Ciudad de las nubes
Trece » Constantinopla » Omeir
Página 92 de 163
Omeir
Después de morir sus bueyes el tiempo se desintegra. Lo envían a trabajar a las letrinas con niños cristianos reclutados a la fuerza y esclavos indios, quemando las heces del ejército. Vierten la porquería en zanjas, a continuación echan alquitrán caliente y él y otros cuantos niños usan varas para remover la mezcla hedionda, humeante, y las varas se van consumiendo desde la punta y son cada vez más cortas. El olor le impregna la ropa, el pelo, la piel, y pronto Omeir tiene más cosas aparte de la cara que suscitan muecas de desagrado.
Aves de presa sobrevuelan en círculos; moscas grandes y despiadadas los asedian; fuera de las tiendas, a medida que mayo da paso a junio, no hay sombra. El enorme cañón que trabajaron tan duro para llevar hasta allí termina por romperse, y los que defienden la ciudad desisten de reparar sus maltrechas empalizadas, y todos presienten que el destino de la ciudad está en una balanza. Bien la ciudad hambrienta capitulará, bien los otomanos se retirarán antes de que en sus campamentos cundan la enfermedad y la desesperanza.
Los jóvenes compañeros de Omeir dicen que el sultán, que Dios lo bendiga y conserve su reino, cree que ha llegado el momento decisivo. Las murallas están debilitadas en muchos puntos, las defensas están exhaustas; un último ataque inclinará la balanza. Los mejores combatientes, dice, esperarán en la retaguardia mientras los peor pertrechados y peor adiestrados son enviados a cruzar el foso y ablandar las defensas de la ciudad. Quedaremos atrapados, susurra un muchacho, entre la tormenta de piedras y alquitrán hirviendo que caerá de las murallas y los cuchillos y látigos de los chaúces del sultán a nuestra espalda. Pero otro dice que Dios los ayudará y que, si mueren, su recompensa en la otra vida será infinita.
Omeir cierra los ojos. Qué magnífico parecía todo cuando los curiosos se detenían a admirar el tamaño de Árbol y Rayo de Luna; cuando llegaban hombres por millares con la esperanza de poder tocar el reluciente cañón. «La manera de destruir con una cosa pequeña otra mucho más grande». Pero ¿qué es lo que han destruido?
Maher se sienta a su lado, desenfunda su cuchillo y despega el óxido de la hoja con una uña.
—He oído que mañana nos enviarán al ataque. A la caída del sol. —Los dos bueyes de Maher han muerto también hace tiempo y tiene ojeras profundas—. Será maravilloso —dice, aunque no suena convencido—. Infundiremos terror en sus corazones.
Alrededor de ellos, hijos de granjeros sostienen escudos, garrotes, jabalinas, hachas, picos e incluso piedras. Omeir está muy cansado. Será un alivio morir. Piensa en los cristianos sentados en las murallas y en la gente rezando en casas e iglesias de la ciudad y se maravilla de cómo puede un único dios regir los pensamientos y terrores de tantos.