Ciudad de las nubes
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Zeno
Para mediados de septiembre Alex, Rachel, Olivia, Natalie y Christopher quieren transformar los fragmentos de La ciudad de los cucos y las nubes en una obra de teatro, disfrazarse y representarla. Llueve, el humo se va, mejora la calidad del aire y aun así los niños siguen queriendo ir a la biblioteca los martes y jueves después de clase y reunirse alrededor de la mesa de Zeno. Son los niños, se da cuenta este, sin club de voleibol o profesor particular de matemáticas o amarres en el puerto deportivo. Los padres de Olivia dirigen una iglesia; el padre de Alex está buscando trabajo en Boise; los padres de Natalie trabajan de día y de noche en un restaurante; Christopher tiene cinco hermanos y Rachel está viviendo este año en Estados Unidos mientras su padre australiano hace algo dedicado a mitigación de incendios en el Departamento de Gestión Territorial de Idaho.
Cada minuto que pasa con ellos aprende algo. A principios de verano solo era capaz de concentrarse en lo que no sabía, en todo lo que se ha perdido del texto de Diógenes. Pero ahora se da cuenta de que no tiene por qué investigar hasta el último detalle del pastoreo en la Grecia antigua ni dominar cada modismo de la Segunda Sofística. Le bastan la historia sugerida en los folios que han sobrevivido, y la imaginación de los niños hará el resto.
Por primera vez en décadas, quizá por primera vez desde los días con Rex en el Campamento Cinco, cuando se sentaban con las rodillas muy juntas delante del fuego en el cobertizo de la cocina, se siente por completo vivo, como si le hubieran arrancado las cortinas de las ventanas de su mente: lo que quiere hacer está aquí, justo delante de él.
Un martes de octubre todos los niños están sentados alrededor de su mesita en la biblioteca. Christopher y Alex engullen agujeros de dónut que Marian ha sacado de alguna parte; Rachel, flaca como un palo, en botas y pantalones vaqueros, está inclinada sobre un bloc amarillo escribiendo, borrando, escribiendo de nuevo. A estas alturas Natalie, que durante las primeras tres semanas apenas pronunció una palabra, habla casi sin parar.
—Entonces, después de todo este viaje —dice—, ¿Etón resuelve la adivinanza, cruza las puertas, bebe de los ríos de vino y crema, come manzanas y melocotones, incluso tortas de miel, que no sé lo que son, y siempre hace buen tiempo y nadie lo trata mal, y sigue siendo desgraciado?
Alex mastica otro agujero de dónut.
—Sí, es una locura.
—¿Sabéis qué? —interviene Christopher—. Que en mi ciudad de los cucos y las nubes, en lugar de vino, los ríos serían de zarzaparrilla. Y toda esa fruta serían golosinas.
—Millones de golosinas —dice Alex.
—Infinitos caramelos masticables Starburst.
—Infinitos Kit Kats.
—Pues en mi ciudad de los cucos y las nubes —replica Natalie— a los animales se los trataría igual que a las personas.
—Y no habría tareas —añade Alex—, ni amigdalitis.
—Pero —dice Christopher— ¿sabéis el Supermágico y Extrapoderoso Libro de Todas las Cosas que está en el jardín del centro de la ciudad? Pues también estaría en mi ciudad de los cucos y las nubes. Así podrías leer en plan un libro en cinco minutos y saberlo todo.
Zeno se inclina sobre el montículo de papeles en la mesa.
—¿Os he explicado lo que significa Etón?
Los niños sacuden la cabeza; Zeno escribe αἴθων en grande en una hoja de papel.
—En llamas —dice—. Ardiendo, fogoso. Hay quien dice que también puede significar «hambriento».
Olivia se sienta. Alex se mete otro agujero de dónut en la boca.
—Igual por eso —observa Natalie— nunca se rinde. Porque es incapaz de quedarse en un sitio. Siempre está ardiendo por dentro.
Rachel aparta los ojos de la mesa, con la mirada perdida en un punto lejano.
—Pues en mi ciudad de los cucos y las nubes —dice— llovería todas las noches. Habría árboles verdes que llegarían hasta el horizonte. Ríos grandes y frescos.
Pasan un martes de diciembre en la tienda de segunda mano buscando disfraces, un jueves haciendo una cabeza de asno, otra de pez, una cabeza de abubilla de papel maché. Marian encarga plumas negras y grises para que puedan hacer alas; todos recortan nubes de cartulina. Natalie recopila efectos de sonido en su portátil con grandes auriculares rosa en las orejas; Zeno contrata a un carpintero para que construya un escenario y una pared de aglomerado, en su taller y por piezas, para dar así una sorpresa a los niños. Pronto faltan solo dos jueves y aún queda mucho por hacer, escribir un final, preparar guiones, alquilar sillas plegables; Zeno se acuerda de cómo vibraba de excitación Athena, la perra, cada vez que presentía que iban a ir al agua: era como si un relámpago le recorriera el cuerpo. Así es como se siente cada noche cuando intenta dormir, con sus pensamientos sobrevolando montañas y océanos, serpenteando entre estrellas, su cerebro como una antorcha dentro de su cabeza, ardiendo.
A las seis de la mañana del 20 de febrero Zeno hace sus flexiones, se pone dos pares de calcetines de Utah Woolen Mills, se anuda la corbata de pingüinos, se bebe una taza de café y camina hasta Lakeport Drug, donde hace cinco fotocopias de la última versión del guion y compra una caja de zarzaparrillas. Cruza Lake Street con los guiones en una mano y los refrescos en la otra y las cimas de las montañas se pierden en las nubes: se avecina tormenta.
El Subaru de Marian ya está en el aparcamiento de la biblioteca y en el piso de arriba solo hay una ventana iluminada. Zeno sube los cinco escalones de granito hasta el porche y se detiene a recobrar el aliento. Durante una fracción de segundo vuelve a tener seis años, tirita y se siente solo y dos bibliotecarias le abren la puerta.
«¡Pero bueno! Tienes pinta de estar helado».
«¿Dónde está tu madre?».
La puerta principal está abierta. Sube las escaleras al segundo piso y se detiene delante de la pared dorada de aglomerado. Desconocido, quienquiera que seas, abre esto y maravíllate.
Cuando abre la puertecita la luz entra a raudales por el umbral en arco. Sobre el escenario, Marian está subida a una banqueta escalera pintando algo en las torres doradas y plateadas de su decorado. Zeno la mira bajar de la banqueta para examinar su trabajo, luego subir de nuevo, mojar el pincel y dibujar tres pájaros más volando alrededor de la torre. El olor a pintura fresca es intenso. Todo está en silencio.
Tener ochenta y seis años y sentirse así.