Ciudad de las nubes
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Anna
Incluso a una milla de distancia, dentro de la casa de Kalafates se oye el ruido de los tambores: es un arma en sí misma, el dedo del sultán que explora los callejones, busca que te busca. Anna se vuelve hacia la trascocina, donde la viuda Teodora sostiene el mortero lleno de belladona machacada. En las sombras ve a Kalafates arrastrar a María del pelo por el pasillo, ve arder los pergaminos moteados de Licinio.
«Un abad de mal carácter, un fraile torpe, un bárbaro invasor, una vela volcada, un gusano hambriento… y el trabajo de siglos se habría echado a perder». Puedes aferrarte a este mundo durante mil años y aun así verte arrancado de él en un abrir y cerrar de ojos.
Envuelve el viejo códice encuadernado en cordobán y la caja de rapé en la capucha de seda de María y los mete en el fondo del saco de Himerio. Coloca encima el pan y el pescado salado y ata la bolsa. Sus únicas posesiones.
En las calles, el estruendo de los tambores se mezcla con gritos lejanos: ha empezado la última ofensiva. Corre hacia el puerto. En muchas casas no hay señales de vida, mientras que en otras arden numerosas palmatorias, como si sus ocupantes hubieran decidido agotar todo lo que tienen y no dejar nada a los invasores. Hay detalles que resaltan, brillantes y nítidos: los surcos excavados por siglos de ruedas de carros en los adoquines frente al Filadelfion. Pintura verde descascarillada en la puerta del taller de un carpintero. La brisa agitando los pétalos de un cerezo en flor y tamizándolos en la luz de la luna. Todas ellas estampas que quizá esté viendo por última vez.
Una flecha solitaria cubierta de alquitrán rebota en un tejado, choca con las piedras y humea. Un niño, no mayor de seis años, sale de una puerta, la coge y la sostiene como si considerara comérsela.
Los cañones del sultán disparan, tres cinco siete, y llega un clamor distante. ¿Es este el momento? ¿Están traspasando las puertas? La torre de Belisario, a cuyos pies solía reunirse con Himerio, está oscura y no hay nadie en la puertecita de los pescadores; todos los centinelas han sido enviados a reforzar puntos débiles de la muralla terrestre.
Agarra fuerte el saco. Al oeste, piensa, es todo lo que sabe, al oeste donde se pone el sol, al oeste cruzando el Propontis, y su cabeza proyecta imágenes de la isla sagrada de Esqueria, y del aceite brillante y el blando pan de Urbino, y de la ciudad de Etón en las nubes, y cada paraíso se funde con el siguiente. «Sí existe», le dijo Etón el pez al hechicero dentro de la ballena. «De lo contrario, ¿qué sentido tiene todo?».
Encuentra el esquife de Himerio en su sitio de siempre, más arriba de la línea de la marea en la playa de guijarros, la embarcación menos segura del mundo. Un momento de terror. ¿Y si no están los remos? Pero están metidos debajo de la barca, donde siempre los guardaba Himerio.
El ruido de la quilla arañando las piedras de camino al agua es peligrosamente fuerte. En la orilla flotan formas del tamaño de cadáveres: no mires. Mete el esquife en el agua, se sube y se arrodilla con el saco en la bancada frente a ella, y saca el remo de estribor, a continuación el de babor, trazando pequeñas puntadas diagonales hacia la escollera. La noche, por fortuna, sigue oscura.
Tres gaviotas que cabecean en el agua negra la ven pasar. Tres es el número de la suerte, decía siempre Crisa: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Nacimiento, vida, muerte. Pasado, presente, futuro.
No parece ser capaz de remar en línea recta y los remos hacen demasiado ruido al golpear los escálamos; hasta ahora no había valorado la destreza de Himerio. Pero, con cada latido, la costa parece retroceder, y sigue remando con el mar a su espalda y las murallas de la ciudad delante de ella, una remera mirando lo que deja atrás.
Cuando se acerca a la escollera hace una pausa para achicar el esquife con la jarra de barro, como hacía Himerio. De algún lugar intramuros sube un resplandor: un amanecer en el lugar y a la hora equivocados. Es extraño lo hermoso que puede parecer el sufrimiento si se está lo bastante lejos.
Se aferra a las palabras de Himerio: «Si hay mala marea, aquí hay una corriente que nos llevaría directos a mar abierto». Ahora necesita que la mala marea se vuelva buena.
Cerca de la proa, en las olas después de la escollera, atisba una forma alargada y oscura. Un barco. ¿Será sarraceno o griego? ¿Está llamando el capitán a los remeros, preparan los cañoneros los cañones? Se agacha todo lo que puede, se aplana dentro de la barca con el saco pegado al pecho y agua fría mojándole la espalda, y es entonces cuando, por fin, el valor de Anna flaquea. El miedo se cuela por mil fisuras: tentáculos que suben de la lóbrega oscuridad a ambos lados de la barca y los ojos de buitre de Kalafates que parpadean desde el cielo sin estrellas.
«Las niñas no estudian con preceptores».
«¿Eres tú la culpable? ¿De todo?».
La corriente atrapa el pequeño esquife y lo impulsa. Piensa en cómo debió de sentirse Etón apresado dentro de todos esos cuerpos distintos, incapaz de hablar su propia lengua, maltratado, ridiculizado… Es un destino atroz y fue una crueldad reírse.
Nadie grita y no silban flechas. El esquife vira, cabecea y rebasa la escollera rumbo a la oscuridad.