Ciudad de las nubes

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Zeno

Traduce un canto de la Ilíada, dos de la Odisea, además de un buen trozo de La República, de Platón. Cinco líneas de media al día, diez los días buenos, escritas a lápiz en blocs de hojas amarillas rayadas con su caligrafía ondulada y luego guardadas en cajas debajo de la mesa del comedor. A veces las traducciones le parecen válidas. Por lo general decide que son malísimas. No se las enseña a nadie.

El Departamento de Carreteras del condado le da una placa y una pensión; Luther, el enorme perro atigrado, muere en paz, y Zeno adopta un terrier y lo llama Néstor, como el rey de Pilos. Se despierta cada mañana en la camita de latón del piso de arriba, hace cincuenta flexiones, saca un par de calcetines de Utah Woolen Mills, se abotona uno de sus dos trajes, le hace un nudo a una de sus cuatro corbatas. Hoy verde, mañana azul, la de patos los miércoles, la de pingüinos los jueves. Café solo, copos de avena sin nada. Luego va a la biblioteca.

Marian, la directora de la biblioteca, encuentra vídeos online de un profesor de más de dos metros de alto de una universidad del Medio Oeste que da griego antiguo de nivel intermedio, y la mayoría de los días Zeno empieza el día sentado a una mesa junto a las novelas románticas más vendidas, lo que Marian llama la sección de Pubis y Pompis, con unos grandes auriculares puestos y el volumen subido.

El pretérito le causa dolor de espalda en sentido literal por cómo arroja todos los verbos a la oscuridad. Luego está el aoristo, un tiempo verbal sin restricciones de tiempo que puede darle ganas de meterse en un armario y acurrucarse en la penumbra. Pero en los mejores momentos, mientras trabaja en los textos clásicos durante una hora o dos, las palabras desaparecen y acuden a él imágenes a través de los siglos: guerreros con armadura apretados en naves; la luz del sol rielando en el mar; el viento que trae las voces de dioses… y casi le parece que tiene otra vez seis años y está sentado delante de la chimenea con las gemelas Cunningham y al mismo tiempo flota con Ulises sobre las olas de la costa de Esqueria mientras oye rugir la marea contra las rocas.

Una soleada tarde de mayo de 2019 Zeno está encorvado sobre sus cuadernos cuando el último ayudante que ha contratado Marian, un bibliotecario infantil llamado Sharif, lo llama desde el mostrador de recepción. En la pantalla del ordenador de Sharif flota un titular: «Nuevas tecnologías descubren una fábula griega antigua desconocida en el interior de un libro previamente ilegible».

Según el artículo, una caja con manuscritos medievales seriamente dañados, almacenada durante siglos en la biblioteca ducal de Urbino y después trasladada a la Biblioteca Vaticana, había sido siempre considerada indescifrable. En concreto, un pequeño códice de novecientos años de antigüedad encuadernado en cordobán había suscitado de vez en cuando la curiosidad de los historiadores, pero los daños producidos por el agua, el moho y la edad se habían combinado para fundir sus páginas en una masa sólida e ilegible.

Sharif agranda la fotografía que acompaña el texto.

—Parece una edición de bolsillo que haya pasado mil años sumergida dentro de un retrete —dice.

—Y luego olvidada en el camino de entrada de una casa durante mil más —añade Zeno.

En el último año, continúa diciendo el artículo, un equipo de conservadores, usando tecnología de escaneado multiespectral, ha obtenido imágenes de fragmentos del texto original. Al principio hubo un aluvión de conjeturas por parte de los estudiosos. ¿Y si el manuscrito contenía una obra de teatro perdida de Esquilo o un tratado científico de Arquímedes o un evangelio cristiano primitivo? ¿Y si era Margites, la comedia perdida y atribuida a Homero?

Pero hoy el equipo anuncia que han recuperado texto suficiente para afirmar que se trata de una obra de ficción en prosa del siglo I titulada Νεφελοκοκκυγία, del casi desconocido autor Antonio Diógenes. Νεφέλη, nube; κόκκῡξ, cuco; Zeno conoce ese título. Vuelve corriendo a su mesa, empuja montículos de papel, desentierra su ejemplar del Compendium, de Rex. Página 29. Entrada 51.

La fábula griega desaparecida La ciudad de los cucos y las nubes, del escritor Antonio Diógenes, sobre el viaje de un pastor a una ciudad en los cielos, fue probablemente escrita hacia finales del siglo I d. C. Por un resumen bizantino del siglo IX sabemos que la novela empezaba con un breve prólogo en el que Diógenes se dirigía a una sobrina enferma y afirmaba que no se había inventado el relato cómico que seguía, sino que lo había descubierto dentro de una tumba en la antigua ciudad de Tiro, escrito en veinticuatro tablillas de madera de ciprés. Parte cuento de hadas, parte novela picaresca, parte ciencia ficción, parte sátira utópica, el epítome de Focio sugiere que podría haber sido una de las novelas más fascinantes de la Antigüedad.

Zeno contiene el aliento. Ve a Athena correr por la nieve; ve a Rex, anguloso y encorvado por la malnutrición, arañar versos con un trozo de carbón en un tablón. Θεοὶ son los dioses, ἐπεκλώσαντο significa urdieron, ὄλεθρον es ruina.

«Mejor aún —dijo aquel día Rex en la cafetería—, una comedia antigua, el viaje imposible de ida y vuelta de un loco a los confines de la tierra. Esos son mis preferidos, ¿sabes a lo que me refiero?».

Marian está a la puerta de su despacho sujetando con las dos manos una taza cubierta de gatos de dibujos animados.

—¿Está bien Zeno? —pregunta Sharif.

—Creo —dice Marian— que está feliz.

Le pide a Sharif que le imprima todos los artículos que encuentre sobre el manuscrito. La tinta empleada en el códice lo sitúa en Constantinopla en el siglo X; la Biblioteca Vaticana ha prometido que cada línea recuperada será digitalizada y puesta en dominio público. Un profesor universitario de Stuttgart aventura que Diógenes pudo ser el Borges del mundo antiguo, interesado en cuestiones como verdad e intertextualidad, que los escáneres revelarán una nueva obra maestra, una precursora de El Quijote y Los viajes de Gulliver. Pero una helenista en Japón dice que es probable que el texto sea intrascendente, que ninguna de las novelas griegas que han llegado hasta nuestros días, si es que pueden llamarse novelas, se acerca al valor literario de la poesía y el teatro clásicos. Que sea antigua, escribe, no quiere decir que sea buena.

La primera página escaneada, etiquetada «folio A», se publica el primer viernes de junio. Sharif la imprime con la nueva impresora Ilium, una donación reciente, ampliada a tamaño tabloide, y se la lleva a Zeno, a su mesa en No Ficción.

—¿Vas a poder descifrar esto?

El texto está sucio y roído por los gusanos, colonizado por el moho, como si las hifas fúngicas, el tiempo y el agua se hubieran unido para componer un poema sobre la cancelación. Pero para Zeno es mágico, los caracteres griegos parecen brillar desde algún profundo lugar debajo de la página, blanco sobre negro, no tanto escritura como el espectro de la escritura. Recuerda cuando llegó la carta de Rex, cómo al principio se negó a creer que Rex hubiera sobrevivido. A veces las cosas que creemos perdidas solo están ocultas, esperando a ser redescubiertas.

Durante las primeras semanas del verano, a medida que los folios escaneados se publican poco a poco en internet y salen de la impresora de Sharif, Zeno está eufórico. Una alegre luz de junio entra por las ventanas de la biblioteca e ilumina las páginas impresas; los primeros párrafos de la historia de Etón le resultan encantadores, tontos y traducibles; tiene la sensación de que ha encontrado por fin una ocupación, algo que tiene que terminar antes de morir. Sueña despierto que publica una traducción, se la dedica a Rex, organiza una fiesta; Hillary viaja desde Londres con un séquito de refinadas amistades; todos en Lakeport se dan cuenta de que es algo más que Zeno el Lento, el conductor de quitanieves jubilado con el perro ladrador y las corbatas raídas.

Pero día tras día su entusiasmo decae. Muchos de los folios siguen tan dañados que las frases se disuelven en la ilegibilidad antes de hacerse comprensibles. Peor aún, los conservadores informan de que, en algún momento de su larga historia, el códice debió de haber sido desencuadernado y vuelto a encuadernar siguiendo un orden equivocado, de manera que la secuencia de los acontecimientos ya no está clara. Para el mes de julio empieza a sentirse como si estuviera intentando resolver uno de los puzles de la señora Boydstun, con una tercera parte de las piezas debajo de la estufa, otra simplemente desaparecida. Es demasiado inexperto, demasiado inculto, demasiado mayor; no le da la cabeza para algo así.

Follaovejas, Puré de trucha, Sarasa, Zero. ¿Por qué es tan difícil trascender las identidades que nos asignan cuando somos jóvenes?

En agosto se estropea el aire acondicionado de la biblioteca. Zeno pasa una tarde sudando la camisa mientras sufre tratando de descifrar un folio especialmente problemático del que se ha borrado al menos el sesenta por ciento de las palabras. Algo sobre una abubilla que guía a Etón el cuervo hasta un río de crema. Algo sobre un aguijonazo de duda —¿desazón?, ¿inquietud?— bajo las alas.

No consigue pasar de ahí.

A la hora de cerrar recoge sus libros y su bloc de hojas amarillas rayadas mientras Sharif empujas las sillas y Marian apaga las luces. Fuera, el aire huele a incendio forestal.

—Hay profesionales que se dedican a esto —dice Zeno mientras Sharif cierra la puerta—. Traductores de verdad. Personas con títulos de universidades buenas que saben lo que hacen.

—Es posible —contesta Marian—, pero no son tú.

En el lago pasa con estrépito una lancha con música de bajo que suena por los altavoces. Hay una presión caliente y plateada suspendida en la atmósfera. Los tres se detienen junto al Isuzu de Sharif y Zeno nota el fantasma de algo atravesando el calor, invisible, esquivo. En la otra orilla del lago, sobre las pistas de esquí de la montaña, una nube de tormenta llamea color azul.

—En el hospital —comenta Sharif mientras se enciende un cigarrillo—, antes de morir, mi madre solía decir: «La esperanza es la columna que sostiene el mundo».

—¿Quién dijo eso?

Sharif se encoge de hombros.

—Algunos días decía que Aristóteles, otros John Wayne. Igual hasta se lo había inventado ella.

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