Ciudad de las nubes

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Omeir

Cuando oscurece, los muchachos a su alrededor, todos desconocedores aún de sus propios cuerpos, rezan, se inquietan, afilan cuchillos, duermen. Muchachos llevados allí por la ira o la curiosidad o el mito o la fe o la avaricia o la fuerza, algunos soñando con la gloria en esta vida o en las venideras, algunos solo deseosos de infligir violencia, de rebelarse contra quienes creen que les han causado sufrimiento. Los hombres también sueñan: con conseguir honores a ojos de Dios, con ser merecedores del amor de sus hermanos soldados, de volver a casa, a unos campos que conocen. Un baño, una amante, un trago de una jarra de agua clara y fresca.

Desde donde está sentado junto a las tiendas de los cañoneros, Omeir alcanza a ver la luz de la luna que se filtra por las cúpulas en cascada de Hagia Sophia; es lo más cerca que estará nunca de ella. En las torres arden los fuegos de los vigías; una columna de humo blanco sube del extremo más oriental de la ciudad. A su espalda el lucero de la tarde brilla con más intensidad. En sus recuerdos oye hablar a Abuelo de los méritos de los animales, del clima, de las propiedades de la hierba; la paciencia de Abuelo es como la de los árboles. Ha pasado poco más de medio año y, sin embargo, la distancia entre esas tardes y esta parece inmensa.

Su madre se desliza por entre los animales y las tiendas, le pone una mano en la mejilla y la deja allí. «¿Qué me importan a mí —susurra— las ciudades y los príncipes y los cuentos?».

«No es más que un niño», dijo Abuelo al viajero y su criado.

«Eso pensáis ahora, pero con el tiempo mostrará su verdadera naturaleza».

Tal vez el criado tenía razón; tal vez Omeir sí alberga un demonio dentro. O un espíritu maligno, o un hechicero. Algo formidable. Lo nota rebullir y despertarse. Se despereza, se frota los ojos, bosteza.

«Levántate —dice—, vete a casa».

Se enrolla el ronzal y la soga de Rayo de Luna alrededor del hombro y se pone de pie. Pasa por encima de Maher, que duerme en el suelo. Se abre paso por el batallón de muchachos asustados.

«Vuelve a nosotros», susurra su madre, y a su alrededor flota una nube de abejas.

Esquiva un escuadrón de tamborileros que llevan bramaderas hechas con pellejo de buey y se dirigen hacia la primera línea. Deja atrás el campamento de herreros con sus forjas y mandiles. Deja atrás flecheros y arqueros. Es como si Omeir hubiera sido uncido y enganchado a un carro lleno de balas de piedra y ahora, con cada paso que lo aleja de la ciudad, las balas cayeran rodando detrás de él.

Siluetas de caballos y tiendas y carros se dibujan contra la oscuridad. No mires a nadie. Se te da bien esconder la cara.

Tropieza con la cuerda de una tienda, se pone de pie, zigzaguea para mantenerse fuera de la luz de la hoguera. De un momento a otro, piensa, alguien me preguntará cuál es mi cometido, a qué unidad pertenezco, por qué camino en el sentido equivocado. De un momento a otro un miembro de la guardia armada del sultán con su larga espada curva detendrá su caballo junto a mí y me llamará desertor. Pero los hombres duermen o rezan o murmuran o rumian en preparación para el inminente ataque y nadie parece reparar en Omeir. Quizá dan por hecho que va de camino a los corrales a ver cómo está un animal. Quizá, piensa, es que estoy muerto.

Avanza con la carretera a Edirne a su derecha. En el límite del campamento, la hierba le llega a la altura del pecho, la retama es alta y amarilla y resulta fácil esconderse bajo sus corolas al caminar. A su espalda, los tamborileros llegan a primera línea, hacen girar palillos de doble extremo sobre sus cabezas dibujando ochos y empiezan a tocar sus tambores a tal velocidad que, más que redobles, parecen un largo rugido.

De los soldados de todos los campamentos otomanos sube un fragor de armas al chocar con escudos. Omeir espera a que Dios le envíe un rayo de luz por una abertura entre las nubes y lo desenmascare como lo que es: un traidor, un cobarde, un apóstata. Un niño con cara de espíritu maligno y corazón de demonio. Un niño que mató a su propio padre. Alguien que, la noche que tenía que haber sido dejado morir en la montaña, hechizó a su propio abuelo para que lo llevara de vuelta a casa. Todo lo que los aldeanos intuyeron respecto a él se ha hecho realidad.

En la oscuridad nadie se fija en él. El clamor de los tambores y los címbalos y las voces crece a su espalda. De un momento a otro, la primera ofensiva cruzará el foso.

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