Ciudad de las nubes

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Veintiuno » El Argos » Konstance

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Konstance

Sybil, ¿dónde estamos?

«Vamos en dirección a Beta Oph2».

—¿A qué velocidad viajamos?

«A 7.734.958 kilómetros por hora. Deberías recordarlo de tu Día de la Biblioteca».

—¿Estás segura, Sybil?

«Es un dato».

Konstance mira un instante el billón de ramificaciones resplandecientes de la máquina.

«Konstance, ¿te encuentras bien? Tienes la frecuencia cardiaca algo elevada».

—Estoy bien, gracias. Voy a volver un rato a la Biblioteca.

Examina algunos de los esquemas que estudió su padre durante el Nivel Dos de Cuarentena. Ingeniería, almacenamiento, reciclaje de fluidos, tratamiento de residuos, planta de oxígeno. Las granjas, Intendencia, las cocinas. Cinco aseos con ducha, cuarenta y dos compartimentos destinados a alojamiento, Sybil en el centro. Ni ventanas, ni escaleras, ni entrada ni salida, la estructura es una tumba autosuficiente. Sesenta y seis años atrás se dijo a los ochenta y cinco voluntarios que se estaban embarcando en un viaje interestelar que duraría siglos. Se desplazaron a Qaanaaq, recibieron seis meses de adiestramiento, subieron a un barco y fueron sedados y encerrados en el Argos mientras Sybil preparaba el despegue.

Solo que no hubo despegue. No era más que un ejercicio. Un estudio piloto, una prueba, un experimento intergeneracional de viabilidad que es posible que terminara hace tiempo o que siga en marcha.

Konstance está de pie en el atrio con la mano en la parte del mono de trabajo en que Madre le bordó una plántula de pino cuatro años atrás. El perrito de la señora Flowers la mira y menea el rabo. No es real. La mesa bajo las yemas de sus dedos tiene tacto de madera, suena como la madera, huele a madera; las tiras de papel en la caja parecen papel, tienen tacto de papel, huelen a papel.

Nada de ello es real. Está en un Deambulador circular en una habitación circular en el centro de una estructura blanca circular de una en gran medida circular isla a trece kilómetros de un pueblo remoto llamado Qaanaaq en la bahía de Baffin. ¿Cómo aparece de pronto un contagio en una nave que surca el espacio interestelar? ¿Por qué no tenía Sybil la respuesta? Porque ninguno, ni siquiera Sybil, sabía dónde estaban verdaderamente.

Escribe una serie de preguntas en tiras de papel y las mete una a una por la ranura. En lo alto del atrio, nubes cruzan un cielo amarillo. El perrito se lame el labio superior. De las estanterías vuelan libros.

De vuelta a la Cámara Uno, desenrosca las cuatro patas de la cama y usa la estructura para aplanar el extremo de una de ellas.

«Konstance —pregunta Sybil—, ¿por qué desmontas tu cama?».

No contestes. Konstance pasa horas afilando discretamente el borde de la pata de la cama. Una vez afilada, la inserta en una ranura que ha hecho en la segunda pata que le servirá de empuñadura y la sujeta con un destornillador, hace una cuerda con el forro de su manta y ata fuerte con ella la pata afilada: un hacha casera. A continuación coge varios cacillos de polvo Nutrir, los echa en la impresora de comida y la máquina llena un cuenco a rebosar.

«Me alegra —dice Sybil— que te estés preparando una comida, Konstance. Y tan abundante además».

—Después de esta voy a hacerme otra, Sybil. ¿Me recomiendas alguna receta?

«¿Qué te parece arroz frito con piña? ¿Suena apetecible?».

Konstance traga, se llena otra vez la boca.

—Sí, Sybil. Suena estupendo.

Una vez saciada, repta por el suelo reuniendo sus transcripciones de las traducciones de Zeno Ninis. «Etón tiene una visión». «La guarida de los bandidos». «El jardín de la diosa». Hace un montón con todos los retazos, los folios de Α a Ω, pone encima su dibujo de una ciudad en las nubes y, usando uno de los tornillos de aluminio de las patas de la cama, hace una serie de agujeros en el lado izquierdo. A continuación descose otro trozo del forro de la manta, trenza las fibras hasta formar un cordel, alinea los agujeros y enhebra los trozos de sacos de comida por uno de los lados para encuadernarlos.

Cuando falta una hora para NoLuz, limpia el cuenco de comer y lo llena de agua. A base de pasarse los dedos por el pelo forma un pequeño nudo de cabellos y lo coloca en el fondo de la taza de beber vacía.

A continuación se sienta en el suelo y espera y mira parpadear a Sybil dentro de su torre. Casi puede sentir a Padre arropándola con la manta, sentado a su lado contra la pared de la Granja 4, en un espacio atestado de hileras de lechugas y berros y perejil, con las semillas durmiendo en sus cajones.

«¿Me cuentas un poco más de la historia, Padre?».

Cuando llega NoLuz coge el traje bioplástico que le cosió su padre doce meses atrás y se lo pone. Deja los brazos libres y se sube la cremallera hasta el pecho, le ajusta mejor ahora que ha crecido, y se guarda el libro hecho a mano dentro del mono. A continuación apoya un extremo de la cama sin patas, con el colchón todavía inflado, en la impresora de comida y el otro en el váter para crear una especie de dosel.

«Konstance —dice Sybil—, ¿qué haces con tu cama?».

Repta debajo de la cama levantada. De la parte posterior de la impresora desenchufa la conexión de bajo voltaje, retira el recubrimiento termoplástico y conecta los cables que hay dentro a las dos patas de la cama sobrantes. Una al polo positivo, la otra al negativo. A continuación las mete en el cuenco con agua.

Sostiene la taza de beber con su mechón de pelo dentro vuelta del revés sobre el electrodo positivo, y espera mientras el oxígeno sube del agua y se acumula en la taza invertida.

«Konstance, ¿qué haces ahí debajo?».

Cuenta hasta diez, separa los cables de las patas de la cama y frota sus extremos. La chispa resultante, en el oxígeno puro, incendia el pelo.

«Insisto en que contestes, Konstance. ¿Qué haces debajo de la cama?».

Cuando le da la vuelta a la taza sube humo y, con él, olor a pelo quemado. Konstance coloca encima un cuadrado arrugado de toallita seca, a continuación otro. De acuerdo con los diagramas consultados, hay extintores integrados en el techo de cada cámara del Argos. Si esto no es así en la Cámara Uno, si los diagramas están equivocados, si hay extintores en las paredes, o en el suelo, su plan no funcionará. Pero si solo hay en el techo, puede que funcione.

«Konstance, registro calor. Por favor, contéstame, ¿qué haces ahí debajo?».

Del techo salen unas boquillas que empiezan a rociar una bruma química en la cama sobre la cabeza de Konstance; las nota golpear las perneras de su mono mientras alimenta las llamas debajo de la cama.

El fuego baja de intensidad y está a punto de ahogarlo con más toallitas, pero a continuación revive. Hebras negras se enroscan alrededor de los extremos de la cama dada la vuelta y en la lluvia brumosa que cae del techo. Konstance sopla las llamas, añade más toallitas y echa cacillos de polvo Nutrir. Si esto no funciona, no tendrá material suficiente para alimentar un segundo fuego.

Pronto la parte inferior de su colchón prende y tiene que salir de debajo. Echa las últimas toallitas. Llamas verdes lamen el borde del colchón y un olor acre, a sustancias químicas quemadas, llena la cámara. Konstance cruza la habitación bajo la rociada de los extintores, mete las manos en las mangas del traje, se sube la capucha de oxígeno y se la ajusta al cuello del traje lo mejor que puede.

Lo nota encajarse, siente cómo se infla el traje.

«Oxígeno al diez por ciento», dice la capucha.

«Konstance, esto es un comportamiento escandalosamente irresponsable. Estás poniéndolo todo en peligro».

La parte inferior de la cama brilla más y más a medida que arde el colchón. El haz de luz del frontal de la capucha parpadea en el humo.

—Sybil, tu primer cometido es proteger a la tripulación, ¿no es así? ¿Por encima de todo?

Sybil sube al máximo las luces del techo y Konstance pestañea, deslumbrada. Sus manos han desaparecido dentro de las mangas. Sus pies resbalan en el suelo.

—Se llama mutualismo —dice Konstance—. La tripulación te necesita y tú necesitas una tripulación.

«Por favor, retira la estructura de la cama para que sea posible extinguir el fuego que hay debajo».

—Pero sin una tripulación, sin mí, no tienes sentido, Sybil. Esta habitación está ya tan llena de humo que no puedo respirar. En pocos minutos la capucha que llevo se quedará sin oxígeno. Entonces me asfixiaré.

La voz de Sybil se hace más profunda.

«Retira la cama inmediatamente».

Las gotitas que caen del techo empañan la pantalla de su capucha y cada vez que la frota para tratar de limpiarla la emborrona aún más. Konstance cambia de posición el libro que ha guardado en el interior del traje y coge el hacha.

«Oxígeno al nueve por ciento», dice la capucha.

Llamas verdes y naranjas ya lamen la parte de arriba de la cama y Sybil ha desaparecido detrás de una cortina de humo.

«Por favor, Konstance». Su voz cambia, se suaviza, se convierte en una imitación de la de Madre. «No debes hacer esto».

Konstance retrocede hasta la pared. La voz vuelve a cambiar, fluye a otro género. «Escucha, calabacita, ¿puedes dar la vuelta a la cama?».

A Konstance se le erizan los pelos de la nuca.

«Tenemos que apagar el fuego inmediatamente. Está todo en peligro».

Oye un silbido, algo que se derrite o hierve dentro del colchón, y a través de las ráfagas de humo atisba apenas la torre que es Sybil, de cinco metros de altura, rielando de luz carmesí, y en sus recuerdos la señora Chen susurra: «Cada mapa dibujado, cada censo realizado, cada libro publicado…».

Por un instante vacila. Las imágenes del Atlas son de décadas atrás. ¿Qué es lo que la espera ahora ahí fuera, al otro lado de las paredes del Argos? ¿Y si Sybil es la única otra inteligencia que queda? ¿A qué se está arriesgando?

«Oxígeno al ocho por ciento», dice la capucha. «Intenta respirar más despacio».

Konstance da la espalda a Sybil y contiene la respiración. Delante de ella, donde un momento antes solo había pared, se abre ahora la puerta de la Cámara Uno.

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