Ciudad de las nubes
Veintiuno » Biblioteca pública de Lakeport » Zeno
Página 137 de 163
Zeno
Detrás de las estanterías los niños están sentados con sus guiones en el regazo: Christopher Dee, con sus ojos azules siempre guiñados y esa manera encantadora de hablar por una de las comisuras de la boca; Alex Hess, el niño de tórax ancho y cabeza de león que siempre lleva pantalón corto de deporte por frío que haga, que parece inmune a cualquier incomodidad excepto el hambre, que tiene una voz sorprendentemente aguda y sedosa; Natalie, con los auriculares rosa alrededor del cuello, que tiene verdadera intuición para el griego antiguo; Olivia Ott, con su melena corta, aterradoramente lista, con la túnica caleidoscópica que tanto trabajó para hacerse, y la pelirroja Rachel, boca abajo en la moqueta, rodeada de atrezo, siguiendo el texto de la obra con la punta de su lapicero mientras los actores lo leen.
—De un lado hay baile y del otro muerte —susurra Alex, y simula pasar páginas en el aire—. Página tras página tras página.
Los niños lo saben. Saben que hay alguien en el piso de abajo; saben que corren peligro. Están siendo valientes, increíblemente valientes, haciendo una lectura completa de la obra detrás de las estanterías en susurros, tratando de usar la historia para burlar el peligro. Pero hace tiempo que deberían estar en sus casas. Parece que ha pasado una eternidad desde que Sharif gritó desde el piso de abajo que iba a llevar la mochila a la policía. Desde entonces no han oído un solo ruido; Marian no ha subido con las pizzas; nadie les ha dicho por un megáfono que el peligro ha pasado.
El dolor recorre la cadera de Zeno cuando se pone de pie.
—Tú lee hasta el final, cuervecillo —susurra Olivia la diosa— y conocerás los secretos de los dioses. Podrás convertirte en un águila, o en un búho sabio y fuerte, libre de deseos y de problemas.
Debería haberle dicho a Rex que lo quería. Debería habérselo dicho en el Campo Cinco; debería habérselo dicho en Londres; debería habérselo contado a Hillary y a la señora Boydstun y a todas las mujeres del condado de Valley con las que tuvo una triste cita. Debería haberse arriesgado más. Ha necesitado toda una vida para aceptarse a sí mismo, y le sorprende comprobar que, ahora que sí es capaz de hacerlo, ya no necesita vivir un año más, un mes más: ochenta y seis años son suficiente. Son tantos los recuerdos que se acumulan en una vida…, el cerebro está constantemente desbrozando, sopesando consecuencias, enterrando dolor, pero, a pesar de ello, cuando llegas a esta edad terminas arrastrando un monumental saco de recuerdos, con una carga tan pesada como un continente, y llega un momento en que tienes que sacarlos del mundo.
Rachel agita la mano, susurra: «Parad», y despliega las hojas de su guion.
—Señor Ninis, los dos folios liosos, el de las cebollas silvestres y el baile, creo que tenemos mal el orden. No pasan en la ciudad de los cucos y las nubes, pasan en Arcadia.
—Pero —exclama Alex— ¿de qué hablas?
—En voz baja —dice Zeno—, por favor.
—Es la sobrina —susurra Rachel—. Nos estamos olvidando de la sobrina. Si lo que de verdad importa, como dijo el señor Ninis, es que la historia pase a otros, que llegó por partes a una niña que se moría lejos de allí, ¿por qué iba Etón a decidir quedarse en las estrellas y vivir para siempre?
Olivia la diosa se agacha al lado de Rachel con su vestido de lentejuelas.
—¿Etón no lee hasta el final del libro?
—Por eso escribe la historia en las tablillas —dice Rachel—. Por eso las entierran con él en su tumba. Porque no se queda en la ciudad de las nubes. Elige… ¿Cuál es la palabra, señor Ninis?
El latir de los corazones, el parpadeo de los ojos. Zeno se ve salir del lago helado. Ve a Rex en la luz lluviosa del salón de té, con una mano temblando sobre el platillo. Los niños miran sus guiones.
—Quieres decir —dice Alex— que Etón vuelve a casa.