Cicatriz

Cicatriz


12. Libro

Página 18 de 21

12. LIBRO

Te diría que me ha sorprendido la noticia, pero no es cierto. Yo ya sabía que tarde o temprano iba a suceder. Claro que me gustaría que me mandaras el libro. Acuérdate de hacerlo a la nueva dirección que te indico más abajo. Ahora vivo en la misma avenida donde está el edificio en el que, hace ya casi cuatro años, te probaste aquella camiseta. Supongo que lo recuerdas. Contigo es difícil de saber: ¡te enorgulleces de ser desmemoriada!

Cuando me mandes el libro, ¿puedes estamparle una dedicatoria? «A mi mejor lector». O: «A mi único lector». O: «A mi lector». O todo junto: «A mi mejor y único lector, a mi lector». ¿No me merezco algo así?

¿Querrás que te diga mi opinión? ¿Mi opinión sincera?

A tu pregunta te respondo: estoy bien. Ha pasado el tiempo suficiente para asumir que nunca fui el tipo de hombre, ni de persona, que a ti suele agradarte. Al revés también ha ocurrido, no creas. Sobre todo con la ropa. Cuando yo te mandaba sin parar medias, blusas, lencería, zapatos, guantes, bufandas, chaquetas…, estaba vistiendo a un personaje. Tú me decías muy discretamente que no era tu estilo de ropa habitual, pero mi contumacia no tenía fin. Me empeñaba en verte con arreglo a mi imaginación, ciego a la realidad. Y ahí sí que aguantaste mucho, porque si alguien, por bien que me cayera, comenzara a regalarme a mí vaqueros, camisetas y zapatillas deportivas, o quisiera que me dejase barba, me resultaría muy fastidioso.

¿Qué pasó con el resto de zapatos, de lencería, todo lo que me dijiste que ibas a conservar? No me importa en absoluto que lo hayas vendido al ropavejero, o que lo hayas tirado todo. Te lo digo en serio. Cómo serán las cosas que, al final, lo que de verdad tendré que agradecerte toda mi vida, lo que me dejaste realmente valioso, fue lo de ebay. Sólo lamento que no se te ocurriera antes. Era una idea excelente. Por mi parte, no creo que nunca vuelva a coger nada de lencería ni de ropa. Ah, qué pereza me produce ahora recrear tan sólo una de aquellas tardes en las que recorría durante horas centros comerciales para adquirir cosas que pensaba que te gustarían o que tú directamente me habías pedido…

Ahora estás sin compromiso, ¿no? Hablas de tu ruptura con Verdú con un desapego extraño. Te confesaré que yo siempre pensé que habíais roto mucho antes, sin decírmelo a mí. En los últimos tiempos ya casi no lo nombrabas, salvo como una excusa frente a nosotros. Un día, bastantes meses antes de que descubriese tu traición, llamé a tu casa y lo cogió tu hijo. Fue algo inesperado. Su voz infantil y tú, no sé, supongo que estarías en la ducha. La sospecha ya debía de estar rondándome hacía tiempo, porque espontáneamente le pregunté por su «papá». «No vive aquí», me dijo. A ti no te pregunté nada. Ya ves que, cuando quise, supe ser discreto.

Yo a M. sí la veo de vez en cuando, sobre todo cuando ella necesita dinero, que es cuando me llama. Todo lo que estaba en ella en germen ha aflorado ya completamente. También veo a otras mujeres. Cada vez a más, aunque tú no lo creas.

Por simple curiosidad: ¿vendrás a Cárdenas para presentar el libro? ¿Para conceder entrevistas o para participar en alguno de esos clubes de lectura que ahora están tan de moda? Tranquila, no te lo pregunto para verte. No creo que tú quisieras verme a mí. Puedes decírmelo sin problemas. Ni siquiera iré a mirarte en la distancia. Aunque si tú quisieras…

¿Te meterás en el mundillo literario? Te imagino actuando en esos lares con bastante solvencia. Van a halagarte, sin duda. Te piropearán. No serán pocos los que aspiren a acercarse a ti mediante el elogio. Y tú ni siquiera recordarás que el primero que destacó tu talento fui yo.

Mi recomendación es que te alejes de toda esa farsa lo antes posible. ¿Te imaginas a Joyce o a Kafka en un club de lectura?

No quiero dar la impresión de estar enfadado. Ayer, cuando recibí tu sms y te contesté tan bruscamente, quizá lo parecí. Acababa de salir del gimnasio y de perder (créeme) cuatro mil euros en unas acciones fallidas. El cielo estaba encapotado; eso me produce siempre dolor de cabeza. Y tengo un juicio de aquí a dos días por (ríete) haber adquirido tres cds. En circunstancias anímicamente normales nunca te hubiera escrito una frase como esa de «tanto en lo que se refiere a la noticia como a tu reaparición», ni siquiera con la rémora de estar utilizando el móvil. Me atormenta fallar en eso, sí. En esto no he cambiado.

Sí hay algo que me gustaría que comprendieras, aunque mucho mejor lo sería sin mi apremio. Mi exhaustividad no era buena, pero tu liviandad tampoco. Ambas se acercan bastante a lo que podría llamarse «problema mental». Con todo, yo no me tengo por bueno, sino por muy bueno, incluso mucho mejor de lo que tú nunca has podido llegar a pensar. Si no fuera así, no habría consagrado toda mi vida al robo y tantos años a tu agasajo. Mi exhaustividad acaba derivando en un sentido del honor casi calderoniano, pero si las cosas no terminan saliendo como yo esperaba, no me duelen prendas en reconocer mi derrota…

Ni siquiera me mandaste los frascos de perfume vacíos que te pedí, y que me prometiste guardar. Ni siquiera eso.

Y, aun así, sí, supongo que aún te quiero.

Ir a la siguiente página

Report Page