Ciudad de las nubes
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Konstance
La tira de papel se posa en la mesa.
Christopher Dee
Olivia Ott
Alex Hess
Natalie Hernandez
Rachel Wilson
Una de las niñas tomadas como rehenes en la Biblioteca Pública de Lakeport el 20 de febrero de 2020 era Rachel Wilson. La bisabuela de Konstance. Por eso estaba el libro de las traducciones de Zeno en la mesilla de Padre. Su abuela actuaba en la obra.
Si Zeno Ninis no salva la vida de Rachel Wilson el 20 de febrero de 2020, entonces su padre no nace. No forma parte de la tripulación del Argos, Konstance no existe.
«Había viajado hasta tan lejos y era todo tan magnífico, y sin embargo…».
¿Quién era Rachel Wilson y cuántos años vivió y cómo se sentía cada vez que miraba ese libro, traducido por Zeno Ninis? ¿Se sentó alguna tarde ventosa en Nannup con el padre de Konstance a leerle la historia de Etón? Konstance se pone de pie, camina en círculos alrededor de la mesa en el atrio, convencida ahora de que algo se le escapa. Algo escondido delante de sus ojos. Más cosas que Sybil desconoce. Da órdenes al Atlas. Que la lleve primero a Lagos, a la céntrica plaza junto al golfo, donde hoteles color blanco reluciente se alzan en tres de los lados y cuarenta cocoteros crecen en jardineras ajedrezadas. «Bienvenidos —dice el letrero— al Nuevo Intercontinental».
Konstance da vueltas y más vueltas bajo el inmutable sol nigeriano. De nuevo la antigua sensación la asalta, le perfora las comisuras de su percepción: algo no va bien. Las cicatrices en los troncos de las palmeras, las vainas viejas todavía pegadas a las hojas, los cocos en lo alto y los que están caídos en las jardineras; ninguno de los cocos, se da cuenta Konstance, tiene los tres poros germinativos que le enseñó Padre. Dos ojos y una boca, el rostro de un marinerito silbando mientras da la vuelta al mundo.
Los árboles están generados por ordenador. No estaban aquí originalmente.
Recuerda a la señora Flowers al pie de las murallas de Teodosio en Constantinopla. «A fuerza de venir mucho por aquí, cariño, una termina descubriendo un secreto o dos».
A veinte pasos de distancia, una bicicleta de vendedor ambulante con un tenderete blanco montado frente al manillar se apoya contra una de las jardineras. En el tenderete, búhos de dibujos animados sostienen cucuruchos de helado. Dentro de la caja abierta del tenderete, doce latas de bebida brillan en un lecho de hielo. El hielo centellea; los búhos dibujados casi parecen parpadear. Igual que el buzón de devolución de libros en Lakeport, es más vibrante que todo lo que lo rodea.
Konstance alarga la mano hacia una de las bebidas y sus dedos tocan algo sólido, frío y húmedo. Cuando coge la lata del lecho de hielo, mil ventanas se hacen añicos silenciosamente en los hoteles que la rodean. Las baldosas de la plaza desaparecen; las falsas palmeras se evaporan.
A su alrededor aparecen figuras, personas sentadas o de pie o tumbadas no en la umbría plaza de una ciudad, sino en hormigón resquebrajado y mugriento: algunos van sin camisa, más aún sin zapatos, esqueletos vivientes, algunos escondidos tan al fondo de tiendas de campaña hechas con lonas azules que Konstance solo les ve las pantorrillas y los pies sucios de barro.
Neumáticos viejos. Basura. Lodo. Hay varios hombres sentados en recipientes de plástico que una vez contuvieron una bebida llamada SunShineSix; una mujer sacude un saco de arroz vacío; una docena de niños famélicos están acuclillados alrededor de un trozo de suelo polvoriento. Nada se mueve de la manera en que se movieron los objetos cuando tocó el buzón de libros a la puerta de la antigua biblioteca de Lakeport; las personas son solo imágenes estáticas y sus manos las atraviesan como si fueran sombras.
Se inclina, intenta escudriñar los tramos borrosos de los rostros de los niños. ¿Qué les está pasando? ¿Por qué estaban escondidos?
A continuación regresa a la pista de correr a las afueras de Bombay que encontró un año atrás, el espeso verde de los manglares discurre a su lado igual que una muralla amenazante. Recorre al trote un kilómetro en ambas direcciones, estudiando el paseo, hasta que por fin lo encuentra: un pequeño búho pintado en la acera. Lo toca y el manglar se desintegra y lo sustituye una avalancha de agua marrón rojiza llena de desechos y basura. La marea borra a las personas, sumerge el camino, sube por los costados de las torres de apartamentos. Hay barcos atados a los balcones del segundo piso; una mujer está congelada encima del techo de un coche sumergido con los brazos en alto pidiendo ayuda y un grito difuminado en el rostro.
Indispuesta, estremecida, Konstance susurra: «Nannup». Sube; la Tierra pivota, se invierte y Konstance cae. Lo que en otro tiempo fue un pequeño y pintoresco pueblo ganadero de Australia. Las banderolas desvaídas colgadas sobre la carretera dicen:
HAZ TU PARTE
DERROTA EL DÍA CERO
TE BASTAN 10 LITROS AL DÍA
Delante del edificio municipal, a la sombra de drácenas, las begonias crecen vivaces en sus jardineras. La hierba parece tan verde como siempre: cinco tonos más intensa que todo lo que hay en cincuenta kilómetros a la redonda. La fuente centellea, los brillantes árboles en flor se yerguen orgullosos. Pero al igual que con la plaza de Lagos, igual que la pista de correr a las afueras de Bombay, algo parece alterado.
Konstance recorre la manzana tres veces y, por fin, en una puerta lateral del edificio municipal, lo encuentra: el grafiti de un búho con una cadena de oro alrededor del cuello y una corona ladeada en la cabeza.
Lo toca. La hierba se marchita, los árboles se separan, la pintura del edificio se descascarilla y el agua de la fuente se evapora. En su lugar aparece un camión cisterna con un depósito de agua de veintidós mil litros, lo rodea un círculo de hombres armados y, detrás de ellos, una fila de vehículos polvorientos se extiende hasta el horizonte.
Cientos de personas con jarras y latas vacías se aglomeran contra la barrera de hierro. Las cámaras del Atlas han captado a un hombre con un machete saltando la barrera; tiene la boca abierta; un soldado está disparando su arma; hay varias personas tiradas en el suelo. En la espita del camión cisterna, dos hombres tiran de la misma jarra de plástico, les sobresalen todos los tendones de los brazos. Konstance ve, entre los cuerpos apretados contra la barrera, madres y abuelas con bebés en brazos.
Por esto. Por esto se fue Padre.
Cuando baja del Deambulador es LuzDiurna en la cámara. Cojea por entre los retazos de saco, desconecta la toma de agua de la impresora de comida y se la lleva a la boca. Le tiemblan las manos. Sus calcetines se han terminado de desintegrar, todos los agujeros se han convertido en uno solo y le sangran dos dedos del pie.
«Acabas de caminar quince kilómetros, Konstance —dice Sybil—. Si no duermes y comes como es debido, te restringiré el acceso a la Biblioteca».
—Lo haré. Comeré, descansaré. Lo prometo.
Se acuerda de Padre trabajando en sus plantas, ajustando un humidificador, luego dejando que el agua le rociara el dorso de la mano. «El hambre —dijo y Konstance había tenido la sensación de que no le hablaba a ella sino a las plantas—. Al cabo de un tiempo te puedes olvidar de ella, pero en cambio la sed… Cuanto peor es, más piensas en ella».
Se sienta en el suelo y examina uno de los dedos que le sangra y recuerda las historias de Madre sobre Elliot Fischenbacher el Chiflado, el niño que deambuló por el Atlas hasta que se le resquebrajaron los pies y también la cordura. Elliot Fischenbacher el Chiflado, que intentó perforar la piel del Argos poniendo en peligro a todos y a todo. Que acumuló SueñoGrageas suficientes para quitarse la vida.
Come, se lava la cara, se desenreda un nudo del pelo, hace las tareas de gramática y física, todo lo que le pide Sybil. El atrio de la Biblioteca parece alegre y tranquilo. El suelo de mármol reluce como si le hubieran sacado brillo por la noche.
Cuando termina de estudiar se sienta en una mesa y el perrito de la señora Flowers se acurruca a sus pies. Con dedos temblorosos, Konstance escribe: «¿Cómo se construyó el Argos?».
De las bandadas de libros, registros y diagramas que llegan volando a la mesa elimina todos los documentos patrocinados por la Ilium Corporation: flamantes esquemas sobre tecnologías de propulsión nuclear de pulso, análisis de materiales, diseños de compartimentos; hojas de cálculo explorando la capacidad de carga; planos de sistemas de tratamiento de agua; diagramas de impresoras de comida; imágenes de los módulos de la nave preparados para su ensamblaje en órbita terrestre baja; cientos de folletos detallando cómo seleccionar una tripulación a la que habrá que transportar, poner en cuarentena, adiestrar durante seis meses y sedar para el despegue.
Pasan las horas y la multitud de documentos mengua. Konstance no logra encontrar informes independientes que evalúen la viabilidad de construir un arca interestelar en el espacio y propulsarla a la velocidad necesaria para llegar a Beta Oph2 en 592 años. Cada vez que un autor empieza a cuestionarse si están preparadas las tecnologías, si los sistemas térmicos serán los adecuados, cómo se puede proteger a una tripulación humana de la radiación prolongada del espacio sideral, cómo simular la gravedad, si los costes son manejables o si las leyes de la física pueden sostener una misión como esta, los documentos se interrumpen. Artículos académicos cortados en la mitad de una frase. Números de capítulo que pasan del dos al seis o del cuatro al nueve con nada entre medias.
Por primera vez desde su Día de la Biblioteca, Konstance pide el catálogo de los exoplanetas conocidos. Página tras página, hilera tras hilera de los mundos conocidos fuera de la Tierra, sus imágenes que rotan en las ilustraciones: rosa, bermellón, marrón, azul. Sigue con el dedo la línea hasta Beta Oph2, que empieza a rotar despacio. Verde. Negro. Verde. Negro.
4,0113×1013 kilómetros. 4,24 años luz.
Konstance mira el atrio desierto y tiene la sensación de que lo atraviesan millones de grietas delgadas como hilos e invisibles. Coge una tira de papel. Escribe: «¿Dónde se reunió a la tripulación del Argos para el despegue?».
Una tira de papel solitaria baja del cielo:
Qaanaaq
Dentro del Atlas, Konstance baja despacio hacia la costa norte de Groenlandia: tres mil metros, dos mil. Qaanaaq es un pueblo pesquero sin árboles atrapado entre el mar y cientos de kilómetros cuadrados de morrena. Casitas pintorescas, muchas hundidas por haber sido construidas sobre permafrost derretido, están pintadas de verde, azul intenso, amarillo mostaza, con marcos de ventanas blancos. A lo largo de la costa, en las rocas, hay un puerto deportivo, unos cuantos muelles, unos pocos barcos y un tumulto de herramientas de construcción.
Tarda tres días en resolver el misterio. Come, duerme, recibe lecciones de Sybil, busca y vuelve a buscar, deambulando en círculos desde Qaanaaq, escrutando el mar. Por fin, en una región de la bahía de Baffin, a trece millas náuticas del pueblo, en una isla desierta, todo rocas y líquenes, un lugar que probablemente estaba cubierto de hielo solo una década atrás, lo encuentra: una casa roja solitaria que recuerda al dibujo infantil de un granero con un mástil blanco en la puerta. En la base del mástil hay un búho de madera que le llega a Konstance no más arriba del muslo, con aspecto de estar durmiendo.
Konstance camina hasta él, lo toca y el búho abre los ojos.
Embarcaderos de granito se adentran en el mar. Una valla de quince metros rematada en alambre de espino crece desde el suelo detrás de la casita roja y recorre toda la circunferencia de la isla.
«Prohibido el paso —dicen letreros en cuatro idiomas—. Propiedad de Ilium Corporation. No entrar».
Detrás de la valla se extiende un vasto complejo industrial: grúas, remolques, camiones, montañas de materiales de construcción apilados entre las rocas. Konstance camina junto a la valla todo lo que el software le permite, a continuación se eleva y flota encima de ella. Ve camiones de cemento, figuras con casco, un cobertizo para barcos, un camino de piedras: en el centro del complejo hay una gigantesca estructura blanca y circular a medio construir y sin ventanas.
«Transportar, poner en cuarentena, adiestrar durante seis meses y sedar para el despegue».
Están construyendo lo que luego será el Argos. Pero no hay naves espaciales, no hay lanzadera. La nave no se ensambló en módulos en el espacio. De hecho nunca fue al espacio. Está en la Tierra.
Está viendo el pasado, imágenes tomadas siete décadas atrás, luego editadas del Atlas por la Ilium Corporation. Pero también se está viendo a sí misma. A su hogar. Todos estos años. Toca su Vizor, se baja del Deambulador con un torbellino de emociones dentro de ella.
Sybil dice: «¿Has disfrutado del paseo, Konstance?».