Ciudad de las nubes
Doce
Página 78 de 163
DOCE
EL HECHICERO DENTRO DE LA BALLENA
La ciudad de los cucos y las nubespor Antonio Diógenes, folio Μ
… las aguas dentro del monstruo se calmaron y sentí hambre. Cuando levanté la vista un delicioso bocado, una anchoa pequeña y reluciente, apareció en la superficie, flotó y a continuación bailó de manera seductora. Sacudí la cola y nadé directo hacia ella, abrí las mandíbulas todo lo que pude y…
—Au, au —grité—. ¡Mi pobre labio! —Los pescadores tenían ojos como faros, y manos como aletas, y penes como árboles, y vivían en una isla dentro de la ballena con una montaña de huesos en el centro—. Dejadme ir —dije—. Soy magro alimento para hombres tan fuertes como vosotros. Y además ¡ni siquiera soy un pez!
Los pescadores se miraron entre sí y uno preguntó:
—¿Estás hablando tú o es el pez? —Me llevaron a una cueva en lo alto de una montaña donde un hechicero náufrago y desaliñado había vivido cien años y aprendido a hablar pez.
—Gran mago —dije sin resuello. A cada momento que pasaba me costaba más trabajo hablar—, transfórmame en un pájaro, te lo ruego, en una valerosa águila, a ser posible, o en un búho sabio y fuerte, para que así pueda escapar del monstruo dentro del cual vivimos y volar hasta la ciudad de las nubes donde el dolor no existe y siempre sopla el viento del oeste.
El hechicero rio.
—Aunque te salieran alas, pez tonto, no podrías volar a un lugar que no existe.
—Falso —repliqué—. Sí existe. Aunque tú no creas en él, yo sí. De lo contrario, ¿qué sentido tiene todo?
—De acuerdo —dijo—. Enseña a estos pescadores dónde viven los peces grandes y tendrás tus alas.
Agité las agallas para mostrar que estaba de acuerdo y el hechicero musitó palabras mágicas y me lanzó al aire, por encima de la montaña, hasta el borde mismo de las encías del leviatán, donde las crueles columnas de sus colmillos hendían la luna…