Ciudad de las nubes
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Konstance
Varios registros salen revoloteando de las estanterías y se apilan en la mesa por orden cronológico. Una partida de nacimiento de Oregón. Un trozo de papel descolorido llamado telegrama de Western Union.
WUX Washington AP 20 1751 HRS
ALMA BOYDSTUN
431 FOREST ST LAKEPORT
SENTIMOS INFORMAR DE QUE SU TUTELADO EL SOLDADO DE EJÉRCITO DE ESTADOS UNIDOS ZENO NINIS ESTÁ DESAPARECIDO EN ACTO DE SERVICIO DESDE EL 1 DE ABRIL DE 1951 EN EL ÁREA DE COREA DETALLES NO DISPONIBLES
A continuación hay transcripciones de entrevistas con prisioneros de guerra liberados fechadas en julio y agosto de 1953. Un pasaporte con un sello de entrada: Londres. La escritura de una casa en Idaho. Un reconocimiento por cuatro décadas de servicio a algo llamado Departamento Provincial de Carreteras del Valle. El grueso de los papeles son necrológicas y artículos que detallan cómo, a la edad de ochenta y seis años, el 20 de febrero del año 2020 Zeno Ninis murió protegiendo a cinco niños a los que un terrorista tenía retenidos en una biblioteca rural.
«VALEROSO VETERANO DE COREA SALVA A UNOS NIÑOS Y UNA BIBLIOTECA», dice un titular. «LUTO POR UN HÉROE DE IDAHO», dice otro.
No encuentra nada relacionado con los fragmentos de una comedia antigua titulada La ciudad de los cucos y las nubes. Ni relación de publicaciones ni indicación alguna de que Zeno Ninis tradujera, adaptara o publicara alguna cosa.
Prisionero de guerra, empleado del condado en Idaho, un hombre mayor que frustró un atentado con bomba en la biblioteca de una pequeña localidad. ¿Por qué había un libro con el nombre de este hombre sobre la mesilla de noche de Padre en Nannup? Escribe: «¿Hubo algún otro Zeno Ninis?», y mete la pregunta por la ranura. Un momento después llega volando la respuesta: «La Biblioteca no contiene registros de otros individuos con ese nombre».
Cuando llega la NoLuz se tumba en la cama y mira a Sybil parpadear en su torre. ¿Cuántas veces, siendo una niña pequeña, le aseguraron que Sybil contenía todo lo que fuera capaz de imaginar, todo lo que necesitaría? Memorias de reyes; diez mil sinfonías; diez millones de programas de televisión; temporadas de béisbol enteras; imágenes en 3D de las cuevas de Lascaux; un registro completo de la Gran Colaboración que hizo posible el Argos: propulsión, hidratación, gravedad, oxigenación. Está todo ahí, la producción cultural y científica de la civilización humana alojada en los extraños filamentos de Sybil, en el corazón de la nave. El logro más importante de la historia de la humanidad, dicen, el triunfo de la memoria sobre las fuerzas aniquiladoras de la destrucción y la cancelación. Y cuando entró por primera vez en el atrio en su Día de la Biblioteca y vio aquellas aparentemente infinitas hileras de estanterías ¿acaso no lo creyó?
Pero no era verdad. Sybil no fue capaz de impedir que un contagio se propagara por la tripulación. No pudo salvar a Zeke ni al doctor Pori ni a la señora Lee ni, al parecer, a nadie. Sybil sigue sin saber si es seguro o no para Konstance salir de la Cámara Uno.
Hay cosas que Sybil no sabe. Sybil no sabe lo que era que tu padre te abrazara dentro del crepúsculo verde y frondoso de la Granja 4, ni lo que se sentía rebuscando en la bolsa de botones de tu madre preguntándote por la procedencia de cada uno. La Biblioteca no tiene registros de un ejemplar azul eléctrico de La ciudad de los cucos y las nubes traducido por Zeno Ninis, y sin embargo Konstance ha visto uno dentro del Atlas, boca arriba, en la mesilla de Padre.
Se sienta. Le viene a la cabeza la imagen de otra biblioteca, un lugar menos ambicioso, oculto dentro de las murallas de su propio cráneo, una biblioteca con solo una docena de estanterías, una biblioteca de secretos: la biblioteca de las cosas que Konstance sabe y Sybil no.
Come, se lava el pelo con el jabón sin aclarado, hace los abdominales y las zancadas y el precálculo que le manda Sybil. Luego se pone manos a la obra. Rompe el saco de polvo Nutrir que ya se ha terminado y lo corta en rectángulos: papel. Saca un cilindro de nailon de repuesto del kit de reparación de la impresora de comida y lo muerde hasta sacarle punta: pluma.
Sus intentos por conseguir tinta —salsa sintética, zumo de uva sintético, pasta de granos de café sintética— son lamentables: demasiado líquida, demasiado ligera; tarda demasiado en secarse.
«Konstance, ¿qué haces?».
—Estoy jugando, Sybil. Déjame.
Pero después de unos cuantos experimentos consigue escribir su nombre sin hacer borrones. En la Biblioteca se dice a sí misma: lee, relee, haz una fotografía mental de todo. A continuación toca su Vizor, se baja del Deambulador y escribe:
Valeroso veterano de Corea salva a unos niños y una biblioteca
Con la rudimentaria pluma, tarda diez minutos en escribir esas once palabras. Pero al cabo de unos días de práctica ya se le da bien memorizar frases enteras de textos de la Biblioteca, bajarse del Deambulador y escribirlas en un trozo de saco. Una de ellas dice:
El análisis proteómico del códice de Diógenes reveló rastros de savia, plomo, carbón y goma tragacanto, un agente espesante muy usado en la fabricación de tinta en la Constantinopla medieval.
Otro:
Pero si bien es probable que el manuscrito sobreviviera a la Edad Media, al igual que otros textos griegos antiguos, en una biblioteca monástica de Constantinopla, respecto a cómo salió de la ciudad y viajó hasta Urbino solo podemos especular.
Una corriente de luz roja recorre a Sybil.
«¿Estás jugando a un juego, Konstance?».
—Solo estoy tomando apuntes, Sybil.
«¿Por qué no tomas apuntes en la Biblioteca? Es mucho más eficiente y podrías usar todos los colores que quisieras».
Konstance se lleva el dorso de la mano a la cara y se mancha una mejilla de tinta.
—Así estoy bien, gracias.
Pasan semanas. «Feliz cumpleaños, Konstance —dice Sybil una mañana—. Hoy cumples catorce años. ¿Quieres que te ayude a imprimir una tarta?».
Konstance saca la cabeza de la cama. En el suelo a su alrededor revolotean al menos ochenta retales de saco. Uno dice: «¿Quién era Zeno Ninis?». Otro: «Σχερία».
—No, gracias. Podrías dejarme salir. ¿Por qué no me dejas salir por mi cumpleaños?
«No puedo».
—¿Cuántos días llevo aquí, Sybil?
«Llevas doscientos setenta y seis días a salvo en la Cámara Uno».
Konstance coge del suelo un recorte que dice:
Aquí en las quimbambas, como lo llama mi abuelita, hemos tenido montones de problemas.
Parpadea y ve a Padre acompañarla a la Granja 4 y abrir un cajón de semillas. Sale vapor que flota por el suelo; Konstance elige un sobre de papel de aluminio de las hileras.
Sybil dice: «Hay varias recetas de tarta de cumpleaños que podríamos probar».
—Sybil, ¿sabes qué me gustaría por mi cumpleaños?
«Dime, Konstance».
—Que me dejaras tranquila.
Dentro del Atlas flota a muchos kilómetros sobre la Tierra que rota sobre su eje, entre preguntas susurradas en la oscuridad. ¿Por qué tenía Padre un ejemplar de la traducción de Ninis de la historia de Etón en su mesilla de noche en Nannup? ¿Qué significa?
«Tuve un sueño, una visión, de lo que podría ser la vida», había dicho Padre en el último minuto que pasó Konstance con él. «¿Por qué quedarme aquí cuando podía estar allí?». Las mismas palabras que dijo Etón antes de dejar su hogar.
—Llévame —dice— a Lakeport, Idaho.
Baja entre nubes hasta un pueblo montañoso, encajado en el extremo sur de un lago glacial. Deja atrás un puerto deportivo, dos hoteles, una rampa de varada. Un tranvía eléctrico para turistas circula hasta la cima de un pico vecino. El tráfico obstruye la carretera principal: camionetas que tiran de remolques con barcos; figuras sin rostro que pedalean en bicicletas.
La biblioteca pública es un cubo de acero y vidrio a un kilómetro y medio del centro, en un prado lleno de maleza. En uno de sus laterales centellea un pelotón de bombas de calor. No hay placas, ni un jardín conmemorativo, no hay mención alguna de Zeno Ninis.
Vuelve a la Cámara Uno y se pone a caminar alrededor de Sybil con los calcetines raídos, agitando ligeramente los retales a sus pies. Recoge cuatro, los coloca unos debajo de otros y se agacha para leerlos.
Valeroso veterano de Corea salva a unos niños y una biblioteca
Traducción de Zeno Ninis
La Biblioteca no contiene registros de dicho libro.
20 de febrero de 2020.
¿Qué está pasando por alto? Recuerda a la señora Flowers al pie de las ruinas de las murallas de Teodosio en Estambul: «Dependiendo de cuándo fueran tomadas estas imágenes, esto es Estambul con el aspecto que tenía hace seis o siete décadas, antes de que el Argos abandonara la Tierra».
Toca de nuevo su Vizor, se sube al Deambulador, coge una tira de papel de una mesa de la Biblioteca. «Enséñame», escribe, «qué aspecto tenía la Biblioteca pública de Lakeport el 20 de febrero de 2020».
Bajan fotografías anticuadas de dos dimensiones. La biblioteca de estas imágenes es por completo distinta del cubo de acero y cristal que hay dentro del Atlas: una casa azul pálido de tejado a dos aguas parcialmente oculta detrás de matorrales crecidos en la esquina de las calles Lake y Park. Faltan tejas; la chimenea está torcida; por entre las grietas del camino de entrada crecen dientes de león. En una esquina hay una caja pintada para parecer un búho.
«Atlas», escribe Konstance, y el gran libro abandona su estantería.
Llega hasta la esquina de Lake y Park y se detiene. En la esquina suroriental, donde estuvo en otro tiempo la destartalada biblioteca de las fotografías, hay hoy un hotel de tres plantas lleno de balcones. Cuatro adolescentes sin rostro con camisetas sin mangas y bañadores están paralizados en la esquina.
Un toldo, una heladería, una pizzería, un aparcamiento cubierto. El lago está salpicado de lanchas y kayaks. En la carretera hay una fila de coches detenidos. Nada indica que allí hubiera alguna vez una biblioteca pública dentro de una casa azul vieja y destartalada.
Da media vuelta y se coloca junto a los adolescentes asaltada por la desesperanza. Sus apuntes en el suelo de la cámara, sus incursiones a Backline Road, su descubrimiento de Esqueria, el libro en la mesilla de Padre… Se suponía que todas estas investigaciones tenían que conducirla a alguna parte. Es como un rompecabezas que se suponía que ella debía resolver. Pero no está más cerca de entender a su padre que cuando este la encerró en la cámara.
Está a punto de marcharse cuando repara, en la esquina suroeste de la intersección, en una caja cilíndrica y achatada que ha sido pintada para parecer un búho con las alas pegadas a los costados. «DEPOSITE AQUÍ SUS LIBROS», dice en la puerta. En el pecho del búho:
BIBLIOTECA PÚBLICA DE LAKEPORT
¡CADA MOCHUELO A SU LIBRO!
Los dos ojazos color ámbar casi parecen seguirla cuando se acerca. Tiraron la vieja biblioteca, construyeron una nueva a la salida del pueblo, ¿pero dejaron un buzón donde la gente pudiera devolver libros? ¿Durante décadas?
Desde un ángulo determinado, uno de los adolescentes de la esquina parece a punto de traspasar el buzón, como si no hubiera estado allí en realidad cuando se hizo la fotografía. Qué raro.
Las plumas del búho son exquisitamente detalladas. Sus ojos parecen húmedos y vivos.
«… y los ojos se le hicieron tres veces más grandes y del color de la miel líquida…».
El buzón de devolución de libros, cae en la cuenta Konstance, igual que los cocoteros que le llamaron la atención en Nigeria, o el césped esmeralda y los árboles en flor delante del edificio municipal de Nannup, vibra más que el edificio que tiene detrás, es más vívido que la heladería o la pizzería o que los cuatro adolescentes capturados por las cámaras del Atlas. Las plumas del búho casi parecen temblar cuando Konstance extiende la mano para tocarlas. Las yemas de sus dedos se topan con algo sólido y el corazón se le acelera.
La manilla del buzón tiene tacto de metal: frío, firme. Real. La coge y tira de ella. Empieza a nevar.