Ciudad de las nubes
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Omeir
Duerme debajo de la misma viga sucia de humo bajo la que dormía de niño. De tanto en tanto el hombro izquierdo se le agarrota, el oído interno le duele cuando va a haber tormenta y tiene que sacarse dos muelas. Su compañía principal son tres gallinas ponedoras, un gran perro negro que asusta a las personas pero en realidad es inofensivo, y Trébol, una burra de veinte años con aliento a cementerio y gases crónicos pero temperamento manso.
Dos de sus hijos se han ido a otros bosques más al norte y el tercero vive con una mujer en la aldea a nueve millas de distancia. Cuando Omeir va a visitarlos a lomos de Trébol, los niños siguen evitando mirarlo a la cara y algunos rompen directamente a llorar, pero la nieta más pequeña no lo hace y, si Omeir se queda sentado muy quieto, se le sube al regazo y le toca el labio superior con los dedos.
Empieza a quedarse sin recuerdos. Pendones y bombardas, los gritos de hombres heridos, el hedor a sulfuro, las muertes de Rayo de Luna y Árbol. En ocasiones sus reminiscencias del asedio de la ciudad parecen poco más que residuos de pesadillas que asoman un momento a su consciencia antes de disiparse. Aprende que así es como sana el mundo: a base de olvidar.
Ha oído que el nuevo sultán (que el cielo lo bendiga y lo guarde siempre) corta sus árboles en bosques aún más remotos y que los cristianos han enviado naves hacia nuevas tierras en el confín último del océano, donde hay ciudades enteras hechas de oro, pero esas historias apenas le interesan ya. En ocasiones, mientras mira el fuego, la fábula que solía contar Anna vuelve a él, la de un hombre convertido en asno, luego en pez, luego en cuervo, que viaja por tierra, mar y estrellas en busca de un lugar sin sufrimiento para terminar volviendo a su hogar y vivir sus últimos años en compañía de sus animales.
Un día de principios de primavera, cuando ya hace mucho que ha perdido la cuenta de los años que tiene, una serie de tormentas azota las montañas. El río se vuelve marrón y los desprendimientos de barro bloquean la carretera y el rugido de rocas desprendidas resuena en las gargantas. La noche peor encuentra a Omeir acurrucado encima de la mesa con el perro a su lado, escuchando cómo el agua anega la casita: no son las goteras y los regueros acostumbrados, sino una inundación.
El agua fluye por debajo de la puerta en cortinas y arroyos bajan por las paredes y Trébol parpadea hundida en el agua hasta el corvejón. Al alba Omeir vadea entre excrementos, corteza y desechos y comprueba cómo están las gallinas y lleva a Trébol a la terraza más alta para que mastique las hierbas que encuentre y por último mira el peñasco que se asoma sobre la cañada y el pánico se apodera de él.
El viejo tejo medio hueco se ha caído durante la noche. Omeir se abre paso por el sendero, resbalando en el barro. Hay ramas engalanadas de musgo tiradas por todas partes y la enorme red de raíces yace desenterrada igual que un segundo árbol arrancado del inframundo. Huele a savia y a madera hecha astillas y a cosas largo tiempo enterradas que han salido a la superficie.
Tarda largo rato en encontrar el fardo de Anna en el naufragio. La piel de buey está empapada. Campanillas de alarma tintinean dentro de él mientras transporta el bulto mojado a la casa. Dentro, el agua ha retrocedido y saca barro del hogar a paletadas y consigue encender un fuego humeante y se lava las manos en el arroyo y por fin desenvuelve el libro.
Está chorreando. Las hojas se desprenden de la encuadernación a medida que las pasa y las apretadas ristras de símbolos escritas en ellas, todos esos rastros de pájaros tiznados puestos muy juntos, parecen más borrosos de lo que los recordaba.
Todavía puede oír el grito animal de Anna la primera vez que tocó el saco. La manera en que el libro los protegió cuando salieron de la ciudad; cómo envió una bandada de alcaravanes a sus trampas; cómo salvó a su hijo de las fiebres. El humor inteligente en los ojos de Anna cuando se inclinaba sobre las líneas, traduciendo mientras leía.
Aviva el fuego y tiende redes de cordel por la casa y pone bifolios a secar como si estuviera ahumando aves de caza y en todo momento tiene el corazón acelerado, como si el códice fuera algo vivo que le ha sido confiado y lo hubiera puesto en peligro, como si le hubieran encomendado una única y sencilla responsabilidad: mantener esa cosa viva, y no la hubiera cumplido.
Cuando las hojas se secan vuelve a montar el libro, nada seguro de estar disponiendo los folios en el orden correcto, y lo envuelve en un cuadrado nuevo de cuero encerado. Espera a que florezcan las campanillas y a que lleguen las primeras cigüeñas a la cañada, una uve invertida y asimétrica obedeciendo la costumbre secular de abandonar un lugar lejano en el sur en el que haya pasado el invierno y dirigirse a un lugar lejano en el norte en el que pasará el verano. Coge su mejor manta, dos odres con agua, varias docenas de tarros de miel, el libro y la cajita de rapé de Anna, y cierra la puerta de la casita. Llama a Trébol y la borrica llega trotando con las orejas tiesas y el perro se levanta del charco de luz de sol donde dormita junto al establo.
Primero a casa de su hijo, donde le da a su nuera las tres gallinas y la mitad de sus monedas de plata e intenta darle también al perro, pero el perro no quiere ni oír hablar del asunto. A continuación su nieta cuelga una corona de rosas alrededor del cuello de Trébol y emprenden viaje hacia el noroeste, rodeando la montaña, Omeir a pie y Trébol, medio ciega, subiendo a su lado sin quedarse atrás y el perro en los talones de ambos.
Evita posadas, mercados, muchedumbres. Cuando atraviesa caseríos por lo general mantiene el perro cerca y la cara oculta bajo el ala baja del sombrero. Duerme al raso y mastica las flores azules de borraja que solía mascar Abuelo para aliviar sus dolores de espalda y se conmueve con Trébol y su andar juicioso. Las pocas gentes que se cruzan quedan maravilladas y le preguntan de dónde ha sacado esa borriquilla tan lista y bonita y se siente bendecido.
De cuando en cuando reúne valor suficiente para enseñar a los viajeros la pintura esmaltada en la tapa de la cajita de rapé. Unos pocos aventuran que puede tratarse de una fortaleza de Kosovo y otros, un palazzo de la República de Florencia. Pero un día, cuando se acerca al río Sava, dos mercaderes a caballo con dos criados lo detienen. Uno le pregunta en el idioma de Anna qué le trae por allí y el otro dice: «Es un mahometano errante con un pie en la tumba, no entiende una palabra de lo que le dices», y Omeir se quita el sombrero y dice: «Buenas tardes, señores, os entiendo muy bien».
Los hombres ríen y le ofrecen agua y dátiles y cuando les enseña la caja de rapé uno la sostiene a la luz del sol, le da vueltas a un lado y a otro, y dice: «Ah, Urbino», y se la pasa a su compañero.
—La bella Urbino —dice el segundo hombre— en las montañas de Las Marcas.
—Es un largo viaje —dice el primero y señala el este con un gesto vago. Mira a Omeir y a Trébol—. En especial para alguien de barba tan cana. Y esa borrica tampoco es ninguna potrilla.
—Claro que vivir tantos años con esa cara debe de requerir bastante ingenio —dice el segundo.
Se despierta artrítico y agarrotado, con los pies hinchados, y revisa las pezuñas de Trébol en busca de grietas, y algunos días, para cuando recupera la sensación en los dedos, el sol está en su cénit. A medida que avanzan hacia el sur atravesando la región del Véneto, el paisaje se vuelve otra vez montañoso y las carreteras empinadas, con castillos en lo alto de peñascos, campesinos en los campos, bosquecillos de olivos alrededor de iglesias, girasoles que bajan ondulantes hasta arroyos revueltos. Se le terminan las monedas de plata, cambia su último tarro de miel. De noche los sueños y los recuerdos se mezclan: ve una ciudad centellear en la lontananza y oye las voces de sus hijos cuando eran pequeños.
«Háblanos otra vez del pastor cuyo nombre significaba en llamas, madre».
«Y de los lagos de leche en la luna».
Los ojos del más pequeño parpadean. «Cuéntanos —dice— lo que hace entonces el loco».
Llega a Urbino bajo un cielo otoñal, con haces de luz plateada que caen por entre las aberturas de las nubes sobre una carretera que se extiende serpenteante. La ciudad se alza sobre una colina, ribeteada de piedra caliza y adornada con columnas y capiteles, un ladrillo que parece una prolongación de la base de la roca.
Mientras sube, la inmensa fachada de dos torres del palazzo con sus hileras de balcones se dibuja contra el cielo, es la pintura de la caja de rapé hecha realidad: como una edificación salida de un sueño, si no suyo, quizá de Anna; como si ahora, en sus últimos años, estuviera siguiendo los caminos de los sueños de ella en lugar de los suyos propios.
Trébol rebuzna, las golondrinas surcan el cielo a gran velocidad. La luz, las colinas color violeta en el horizonte, los pequeños ciclámenes que refulgen como ascuas a ambos lados de la carretera… Omeir se siente igual que Etón el cuervo al final de su viaje, bajando de las estrellas. ¿Cuántas barreras lo separan todavía de Abuelo, de su madre, de Anna y del gran descanso?
Le preocupa que los centinelas le cierren el paso debido a su cara, pero las puertas de la ciudad están abiertas y las personas entran y salen libremente y cuando sube con la borrica y el perro por el laberinto de calles hacia el palacio nadie le presta demasiada atención: hay mucha gente con caras de muchos colores y, en todo caso, Trébol es la que llama la atención con sus largas pestañas y sus graciosos andares.
En el patio delante del palacio encuentra un arquero y le dice que lleva un presente para los hombres instruidos del lugar. El hombre, sin comprender, le hace gestos de que espere y Omeir espera con Trébol y le pasa un brazo alrededor del cuello, y el perro se hace un ovillo y se duerme enseguida. Esperan una hora, quizá; Omeir dormita de pie, sueña que Anna está junto a una lumbre, con los brazos en jarras y riendo de algo que ha dicho uno de los niños, y cuando se despierta comprueba que sigue teniendo el fardo de piel con el libro y levanta la vista a los altos muros del palazzo y por las ventanas ve criados que van de habitación en habitación encendiendo pábilos.
Por fin aparece un intérprete y le pregunta qué lo trae por allí. Omeir desenvuelve el fardo y el hombre mira el libro, se muerde el labio y desaparece de nuevo. Un segundo hombre, vestido de terciopelo oscuro, baja con él, va sin resuello, deja una lámpara en el suelo y se suena la nariz con un pañuelo, a continuación coge el códice y lo hojea.
—Tengo entendido —dice Omeir— que este es un lugar en el que se protegen libros.
El hombre levanta la vista del libro y vuelve a bajarla y dice algo al intérprete.
—Le gustaría saber cómo ha llegado a tus manos.
—Fue un regalo —dice Omeir y piensa en Anna rodeada de sus hijos, el brillo de la lumbre, el resplandor del relámpago fuera, mientras da forma a la historia con las manos. El segundo hombre está ocupado examinando el cosido y el encuadernado a la luz de la lámpara.
—¿Supongo que querrás que te paguemos? —pregunta el intérprete—. Está en muy mal estado.
—Bastará una comida. Y avena para la borrica.
El hombre frunce el ceño como si la necedad de los imbéciles del mundo nunca dejara de sorprenderlo y, sin necesidad de traducción, el hombre de terciopelo asiente con la cabeza, cierra el libro con delicadeza, usando ambas manos, hace una inclinación y desaparece sin decir otra palabra. Omeir es enviado a un establo que hay bajo el inmenso palacio donde un mozo de cuadras con un pulcro bigote se lleva a Trébol a un pesebre a la luz de una vela.
Omeir se sienta en una banqueta de ordeño pegada a la pared mientras la noche envuelve los Apeninos con la sensación de haber completado una última tarea y reza por que haya otra vida después de esta en la que Anna lo esté esperando bajo el ala de Dios. Sueña que camina hasta un pozo y se asoma a él con Árbol y Rayo de Luna, los tres miran el agua fresca color esmeralda y Rayo de Luna se sobresalta cuando un pájaro sale volando del pozo en dirección al cielo y, cuando se despierta, un criado con una casaca marrón está dejando un plato de tortas ázimas rellenas de queso de oveja a su lado. Junto a él, un segundo criado deja un rollo de carne de conejo aliñado con salvia y semillas de hinojo tostadas y una jarra de vino, comida y bebida suficientes para cuatro hombres, y uno coloca una antorcha encendida en un soporte en la pared y el otro deja una escudilla de gran tamaño llena de avena en el suelo debajo y se van.
Los tres, perro, borrica y hombre, comen hasta saciarse. Y, cuando terminan, el perro se hace un ovillo en el rincón y Trébol suspira un suspiro inmenso y Omeir se sienta con la espalda contra la pared y las piernas extendidas en la paja bien limpia, y duermen, y fuera, en la oscuridad, empieza a llover.