Ciudad de las nubes

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Trece » Constantinopla » Anna

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Anna

Por la noche se reúne entre las murallas interior y exterior en la explanada con las mujeres y niñas que acarrean hasta los parapetos piedras que luego puedan tirarse sobre las cabezas de los sarracenos. Todos están hambrientos y faltos de sueño; nadie canta himnos ni murmura palabras de ánimo a nadie. Justo antes de medianoche, los monjes suben un órgano hidráulico a la cima de la muralla exterior y tocan un maullido espantoso y chirriante, como los gemidos de una gran bestia que agonizara en la noche.

¿Cómo llegan los hombres al convencimiento de que otros deben morir para que ellos puedan vivir? Anna piensa en María, que tenía tan poco y se marchó tan calladamente, y en lo que le contó Licinio sobre los griegos acampados durante diez años delante de las murallas de Troya y sobre las mujeres troyanas atrapadas dentro, hilando y preocupándose, preguntándose si algún día volverían a caminar por los campos o a nadar en el mar, o si las puertas se derrumbarían y tendrían que ver a sus criaturas de pecho lanzadas por encima de las murallas.

Trabaja hasta el amanecer y luego regresa. Crisa le dice que espere en el patio, luego sale de la trascocina con una silla de madera en una mano y las tijeras de empuñadura de hueso de la viuda Teodora en la otra. Anna se sienta y Crisa le coge el pelo, abre las tijeras y, por un instante, Anna teme que la vieja cocinera vaya a rebanarle el cuello.

—Esta noche o mañana —dice Crisa— caerán las murallas.

Anna oye rechinar las hojas de la tijera, nota cómo el pelo cae sus pies.

—¿Estás segura?

—Lo he soñado, niña. Y cuando caigan los soldados se llevarán todo lo que encuentren. Comida, plata, seda. Pero lo más valioso serán las muchachas.

Anna imagina al joven sultán entre las tiendas de su ejército, sentado en una alfombra con una maqueta de la ciudad en el regazo, explorándola con un dedo, registrando cada torre, cada almena, cada ladrillo de las paredes en busca de un acceso.

—Te dejarán en cueros y o bien se quedarán contigo o te llevarán a un mercado y te venderán. Da igual que estés en lado amigo o enemigo, en una guerra los dos son iguales. ¿Sabes cómo sé todo esto?

Las hojas de la tijera centellean tan cerca de los ojos de Anna que esta tiene miedo de volver la cabeza.

—Porque es lo que me pasó a mí.

Ya con el pelo corto, Anna se come seis albaricoques verdes, se tumba con dolor de estómago y se queda dormida. En su pesadilla, se despierta en el suelo de un ancho atrio con un techo abovedado tan alto que parece sostener el cielo. En gradas de estanterías a ambos lados hay cientos y cientos de textos, como en una biblioteca de los dioses, pero cada vez que abre un libro lo encuentra lleno de palabras en lenguas que no conoce, una palabra incomprensible detrás de otra en un estante detrás de otro. Camina y camina y es siempre lo mismo, la biblioteca indescifrable e infinita, sus pisadas diminutas en toda esa inmensidad.

Anochece en el día cincuenta y cinco del asedio. En el palacio imperial de las Blanquernas, junto al Cuerno de Oro, el emperador reúne a sus capitanes para rezar. A lo largo de las murallas, los centinelas cuentan flechas, avivan fuegos bajo grandes ollas de alquitrán. Al otro lado del foso, dentro de la tienda privada del sultán, un criado enciende siete pábilos, uno por cada uno de los cielos, y se retira, y el joven soberano se arrodilla para rezar.

En la Cuarta Colina de la ciudad, sobre el en otro tiempo próspero taller de bordado de Kalafates, una bandada de gaviotas atrapa un último rayo de sol. Anna se despierta en su jergón, sorprendida de haber pasado todo el día durmiendo.

En la trascocina, las bordadoras que quedan, ninguna menor de cincuenta años, se apartan de la lumbre para que Crisa pueda echar los trozos de una mesa de coser a las llamas.

La viuda Teodora entra con una brazada de lo que a Anna le parece belladona mortal. Arranca las hojas, mete las bayas negro brillante en una vasija y las raíces en un mortero. Mientras tritura las raíces, la viuda Teodora les dice que sus cuerpos no son más que polvo, que durante todas sus vidas sus almas han anhelado partir hacia un lugar más lejano. Ahora que están cerca, dice la viuda, sus almas se estremecen de alegría ante la expectativa de dejar atrás el envoltorio de sus cuerpos para regresar a Dios.

La noche engulle la última luz azul del día. En la luz de la lumbre los rostros de las mujeres reflejan ese sufrimiento secular que casi resulta sublime: como si siempre hubieran sospechado que las cosas terminarían así y estuvieran resignadas. Crisa lleva a Anna a la despensa y enciende una vela. Le da unas pocas tiras de esturión salado y una hogaza de pan negro envuelta en un paño.

—Si hay una criatura —susurra Crisa— más despierta, dura y veloz que ellos, esa eres tú. Todavía te queda vida por delante. Márchate esta noche y enviaré plegarias a pisarte los talones.

Anna oye a la viuda Teodora en la trascocina diciendo:

—Dejamos nuestros cuerpos en este mundo para poder volar al próximo.

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