Ciudad de las nubes
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Anna
Es la quinta semana de asedio, o quizá la sexta, cada día se confunde con el siguiente. Anna está sentada con la cabeza de María en el regazo y la espalda contra la pared y una vela nueva pegada en el suelo entre cabos derretidos. Fuera, en la calle, algo retumba, un caballo relincha, un hombre maldice y el alboroto tarda mucho en disiparse.
—¿Anna?
—Estoy aquí.
El mundo de María ya es todo oscuridad. Su lengua no coopera cuando intenta hablar y, cada pocas horas, los músculos de la espalda y del cuello convulsionan. Las ocho bordadoras que siguen viviendo en la casa de Kalafates alternan los rezos con miradas al vacío en trances de nervios destrozados. Anna ayuda a Crisa en el huerto atrofiado por la escarcha o recorre los mercados que siguen abiertos en busca de harina, fruta, alubias. El resto del tiempo lo pasa con María.
Cada vez descifra más rápido la escritura pulcra, inclinada a la izquierda, del viejo códice, y a estas alturas es capaz de despegar líneas enteras de la página sin problemas. Cada vez que encuentra una palabra que no conoce o blancos debidos a que el moho ha borrado el texto, se inventa algo en sustitución.
Etón ha conseguido convertirse por fin en pájaro; no es el resplandeciente búho que esperaba, sino un cuervo zarrapastroso. Vuela sobre un mar infinito en busca de los confines de la tierra, cuando lo engulle una tromba marina. Mientras Anna no deje de leer, María parece en paz, tiene el rostro sereno, como si estuviera, no en la celda húmeda de una ciudad asediada escuchando un cuento absurdo, sino en un jardín del más allá escuchando himnos de ángeles, y Anna recuerda algo que dijo Licinio: que las historias son una forma de alargar el tiempo.
En los días en que los rapsodas viajaban de una ciudad a otra, dijo, llevando los viejos poemas en su memoria, interpretándolos para quien quisiera oírlos, demoraban el final todo lo que podían. Improvisaban un último verso, un último obstáculo que debían superar los héroes porque, dijo Licinio, si los poetas conseguían retener la atención de su audiencia una hora más, quizá les dieran una copa más de vino, un trozo más de pan, una noche más a resguardo de la lluvia. Anna imagina a Antonio Diógenes, quienquiera que fuera, cortando una pluma, mojándola en tinta, emborronando el pergamino, colocando un obstáculo más delante de Etón, alargando el tiempo con un propósito distinto: retener a su sobrina en el mundo de los vivos un poquito más.
—Sufre tanto… —murmura María—, pero sigue adelante.
Quizá Kalafates tenía razón; quizá la magia negra sí reside en los viejos libros. Quizá mientras le queden líneas que leerle a su hermana, mientras Etón persista en su descabellado viaje, volando hacia su sueño en las nubes, las puertas de la ciudad resistan; quizá la muerte se quede al otro lado de la puerta un día más.
Una mañana de mayo clara y fragante, cuando da la sensación de que el frío intempestivo ha retirado por fin sus garras, Odigitria, la imagen más venerada de la ciudad, una pintura de la Virgen con el Niño en uno de los lados y la crucifixión en el otro, supuestamente pintada por Lucas apóstol en un trozo de pizarra de más de trescientas libras de peso y llevada a la ciudad desde Tierra Santa por una emperatriz mil años antes de que naciera Anna, es sacada de la iglesia que se construyó para albergarla.
Si algo puede salvar la ciudad es esto: un objeto de inmenso poder, una imagen de imágenes a la que se atribuye la protección de la ciudad de numerosos asedios en el pasado. Crisa se carga a María a la espalda y las bordadoras van hasta la plaza para participar en la procesión y cuando sale la imagen de la iglesia a la luz del sol su resplandor es tan cegador que Anna tiene una visión de remolinos dorados.
Seis monjes levantan la pintura y la colocan sobre los hombros de un corpulento monje vestido de terciopelo escarlata con una gruesa banda bordada que le atraviesa el pecho. Tambaleándose bajo el peso, el portador procesiona descalzo por la ciudad, de una iglesia a otra, guiado por la voluntad de Odigitria. Lo siguen dos diáconos que sostienen un baldaquino dorado sobre la imagen, después dignatarios con bastones, y por fin novicias y monjas, ciudadanos y esclavos y soldados, muchos llevando velas y entonando un cántico inquietante y hermoso. Los niños corretean con guirnaldas de rosas o retales de algodón que aspiran a acercar a la representación de la Virgen.
Anna y Crisa, esta con María a la espalda, caminan detrás de la procesión mientras Odigitria serpentea en dirección a la Tercera Colina. Durante toda la mañana la ciudad resplandece. Flores silvestres alfombran las ruinas; una brisa dispersa pequeños pétalos blancos por el adoquinado; castaños agitan sus candelas color marfil. Pero cuando la procesión sube hacia la enorme fuente medio derruida del Ninfeo, el día se oscurece. El aire se enfría; aparecen nubes negras como por ensalmo, las palomas dejan de zurear, los perros rompen a ladrar y Anna levanta la vista.
Ni un solo pájaro surca el cielo. El trueno ruge sobre los tejados. Una ráfaga de viento apaga la mitad de las velas de la procesión y los cánticos languidecen. En la quietud que sigue, Anna oye un tamborilero que toca el tambor en el campamento de los sarracenos.
—Hermana —dice María con la cara pegada a la espalda de Crisa—. ¿Qué está pasando?
—Es una tormenta.
Horcas de relámpagos azotan las cúpulas de Hagia Sophia. Los árboles se agitan, los postigos golpean, cortinas de granizo asaltan las azoteas y la procesión se dispersa. En la cabeza de la comitiva, el viento arranca la tela dorada del baldaquino que protege la imagen y se la lleva volando por entre las casas.
Crisa corre a ponerse a cubierto, pero Anna se demora un instante y mira al monje que encabeza la procesión intentando subir la colina con la Odigitria. El viento lo frena, levanta desperdicios a sus pies. Pero sigue subiendo. Está a punto de llegar a la cima. Entonces se tambalea y pierde pie y la pintura de mil trescientos años de antigüedad aterriza por el lado de la crucifixión en la calle inundada de lluvia.
Ágata se mece atrás y adelante sentada a la mesa con la cabeza en las manos; la viuda Teodora murmura frente a la lumbre apagada; Crisa maldice por su huerto destrozado. La protección de santa Odigitria ha fallado; la Madre de Dios se ha olvidado de ellos; la bestia del apocalipsis llega desde el mar. El Anticristo araña las puertas de la ciudad. El tiempo es un círculo, solía decir Licinio, y todos los círculos terminan por cerrarse.
Cuando cae la oscuridad, Anna se sienta en el jergón de crin con la cabeza de María en el regazo y el viejo manuscrito abierto delante de las dos. La tormenta impulsa a Etón el cuervo hasta más allá de la luna y le hace precipitarse en la negrura por entre las estrellas. Ya no falta mucho para el final.