Ciudad de las nubes
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Seymour
Es de seguridad media, un campus de edificios bajos color beis rodeados de una valla doble que podría pasar por una universidad comunitaria venida a menos. Hay un taller de carpintería, un gimnasio, una capilla y una biblioteca poblada sobre todo de libros de leyes, diccionarios y novelas fantásticas. La comida es malísima.
Pasa todas las horas que puede en el laboratorio de informática. Ha aprendido Excel, AutoCAD, Java, C++ y Python, reconfortado por la clara lógica del código, el input y el output, las instrucciones y los comandos. Cuatro veces al día suena una campana electrónica y sale para un rato de «movimiento» en el cual puede escudriñar por entre la valla una llanura ascendente cubierta de espiguilla y achicoria dulce. Las montañas Owyhee centellean a lo lejos. Los únicos árboles que ve son dieciséis acacias de tres espinas mal regadas que hay apiladas en el aparcamiento para las visitas, ninguna de las cuales llega a los cuatro metros de alto.
El uniforme es un mono vaquero; todas las celdas son individuales. La pared frente a su ventanuco es un rectángulo de hormigón pintado donde se permite a los reclusos colgar fotografías familiares, postales o dibujos. El de Seymour está vacío.
Durante los primeros años, antes de enfermar, Bunny lo visita siempre que puede; viaja tres horas en autobús Greyhound desde Lakeport y luego coge un taxi hasta la cárcel. Lleva mascarilla y sus ojos pestañean a Seymour desde el otro lado de la mesa bajo las luces fluorescentes.
«Bichito, ¿me estás escuchando?».
«¿Me puedes mirar?».
Una vez a la semana deposita cinco dólares en su cuenta de la prisión y Seymour se los gasta en paquetes de M&M’s sin cacahuete de 48 gramos de la máquina expendedora.
A veces, cuando cierra los ojos, está otra vez en el juzgado, con las miradas de las familias de los niños como sopletes de propano apuntándole a la nuca. No fue capaz de mirar a Marian. ¿Quién hizo el PDF que encontramos en su tablet? ¿Qué le hace suponer que el campamento de Bishop existe de verdad? ¿Qué le hace suponer que el reclutador con el que se escribía era mujer, qué le hace suponer que tenía su edad, que era humana? Cada pregunta es una aguja clavada en un corazón con demasiadas agujas clavadas.
Secuestro, uso de arma de destrucción masiva, intento de homicidio… Se declaró culpable de todos los cargos. El bibliotecario infantil, Sharif, sobrevivió a su herida, lo que ayudó. Un fiscal de pelo rapado con timbre de voz agudo pidió pena de muerte; en lugar de ello condenaron a Seymour a cuarenta años.
Una mañana, cuando tiene veintidós años, suena la campana para el movimiento de las 10.31, pero el supervisor del cuarto de ordenadores pide a Seymour y a otros dos tipos con buen comportamiento que se queden. Unos reclusos traen tres terminales exentos con trackballs acopladas delante y entra el vicealcaide con una mujer de aspecto severo que lleva americana y escote en uve.
—Como probablemente saben —dice la mujer con una voz sin entonación alguna—, Ilium lleva años escaneando la superficie del mundo con creciente fidelidad, componiendo el mapa más exhaustivo que ha habido nunca, cuarenta petabytes de datos, y eso solo de momento.
El supervisor conecta los ordenadores y, mientras arrancan, el logo de Ilium gira en las pantallas.
—Han sido seleccionados para un programa piloto de revisión de elementos potencialmente indeseables en las imágenes sin editar. Nuestros algoritmos alertan de cientos de miles de imágenes al día y carecemos de la mano de obra necesaria para revisarlas todas. Su tarea será verificar si esas imágenes son o no objetables, y, mientras lo hacen, mejorar el aprendizaje de la máquina. Bien se mantiene la alerta, bien se elimina y se continúa.
—Básicamente —interviene el vicealcaide— un restaurante elegante no quiere que alguien entre en Ilium Earth y se encuentre con un sintecho haciendo pis en la puerta. Si veis algo ahí que no os gustaría que viera vuestra abuela, dejad la alerta, dibujad un círculo alrededor y el software lo eliminará. ¿Entendido?
—Son destrezas —señala el supervisor—. Esto es un trabajo.
Seymour y los otros dos reclusos asienten con la cabeza. En la pantalla delante de él, la Tierra gira. El plano desciende por entre nubes digitales hasta una extensión vasta de América del Sur —Brasil quizá— y sigue una carretera rural tan recta como una regla. Hay tierra roja a ambos lados; más allá crece algo que podría ser caña de azúcar. Seymour mueve la trackball hacia delante: la bandera de alerta va creciendo a medida que se acerca.
Bajo ella, un pequeño sedán azul ha atropellado una vaca y el coche está arrugado y hay sangre en la carretera y un hombre en pantalones vaqueros está de pie junto a la vaca con las manos detrás de la cabeza, bien viéndola morir o tratando de decidir si va a morir.
Seymour confirma la alerta, rodea la imagen con un círculo y, al instante, la vaca, el coche y el hombre quedan ocultos debajo de un tramo de carretera generado por ordenador. Antes de que le dé tiempo a procesar nada, el software lo lleva a la siguiente alarma.
Un niñito sin cara delante de una churrasquería junto a la carretera muestra el dedo corazón a la cámara. Alguien ha dibujado un pene en el letrero de un concesionario de Honda. Comprueba cuarenta alarmas en Sorriso, Brasil; el ordenador lo devuelve a la troposfera, el planeta gira y Seymour aterriza en el norte de Míchigan.
En ocasiones tiene que investigar un poco para comprender por qué hay una alarma. Una mujer que puede ser una prostituta se inclina hacia la ventanilla de un coche. Debajo de la marquesina de una iglesia que dice DIOS ESCUCHA alguien ha escrito con pintura de espray THRASH METAL. En ocasiones el software confunde un dibujo hecho por la hiedra con algo obsceno, o señala un niño camino del colegio por razones que Seymour no concibe. Rechaza o confirma la alarma, dibuja un contorno alrededor de la imagen ofensiva con el cursor y desaparece, se oculta detrás de un arbusto de alta resolución o la tapa con un borrón de falsa acera.
Suena la campana para el movimiento; los otros dos hombres se van a comer; Seymour se queda donde está. Para cuando llega la hora de pasar lista lleva nueve horas sin moverse; el supervisor se ha marchado; un recluso barre debajo de los ordenadores; las ventanas están oscuras.
Le pagan sesenta y un centavos la hora, que son ocho centavos más de lo que se gana en el taller de carpintería. Se le da bien. Pixel a pixel, imagen a imagen, bulevar a bulevar, ciudad a ciudad, ayuda a Ilium a desinfectar el planeta. Borra asentamientos militares, campamentos de personas sin hogar, colas a la puerta de consultas médicas, huelgas de trabajadores, manifestantes y disidentes, piqueteros y rateros. A veces encuentra escenas que lo abruman de emoción: una madre y su hijo con parkas cogidos de la mano junto a una ambulancia en Lituania. Una mujer con mascarilla quirúrgica arrodillada en una autovía de Tokio en mitad del tráfico. En Houston, varios centenares de manifestantes sostienen pancartas frente a una refinería de petróleo; Seymour medio espera reconocer a Janet entre ellos con veinte parches de rana nuevos cosidos a su cazadora vaquera. Pero las caras están borrosas y confirma la alarma y el software sustituye a los manifestantes por treinta retoños de liquidámbar digitales.
La capacidad de trabajo de Seymour Stuhlman, informan sus supervisores de Ilium, es notable. La mayor parte de los días triplica la cuota asignada. Para cuando cumple veinticuatro años es una leyenda en las oficinas de Ilium, el limpiador más eficaz de todo el programa de prisiones. Le envían un terminal de más calidad, le asignan su propio espacio en el cuarto de ordenadores y le suben la paga a setenta centavos la hora. Durante un tiempo consigue convencerse a sí mismo de que está haciendo algo bueno, eliminando toxicidad y fealdad del mundo, limpiando la tierra de iniquidad humana y reemplazándola por vegetación.
Pero a medida que transcurren los meses, sobre todo cuando anochece, en el aislamiento de su celda, ve al hombre mayor en la penumbra de la biblioteca tambaleándose con su corbata de pingüinos y la mochila verde pegada al pecho y las dudas se cuelan en sus pensamientos.
Tiene veintiséis años cuando Ilium desarrolla su primer prototipo de cinta de correr. Ahora, en lugar de sentarse delante de un ordenador y saltar de un lugar a otro con la rueda del ratón, camina con sus propios pies, ayudando a la IA a limpiar el mapa de todo lo feo e inoportuno. Hace una media de veinticinco kilómetros al día.
Una tarde, cuando Seymour tiene veintisiete años, se pone los auriculares inalámbricos impregnados del olor de su sudor, sube a la cinta, flota sobre la Tierra y un lago azul oscuro en forma de una rudimentaria G llega volando hasta él.
Lakeport.
En la última década el pueblo ha hecho metástasis, los bloques de apartamentos han crecido igual que abscesos en la orilla sur del lago y a continuación se prolongan en forma de urbanizaciones. El software lo deja a la puerta de una licorería cuyo escaparate alguien ha hecho añicos; Seymour lo arregla. A continuación se detiene en una camioneta que circula por Wilson Road con la caja llena a rebosar de adolescentes. Una pancarta que ondea detrás de ellos dice: «Vosotros moriréis de viejos, nosotros de cambio climático». Seymour traza un óvalo alrededor de ellos y la camioneta se evapora.
El icono que se supone tiene que tocar para ir a la alarma siguiente parpadea; pero lo que hace Seymour es ir a su casa. A medio kilómetro bajando Cross Road, los álamos empiezan a estar dorados. Una voz automática le grazna al oído: «Moderador 45, está viajando en la dirección equivocada. Por favor, diríjase a la siguiente alarma».
El letrero con dos postes de Eden’s Gate sigue ahí, la media hectárea de maleza ha sido sustituida por dos chalés con céspedes con exceso de riego, tan perfectamente integrados en las otras casas de Arcady Lane que da la impresión de que han sido hechas por un software en lugar de por carpinteros.
«Moderador 45, se ha desviado de su itinerario. Dentro de sesenta segundos será redireccionado a su siguiente alarma».
Echa a correr y baja hacia el este por Spring Street con la cinta saltando bajo sus pies. En el centro del pueblo, en el cruce de las calles Lake y Park, la biblioteca ha desaparecido. En su lugar hay un hotel nuevo de tres plantas y con lo que parece un bar en la azotea. A la puerta hay dos conserjes uniformados y con pajarita.
No están los juníperos, no está el buzón de libros, no están los escalones de entrada. Le viene a la cabeza una imagen del hombre mayor, Zeno Ninis, sentado delante de una mesita en Ficción, encorvado detrás de montones de libros y blocs de hojas amarillas rayadas, con los ojos húmedos y empañados, pestañeando como si viera palabras fluir en ríos invisibles a su alrededor.
«Moderador 45, tiene cinco segundos…».
Seymour está en la esquina, jadeando, con la sensación de que, aunque viviera mil años más, seguiría sin comprender el mundo.
«Redirigiendo».
Es levantado del suelo y Lakeport se encoge hasta ser un puntito, las montañas se alejan, el sur de Canadá se despliega abajo pero algo se ha estropeado dentro de él; todo da vueltas a su alrededor; Seymour se cae de la cinta y se rompe la muñeca.
31 de mayo de 2030
Querida Marian:
Sé que nunca comprenderé todas las consecuencias de lo que he hecho ni seré consciente de todo el dolor que causé. Pienso en las cosas que hiciste por mí cuando era pequeño y no deberías tener que hacer ninguna más. Pero me estaba preguntando. Durante el juicio supe que el señor Ninis hacía traducciones y que cuando murió estaba trabajando en una obra de teatro con los niños. ¿Tienes idea de adónde fueron a parar sus papeles?
Con afecto,
Seymour
Nueve semanas más tarde lo llaman de la biblioteca de la cárcel. Un recluso entra con un carrito donde hay tres cajas de cartón que llevan el nombre de Seymour y llevan etiquetas de «Escaneado».
—¿Qué es todo esto?
—A mí solo me han dicho que lo traiga aquí.
Dentro de la primera caja hay una carta.
22 de julio de 2030
Querido Seymour:
Me ha alegrado tener noticias tuyas. Aquí está todo lo que pude reunir del juicio, la casa del señor Ninis y lo que recuperamos de la biblioteca. Es posible que la policía tenga más cosas, no estoy segura. Nadie ha hecho nunca nada con ello, así que te lo confío. Al fin y al cabo, dar acceso forma parte del credo de los bibliotecarios.
Si consigues ordenarlo, creo que a una de las niñas con las que trabajó Zeno puede interesarle: Natalie Hernandez. Lo último que supe de ella es que estaba dando clases de latín y griego en la universidad estatal de Idaho.
Hubo un tiempo en que eras un niño considerado y sensible y tengo la esperanza de que te hayas convertido en un hombre considerado y sensible.
Marian
Las cajas están llenas de blocs amarillos cubiertos de caligrafía ondulada a lápiz. Muchas hojas están tapadas con notas adhesivas. En los costados de cada una de las cajas alguien ha metido fundas de plástico con facsímiles tamaño tabloide de maltrechas páginas manuscritas en las que falta la mitad del texto. También hay libros, un diccionario griego-inglés de más de dos kilos de peso y un compendio de textos perdidos de alguien llamado Rex Browning. Seymour cierra los ojos, ve el muro dorado al final de las escaleras, las extrañas letras, las nubes de cartulina girando sobre sillas vacías.
El bibliotecario de la cárcel le deja guardar las cajas en un rincón y cada tarde Seymour, cansado de recorrer la tierra, se sienta en el suelo y revisa su contenido. En el fondo de una, dentro de una carpeta que dice «PRUEBAS», encuentra tres guiones fotocopiados que encontró la policía la noche que fue detenido, la noche del ensayo general de los niños. En las últimas páginas de una de las copias hay múltiples correcciones, no en la escritura de Zeno, sino en una alegre letra infantil.
Mientras él estaba en el piso de abajo con sus bombas los niños seguían reescribiendo su obra en el piso de arriba.
La tumba subterránea, el asno, la lubina, un cuervo aleteando por el cosmos: es un cuento ridículo. Pero en la versión de Zeno y los niños también es hermoso. En ocasiones, mientras trabaja, de la profundidad de los facsímiles suben palabras griegas —ὄρνις, ornis, que significa pájaro y también augurio— y Seymour se siente igual que se sentía cuando lo atrapaba la mirada de Amigofiel, como si le estuviera permitido vislumbrar un mundo más viejo y sin diluir en el que cada golondrina, cada atardecer, cada tormenta latiera de significado. Para cuando cumplió diecisiete años se había convencido a sí mismo de que todos los humanos eran parásitos, cautivos de los dictados de la sociedad de consumo. Pero, mientras reconstruye la traducción de Zeno, Seymour se da cuenta de que la verdad es infinitamente más complicada, de que somos bellos a pesar de formar parte del problema, y de que ser parte del problema equivale a ser humano.
Al final llora. Etón entra a hurtadillas en el jardín del centro de la ciudad de las nubes, habla con la gigantesca diosa y abre el Supermágico y Extrapoderoso Libro de Todas las Cosas. Los artículos académicos que hay entre los papeles de Zeno sugieren que los traductores disponen el texto de una manera que termina con Etón en el jardín, iniciado en los secretos de los dioses, libre por fin de sus anhelos mortales. Pero los niños han decidido en el último momento que el viejo pastor apartará la vista y no leerá el final del libro. Se come la rosa que le ofrece la diosa y vuelve a casa, al barro y la hierba de las colinas de Arcadia.
En letra infantil, debajo de unas líneas tachadas, el texto nuevo de Etón está escrito a mano en el margen: «Me basta el mundo tal y como es».