Ciudad de las nubes
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Konstance
En la aldea son cuarenta y nueve habitantes. Ella vive en una casita color azul pastel de una sola planta hecha de madera y chatarra, con un invernadero anejo. Tiene un hijo: de tres años, activo, acalorado, ávido de probarlo todo, de aprenderlo todo, de llevarse todo a la boca. Dentro de ella crece un segundo hijo, no mucho más grande que un parpadeo, una pequeña inteligencia que se despliega.
Es agosto, el sol no se ha puesto desde mediados de abril y esta noche casi todos los demás han ido a coger bayas de cornejo. A lo lejos, al final de la aldea, pasado el muelle, centellea el mar. En los días más claros alcanza a ver, en el punto más lejano del horizonte, el bulto redondo del islote rocoso a trece kilómetros de allí donde el Argos se oxida a la intemperie.
Trabaja en su huerto de macetas detrás de la casa mientras el niño juega sentado entre las piedras. Tiene en el regazo un libro amorfo hecho de retales de sacos de polvo Nutrir. Lo hojea de atrás adelante, pasa «Etón significa en llamas», pasa «El hechicero dentro de la ballena», mientras mueve la boca en silencio.
El crepúsculo estival es cálido, y las hojas de las lechugas de las macetas aletean, y el cielo se vuelve lavanda —es lo más oscuro que llegará a estar—, mientras Konstance va y viene con una regadera. Brócoli. Kale. Calabacines. Un pino bosnio que le llega a la altura del muslo.
Παράδεισο, parádeisos, paraíso: significa jardín.
Cuando termina cierra la puerta del invernadero y se sienta en una silla de nailon desgastada por los elementos y el niño le lleva el libro y le tira de la pernera del pantalón. Le pesan los párpados y lucha por que no se le cierren. Dice: «¿Tú cuentas la historia?».
Konstance lo mira, sus mejillas redondeadas, sus pestañas, su pelo húmedo. ¿Presentirá ya el niño la precariedad de todo esto?
Se lo sube al regazo.
—Ve a la primera página y ábrelo bien.
Espera a que le dé la vuelta al libro. El niño se chupa el labio inferior, luego abre la tapa. Konstance pasa el dedo debajo de las líneas.
—Yo —dice— soy Etón, un sencillo pastor de Arcadia, y…
—No, no —dice el niño. Da golpecitos en la página con la mano.
—La voz. Con la voz.
Konstance pestañea; el planeta rota un grado más; más allá de su pequeño jardín, debajo de la aldea, un viento desdibuja las crestas de las olas. El niño levanta el dedo índice y señala la página. Konstance se aclara la garganta.
—Y la historia que os voy a contar es tan disparatada, tan increíble, que no creeréis una sola palabra, y sin embargo —le toca la punta de la nariz al niño— es verdadera.