Ciudad de las nubes

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Konstance

Toca el Vizor, se sube al Deambulador. Nada.

—Sybil. Algo pasa con la Biblioteca.

«No pasa nada, Konstance. Te he restringido el acceso. Es hora de volver a tus lecciones diarias. Tienes que asearte, alimentarte como es debido y estar preparada en el atrio dentro de treinta minutos. En el kit de aseo que te proporcionó tu padre hay jabón sin aclarado».

Konstance se sienta en el borde de la cama con la cabeza entre las manos. Si mantiene los ojos cerrados quizá pueda transformar la Cámara Uno en el Compartimento 17. Justo debajo de ella está la litera de Madre, con la manta pulcramente doblada. A dos pasos de distancia está la de Padre. Están la mesa de coser, la banqueta, la bolsa con botones de Madre. El tiempo, le explicó una vez Padre, es siempre relativo: el reloj a bordo que maneja Sybil, los calendarios de la Tierra, los cronómetros que hay dentro de cada célula humana que nos dicen que es hora de tener sueño, de tener hijos, de envejecer… Todos esos relojes, dijo Padre, pueden ser alterados por la velocidad, el software o las circunstancias. Hay semillas latentes, dijo, como las de los cajones de la Granja 4, que pueden detener el tiempo durante siglos, ralentizando su metabolismo hasta casi cero, hasta que aparecen la humedad y la temperatura adecuadas y penetra el suelo la longitud de onda de luz solar correcta. Entonces, como si alguien hubiera pronunciado las palabras mágicas, se abren.

«Gluglutí y dinacrac y plisplús».

—Muy bien —dice Konstance—. Me lavaré, comeré y seguiré con mis clases. Pero luego tendrás que dejarme entrar en el Atlas.

Echa polvo en la impresora, se traga un cuenco de una pasta con los colores del arcoíris, se limpia la cara, se pasa un peine por el pelo enredado, se sienta a una mesa de la Biblioteca y estudia las lecciones que le pone Sybil. «¿Cuál es la constante cosmológica? Explica la etimología de la palabra “trivial”». «Utiliza fórmulas de adición para simplificar la expresión siguiente»:

½ [sen (A + B) + sen (AB)]

Luego ordena al Atlas que deje su estantería, con el dolor y la furia enroscados como resortes gemelos dentro de su pecho, y viaja por las carreteras de la Tierra. Deja atrás rascacielos de oficinas en la luz de finales de invierno; un camión de la basura veteado de suciedad espera en un semáforo; un kilómetro y medio más adelante rodea una colina y deja atrás un complejo vallado y con guardias en una puerta más allá de la cual las cámaras del Atlas no se aventuran. Echa a correr como si persiguiera las notas de una canción lejana, algo que nunca alcanzará.

Una noche, después de casi seis semanas sola en la Cámara Uno, Konstance sueña que está en Intendencia. Las mesas y los bancos han desaparecido y una arena rojiza como el óxido se arremolina en el suelo formando montones que le llegan hasta los muslos. Sale como puede al pasillo y pasa junto a las puertas cerradas de media docena de compartimentos hasta llegar a la entrada de la Granja 4.

Dentro, las paredes han dado paso a un horizonte calcinado de colinas marrones. La arena vuela por todas partes. El techo es un remolino de bruma roja y miles de estantes de cultivo que se extienden a lo largo de kilómetros están medio sepultados en dunas. Encuentra a Padre arrodillado en la base de uno de ellos, dándole la espalda, con un puñado de arena que se le desliza entre los dedos. Justo cuando Konstance está a punto de tocarle el hombro, se gira. Tiene la cara veteada de sal; las pestañas llenas de polvo.

«En mi hogar —dice—, en Esqueria, detrás de la casa discurría una acequia. Incluso después de secarse…».

Se despierta sobresaltada. Esqueria. Es-que-ria: no era más que una palabra que decía Padre cuando hablaba de su hogar. «En Esqueria, en Backline Road». Sabía que era el nombre de la granja donde creció su padre, pero él siempre decía que la vida en el Argos era mejor que la vida allí, de manera que a Konstance nunca se le había ocurrido usar el Atlas para buscarla.

Come, se deshace los nudos del pelo, atiende cortésmente las lecciones, dice por favor, Sybil, enseguida, Sybil.

«Tu comportamiento hoy ha sido una delicia, Konstance».

—Gracias, Sybil. ¿Puedo ir ya a la Biblioteca?

«Por supuesto».

Va derecha a la caja de trozos de papel. Escribe: «¿Dónde está Esqueria?».

Esqueria, Σχερία, tierra de los feacios, isla mítica de abundancia en la Odisea, de Homero.

Confuso.

Coge otro trozo de papel, escribe: «Enséñame todo el material relativo a mi padre que haya en la Biblioteca». Un delgado fajo de papeles vuela hacia ella desde un estante de la tercera grada. Un certificado de nacimiento, un expediente académico de la escuela secundaria, una recomendación de un profesor, un apartado postal en el suroeste de Australia. Cuando llega a la quinta hoja, un niño tridimensional de treinta centímetros de alto —algo más joven que Konstance ahora mismo— aparece y pasea por la mesa. «¡Buenas!». Su cabeza es un casco de rizos pelirrojos; viste un mono vaquero hecho en casa. «Me llamo Ethan. Soy de Nannup, Australia, y me encanta la botánica. Vengan, les voy a enseñar mi invernadero».

A su lado aparece una construcción con estructura de madera y revestimiento a base de lo que parecen ser cientos de botellas de plástico de todos los colores estiradas, aplanadas y cosidas entre sí. Dentro, en estanterías no muy distintas de las de la Granja 4, crecen hortalizas en docenas de bandejas.

«Aquí en las quimbambas, como lo llama mi abuelita, hemos tenido montones de problemas, un único año verde en los últimos trece. La sequía acabó con la cosecha entera hace tres veranos, luego el ganado se infestó de garrapatas, es probable que oyeran hablar de ello, y el año pasado no llovió ni un solo día. Todas las plantas que ven las he cultivado con menos de cuatrocientos mililitros de agua al día por estantería, menos de lo que suda una persona en…».

Cuando sonríe se le ven los incisivos. Konstance conoce esa forma de caminar, esa cara, esas cejas.

«… están buscando voluntarios de todas las edades y de todas partes, así que ¿por qué yo? Bueno, mi abuelita dice que mi mayor virtud es que siempre mantengo la barbilla alta. Me encantan los sitios nuevos, las cosas nuevas y sobre todo me encanta explorar los misterios de las plantas y las semillas. Sería genial formar parte de una misión como esta. ¡Un nuevo mundo! Denme la oportunidad y no los decepcionaré».

Konstance coge un trozo de papel, convoca al Atlas y entra en él con un largo aguijón de soledad atravesándola. Cuando Padre se entusiasmaba con algo el niño que había sido afloraba de nuevo. Tenía una historia de amor con la fotosíntesis. Podía pasarse una hora entera hablando de musgo. Decía que las plantas contenían una sabiduría que los humanos nunca vivirían lo suficiente para comprender.

—Nannup —dice al vacío—. Australia.

La Tierra vuela hacia ella, se invierte, el hemisferio sur gira a medida que se acerca y Konstance aterriza en una carretera flanqueada de eucaliptos. A lo lejos, el sol cae a plomo sobre colinas broncíneas; hay cercas blancas a ambos lados. En lo alto ondean tres banderolas desvaídas que dicen:

HAZ TU PARTE

DERROTA EL DÍA CERO

TE BASTAN 10 LITROS AL DÍA

Cobertizos de chapa moteados de óxido. Unas pocas casas sin ventanas. Casuarinas muertas calcinadas por el sol. Cuando se acerca a lo que parece ser el centro de la población, encuentra un bonito edificio municipal de paredes rojas y tejado blanco a la sombra de cordilinas y la hierba se vuelve virescente, de un verde tres tonos más intenso que todo lo que ha visto. Begonias de colores brillantes se derraman de macetas montadas en rieles; todo parece recién pintado. Diez árboles extraños y magníficos con flores de un naranja dorado brillantísimo dan sombra a una explanada de césped en el centro de la cual centellea una piscina circular.

Una punzada de desasosiego recorre de nuevo a Konstance. Hay algo que no concuerda. ¿Dónde está la gente?

«Sybil, llévame a una granja aquí cerca llamada Esqueria».

«No me consta ninguna propiedad ni granja ganadera cerca con ese nombre».

—Entonces a Backline Road, por favor.

La carretera discurre a lo largo de kilómetros de granjas. No hay coches, ni bicicletas ni tractores. Konstance deja atrás prados sin sombra plantados con lo que podían haber sido garbanzos, quemados hace tiempo por el sol. De las torres eléctricas cuelgan cables cortados. Setos secos como huesos; secciones de bosque calcinadas; verjas con candado. La carretera es polvorienta y los pastos son color camello. Un letrero que dice «Se vende», luego otro. Otro más.

Durante las horas que pasa buscando Backline Road, la única figura humana con la que se cruza es un hombre solitario que lleva un abrigo y lo que parece ser una mascarilla filtradora, con el antebrazo sobre los ojos para protegerse del polvo, del resplandor del sol o de ambas cosas. Konstance se agacha junto a él. «Hola». Está hablando a una imagen, a píxeles. «¿Conoció a mi padre?». El hombre se inclina hacia delante como sostenido por un viento en contra. Konstance alarga la mano para sujetarlo y le atraviesa el pecho con la mano.

Después de tres días de recorrer las colinas castigadas por el sol de los alrededores de Nannup, de recorrer una y otra vez Backline Road, en un bosquecillo de eucaliptos secos por el que ya ha pasado tres o cuatro veces, Konstance lo encuentra: un letrero pintado a mano clavado a una cancela.

Σχερία

Detrás de la cancela arranca una hilera doble de ficus elástica secos con los troncos color blanco. La maleza crece en macizos a ambos lados de un sendero de tierra que conduce hasta una casa amarilla de una sola planta con madreselva en la barandilla, madreselva en las fachadas laterales… completamente seca.

A ambos lados de la ventana hay postigos negros. Un panel solar torcido en el tejado. A uno de los lados de la casa, a la sombra de los ficus muertos, está el invernadero del vídeo de Padre, a medio construir, con una parte de su estructura de madera cubierta de láminas de plástico opaco. Al lado hay un montón de botellas de plástico mugrientas.

La luz polvorienta, el campo agostado, el panel solar roto, una película de polvo asentada por todas partes igual que nieve beis, todo tan mudo e inmóvil como una tumba.

«Hemos tenido montones de problemas».

«Solo un año verde en los últimos trece».

Su padre solicitó un puesto en la tripulación cuando tenía doce años, el proceso de selección duró un año. Debieron de llamarlo a los trece, la edad que tiene ahora Konstance. ¿Seguro que entendió que nunca viviría lo suficiente para llegar a Beta Oph2? ¿Que pasaría el resto de su existencia dentro de un disco no mucho más grande que esa casa amarilla de una sola planta en la que creció? Y sin embargo quiso ir.

Konstance mueve los brazos para agrandar la imagen digital combada y curva delante de ella y la casa se pixela. Pero cuando fuerza los límites de la resolución del Atlas, repara que en el extremo derecho de la casa, debido a las condiciones de la luz del sol y al ángulo, alcanza a ver, a través del acristalamiento doble, un rincón de habitación.

Distingue una porción de cortina descolorida por el sol con estampado de aviones. Dos planetas caseros, uno de ellos anillado, cuelgan del techo. El cabecero astillado de una cama individual, una mesilla, una lámpara, el dormitorio de un niño.

«Sería genial formar parte de una misión como esta».

«¡Un nuevo mundo!».

¿Estaría él en esa habitación cuando la grabaron las cámaras? ¿Está el fantasma del niño que fue una vez su padre ahí mismo, aunque ella no pueda verlo?

En la mesilla junto a la ventana hay un libro azul con el lomo desgastado y boca arriba. En la cubierta, pájaros revolotean alrededor de las torres muy juntas de una ciudad. La ciudad da la impresión de descansar en un lecho de nubes.

Konstance se contorsiona, se asoma todo lo que puede dentro de la imagen, parpadea en la distorsión que producen los píxeles. En la parte inferior de la cubierta, debajo de la ciudad, dice «Antonio Diógenes». En la parte superior: La ciudad de los cucos y las nubes.

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