Ciudad de las nubes
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Seymour
Se sienta con la espalda contra los diccionarios y la Beretta en el regazo. Un resplandor blanco entra oblicuo por las ventanas de la fachada y proyecta sombras inquietantes en el techo: la policía ha instalado reflectores.
Su teléfono se niega a sonar. Mira al hombre herido respirar al pie de las escaleras. No ha encontrado la mochila; no se ha movido. Es la hora de cenar y Bunny estará llevando platos entre las mesas de Pig N’ Pancake, la undécima hora de su jornada laboral. Debe de haber suplicado a alguien que la llevara desde el Sachse Inn porque él no ha ido a recogerla. A estas alturas ya sabrá que algo está pasando en la biblioteca pública. Habrán pasado una docena de coches policía; en todas sus mesas estarán hablando de ello, y también en la cocina. Alguien encerrado en la biblioteca; alguien con una bomba.
Mañana, se dice, estará en el campamento de Bishop, muy al norte, donde los guerreros llevan una existencia con un propósito y un sentido, donde Mathilda y él pasearán por el bosque entre tramos de sol y sombra. Pero ¿aún cree en ello de verdad?
Pisadas en la escalera. Seymour se levanta uno de los protectores auditivos. Reconoce a Zeno el Lento cuando baja los últimos escalones: un anciano delgado que no se quita la corbata y ocupa siempre la misma mesa cerca de las novelas románticas más vendidas, perdido en una topera de papeles, tocándolos con delicadeza uno a uno, igual que un sacerdote sentado ante un montón de artefactos que encierran significado solo para él.