Ciudad de las nubes
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Anna
Las campanas de las iglesias ya no dan las horas. Deambula por la trascocina con un hambre en el estómago que es como una serpiente que se desenrosca, a continuación se detiene en el umbral que da al patio. Himerio solía decir que, mientras la luna creciera, el mundo no se terminaría. Pero ahora está menguando.
—Primero —murmura la viuda Teodora frente a la lumbre—, habrá guerras entre los pueblos de la tierra. Luego se levantarán los falsos profetas. Pronto las estrellas se caerán del cielo y todos nos convertiremos en cenizas.
María tiene las piernas descoloridas y hay que llevarla en brazos a hacer sus necesidades. Están terminando el códice y algunas hojas están tan deterioradas que Anna solo consigue leer una línea de texto de cada tres. Aun así sigue narrando el viaje de Etón a su hermana. El cuervo vuela en el vacío, atravesando el zodiaco.
Desde estas ícaras alturas, con las plumas impulsadas por el polvo de las estrellas, divisé la tierra abajo tal y como era en realidad, un montoncito de barro en una inmensa vastedad, su reino meras telarañas, sus ejércitos migas de pan. Roto por la tormenta y chamuscado y azotado por el viento, sin la mitad de las plumas, volaba entre constelaciones en el límite de la esperanza cuando atisbé un fulgor lejano, la filigrana dorada de unas torres, la esponjosidad de las nubes…
El texto se extingue, las líneas se han disuelto bajo una mancha de humedad, pero Anna lo hace aparecer para su hermana: una ciudad hecha de torres de plata y bronce, con ventanas que brillan, pendones que ondean en las azoteas, aves de todos los tamaños y colores volando en círculos. El exhausto cuervo baja de las estrellas.
A lo lejos suenan cañones. La llama de la vela se inclina.
—Nunca deja de creer —susurra María—, incluso cuando está tan cansado.
Anna apaga la vela y cierra el códice. Piensa en Ulises arrastrado por las olas hasta la isla de los feacios.
—Podía oler el jazmín desde las estrellas —dice—, y también violetas y laurel y rosas, uvas y peras, y manzanas sobre manzanas, higos sobre higos.
—Los huelo, Anna.
Junto al icono de santa Koralia está la cajita de rapé que Anna cogió del taller abandonado de los italianos, con la tapa resquebrajada decorada con una miniatura de un palacio con torretas. En Urbino hay hombres, decían los escribas, que hacen lentes que permiten ver a treinta millas de distancia. Hombres que saben dibujar un león con tal realismo que da la impresión de ir a salir de la página y comerte.
Nuestro amo sueña con construir una biblioteca que supere la del Papa, dijeron, una biblioteca que contenga todos los textos jamás escritos. Que dure hasta el fin de los tiempos.
María muere el vigesimoséptimo día de mayo con las mujeres de la casa rezando a su alrededor. Anna pone la palma de la mano en la frente de su hermana y nota cómo la abandona el calor.
—Cuando vuelvas a verla —dice la viuda Teodora— estará vestida de luz.
Crisa levanta el cuerpo de María con la facilidad con la que cogería un trozo de tela tieso por el sol y la lleva cruzando el patio hasta las puertas de Santa Teófano.
Anna dobla la capucha de brocado —con el bordado de cinco pájaros entreverados de vides en flor— y la sigue. En otro universo, tal vez, una comunidad grande y alegre llora: su madre y su padre, sus tías y primos, una pequeña capilla llena de rosas de primavera, mil tubos de órgano resonando, el alma de María flotando entre querubes, hojas de vid y pavos reales, igual que el dibujo de uno de sus bordados.
En el katholikón de Santa Teófano las monjas hacen vigilia sin dejar de rezar al trono de Dios. Una señala el lugar donde Crisa debe dejar el cuerpo y otra cubre a María con un sudario y Anna se sienta en las escaleras junto a su hermana mientras van a buscar a un sacerdote.