Ciudad de las nubes

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Zeno

Sharif no lleva la camisa bien puesta y está como si alguien le hubiera volcado encima un cubo de tinta, pero Zeno ha visto cosas peores. Sharif dice que no con la cabeza; Zeno se limita a inclinarse, le toca la frente y pasa por encima de su amigo y entra en el pasillo entre No Ficción y Ficción.

El chico está tan inmóvil que puede que esté muerto, tiene una pistola apoyada en la rodilla. A su lado, en la moqueta, hay una mochila verde y, junto a ella, un teléfono móvil.

Las palabras de Diógenes caen rodando sobre él a través de los siglos: «Había viajado hasta tan lejos y era todo tan magnífico, y sin embargo…».

—Qué joven —dice Zeno.

«… un hilo de duda me aguijoneaba debajo del ala. Una oscura desazón parpadeaba en…».

—¿Qué hay en la mochila?

—Bombas.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿Qué dispositivo llevan?

—Móviles prepago, pegados a la tapa.

—¿Cómo se detonan?

—Llamando a cualquiera de los dos teléfonos. Al quinto tono.

—Pero no vas a llamar, ¿verdad?

El muchacho se lleva la mano izquierda a las orejeras como si tuviera la esperanza de bloquear así nuevas preguntas. Zeno se recuerda tumbado en el jergón de paja del Campo Cinco, sabiendo que Rex estaba doblado dentro de uno de los barriles de aceite vacíos. Esperando a oír a Zeno meterse en el otro. A que Bristol y Fortier los subieran al camión.

Avanza despacio, coge la mochila y se la pega con cuidado a la corbata mientras el muchacho coloca el cañón de la pistola apuntando hacia él. La respiración de Zeno es extrañamente tranquila.

—¿Alguien más tiene los números aparte de ti?

El chico niega con la cabeza. Entonces arruga la frente, como si cayera en la cuenta de algo.

—Sí, alguien los tiene.

—¿Quién?

Se encoge de hombros.

—¿Lo que quieres decir es que alguien aparte de ti puede detonar las bombas?

Un atisbo de asentimiento.

Sharif mira desde el pie de las escaleras, con cada fibra de su cuerpo alerta. Zeno mete los brazos por las correas de la mochila.

—Aquí mi amigo es el bibliotecario de la Sección Infantil. Se llama Sharif. Necesita atención médica ahora mismo. Voy a usar el teléfono para pedir una ambulancia. Lo más probable es que haya una a la puerta.

El chico hace una mueca como si alguien se hubiera puesto otra vez a tocar una música alta y chirriante que solo él puede oír.

—Estoy esperando refuerzos —contesta, pero sin convicción.

Zeno camina de espaldas hasta el mostrador de recepción y levanta el auricular del teléfono. No hay señal.

—Necesito usar tu teléfono —dice—. Solo para pedir la ambulancia. Es todo lo que haré, te lo prometo, y te lo devolveré enseguida. Luego esperaremos a que lleguen tus refuerzos.

La pistola sigue apuntando directamente al pecho de Zeno. El dedo del chico sigue en el gatillo. El teléfono móvil sigue en el suelo.

—Llevaremos vidas llenas de claridad y significado —dice, y se frota los ojos—. Existiremos por completo fuera de la máquina, incluso mientras trabajamos para destruirla.

Zeno quita la mano izquierda de la mochila.

—Voy a bajar la mano y coger tu teléfono, ¿de acuerdo?

Al pie de las escaleras, Sharif está rígido. Los niños siguen callados en el piso de arriba. Zeno se inclina. El cañón de la pistola está a milímetros de su cabeza. Su mano está casi en el teléfono cuando, dentro de la mochila que tiene en brazos, suena uno de los móviles prepago pegado a una de las bombas.

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