Ciudad de las nubes

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Omeir

Esa misma tarde la caravana de bueyes se dirige al Cuerno de Oro para recoger otra carga más de balas de cañón, a pocos metros del muelle, con el aire limpio por la tormenta de la mañana y el estuario color verdiazul y centelleando de sol, cuando Rayo de Luna, no Árbol, dobla las patas delanteras, se deja caer al suelo y muere.

La caravana lo arrastra un cuerpo entero antes de detenerse.

Árbol está en su arnés, con las tres patas buenas separadas y el yugo ladeado por el peso de su hermano. Del hocico de Rayo de Luna sale una espuma roja; un pequeño pétalo blanco que transporta el viento se le pega al ojo abierto. Omeir se inclina sobre el arnés, trata de compensar con su escasa fuerza el enorme peso del buey, pero el corazón del animal ha dejado de latir.

Los otros boyeros, acostumbrados a ver animales desplomarse en el yugo, se acuclillan o se sientan en el borde de la carretera. El contramaestre grita en dirección a la cantera y cuatro portadores se acercan desde el muelle.

Árbol se inclina para que a Omeir le resulte más fácil quitar el yugo. Los portadores y cuatro boyeros, dos en cada pata, arrastran a Rayo de Luna hasta el borde de la carretera y el de más edad da las gracias a Dios, saca un cuchillo y le raja la garganta.

Con el ronzal y la soga en una mano, Omeir guía a Árbol por un paso de ganado hacia los matorrales a la orilla del Bósforo. En el resplandor de la luz de sol flotan recuerdos de Rayo de Luna cuando era un ternero. Le gustaba rascarse las costillas contra un pino en particular que había junto al establo. Le encantaba meterse en el arroyo hasta el vientre y mugía de placer. No se le daba muy bien jugar al escondite. Lo asustaban las abejas.

La piel del lomo de Árbol se estremece y un manto de moscas levanta el vuelo y vuelve a posarse en él. Desde donde están, la ciudad, con su cinturón de murallas, parece pequeña, una piedra pálida bajo el sol.

A unos centenares de pasos, dos porteadores hacen fuego mientras los otros dos descuartizan a Rayo de Luna, separan la cabeza, cortan la lengua, ensartan el corazón, el hígado y cada uno de los riñones. Envuelven los músculos de los muslos en grasa y los clavan en espetones que arriman al fuego y los gabarreros y los estibadores suben por la carretera en grupos y esperan acuclillados a que se cocine la carne. A los pies de Omeir, centenares de pequeñas mariposas azules sorben minerales de un charco de barro de marea.

Rayo de Luna: su rabo fibroso, sus pezuñas hendidas y desaliñadas. Dios lo entreteje en el útero de Bella junto a su hermano y pasa tres años creciendo y tirando y muere a cientos de millas de su casa… ¿para qué? Árbol está echado en los juncos apestando el aire a su alrededor y Omeir se pregunta qué es lo que entenderá el animal y qué será de los dos hermosos cuernos de Rayo de Luna, y cada respiración le rompe el corazón un poco más.

Esa noche los cañones disparan aparentemente sin cesar, acribillando las torres y las murallas, y los hombres reciben órdenes de encender todas las antorchas, velas y hogueras posibles. Omeir ayuda a dos boyeros a talar olivos y a arrastrarlos hasta la gran hoguera. Los ulemas del sultán caminan entre las hogueras dando ánimos. «Los cristianos —dicen— son taimados y arrogantes. Veneran huesos y no pueden pasar una hora sin beber vino. Creen que la ciudad es suya, pero ya nos pertenece».

La noche es similar al día. La carne de Rayo de Luna viaja por los intestinos de cincuenta hombres. Abuelo, piensa Omeir, habría sabido qué hacer. Habría detectado las primeras señales de cojera, habría cuidado mejor de las pezuñas de Rayo de Luna, habría conocido algún remedio a base de hierbas y ungüento y cera de abeja. Abuelo, que veía indicios de aves de caza donde Omeir no, que guiaba a Hoja y Aguja con solo chasquear la lengua.

Cierra los ojos para evitar el humo y recuerda una historia que le contó un boyero en los campos de las afueras de Edirne sobre un hombre en el infierno. Los demonios, dijo el boyero, cortaban a aquel hombre todas las mañanas muchos miles de veces, pero los cortes no eran lo bastante grandes para matarlo. Durante el día las heridas se le secaban y formaban costras y a la mañana siguiente, justo cuando los cortes empezaban a cerrarse, se los abrían de nuevo.

Después de la oración de la mañana va a buscar a Árbol en los pastos donde lo ha dejado atado y el buey no consigue levantarse. Está tumbado de costado con un cuerno apuntando al cielo. El mundo ha engullido a su hermano y Árbol está preparado para reunirse con él. Omeir se arrodilla, pasa las manos por el flanco del animal y mira el reflejo del cielo titilar en su ojo trémulo.

¿Estará Abuelo mirando esta misma nube esta mañana? ¿Y Nida y su madre, y Árbol y él? ¿Estarán los cinco mirando la misma forma blanca flotante que pasa sobre ellos?

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