Cicatriz

Cicatriz


9. Por esas mismas fechas

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9. POR ESAS MISMAS FECHAS

¿Qué roles crees que jugamos cada uno en esta relación? Pienso que, unas veces, el de madre e hijo; otras, el de padre e hija. Ser como hermanos estaría bien si no tuviéramos que preocuparnos por ciertas cortapisas incestuosas. Lo que sí tengo claro es que nuestra relación nunca podrá ser «normal», tanto para lo bueno como para lo malo.

Verdú como impostura. Su irrealidad construye una barrera ante la fantasía que se desboca —que se les desboca a ambos—. También persisten la tristeza y los vaivenes. La soledad, a ratos, muerde con insistencia. Sonia ha cumplido treinta años; puede mirar hacia atrás y descubrir tras ella un camino enroscado, sinuoso, en el que ya no es capaz de atisbar el lugar de salida. El vacío que ha dejado su abuela al morir es mucho más grande de lo que jamás hubiese imaginado. En su familia se ha dicho siempre —y se repitió constantemente en el entierro— que ella es una copia exacta de su abuela. En su aspecto físico, pero también en su carácter, dicen. Sonia conserva ahora la foto de la manta, la antigua fotografía con los bordes quemados. Mira a la joven —más joven de lo que ella es ahora— y se dice: ojalá. En la mirada de la fotografía hay una pureza y una intensidad deslumbrantes, un destello de asombro que Sonia cree haber perdido hace tiempo. Cuándo empezó todo a torcerse, se pregunta.

La fantasía se expande para ocupar los huecos. Cada uno los suyos, piensa Sonia, pero un hueco es nada al fin y al cabo. Siente que estas ausencias la acercan a Knut. No siempre, desde luego, pero cuando sucede es bajo la ilógica de la desesperación.

La fantasía crece y se los come. La fantasía va ganando densidad y peso.

Fantasear se convierte en una necesidad para los dos. Lo hacen a diario. La diferencia es que Sonia es capaz de olvidarlo al día siguiente. Knut no. Knut no olvida nada, todo se acumula.

Ella se fotografía de nuevo con un par de conjuntos, frente al espejo, imágenes de mala calidad, de una turbiedad atrayente, que esta vez sí le manda a Knut tras editarlas para pixelar su rostro. A él le entusiasma el resultado. Le dice que está arrebatadora. Sin embargo, no es en esas imágenes donde radica el erotismo que le atrae. Lo fascinante anida en lo indirecto. Mucho más que esas fotos, por ejemplo, le excita el recuerdo del trayecto que hicieron en autobús desde el aeropuerto hasta el centro de Cárdenas. Al avanzar por el pasillo, Sonia había levantado el brazo para asirse a la barra y él vio bajo sus axilas un leve rastro de sudor. Un detalle, ya, pero ¿cómo es eso tan bíblico que dice Hamlet de que hasta en la caída de un gorrión está la Providencia? Nosotros nos subimos al autobús sólo para que yo pudiera darme cuenta de todo lo que te deseaba. En particular, de cuánto deseaba besar tus brazos, con sudor incluido.

El cabello que lleva guardado en su cartera. La camiseta que se probó delante de él. El tacto de las prendas recién adquiridas. La cuidadosa preparación de su envío. Insinuaciones y fragmentos de insinuaciones. ¿Qué imaginas conmigo? Ambos se refugian y se consuelan.

Fantasean con la posibilidad de volverse a ver. ¿Podrían llegar a pasar juntos una noche completa, alguna vez?, pregunta Knut. ¿Ella lo ve factible? Modestamente, creo que me merezco contemplarte con las medias blancas y los zapatos marrones… y nada, nada más. Con el corpiño negro, las medias de rejilla y los primeros zapatos rojos… y nada más. Con la túnica y esos mismos zapatos… Con el liguero blanco, las medias blancas, alguno de los sujetadores blancos… Con el conjunto de florecitas que dices que te queda tan bien y las medias de topos. Cuando habla de verla, insiste, es sólo verla. Si fuese más allá de eso, el hechizo se rompería irremediablemente. No hay que ceder nunca al impulso primario. Es así como yo lo prefiero.

Es Sonia quien propone fijar una fecha. ¿Qué tal de aquí a un año?, sugiere. Así nos probaremos a nosotros mismos que nos sigue atrayendo la idea, que no es sólo fruto de una ocurrencia del momento. Knut le replica que él no tiene que demostrarse nada. Tú temes las consecuencias de tu veleidad, y haces bien en ser prudente. Pero, en lo tocante a mí, no tengo la menor duda. El plazo del año le parece bien. Él prefiere tener todo ese tiempo por delante para fantasear. Lo más excitante siempre es la propuesta.

¿Qué podríamos hacer?, se preguntan el uno al otro. Me gustaría que los dos decidiéramos qué prendas y calzado te vas a traer. ¿Qué cree ella que le queda mejor? En el hotel podría ponerse aquello con lo que se sintiera más cómoda. Le menciona regalos —una falda, varios pares de zapatos, una blusa— que ella hace meses que vendió. Sonia confía en que se olvide. Hay tanta ropa entre la que elegir, tanta que aún guarda y está sin estrenar, que es absurdo preocuparse por ello. Aún queda demasiado tiempo para que llegue el día del encuentro. Si es que llega, se dice. En ningún momento termina de creérselo.

¿Qué podríamos hacer?, se repiten. Besarse, sí. Ya se besaron la otra vez, y a ambos les gustó, ¿no? Se besarán entonces: en las mejillas, en la boca, en la frente, en el pelo. Ella debe dejar que le bese las piernas, con unas medias puestas, lentamente, subiendo desde los tobillos hasta las caderas. Posar mis labios en tu pelo, sentir el hueso de la pelvis ceñido por uno de los corpiños, deslizar los dedos entre las cintas, las hebillas… También le gustaría acariciar los zapatos calzados en sus pies, con suavidad, sin prisa. Podría pasarme así la noche entera. Esto no supone quiebra alguna de sus propósitos iniciales. No va a tocarla directamente. No se atrevería. Asegura tenerle un respeto reverencial. Extremo, dice. Quiere mirarla, eso sí, mirarla semidesnuda, salvaje, elegante. Felina.

A Sonia, el catálogo de fantasías que él le expone le resulta tan atractivo como perturbador. Knut se detiene en los detalles, en la sutileza de la ambigüedad. Le gusta imaginar su aparición en el aeropuerto, el momento en que él vaya a recogerla. Avanzas hacia mí con la chaqueta blanca de Armani, abotonada y sin nada debajo, ni siquiera sujetador. Tus pechos oscilan levemente mientras caminas. Se te insinúan los pezones. Llevas también la falda negra, la misma que te pusiste la otra vez, pero sin ropa interior. Sólo un liguero, las medias y unos espléndidos zapatos de tacón. La seda de la falda se te adhiere con delicadeza al pubis. El triángulo que se forma es de lo más excitante. No se te ve nada, pero cualquiera puede notar que, bajo la chaqueta y la falda, vas completamente desnuda. Si ella lo permite, podrían ocultarse en algún rincón para quedarse a solas unos minutos. Sonia se levantaría un poco la falda, apartaría la tela, quizá se acariciaría mientras él la contempla. Knut fabula la escena dando infinitud de rodeos: es capaz de escribir un largo párrafo para detallar cómo se le tensan los músculos de un muslo, pero despacha, con una simple evocación, el resto. Todo es delicado, vaporoso y, al mismo tiempo, profundamente perverso.

Los dos planifican la cita con una convencida concreción. Barajan, por ejemplo, hoteles donde podrían pasar la noche, discuten precios, ubicaciones, se enfrentan por sus diferentes gustos. Todos los que él propone son caros y sofisticados, pero también fríos y anónimos —la mayoría están en las afueras o en zonas de negocios—. Reconozco que me excitaría mucho dormir en uno donde se esté celebrando al mismo tiempo una convención de empresarios, y encontrarnos con ellos en el desayuno, y sentir que te miran con deseo y que tú les devuelves la mirada con altivez, y que yo pueda ser testigo de todo ese cortejo. Aunque sólo sea por un día, será conveniente que ella lleve al menos una maleta con un surtido de las prendas más apetecibles. O más bien todas las que te quepan, aunque no nos dé tiempo a usarlas todas. No se trata de probárselas allí, con él delante, sino de seleccionar combinaciones entre los dos y que ella se vista en el cuarto de baño mientras él la espera mirando el resto de la lencería extendida en la cama. Incluso preferiría que tardaras un poco, para que la expectación fuese creciente. Le describe posibles variantes, desde el atuendo que ella llevará —el corsé fucsia y unas medias negras… o el body beige de encaje y los zapatos azules… o el corsé con ligas rojas y las medias con lazo— hasta la puesta en escena —ella recostada en un sillón…, ella frente a un espejo…, él de pie y ella sentada…, él tumbado y ella de pie— y lo que harían a continuación —mirarse solamente… o tocarse por separado, mirándose a los ojos… o susurrar obscenidades, sin hacerlas…

Aunque las fantasías suben de tono, Knut continúa utilizando eufemismos. Le dice, por ejemplo, que la única forma de consumación posible sería que él acabara sobre su cuerpo, pero sin rozarla. Luego podría sacar una fotografía del resultado, en la que no se verían sus rostros. Dada su evidente incapacidad de hacerlo directamente con ella, otra posibilidad sería contemplarla haciéndolo con otro, a poder ser uno más joven, casi un muchacho, como si ella estuviese enseñándole. Knut se limitaría a mirar y ella, bueno, ella le devolvería la mirada a él, con ternura.

Enviarle estas propuestas y no obtener respuesta de inmediato le sume en un estado de angustia y remordimientos. Enseguida piensa que ha ido demasiado lejos y que Sonia se ha molestado, aunque ella se apresure a aclararle que no. Entonces, ¿por qué nunca le cuenta lo que le gustaría hacer? No basta con escuchar o asentir para luego no aportar nada más. Si no me correspondes en mis relatos, me siento desprotegido, no sólo frente a ti, sino ante la totalidad del mundo. Él nunca había sido capaz de revelar —ni siquiera a sí mismo— ni una mínima parte de estas fantasías: ¿no es eso una prueba de la limpieza de su sentimiento? ¿De todo lo que es capaz de hacer por ella? ¿De todo lo que en realidad la quiere? Hablar de sexo siempre ha sido incómodo para él. Incluso leer sobre él. Joyce y Nora, dice: me atraían pero los rechazaba. ¿Qué hay de ciertos fragmentos de Beckett? ¿Y Faulkner? ¿Acaso en Faulkner no están la lascivia, la brutalidad y el incesto? ¿Recuerda los libros de Agota Kristof? ¿Y los de Jerzy Kosinski? ¿Y los de Elfriede Jelinek? Un escándalo, claro, para la sociedad a la que apuntan con el dedo. Pero ¿qué es el sexo sino una acusación? A ella que tanto le gusta el cine, ¿qué le dice de Bergman, de Buñuel? ¿Y de Pasolini? No, no debería asustarse. Cada palabra tiene su envés. Mira detrás, le dice, y me encontrarás ahí esperándote, temblando e inseguro.

¿De verdad quiere saber lo que ella desea? En uno de sus días de soledad y de ira, Sonia le escribe con crueldad, sin tener muy claro si busca estimularlo o distanciarlo. Le gustaría que la tratara con desapego, dice, con brusquedad incluso. Que la utilizara para satisfacerse, sin tanta parafernalia, sin sofisticación. Eso es lo que hace con las otras, ¿no? ¿Por qué no puede hacerlo también con ella? Él le replica: precisamente porque lo hace con las otras. Le dice que ese deseo de ser usada, su profundo rechazo a algo más que él se atrevería a llamar respeto —si es que la palabra amor le parece excesiva—, debe de tener raíces en su historia familiar, y particularmente en la infancia, donde, como ella sabe, nace todo. Quieres ser usada, como la Deneuve en Belle de jour, porque eso te permitirá actuar con más frialdad cuando sea necesario. La crueldad de los demás justificará la tuya en el futuro. Para ti es tanto una manera de protegerte como una consecuencia del miedo que te produce mi entrega. Por eso me has contestado así. Sencillamente, no te creo.

Justo por esas fechas Knut conoce a otra mujer, una de cuarenta y tantos, con la que empieza a quedar a menudo. Sonia le pide más detalles. ¿Cómo es? ¿Qué es lo que le atrae de ella? Él le cuenta que vive en otra ciudad, pero no le concreta en cuál. Una que está cerca, dice, a una hora en tren, aunque es siempre ella la que se desplaza hasta Cárdenas. Yo, ya lo sabes, soy bastante inmovilista. La conoció por internet. Al principio chateaban durante todo el día, aunque sus conversaciones eran intermitentes e insustanciales, probablemente porque ella también charlaba al mismo tiempo con más hombres. Knut le había reprochado su adicción a internet, que ella negó enfadada hasta que no le quedó más remedio que admitirla. Seis horas al día son muchas, decía, ella como mucho se pasaba cuatro o cinco conectada. Cuando Knut le demostró con un detallado registro de entradas y salidas que eran seis horas e incluso más, le dijo que quién se creía que era para llevarle el control, y que además él debía callarse más que nadie puesto que también se pasaba allí todo el día. Aparte de que el consuelo de atenernos a lo que hacen los demás es más bien magro, y en ningún caso nos disculpa a nosotros, mi situación no es como la suya. Con la única persona con la que estoy enganchado es contigo, pero lo nuestro hace mucho tiempo que dejó de pertenecer al ámbito de internet.

M., como la llama para identificarla, se contradice continuamente, no razona, es perezosa, veleidosa, caótica. ¡Son los mismos defectos que me achacas a mí!, señala Sonia. No, responde él: son rasgos femeninos que se manifiestan de distinta manera en cada mujer. Así, a diferencia de Sonia, lo que M. le despierta no es veneración, sino un acusado instinto sádico. Quiso quedar con ella no porque le atrajese en absoluto, sino justamente por lo contrario: porque le repelía. Interés científico, añade. Admite que le gusta fustigarla porque es una vía para fustigarse a sí mismo.

Físicamente tampoco es atractiva. Ella asegura que proviene de una familia muy adinerada, pero que es la oveja negra, la hippie, la rebelde, lo cual la justifica para presentarse con unas pintas… Greñas, ropa barata… Siempre tiene los ojos acuosos, como si acabase de estornudar, y fuma sin parar, lo cual seguramente ha terminado afectando a su piel —amarillenta— y a sus dientes —renegridos—. La primera vez que la vi tenía el pelo como si no se lo hubiera lavado en unas cuantas semanas. Esto no es una crítica contra ella. Si tú, yo, Greta Garbo, Paul Auster, o quien sea, no nos lavamos el pelo en un mes, también se nos pondrá asqueroso. Para concienciarla le indicó que, debido a la falta de higiene, se le estaba cayendo, sobre todo por el medio. Ella le dijo que se equivocaba, que le crecía sin parar. «Mira, mira, toca aquí, el otro día tuve que cortármelo en casa de tanto que me crece», se empeñó en mostrarle, agarrándole del brazo. El día en que se quede calva seguirá convencida de que luce la melena de un león. ¿Es mejor callarse, acomodarse en una falsa compasión, que desvelar estas cosas, aunque sean inconvenientes? Si no tengo razón en mis apreciaciones, no hay riesgo de dañarla. Y si la tengo, debería tomarlas como oportunidades para mejorar, puesto que no le hace ningún mal que alguien le señale lo que ella es incapaz de ver.

También le había llamado la atención su forma de caminar. Como si estuviese colgada por los hombros, con un vaivén que, ya al verla de lejos, desagrada. Sus movimientos son parecidos a los de un niño que está aprendiendo a andar, con la diferencia de que en una mujer de su edad el efecto es chocante. Le sugirió que quizá debería usar unas plantillas, aunque se teme que esos andares sean más bien el resultado de tanto ansiolítico como toma. Ojo, que yo también ando torpemente. Pero en el caso de los hombres, andar de forma rara es algo que se corresponde con personalidades fuertes, hasta el punto de que antes se asociaba con el diablo o con la aparición de alguien de una singularidad luciferina, como sucedía con Stalin. Y ése no es, ni mucho menos, su caso. Siempre da la impresión de que está pensando en algo muy importante, algo que no la deja vivir. Así que vas con ella y parece que la llevas a un sitio adonde no quiere ir. Le dices algo y sigue fumando o mirando al suelo, con cara de asco, hasta que al cabo de medio minuto le da por contestarte.

El primer día que quedaron M. le contó que tenía un amante —primero dijo novio, luego amante, porque a su edad, matizó, ya no se tenían novios—. También le dijo que ambos habían elegido ser libres. Knut le preguntó si eso significaba la posibilidad de mantener otras relaciones simultáneamente. Sí, sí, justo eso. Inclinaba la cabeza al asentir como si le pesara muchísimo. Debe de tener las cervicales hechas papilla, con tanto vaivén.

Luego estuvieron almorzando en un restaurante bastante caro. Pagó ella no de muy buena gana, aunque prometí compensarla de inmediato. Al sacar el dni junto con la tarjeta de crédito, Knut constató lo que ya sospechaba: que tenía algunos años más de lo que le había dicho. Se lo indicó, y ella se limitó a sonreír tristemente.

Fueron a varios centros comerciales, donde le pilló tres perfumes, una camiseta, dos cremas y cuatro películas. Todo junto sobrepasaba con creces el precio de la comida, pero tampoco parecía satisfecha. En eso se les pasó la tarde. Luego estuvieron cenando sin ninguna prisa, a pesar de que el último tren que volvía a su ciudad salía antes de las once. Según se acercaba la hora, Knut le recordó que convenía ir aligerando. Ella no se apuraba. Quería fumarse el último cigarrillo, y el último, y el último. Unos minutos más tarde él le insistió. M. hizo el ademán de pedir la cuenta, pero el camarero pasó de largo y ella se quedó pensativa. Por fin, justo al límite, salieron del restaurante. Él le dijo que si cogía un taxi hasta la estación aún podía llegar a tiempo. Pero a ella ya parecía darle igual perder el tren. Lo miró con desidia y le propuso que fueran a un hostal. Cualquiera que oiga la historia pensará que yo alargué la cena a propósito o que la induje a beber, como en los cuentos infantiles. Knut le dijo que él no se metía en un hostal ni con la mismísima Ava Gardner. Por esa zona uno costaba 40 o 50 euros, mientras que por 85 había un hotel de cuatro estrellas bastante aceptable. A M. le pareció bien. Tomaron el camino y él, no sin rubor, le preguntó si tenía preservativos. No, respondió ella. Knut tampoco. Prueba, como puedes ver, de que yo no había planeado nada. M. entró en un Vips a comprarlos, mientras Knut esperaba fuera. Tardó al menos veinte minutos, y él se dedicó a observar el desfile de lo inalcanzable pasando frente a sus ojos: americanas increíbles, noctámbulas de exquisito atractivo, en grupos, solas, una chica con varios chicos, parejas

El hotel estaba completo. La recepcionista les dijo que un viernes por la noche, a esa hora y sin reserva, les iba a ser muy difícil encontrar algo libre. M. balbuceó de nuevo la posibilidad de un hostal. Lo mismo daba, dijo la recepcionista: los hostales también debían de estar llenos. Ya en la puerta, tiritando de frío, Knut le mencionó uno de cinco estrellas, a 170 euros, pensando que quizá así ella renunciaría. Incluso le dijo que, por menos de ese dinero, podría coger un taxi hasta su ciudad. Me daba pena rechazarla, pero seguía sin tener ganas. Los taxis iban y venían; ella no se decidía. Caminaron en silencio. Luego se sentaron en un banco. M. continuaba fumando un cigarro tras otro. Se volvió hacia él y le confesó que en realidad se sentía culpable por su novio. ¿Pero no le había dicho que ambos acordaron tener libertad para estos asuntos?, le preguntó él. Aun así, insistió ella. Se sentía culpable, se sentía culpable, repetía. Bueno, dijo Knut. Pues no harían nada. Se levantó dispuesto a marcharse. Ella lo tomó de la mano. Le rogó que se quedara a su lado. ¿Ya no iba a sentirse culpable?, le preguntó Knut. Que no, que no, que sólo había sido un ramalazo, que ya lo tenía claro. Knut le pidió que se lo pensara bien, pues él era un hombre y si finalmente ella se echaba atrás, él no iba a poder hacerlo. Le explicó que quienes cambian tan rápido de opinión, lo mismo lo hacen en un sentido que en otro, y que al día siguiente podía estar arrepentida. Ella no respondía. Lo miraba y ya está.

A las cuatro de la mañana estaban por fin en la habitación del hotel de cinco estrellas. Tardaron en empezar. A Knut le gustaron sus pechos, que eran más grandes y mejores de lo que esperaba. Pero tres detalles lo agobiaron: no soltaba el cigarrillo —enseguida el aire de la habitación se hizo irrespirable—, tenía puesta una compresa —mirar tal símbolo de vuestra aberrante fisiología debería estar incluido entre los ejercicios budistas para alejar la concupiscencia— y no llevaba depiladas las axilas. En otras circunstancias, esto último podría haberle resultado incluso excitante. Imagina a Sonia, por ejemplo, y se da cuenta de cuánto le gustaría verla con vello. Pero en M. era una muestra de imprevisión y suciedad.

Sólo consiguieron hacerlo al cabo de un buen rato.

Antes de dormir, Knut mencionó la tortura de Savonarola, un pensamiento que se le ocurrió de pronto sobre la desesperación y el arrepentimiento. Como ella no respondía, encendió la lamparilla junto a la cama, la miró a los ojos y le pidió que le dijese, con sinceridad, si sabía de quién le estaba hablando. «», musitó M. sin energía. Knut le rogó que le dijese cuanto supiera de Savonarola, para demostrárselo. M. soltó una risita y le dijo que se le confundían los datos, que estaba demasiado cansada y que además ya era hora de dormir. Y durmieron durante dos o tres horas. Por la mañana, Knut se atiborró de dulces y zumos en el buffet, mientras leía la prensa. A ella le sugirió que, si le querían cobrar el desayuno, argumentase que el recepcionista nocturno les había dicho que estaba incluido en el precio. La trola terminó colando. Seguro que al día siguiente le cayó una bronca a ese recepcionista. Un tipo bastante desagradable, por cierto. Nada que no estuviese previsto entonces en el orden del universo.

M., de la que ahora le habla a diario, se convierte en la nueva obsesión de Knut. En sus correos alterna los elogios para Sonia con el desprecio hacia ella, como si de alguna manera las estuviese contrastando. Le describe, por ejemplo, lo mal que le queda la lencería. En ella pasa de ser sugerente a… plenamente ridícula. Quizá eso es sólo el resultado de traspasar la fantasía a la realidad, sugiere Sonia. No creas que conmigo va a ser tan diferente. Knut pone demasiadas expectativas en ella, tantas que hace que se sienta insegura. Recrea con tanta precisión cada detalle de la lencería y de su cuerpo, que ella teme defraudarle. La lencería le queda como a otra cualquiera, y desde luego mucho peor que a las modelos de las etiquetas. Las fotos que le mandó eran tramposas en tanto que favorecedoras; las escogió dejándose llevar por la coquetería. Nada será tan perfecto como él cree y ella terminará convirtiéndose ante sus ojos en otra M.

Knut trata de tranquilizarla. Le asegura que como él la desea, ningún hombre la deseará jamás. No se refiere a la intensidad, sino al modo. Lo que le atrae de ella es su conducta —indeliberada— ante la lencería, desde que le mandó el primer sujetador.

Si se hubiese comportado de otra forma, no le habría mandado ninguna prenda más. Pero ella hizo justo lo que tenía que hacer: recibirlo con entusiasmo, describirle cómo le quedaba, comprender su impulso y no sólo no censurárselo, sino incluso alentárselo. Así como te dije que me da igual que tus relatos sean imperfectos, ya que con tu talento llegarán algún día a ser perfectos, así te digo que lo que me seduce de ti es tu actitud hacia la lencería, la misma que ha dado lugar a que te regale toda esa colección de prendas, y la misma, al fin y al cabo, que te llevó a ti a tomarte las fotos y escoger las mejores —cosa que, por cierto, jamás haría M.—. ¿Recuerdas cuando te cambiaste la camiseta y te mencioné lo de la cicatriz? ¿Crees que me importó? Al revés: no sabes lo que daría por reunir el arrojo de besarla. La coquetería no es el error, sino justamente lo contrario: el logro. Instintivamente actúas justo como más lo deseo.

Como muestra de lo que le está hablando, le reenvía una foto que M. le había mandado a él. Es un autorretrato desenfocado en el que se la ve exageradamente maquillada, vieja, fea, cansada. Los ojos turbios miran directamente a la cámara, pero parece estar pensando en otra cosa. Tras ella se adivina un gran desorden: archivadores de cartón arrumbados sobre una balda, una cama deshecha, trastos inidentificables desperdigados por el suelo. ¿Ves? No exageraba. No es la imagen en sí lo que le sorprende, sino el hecho de que se la mande, esa absoluta falta de conciencia de sí misma. ¿De verdad esperaba un comentario elogioso? Ni siquiera se había preocupado de ordenar un poco la habitación, de recortar la foto o de atenuar con un filtro los brillos que le salen en la cara. Cuando la recibió, Knut sólo le hizo una crítica. Mejor dicho, una pregunta: «¿Estás satisfecha de esto?» Nadie está nunca satisfecho del todo, le había respondido ella. «¿No crees que te has convertido en un despojo, sobre todo anímicamente?», insistió él. M. se había quedado muy afectada por sus palabras. Le preguntó a qué se refería. A sus cambios de opinión y de ánimo, dijo él. «¿Eso es ser un despojo?», preguntó M. Por supuesto. Un despojo es alguien anímicamente confundido. Ella le dijo: «Mi ciclotimia es la prueba de que estoy viva.» Él respondió: «No. Constatas tu ciclotimia porque estás viva, y también podrías luchar contra ella y seguirías igualmente viva.» Ella le replicó: «No me conoces para juzgarme así.» Él le dijo: «Claro. Ahora empezamos con las frases hechas: nadie conoce a nadie, el ser humano es impenetrable, apenas nos llega una chispa de la luz del alma humana, el tiempo se lo lleva todo…» Reconoce que fue excesivamente áspero con ella, pero se sentía muy tenso por culpa de un número de teléfono que estaba apuntado en una libreta y que no conseguía identificar. Ya sabes lo que me afectan los olvidos. Yo había escrito el número, pero no sabía cuándo, de quién era ni por qué lo había anotado. Me esforzaba en recordarlo, sin éxito, al tiempo que charlaba con M., lo cual me volvía cada vez más y más brusco con ella.

Sonia le afea su conducta. Su actitud hacia esa mujer raya en la crueldad. ¿De verdad es necesario tratarla así? Sí, él lo cree necesario. La veleidad no radica sólo en el cambio de opinión, sino sobre todo en no percatarse de él. Por eso es preciso que alguien le haga ver a M. sus contradicciones. ¿Y qué importancia tiene que se contradiga?, pregunta Sonia. ¿Qué más le da a él? Claro, ésa es la otra trampa de la veleidad: hacernos creer que no es para tanto. Pero sí lo es, porque la veleidad se transmite por metástasis. ¿Acaso tú te reconoces en M. en un futuro? A lo mejor era tan guapa o más que tú. Pero en ella está ahora el peso —que no el paso— del tiempo. Yo únicamente trato de reflexionar sobre ello, ya que vosotras no estáis dispuestas a hacerlo.

¿Dispuestas a qué?, contesta Sonia. ¿A reflexionar sobre qué? Él siempre está dándole vueltas a todo, ¿no se da cuenta de lo agotador que resulta? De lo mismo me acusa M., dice Knut, pero sois vosotras las que dais vueltas y más vueltas. Yo voy en línea recta: rectitud y dureza, tal como determina la simbología masculina. ¿Y cuál es la simbología femenina?, pregunta Sonia. El círculo, obviamente, donde vosotras estáis atrapadas.

M. y Sonia, Sonia y M. Un día Knut le desvela otra fantasía. Él podría hacerlo con M. estando ella justo al lado, para que él sintiese que en realidad lo está haciendo con Sonia. Ya sabes que a ti te respeto demasiado para intentarlo, pero con esa mediación sí lo veo posible. No sería una situación tan fría como parece. Podrían compensar la falta de contacto físico con miradas y palabras de amor. Por ejemplo, cuando M. se fuese al servicio, él se acercaría a ella y le susurraría al oído algo tierno, que los acercara entre sí y la excluyera a ella definitivamente. Decirte, por ejemplo, que te quiero. ¿Te molestaría eso?

Sonia lo lee y siente un nudo de inquietud en el estómago. Hasta entonces todo se había jugado en el plano de la irrealidad. Ahora, se da cuenta, Knut está buscando la manera de hacer real esa irrealidad. Sonia es consciente de su culpa. Si ni siquiera le gustaron sus besos, ¿cómo se ha metido en esta historia? Fue ella misma quien, irresponsablemente, con ese no-sé-por-qué que él tanto le censura, lo ha alentado a llegar hasta ese punto: ella la que finge entusiasmo, la que le ha mandado fotos con la lencería y los zapatos, quien propuso la cita y quien, finalmente, fijó la fecha, aun sabiendo que todo era una farsa. Se siente bloqueada, furiosa consigo misma y, también, ligeramente asqueada.

¿Por qué no me respondes?, le reprocha él. Me haces sentir fatal. ¿Ves hasta dónde nos lleva tu capricho? Me pides que te cuente fantasías para acto seguido asustarte. Me calificas de mojigato porque no escribo ciertas palabras, pero te espantas y huyes a la más mínima. Ella le dice que su silencio no tiene nada que ver con sus relatos. No, no se ha asustado, le asegura. Es que ahora tengo otro problema. Algo que me impide darte una respuesta. Te lo contaré en cuanto pueda. Dame unos días.

Son justo los que necesita para pensar, aunque en su cabeza ya bulle una posible solución para escapar airosa del encierro.

Y la excusa es otra irrealidad más. Mentira sobre mentira, qué más da: Verdú aún puede serle útil para esto. Le cuenta que descubrió el último paquete en el armario, aún sin deshacer. Con las prisas, dice, ella lo había dejado a la vista, sin pensar que podía llamarle la atención, cosa que finalmente sucedió. Lo peor fue su estupor —el de ella—, no tener preparada una excusa: el rubor, los labios temblando, la palabra que no terminaba de arrancar, el balbuceo. Las prendas todavía conservaban puestas las etiquetas. ¿Las recuerda Knut? El liguero, 215 euros. Las dos bragas, 89 y 119 respectivamente. El sujetador, 185. Los tres pares de medias: 40, 45 y 45. Para desconcertar aún más, estaban también las cremas, un buen montón de rotrings, un compás, la nueva carcasa para el móvil, un cortaúñas, varias cajitas de hebras de azafrán. Y las direcciones de la caja. Destino: ella. Remitente: él. ¿Qué explicación podía darle a todo eso?

Al principio le dijo que eran compras que había hecho por internet. «¿Por ese importe? ¿Estás loca?», le preguntó él. No, no, mucho más rebajado. Que había sido un antojo. Él no la creyó. Presionó hasta que Sonia flaqueó y admitió que sí, que eran unos regalos. «¿Regalos de quién?», preguntó él. De un amigo. «¿Qué tipo de amigo hace esos regalos?» Ella le dijo que su amigo trabajaba en La Perla y que podía conseguir fácilmente las prendas con grandes descuentos. «¿Y las medias de Armani? ¿Y las cremas de Dior? ¿También trabaja tu amigo para Dior y para Armani? ¿Y el resto de las cosas? ¿De dónde han salido el resto de las cosas?» «Vamos», dice ella que dijo él, «eso es absurdo.» Y también, refiriéndose a la lencería: «Yo nunca te he visto puesto nada parecido.» Lo curioso, dice Sonia, es que la explicación que ella le había dado se aproximaba bastante a la verdad: ¿no eran al fin y al cabo regalos de un amigo? Y no me creyó.

Verdú estuvo fuera de casa un par de días sin decirle dónde se quedaba. Cuando se enfada conmigo es lo que suele hacer. Evita las discusiones. Me deja sola y yo no sé cómo actuar para apaciguarlo. Lo llamó al móvil muchas veces, pero le saltaba el contestador. Tampoco respondía a los mensajes. A la tercera noche, en la que por fin consiguió pegar ojo, lo vio entrar de refilón para coger una camisa limpia del armario —ese armario donde ya hace mucho que no hay camisas suyas, pero eso no se lo dice a Knut—. Sonia aprovechó para rogarle que volviera, para explicarle todo y pedirle perdón.

¿Todo?, pregunta Knut. Bueno, no todo-todo, pero sí algo bastante aproximado a la realidad, aunque muy suavizado. No le habló, por ejemplo, de los regalos anteriores. Le hizo creer que era la primera vez que recibía algo suyo. No le dijo que lo conocía desde hace años, desde antes incluso de conocerlo a él, y que, salvo el paréntesis cuando se casó, habían estado escribiéndose a diario todo ese tiempo. Tampoco le contó que le manda relatos y que él la ayuda a mejorarlos. Y, por supuesto, no le dijo ni una sola palabra de sus planes de verse en Cárdenas, ni que ya se habían visto una vez. Pues sí que es una versión suavizada…, dice Knut. ¿Y la ha perdonado? Sí, ella cree que sí, aunque le ha hecho prometer que nunca más recibirá regalos suyos. Es más: le ha ordenado que corte todo contacto con él de inmediato. Y ella ha tenido que admitirlo. No me quedaba otra, compréndelo, le pide.

Knut nunca se había mostrado tan aterrorizado ante la posibilidad de perderla, ni siquiera en su primera ruptura. Entonces, como en las otras discusiones posteriores, prevalecieron la decepción y la ira: era cosa de ellos y de sus respectivos orgullos enfrentados. Pero ahora dependemos de las imposiciones de un tercero, lo cual me genera auténtico pavor. Le parece terrible no poder volver a verla nunca más. ¿Tan imposible es que ella vaya a Cárdenas sin que Verdú se entere? ¿Ir y volver en el mismo día, como la otra vez, bajo cualquier excusa de trabajo? ¿No lo cree viable? Ya ni siquiera se trataría de hacer nada con ella, sino de verla, sólo verla. Se conformaría con muy poco: contemplarla quizá con unas medias, o con un sujetador, como aquel día tan perfecto que vivieron. Perder las demás opciones le da absolutamente igual. Incluso el que hayan surgido estos impedimentos le hace ahora dichoso. No hay forma más placentera de concebir una fantasía que saber que su realización es imposible. Pero perderlo todo es demasiado.

Ella le dice que no insista. Le recuerda que ni siquiera debería estar escribiéndole. Cada vez que le menciona esta posibilidad, la de no escribirle nunca más, Knut se desespera, le ruega que continúe, que no flaquee, que no tire por la borda una relación tan especial, de tantos años, sólo porque se lo esté imponiendo alguien que no puede —ni podrá nunca— alcanzar a comprenderlos. Paulatinamente va renunciando a sus pretensiones: de acuerdo, no la verá, no le mandará más regalos, pero al menos que sigan escribiéndose de vez en cuando. Pueden quedarse sólo en lo estrictamente literario. Hablamos de libros, tú me sigues mandando lo que escribes, lo comentamos… ¡Pase lo que pase, no debes dejar nunca de escribir! Si no se salen nunca de ese ámbito, ¿dónde está el problema? Ni el más celoso de los maridos debería tener inconveniente en una relación así. Incluso podría seguir recibiendo libros, ¿qué hay de malo en ello? Fíjate: Dios quiso que en el paquete que descubrió no hubiese ninguno, así que no tiene por qué sospechar si te ve llegar a casa con nuevos títulos, ¿no? Él pensará que soy un pervertido, alguien que simplemente quiere f… con su mujer, y no le entrará en la cabeza que simplemente soy tu más rendido admirador… literario. Pero es así. No habrá otro como yo. Sólo te pido que lo pienses, que no te precipites.

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