Cicatriz

Cicatriz


11. Tres meses antes

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11. TRES MESES ANTES

Una guerra no es más que esto, pero a otra escala.

En el portal oye los jadeos, la respiración entrecortada por la correa, y un inicio de ladrido, ahogado y angustioso, del perro cuando la reconoce. Ella sonríe al verlo, se acerca a acariciarle la cabeza. La vecina masculla apenas unas palabras; un saludo, supone Sonia.

Es enorme. Necesitará correr mucho, ¿no?

La otra responde con sequedad.

No. Todo el mundo cree eso. Pero las razas grandes son tranquilas. A cualquiera que le interesen mínimamente los perros sabe que las razas más nerviosas son las medianas, no las grandes.

Sonia balbucea. Ya, dice. Luego se agacha, pone la caja de cartón en el suelo y se dirige al animal.

Qué guapo eres. Me conoces, ¿verdad? Te veo en el patio a todas horas.

La vecina tironea hacia otro lado. El perro se retira, va tras ella moviendo el rabo y resoplando. Salen a la calle. Sonia se queda agachada unos instantes. Luego se endereza desconcertada. ¿Se ha molestado su vecina? ¿Marcharse así, tan bruscamente, sin siquiera despedirse?

Recoge la caja y la apoya en la cadera mientras sube la escalera y abre la puerta. La deja en la mesa, al lado del portátil, de los libros abiertos, los borradores de relatos que no logra acabar. Ya no vas a escribir más, ¿verdad?: la acusación continúa todo el tiempo, insidiosa. Cada vez que Knut se lo pregunta, Sonia contesta con evasivas. Unas veces apela a su cansancio, otras a su falta de confianza y casi siempre a su escasez de tiempo. La familia, el trabajo, dice, ¿de verdad él cree que le quedan fuerzas para escribir?

¿Ves como te contradices? Luego te enfadas si te digo que actúas por impulsos, pero no hace mucho me recriminabas mi visión del trabajo como esclavitud y ahora tú misma admites que es el principal motivo que te impide escribir. Te imagino en tu oficina, rodeada de gente tan trabajadora como tú, orgullosos de vuestra labor, henchidos de generosidad, entregados a la redacción de informes con tanto ímpetu como Lutero ponía en el estudio de la Biblia… y me parece ridículo. Me figuro lo que tus compañeros piensan sobre Hitler, sobre el hambre en el mundo, sobre Bach…, pero míralos…, seguro que ya ni se acuerdan de cuando eran niños. Ni siquiera se han arrepentido ante Dios. Si mañana viniese el diluvio ellos serían los primeros en ser arrastrados por el agua. ¿Qué haces tú ahí metida? ¿Por qué no me permites que te ayude a escapar? Ni siquiera llegaste a pedir la reducción de jornada de la que habíamos hablado. Ya no consientes que te envíe nada, gastas tontamente el dinero que ganas más tontamente aún. Pero yo te digo: sólo si escribes podrás justificar tu existencia en el futuro.

Sonia mira el paquete sobre la mesa, la etiqueta con su nombre escrito. Siempre esa pulcritud, la tenacidad del trazo en las mayúsculas. Rectitud y dureza: la simbología masculina, como él dice. Piensa en el perro, en la vecina enfadada. Rasca los bordes de la caja mientras la angustia se va asentando en ella poco a poco. Libros. Ahora, como al principio, sólo libros. ¿Cómo ha vuelto a lo mismo? Vamos a intentar que tú escapes de ahí sana y salva. Sus palabras le retumban en la cabeza. Sabe perfectamente a lo que se refiere. Siente que Knut hizo planes para ella mucho antes incluso de conocerla, o siquiera de intuir su existencia.

En las últimas semanas no para de insistir en ello: ya que no funcionó lo de enviarle artículos, ¿qué tal si le pasa dinero para que pueda dedicarse a escribir en exclusiva? ¿Cuánto necesitaría mensualmente? Quizá él pueda conseguirlo. ¿Lo imaginas?, le dice. Abandonas tu trabajo y escribes por las mañanas, mientras el niño está en el colegio. Horas y horas para ti, para leer y escribir y corregir, para poder estar más en contacto tú y yo, con el único fin de apoyarte. De nada vale razonar con él, hacerle ver que es un despropósito, una empresa imposible, o que sencillamente no quiere. Le dice que ella tiene muchos gastos. La hipoteca, las facturas, el niño. Pero una parte la cubre el sueldo de Verdú, ¿no? Sí, sí, afirma ella enseguida, porque al fin y al cabo no deja de ser algo muy cierto. Y el resto lo aportaría yo. Deberías confiar más en mi solvencia. ¿Qué te hace pensar que no tengo bastante? Como muestra, le cuenta que le había regalado a M. mil euros, así porque sí. Para que luego digas que la trato mal… M. le había pedido quinientos de un día para otro. He aquí lo que te digo de sus contradicciones: siempre me hace ver que nada en la abundancia, que se relaciona con la más alta sociedad de su entorno, que tiene un gusto selectísimo y que ella no va a ser menos que nadie, pero el primer día me proponía ir a un hostal de 40 euros y ayer, sin más explicaciones, me pedía quinientos. Que los necesitaba, que los necesitaba, y que no podía decirme para qué. Y es más: que ni siquiera sabía cuándo podría devolvérmelos. Le he dado mil y le he dicho que no tiene ninguna deuda conmigo. Y ella tan contenta.

Él no escatima en gastos. Ahora, por ejemplo, está empezando un tratamiento para inhibir el crecimiento del vello facial. La doctora le recomendó una técnica puntera sin efectos secundarios, recién traída de Estados Unidos, la mejor y también la más costosa. Pero a él, el precio no le frena. Incluso se plantea ir más allá y continuar con el tórax y la espalda. La estética siempre le ha preocupado mucho, ella ya lo sabe. Cuando acabe con esas sesiones se arreglará también la dentadura. Una endodoncia, dos puentes y blanqueamiento: todo lo que pueda hacerse lo hará, por supuesto.

O sea, que tienes para darle a tu amiga, para fotodepilaciones y tratamientos dentales, y también vas a tener para enviarme a mí todos los meses… Discúlpame, pero no te creo. Él discute tan convencido que por momentos Sonia llega a creerle. Piensa que quizá la clave está en la parte de la vida de Knut que desconoce, esa pieza que siempre le ha faltado. A lo mejor su familia es rica, se dice, pero enseguida recuerda las fotos que le envió de la falda extendida en la colcha y el barrio donde vive —estuvo visitando su calle con google maps: bloques altos, de ladrillo, con estrechas terrazas y pasajes plagados de graffiti—. ¿Y si obtiene el dinero con otro tipo de negocios? En último extremo, sea cual sea el origen del dinero: ¿nadie se da cuenta? ¿Sus padres ven normal que, sin tener un trabajo, lleve esos trajes caros? ¿Que se eche a dormir a cualquier hora, que acumule libros sin comprarlos, que se pague un tratamiento láser para el vello? Alguna vez ella se ha atrevido a preguntarle. No, no dicen nada, le contesta él. O: No se fijan. O: Qué manía la tuya con ver como anormal lo que no encaja en tu vida. ¿Por qué crees que deberían estar extrañados? A él le parecería mucho más extraño que su hija, después de haber estado estudiando durante años y años, se pasara ahora más años y años encerrada en unas oficinas que no le dejan ni dinero ni tiempo para hacer lo que realmente le gusta. ¿O consideras que lo que tú haces es normal simplemente por hacerlo tú, dado que nunca harías nada anormal? La vida no se puede juzgar bajo esos criterios. No, no es normal lo que hago yo, pero eso me da igual. Las creaciones artísticas nacen de la anormalidad.

Y claro que va en serio. ¿Ella no ha oído hablar nunca del mecenazgo? Por supuesto que sí, dice Sonia, pero no se hace de esa manera. ¿Ah, no? ¿El mecenazgo ha de ser siempre institucional? ¿Acaso no han existido mecenazgos privados en la historia? Pues anda que no hay pocos… ¿No te sabes la historia de Ezra Pound y James Joyce? Lo que pasa es que ella desconfía de él. Seguro que si un ministerio o una fundación le ofreciese una beca similar, no sólo aceptaría encantada, sino que lo pregonaría orgullosa por todos lados. ¿Cuál es la diferencia con su propuesta? ¿Que se la está gestionando él? Las garantías son las mismas, o incluso más.

¡Pero si peleamos cada dos por tres!, dice ella. ¿Cómo voy a saber que no me dejas tirada en algún momento? Knut le recuerda que cuando pelean es siempre a instancias de ella, que es ella quien quiere cortar la relación, quien se niega a escribirle o a seguir recibiendo su ayuda. Nunca, nunca, ni en las peores broncas, me he querido separar de ti. Sonia admite que es cierto, pero aun así, le dice, no quiere deberle nada. ¿Y qué pensaría Verdú de ese trato? ¿Cree que no sospecharía? También para esto Knut cuenta con respuestas. No, no tiene por qué sospechar si ella le dice que ha obtenido una beca de la Escuela de Escritores, por ejemplo, o del Ministerio de Cultura, qué más da. Y no, no me deberás nada. No habrá peajes ni facturas. Esto no es un favor que quiera hacerte. Es sólo ser coherente conmigo mismo y con lo que he sido para ti durante todo este tiempo.

¿Y luego qué? ¿Cree que porque ella esté escribiendo uno o dos años habrá solucionado su vida? ¿Que podrá volver al trabajo cuando le plazca? Las cosas no son tan sencillas como él cree. Si ella deja su puesto, no la estarán esperando con los brazos abiertos cuando pretenda regresar. Pero Knut está convencido de que, una vez que empiece a despegar, no necesitará jamás volver a una oficina. Su literatura es lo suficientemente buena —y lo suficientemente comercial— como para que pueda vivir de ella más adelante. Hasta que eso suceda, lo tendrá a él. Los años que hagan falta. Si se queda más tranquila, pueden firmar un contrato. Anual y prorrogable, de mil euros al mes. Ante notario, con todos los avales necesarios. ¿Cómo lo ve? Y no, su planteamiento no es idílico. Al revés: pongo a Dios por testigo de que tengo precisamente esa certeza, cada día de mi vida desde que te conozco. ¡Jod…! Si no, ¿para qué haría todo esto?

Tras días y días de dar vueltas en torno a los mismos argumentos, de una parte y de otra, Sonia está exhausta. Le amenaza con dejar de escribirle si no descarta de una vez el asunto. Es lo que hay, le dice, o lo toma o lo deja. ¿Ves? Al final, siempre te sales con la tuya, le reprocha él. Más decepcionado que triste, más desconcertado que enfadado, afirma no comprender su actitud. Vale que te niegues a recibir más regalos, aparte de los libros, por culpa de esa especie de Barbazul que vive contigo, pero que rechaces esta oportunidad, eso sí que no puedo explicármelo. Le pide que le dé una razón, una única razón. ¡Pero si ya te he dado miles!, dice ella. No, eso eran sólo excusas. No hay ninguna razón válida que justifique su negativa. Sonia le advierte que no piensa seguir discutiendo. Ni una palabra más, insiste. Y como él sigue, ella calla. Cuando se te ofende un poco despliegas una gran dignidad. Cuando se te ofende medianamente, tratas tú de ofender. Cuando se te ofende mucho, sueles callar. Así es como funcionas. Le ofusca que ni siquiera se plantee discutir el asunto. Es no, y no, y no. ¿Qué más da discutir? Sonia es hermética ante todo lo que propone él. Es porque piensas que tu ego queda afectado. Pero deberías ser consciente de que el ego no existe, que cuando discutimos, no somos tú y yo en concreto los que discutimos. Dejarse afectar por una pelea tendría algún sentido si la vida fuese eterna. Pero el yo no existe. Lo que existe es una voluntad universal en la que los individuos se disuelven. Por eso no debería ofenderle nada. Las ofensas son otra ilusión del yo. El día que entiendas todo esto será tarde y habrás dejado escapar esta oportunidad. Como haces siempre conmigo: dejar que escape todo.

¿Puedo pedirte un último favor? Por supuesto, responde Sonia. ¿Me aceptarías unos zapatos? Ella no puede creerlo: ¿otra vez? Knut le manda un enlace de internet para que pueda verlos: zapatos de salón de color crema con una ristra de remaches en el empeine. De una colección limitada de Armani. 369 euros. A Sonia le parecen espantosos, pero se guarda su opinión. Le recuerda, eso sí, que habían acordado que se ceñirían a los libros. Prometiste que no nos saldríamos de lo estrictamente literario, ¿no? Esto es distinto, dice él. En primer lugar, no está tan claro que el calzado —o al menos ese tipo de calzado— no pertenezca al ámbito de lo literario. ¿Los ha mirado bien? No basta con un rápido vistazo. Si se detiene en los detalles se dará cuenta de que son unos zapatos espléndidos. Pero no vamos a divagar conceptualmente sobre lo que es literario o no. En segundo lugar, ya le ha dicho que se trata de hacerle un favor. Pedirle un favor a alguien implica que el aludido salga de su comodidad. El que hace un favor ha de renunciar a algo a cambio. En este caso, ella renunciaría —aunque sólo por esa vez— a su decisión de no recibir de él más que libros. Si no supusiera una ruptura del acuerdo, no sería un favor, sino un simple dejarse llevar…, yo te los enviaría y punto, no tendría ni que pedirte permiso. Como ella aún se muestra reticente, él cambia el tono argumentativo por uno más suplicante. Si he sido algo para ti, si alguna vez sentiste el más pequeño aprecio por mí, te ruego que me los aceptes. Por orgullo, rechazaste justo lo que más quería hacer por ti. Esto es muchísimo menos. Es el único favor que voy a pedirte hasta mi muerte. No te haces una idea de lo que significa para mí.

Le cuenta que los adquirió una tarde en la que había quedado con M. Me había pasado todo el día cogiéndole cosas, una muestra más de que no me porto tan mal con ella como tú juzgas. Todo tipo de artículos, lo que a M. se le iba antojando. Excepto lencería, matiza. Eso sólo podría hacerlo contigo. Los zapatos los descubrió justo al salir de un Corte Inglés. Estaban en un expositor y eran de su número. Se frenó al verlos; le pidió a M. que lo esperara fuera. No tardó demasiado en conseguirlos. Desactivar las alarmas cuando el dependiente se fue al almacén le llevó apenas unos minutos. Luego, se metió uno en el bolsillo de la chaqueta y el otro en una bolsa. Y listo. M. al principio pensó que eran otro regalo para ella. No, le dijo él. ¿No veía que no eran de su número? ¿Para quién eran entonces? Lo miraba fijamente, con sus ojos acuosos, las comisuras de los labios llenas de las miguitas de un bollo que acababa de zamparse. Para una amiga. «Qué suerte tiene tu amiga», le dijo. Yo le indiqué que a ella también le había pillado un montón de regalos. Pero así es el ser humano: nunca tiene bastante.

En el hotel, se tumbó en la cama y sostuvo uno de los zapatos en alto para mirarlo. Debió de pasarse más de una hora así: soltándolo y cogiéndolo, soltándolo y cogiéndolo. M. no decía nada. Sólo fumaba y dejaba la colcha cubierta de ceniza. Al rato se durmió y comenzó a roncar; Knut tardó mucho más que ella en dormirse. Caía un violento chaparrón que golpeaba en la contraventana. Intentó concentrarse en el ruido de la lluvia para dejar los ronquidos de M. en segundo plano; el ejercicio le supuso tal esfuerzo que fue el dolor de cabeza lo que terminó de vencerlo. Por la mañana se despertó antes que ella. En el suelo, a su lado, estaban todavía los zapatos. Cogió uno y lo alzó a la luz azulada del nuevo día. El cielo estaba muy limpio tras la lluvia. Se imaginó el zapato en sus pies, pensando que era la única que sabía llevar unos tacones así. Me imaginé tus maravillosas piernas enfundadas en unas brillantes medias transparentes. Me excité muchísimo y se lo hice a M. sin preámbulos, estando ella dormida, figurándome que su cuerpo era el tuyo.

Para él, son posiblemente los zapatos más estimulantes de cuantos le ha cogido. Si te los mando a la oficina, Verdú no tiene por qué enterarse. Le pide que un día en que él no esté se los lleve a casa y se fotografíe con ellos puestos. Sólo las piernas. Las piernas con unas medias y esos zapatos. Aunque si te animas, ya que nunca podré verte otra vez, podrías subir un poco más y sacarte una foto de cintura para abajo… Desnuda, sólo con las medias y los zapatos. ¿Podrías hacerlo para mí? ¿No crees que me lo he ganado después de todos estos años?

Abre la caja y sostiene un zapato entre las manos, quizá el mismo que él sostuvo en su habitación de hotel. El paquete contiene también algunos libros que no se preocupa siquiera de mirar. Huele a piel nueva. El zapato es rígido y llamativo, pesa bastante. Lo guarda otra vez en la caja y, de una patada, desliza el paquete al fondo del armario. Luego se marcha corriendo a coger el autobús.

En el trayecto, se le agolpan las palabras en la cabeza. Unos zapatos guardados en un armario medio vacío. Que no quiere ponerse. Que no puede regalar. Que no puede vender. Que no quiere tirar. Que quiere devolver.

Llueve con violencia. Las gotas resbalan por el vidrio. No puede, no, se dice. Pero sí puede. Claro que puede. Agarrada a la barra del autobús, sacudida por los que entran y buscan asiento a empellones, siente de pronto el peso de la determinación. Cuando llega a su oficina, lo primero que hace es escribirle. Lo hace con furia, con rencor. Sabe que, si lo deja pasar, dentro de unos días llegarán otros zapatos, y luego más perfumes, y cremas, y lencería, y al final volverán a estar en la misma situación que antes. El hartazgo —pura desidia incolora, insabora y neutra— ha terminado convirtiéndose en una espesa sustancia maloliente. Quisiera decírselo así, con esas palabras u otras similares, pero no busca hacer literatura. Le dice, simplemente, que los zapatos le parecen horrorosos. Que ya da igual el acuerdo o la ruptura del acuerdo: es que son horrorosos, y no los quiere. Si al menos fuesen bonitos, pero no. Se complace en repetir la palabra: horrorosos. Le advirtió que no se los mandase. Pero él, empecinado, sordo, no se molestó en averiguar por qué. Ahora tendrá que devolvérselos. A ver si así lo entiendes de una vez. ¿Una foto con ellos puestos, dice? ¿Desnuda de cintura para abajo, sólo con medias y zapatos? Ahí está la cuestión: nada de lo que le da es gratuito, siempre ha querido cobrarse su precio. Y ella ya está cansada de formar parte de sus proyectos de maniático. Cansada, harta, dice. Maniático, loco, repite.

Jamás le había hablado con tanta dureza.

La respuesta llega a los pocos minutos. Ni que te hubiese enviado una caja de medusas putrefactas. ¿Cuál es el motivo de tu enfado? ¿Que te he regalado unos zapatos que no te gustan? No te he amenazado de muerte, ni te he insultado, ni te he maltratado, para que te pongas como te pones.

Eso sí, le duele que cuestione la gratuidad de sus regalos. ¿Le pareció que durante su visita a Cárdenas anduvieron mucho? Pues debería multiplicar por diez la caminata, y por cinco el peso de las bolsas, para tener una cualquiera de sus tardes. Salir de casa, ir a un centro, no está el libro, ir a otro, tampoco está, pasarme por un supermercado, ir al siguiente centro, volver a las taquillas del supermercado, ir a otro centro más, dejar el artículo en una papelera o en un contenedor, volver, recoger todo… Eso sólo en lo que se refiere a la magnitud del proceso, sin contar los posibles inconvenientes imprevistos. También llevar la mercancía a su casa o a casa de otra persona, pelearse con ella, reunir los objetos, coger cinta adhesiva suficiente, buscar una caja, preparar el paquete toda la noche, levantarse temprano, cargar con el paquete hasta la oficina de Correos… Pues anda que no es trabajo sólo para conseguir una foto, cuando las hay mucho más estimulantes por todos lados. ¿O crees que tengo tan escasa conciencia de mí mismo? Puesto que tampoco es algo que haga por nadie más, habremos de ceñir el asunto a tu personita, más allá de la foto que, en efecto, podrías o no mandarme sin que nada cambiara para mí. Si yo fuese buscando «eso» solamente, no habría estado años detrás de ti. Puedes considerarme extravagante, exagerado o loco, si te place, pero, por Dios, ¡no me trates como a un imbécil!

Que piense en su mejor amiga. ¿Se la imagina yendo en busca de los diecisiete libros para sus clases de italiano que ella le pidió a él? ¿De los coladores, las tijeras de cocina o los comprimidos de valeriana? No habla de la hipótesis de mangar artículos y regalárselos, sino simplemente de ir por ellos, hacer el mismo trayecto que hizo él, incluso con el dinero de Sonia en los bolsillos. Al tercer sitio al que tuviese que ir estaría más que harta, y te diría que pidieses tus compras por correo.

Lo más patético, dice, es que haya tenido que pasarse varios años —no unos días, ni unas semanas, ni un par de meses, sino nada menos que varios años— entregada a un miserable como él. Eso sí que debe de ser duro para ti, con todos los que hubieras podido encontrar. Y, finalmente, ¿para qué? Para esto. Para nada.

Sonia cumple su palabra y le envía de vuelta los zapatos. En sus planes está también no hablar más con él, le diga lo que le diga, no entrar más en su provocación ni ablandarse con sus ruegos. Lo que no espera es su reacción cuando los recibe. Knut la acusa de habérselos devuelto en un estado deplorable. Las suelas están rayadas de caminar con ellos; en uno de los casos ni siquiera se aprecia el logo de la marca, de tan difuminado que está por los rasguños. Les ha aplicado una crema reparadora, pero ni por ésas. ¿De verdad no los ha usado? ¿O se los devuelve sólo para quedar por encima? ¿Qué va a hacer con ellos así? Ni siquiera puede venderlos o regalárselos a otra mujer. Cuando Sonia le dice que no le cree, él le envía unas fotos para que pueda ver los desperfectos. Siendo como eres, seguro que te parece que exagero, pero estas fotos hablan por sí mismas. Sí, exagera, responde ella. Lo que se ve en las imágenes es probablemente el roce de habérselos probado otras mujeres en la tienda. Ella no ha dado ni dos pasos con ellos, puede asegurárselo. Eres un neurótico, le dice. Un perfeccionista insoportable.

Knut lo admite. Y fetichista, añade. Y a pesar de lo que te conté sobre la importancia de estos zapatos para mí, me haces esto. Sabes perfectamente que, infligiéndole daño a los zapatos, me lo estás infligiendo a mí. No me extraña que junto con los zapatos hayas querido hacerme llegar una impronta del asco que ahora sientes por mí. Es el sentimiento natural de alguien que, como tú, siempre quiere quedar por encima.

Sonia hace esfuerzos para no responderle, pero él continúa escribiéndole. Todavía me cuesta mirar esos zapatos, aunque tarde o temprano tendré que ver qué hago con ellos. Por tu parte, haces bien en callarte. ¿Qué puedo esperar bueno de ti? Nada, porque eres caprichosa, egoísta, perezosa, vengativa y muchas cosas peores. Pero yo seguiré aquí, te guste o no, me leas o no. Le cuenta sus nuevas incursiones —para adquirir, por supuesto, cosas horrorosas—, sus visitas a la clínica estética, los enfrentamientos que tiene con las enfermeras, sus encuentros con M. Le manda también fotografías de ancianos decrépitos que ella no sabe bien cómo interpretar, y fragmentos de noticias sobre descubrimientos científicos. En una revista, dice, leyó una teoría según la cual los artrópodos —los seres más primitivos que hay, como sabes— han sobrevivido a todas las catástrofes ecológicas debido a su escasa evolución. En el ser humano el equivalente de esa elementalidad sería la indiferencia moral —un asunto de dimensiones trágicas, según Proust—. Es evidente que tú eres una chica muy sensible. Por eso, me asombra que tomes tan tranquilamente el camino de la nada.

Y después, el mutismo. Parece que ya, al fin, llega la calma. Una calma mortecina y triste. Insuficiente para Sonia, que abre el armario y revisa los restos de la batalla. Bolsas amontonadas al fondo de cajones. Prendas desperdigadas, sueltas, mezcladas, envejecidas antes incluso de haber sido usadas. Knut tiene razón, se dice: es descuidada y su descuido revela un ambiguo desprecio. Asco, ha dicho él. Organiza lo que aún puede vender o regalar. Lo demás lo tira, ya sin pena. Una vez, junto al contenedor, ve a sus vecinos cargando cajas, maletas, muebles desmontados, un enorme colchón no demasiado limpio. Meten todo con rapidez —ella diría que casi con enfado— en una destartalada furgoneta de mudanza. ¿Dónde está el perro?, se pregunta. Se asoma al patio en los siguientes días. Continuamente. Venciendo la tentación de beber, una y otra vez, se asoma. Silencio alrededor. Es obvio que no está. Tampoco lo llevaban con ellos. ¿Lo han regalado? O, aún peor, ¿se han deshecho de él, lo han abandonado?

Una madrugada, poco antes de las seis, suena el teléfono. Sonia lo descuelga somnolienta, sin tiempo aún de haberse sorprendido o asustado. Al otro lado está la voz de él, sus gritos, su desesperación, envolviéndola a ella y arrastrándola también a la confusión del que no entiende, o del que no quiere entender. ¿Qué pasa?, balbucea, a pesar de que Knut se lo está diciendo, pero de forma tan embrollada, tan oscura —la mezcla de ira, de dolor, de estupor y de odio—, que ella tarda un poco todavía en comprenderlo.

Entonces mira la pared de su habitación. La mira fijamente —una mancha pálida, más clara, de un cuadro que estuvo colgado allí una vez y que ahora no está— y se queda sin habla.

No era tan improbable, y, sin embargo, ni siquiera pensó que pudiese llegar a suceder. Su imprevisión, dice él. Sus impulsos, esa espontaneidad maligna, repentina. Su irracionalidad, le dice. Ahora quiere saber. ¿Por qué?, pregunta, ¿por qué? Qué oculto resorte, qué tipo de maldad la llevó a hacerle eso. A él. A él, que ha estado sus últimos años viviendo para ella, pendiente de cada paso de ella. A él, que la quería, que la quería verdaderamente, como nunca quiso a nadie, y que ahora descubre el monstruo que latía encerrado en ella. Como Edward G. Robinson en Perversidad, el día que cae el telón de su fascinación, le dirá esa misma mañana, por escrito, cuando continúe demandándole una explicación.

Sonia no sabe responderle. Carece de respuestas.

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