo, es que cuando el árbol cayó y el tronco explotó y los hombres gritaron «tronco va» y el aire se llenó de pronto del aroma acre e intenso de madera que se resquebraja, lo que sintió no fue alegría, sino pena. Todos los leñadores parecieron regocijarse de su poder colectivo mientras miraban ramas que durante generaciones habían conocido solo la luz de las estrellas y nieve y cuervos desplomarse en la maleza. Pero Omeir experimentó algo cercano a la desesperanza y tuvo la sensación de que, a pesar de su juventud, aquellos sentimientos no serían bien recibidos, de que debía ocultarlos incluso a su abuelo. ¿Por qué lamentar, diría Abuelo, lo que son capaces de hacer los hombres? Algo le pasa a un niño que simpatiza más con otros seres vivos que con los hombres.
La cola del látigo restalla a un centímetro de la oreja de Omeir.
Un boyero de barba blanca que lleva con ellos desde Edirne dice:
—Deja al chico. Es amable con las bestias, ¿qué hay de malo en ello? El Profeta, que la paz sea con Él, en una ocasión se cortó un trozo de su túnica para no despertar a un gato que dormía encima.
El contramaestre baja la vista.
—Si no entregamos esta carga —dice— nos azotarán a todos, incluido a mí. Y me cuidaré de que esa cara tuya salga muy mal parada. Haced que esos animales se muevan o seremos alimento para los cuervos.
Los hombres regresan a sus animales y Omeir sube por la carretera llena de socavones y en mal estado y se agacha al lado de Árbol, lo llama por su nombre y el buey se pone en pie. Toca a Rayo de Luna en la grupa con el aguijoneador y los bueyes se arriman al yugo y empiezan de nuevo a tirar.