Cicatriz
13. Tres años antes
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13. TRES AÑOS ANTES
Si pienso en ti y en mí, siempre me viene a la cabeza esta frase: «Una vez en la vida.» No, no te quedes con la explicación más sencilla. La expresión anda conmigo desde hace mucho tiempo. Algo debe de haber detrás, supongo que una lógica parecida a la de los actos fallidos, o a la de los olvidos inconscientes.
Sonia lo imagina con precisión. Lo ve y es capaz de atisbar —en parte: un filo, un sobrante— el dolor de él, pero prevalece la incomodidad por encima de cualquier otro sentimiento. Sabe que ha actuado mal, pero al mismo tiempo se pregunta: ¿qué podía hacer? ¿Había acaso más opciones? ¿Ha errado en el hecho en sí o en la escasa planificación del hecho? Sacude la cabeza. Ya no tiene sentido bucear en esas disquisiciones, se dice.
Imagina a Knut frente al ordenador, entrando por primera vez en su vida en el portal de ebay. El dormitorio en sombras, la luz verdosa del portátil iluminándole el gesto apremiante, la piel marcada por los nervios. Ha tenido los zapatos guardados en su cuarto —cuidadosamente, él sí— hasta que consiguió reparar algo mejor los rasguños de las suelas. Esto le supuso la visita a varias zapaterías para preguntar cuáles eran las cremas reparadoras más efectivas y luego otras tantas a centros comerciales para adquirirlas. En total, varios días atareado. El tesón, la paciencia de siempre. Dejar actuar la crema. Volver a aplicarla. Cabecear con decepción frente a los zapatos que habían sido una promesa —fantasía, libertad y belleza— y que ahora no son más que unos zapatos caros destinados a mujeres lejanas con las que no le apetece soñar. Los fotografía sobre un cartón oscuro, desde varios ángulos. Descarga las imágenes y las corrige para darles mayor nitidez. Que se vean bien los detalles, el buen hacer de la marca. Costuras, remaches, hebillas, el brillo del empeine: todo lo que Sonia desdeñó. Navega por ebay con el vientre encogido por el desengaño. Con desgana, pero con la misma profesionalidad con que acomete todo en la vida. Zapatos de Armani, murmura. ¿Por cuánto podrá venderlos, sin la caja, y todavía con unos rasguños ligeramente visibles? Debería consultar para ver qué hacen los demás vendedores. ¿Alguien más ha puesto a la venta zapatos así? Hace una búsqueda. Y sí, encuentra varios. Todos ya vendidos. A precios muy bajos. ¿Auténticos, falsificaciones? Imposible saberlo en un primer vistazo. Entra uno por uno en los anuncios y amplía las fotos. Con los primeros, todavía persiste el escepticismo. Qué casualidad, piensa. Estira las piernas, aguza la vista, se acerca a la pantalla. El mismo modelo, el mismo número. Una descripción amena, de tono alegre y vivaz. ¿Quieres llevarte a tu casa unos auténticos Armani a un precio de risa? Taconazos para lucir con Él y para provocar la envidia de Ellas. Estos magníficos zapatos de salón pueden ser tuyos por sólo 40 euros. El vendedor —un seudónimo inidentificable— ha estado ofreciendo más zapatos de Armani y también otros artículos cuyas imágenes caen sobre Knut como piedras. Uno tras otro los anuncios de perfumes, guantes, bufandas, medias, lo dilapidan en el desconcierto. Incluso aunque la huella de Sonia es ya del todo clara, tarda todavía un poco en comprenderlo y mucho más en admitirlo. Va de un anuncio a otro, leyendo los textos de la venta, fascinado. Ya no le cabe la menor duda, pero a la vez se siente mareado, incapaz de detenerse para analizar los hechos.
Sigo sin recordar el momento exacto en que tuve conciencia de tu traición, le cuenta. Fue todo tan confuso, tan… nebuloso. Es curioso: en aquel momento, lo que más me dolió fue leer los halagos que te hacían los compradores en sus votaciones. Todo eso de que Sonia es genial y que resulta un placer hacer negocios con ella. Se me aparecía de pronto una Sonia desconocida y lejana. Ahí estaba la mayor mentira. Demasiado dolor. Demasiada estupefacción. Se mete en la cama, se cubre con el edredón hasta taparse la cabeza. Ahoga un sollozo. Al rato se levanta, enciende de nuevo el ordenador y continúa mirando los detalles. Quiere llamarla de inmediato, pero se encuentra paralizado frente a la pantalla. Se pasa cuarenta y cinco minutos en el salón, sentado como una estatua, mientras se carga la batería del móvil. Cada vez se siente peor, y peor, y peor, hasta pensar que no va a ser capaz de soportarlo. Teme que ella lo niegue todo, o que le cuelgue, o que ni siquiera responda a su llamada. Teme recibir una carcajada, teme los insultos. Fue como si de pronto descubriera que estoy en la cárcel y que eres tú quien ha decidido mi encierro, sin yo haberlo sabido hasta ese instante. A las seis de la mañana no puede aguantar más. Le tiemblan las manos. Algo le arde por dentro. Tiene retortijones. Va al baño tres o cuatro veces. Luego toma el teléfono y la llama.
Ella dice estar avergonzada. No había pretendido hacerle daño, él debería creerla, le dice. No quería que se sintiera despreciado, casi se sintió forzada a hacerlo, como única opción antes de ir al contenedor de la basura. Cada vez que ella le insinuaba que no necesitaba nada más, o que las prendas que le mandaba no eran de su estilo, o que ya tenía suficiente, o que no podía acumular más, él se negaba a escuchar sus señales. Se empecinaba hasta la extenuación, le dice. Sí, la opción que tomó no era la más correcta. Ahora es capaz de verlo. No le pide perdón porque sabe que no lo merece, pero le dice: si su intención hubiese sido la de enriquecerse, no le habría pedido que dejara de enviarle regalos, sino al revés, lo hubiese alentado cada vez más. ¿No es capaz de ver eso? Sea como sea, el mal ya está hecho. ¿Cuál podría ser la manera de compensarlo?, le pregunta.
Hablan de dinero. Él le exige que le pague lo que consiguió acumular con aquellas ventas. Sonia no sabe la cantidad con exactitud. No llevaba los cálculos, le explica, han sido unos dos años de ventas esporádicas y descontroladas. Aun así, hace las cuentas por aproximación, intentando ser justa. Salen algo más de mil euros, por bienes que probablemente superaban los seis mil en su precio original. Pues ya sabes, dice él, mil euros a mi cuenta de inmediato. Sonia saca el dinero de sus ahorros —tiene que pedirle un poco a una amiga— y le hace el ingreso. Pero eso no sofoca el incendio. En Knut persisten los rescoldos, todavía caldeándose, quemándole. Él los mueve día tras día, los aviva con dolor y tristeza. Sonia ha de tragárselos. Cómo no hacerlo.
Ella le ruega que no se detenga en los detalles. Se da de baja en su cuenta de ebay para que él no pueda acceder más a su historial, pero es demasiado tarde. Knut recuerda perfectamente lo que vio. Tus anuncios, cómo te expresabas, le dice. Esas letras tan grandes, de colores, signos de exclamación, fondos floreados, un tonillo halagador hacia el hipotético cliente —como de publicidad antigua—, un alborozo y una desenvoltura que yo no te conocía. A él jamás se le pasaría por la cabeza expresarse así, le dice amargamente. No porque le parezca bien ni mal, sino porque demuestra una espantosa comunión con el asunto. Estabas ahí, urdiendo tácticas de venta a la vez que mantenías la ficción de nuestra correspondencia. Por mucho que me empeñe, no puedo hacerme a la idea de que sois la misma persona: la que me escribía a mí y la que se lucraba vendiendo mis regalos sin decírmelo…, si bien es cierto que ya te había hablado alguna vez de la dualidad que observo en ti. Una acción como ésa no la imagina ni siquiera en los que apretaron el botón de la cámara de gas: tan continua y desapegada, tan fría, tan impasible.
No, sabe que no debería naufragar en ciertos pensamientos, pero no puede evitarlo. Recuerdo algo que te dije en Cárdenas, cuando habíamos terminado de almorzar: «Quiero que tus manos estén bien.» Que no pases frío, que las tengas bonitas y cuidadas. Tú me confesaste más tarde que eso te emocionó. Él le regaló las cremas de Roc. Lacas de uñas de un montón de colores: todos aquellos que ella le pidió. Y por último los guantes de Tous. Nunca habías tenido unos guantes de piel. Te parecían perfectos, calentitos, tan cómodos y elegantes, me dijiste. Ahora veo que los vendiste. Y la chaqueta. Aquella americana blanca de Armani, tan cara, tan exquisita, que tanto les gustaba a los dos. También la vendió. Se deshizo de ella por 49 euros, lo cual evidencia la dimensión de su falsedad. Mejor la hubiera regalado, le dice.
Y la camiseta. Era algo simbólico. ¿No te importó tampoco? ¿Tanto ocupaba una camiseta en tu armario, que tenías que venderla por… nueve euros? Él recuerda cada día la escena. La luz del distribuidor, sutil, amarillenta, envolviéndolos. El polvo en suspensión. La belleza en medio de la sordidez, deslumbrante y desafiante, consiguiendo vencer la suciedad, con todo lo que a él le asquea. Aquel silencio: sólo el rumor del tráfico, amortiguado, en la distancia. Ella estirando los brazos para cambiarse. Sus brazos tan blancos, las axilas tentadoras. La curva del pecho, sostenida por aquel sujetador de encaje, las copas con tres telas diferentes, el brillo de la seda. También estaba la cicatriz, tu fea cicatriz. Te la vi, te lo dije, luego me arrepentí. Ahora me doy cuenta de cuán significativa era esa señal. Ni más ni menos que la constatación de una realidad que yo me empeñaba en disfrazar.
Si yo no te hubiese conocido a ti, mi vida habría sido más o menos igual. Esta relación falsa y ficticia que he tenido contigo la habría tenido con otra, que probablemente no atesoraría las cualidades que tú tienes, pero que a mí me habría parecido encantadora. En cambio, si tú no me hubieses conocido a mí… Iba a hacer una lista de todo lo que tienes gracias a mí, más allá de lo que hayas vendido, pero sería larguísima. Tú ya sabes de sobra qué es lo que has conseguido gracias a mí que no habrías conseguido por otros medios. ¡Pero si el primer perfume que oliste en tu vida te lo mandé yo! Todavía recuerdo cómo en el aeropuerto le quitabas al de Dior el precinto a dentelladas…
Si de verdad estuviese tan arrepentida, le dice, habría pasado directamente a la expiación de sus pecados. Afirmar que la confianza está irremediablemente rota, que la culpa es tuya, que careces de credibilidad, y todo lo demás, está muy bien, pero ¿de qué vale? Una persona demuestra su arrepentimiento por un daño causado cuando se aviene a pagar por ello. Todo lo demás es palabrería. Deberías probarme con actos tu verdadero arrepentimiento. Sí, dice Sonia, pero ella ya le pagó un dinero, ¿qué más puede hacer?
Venir, le dice él. Venir a verme y satisfacerme en todo lo que yo te diga. Un día. Un solo día de tu vida. Un día entregada a mí por completo. No es mucho teniendo en cuenta que yo he estado entregado a ti durante años. ¿A qué se refiere?, pregunta ella. Puedes imaginarlo. Querría acostarme contigo sabiendo que estás deseando que acabe. Con la absoluta certeza de que te estoy dando asco. Te lo digo en serio. Me encantaría humillarte, verte después, al terminar, sabiendo que tengo algo tuyo y que ya no vas a poder hacer nada para recuperarlo. Así sabrías cómo me he sentido yo contigo.
¿Por quién la ha tomado?, dice ella. Pedirle eso es poco menos que considerarla una fulana. Una muestra más de tus contradicciones, responde Knut. No hace tanto eras tú la que sugería que te utilizara sexualmente, que te lo hiciera con desapego y con brutalidad. Si yo entonces te hubiese afeado tu conducta, diciéndote que te comportabas poco menos que como una p…, entonces también te habrías enfadado. ¿Qué problema hay en que ella haga lo que él le pide? La única expiación posible es ésa: hacer justo lo que ella no querría hacer. Si el castigo consiste en algo cuya realización no le perturba, no es entonces un castigo. Para compensar su falta ha de sentir lo mismo que él sintió. Es más: ha de entregarse sin reservas a la petición de la víctima. ¿Quieres un ojo por ojo y diente por diente?, le pregunta ella. No, dice Knut. Sería imposible obtener algo así. La molestia —asco, disgusto, esfuerzo o como quiera llamarlo— que le está exigiendo es mucho menor que el sufrimiento que él carga en sus espaldas. Vienes un día, lo haces y te marchas. Conociéndote como te conozco, lo habrás olvidado todo en un par de semanas.
Confundida, Sonia llega a considerar la posibilidad de ir, pero dentro de ella hay un obstáculo que no es capaz de vencer. No es miedo. No es ni siquiera una firme consideración moral. Es una profunda repulsión hacia Knut, arraigada en ella desde el principio. Se da cuenta de que el foco de atracción radicaba justo en ese rechazo: el coqueteo con lo antagónico.
Knut nunca quiso acostarse con ella. Todas sus fantasías se basaban en no tocar y no nombrar. Y, ahora, exige el sexo como degradación. Un castigo. La única expiación posible, ha dicho. Sonia mira por la ventana. Los coches diminutos, ordenados disciplinadamente en hileras que avanzan con lentitud, desembocan en una glorieta en la que giran y giran como agua en un desagüe.
Vistas de lejos, piensa, las cosas nunca cambian.
No, no tiene que hacer nada. De ninguna manera puedo aceptar algo así, le dice. Sabe que su actuación estará avalada por la impunidad. Sabe que no puede pasarle nada.
En la balanza, ella está en el plato más fuerte.
¿Qué sentido hay en remover con un palito en la mierda, continuamente, día tras día?, le pregunta. ¿Por qué no lo dejan ya, de una vez para siempre? Está claro que ella no es digna de él. No ha sabido estar a la altura de lo que le ha estado ofreciendo durante tanto tiempo. No merecía su atención ni su afecto. Pero, entonces, ¿por qué ese empeño en continuar escribiéndose?
Precisamente por lo que ha sucedido, le dice Knut, es por lo que han de seguir haciéndolo. No, no deberías cortar sin más. Ahora es justo cuando debes permanecer, aunque te desagrade. Soy yo, y sólo yo, quien como agraviado he de elegir el resarcimiento que merecen los agravios que aún sobrellevo. Cuando te dije lo de que vinieras para acostarte conmigo y humillarte, no lo decía en serio. Estaba preso del dolor. Pero ahora estoy tranquilo. Tranquilo y triste. Fíjate: me colocas en la tesitura del ofendido, del dolido, pero a la vez no haces nada para que salga de ella, no me proporcionas lo que necesito. Y lo que necesito es ni más ni menos… que me sigas escribiendo.
Sonia le pregunta por qué. Para qué. Qué saca él de ella. Por qué se aferra a ella. ¿No le ha demostrado ya que es incapaz de valorarlo? ¿Quiere que se la vuelva a jugar otra vez, más adelante? Lo que yo obtengo, sólo Dios y yo lo sabemos. Cuando me preguntas mis motivos, ¿de verdad quieres que me ponga a explicártelos? ¿Los vas a tomar en consideración? ¿O una vez que yo me haya desgañitado en divagar y divagar, me vas a replicar que bueno, que da igual, que sigues pensando lo mismo que al principio? ¿Te lo pensaste antes de preguntarme? ¿No te das cuenta de que me pones a tus expensas una vez más? ¿Cuando me haces una pregunta así, has llegado a pensar que quizá haya una respuesta?
Le pide que se ponga de su lado. Que se imagine haciendo por un hombre lo que él ha hecho por ella: agasajarla durante años, escribirle a diario, compartir lecturas, opiniones y experiencias… ¿Cómo debía haberse comportado para no llegar nunca al nivel del hartazgo? ¿Debía haber sido más paciente, escribirle y ya está, sin llevar aquello ni un milímetro más allá de una frontera que jamás definieron? Al detectar en ella el prurito de alejarse un poco, ¿despegarse él también, hasta que ella decidiera volver a estrechar lazos? Yo reconozco mis fallos, mis defectos, esa fatal conjunción de mi paranoia y de mis obsesiones. Pero no se me ocurre cómo hubiera podido salvarme. ¿Puedes decirme tan sólo qué hubiera debido hacer yo? Mi único interés ahora es el de saber. Me interesa tu psique en estos momentos. Nada más.
Ella insiste en que continuar es absurdo. Es echar más dolor sobre el dolor. Siempre permanecerán la duda y los reproches. Knut le dice que igual que las cosas cambian hacia un lado, pueden cambiar hacia el contrario. Si hace poco más de un mes estaban bien, ¿por qué no pueden volver a conseguirlo en el futuro? Yo hacía que te sintieras bien, ¿no? ¿No crees que podría suceder otra vez? ¿Y si me aplico en mejorar? Lo que no te guste de mí, lo cambiaré, le dice. Le pide otra oportunidad. Nacieron el mismo día del mismo año. ¿Cómo es posible entonces esa desconfianza? ¿Ya no merezco nada? Despreciarme a mí es despreciar también parte de tu vida…, despreciar en el sentido de devaluar. ¿Por qué no intenta al menos que toda su relación tenga un sentido, aunque sea al final? ¿No le entristece lo contrario? Estoy seguro de que esos que se deshacen de sus perros cuando llega el verano se lo piensan mucho más que tú y les remuerde más.
Conserva aún algunos libros para ella. Los libros no los vendió, ¿verdad? ¿Ninguno? ¿Los guarda todos, desde el principio? Al menos, dice, le queda ese consuelo. No cree que pueda regalarle nunca más un perfume, ni una crema, ni por supuesto zapatos o lencería. Pero si ella no tiene inconveniente, le mandará esos libros. Sonia no dice nada. Sabe que es inútil negarse. Él se los enviará de todas formas. Al día siguiente, Knut le pide un ingreso de 18 euros por los gastos. Van de camino, le dice.
La caja pesaba tanto, le cuenta, que casi no podía con ella. Tenía que pasársela de un brazo a otro continuamente. Cuando llegó a la estafeta y vio que todavía faltaba media hora para que abriese, le asaltó la conciencia —brutal, directísima— de que llegaría un momento en que echaría de menos todo aquello. Ya sabes: echar de menos un instante es echar de menos a aquel que éramos entonces. Por la tarde, cuando ya habían pasado varias horas, todavía le volvían los calambres al flexionar el brazo. Empapado de esa especie de nostalgia anticipada, se preguntaba si a Sonia no le sucedería lo mismo más adelante. ¿Echarás de menos esto algún día? ¿Volverás a tener otra relación como la que has tenido conmigo, incluidos sus inconvenientes? ¿Crees que hasta de un tío forrado de dinero podrías recibir regalos como los que has recibido de mí? Si me hago millonario, puede que regale mucho más de lo que te he regalado a ti, pero nunca, nunca, nunca de la misma forma. Simplemente las circunstancias serán otras y, me temo, peores. Menos dignas de ser recordadas.
Sabiendo que era el último paquete que iba a hacer en toda su vida —sobra decir que nunca los haré para nadie más—, aprovechó para adquirir unos volúmenes que cree imprescindible que ella tenga. Su talento literario lo agradecerá, asegura. Ello no tiene ninguna relación con nada de lo que ha pasado entre ellos, sino con sus capacidades, en las que sigue creyendo firmemente. Insiste en que debería escribir a pesar de todo. Algún día, quizá, pueda escribir sobre su historia. La historia de ellos dos como la muestra irreversible del poder del destino. El mundo es injusto, dice, pero la vida no lo es. Seguro que en ese reloj tan perfecto que es el universo nuestros desencuentros —o el que ni siquiera haya llegado a verte con alguna de las medias que te regalé— han tenido su razón de ser. Así pues, no te atormentes.
Aprovecha para hacerle una última petición. La última, de verdad, le dice. De los perfumes, ¿cuáles vendió, cuáles no? ¿A qué precios? ¿Conserva los frascos vacíos? ¿Hay alguno que aún tenga a medias? Le gustaría que le enviase los envases a medida que los acabe. De aquellos que aún tenga, si es posible, si a ella no le molesta. No, claro que no me molesta, responde Sonia. Pero soy lenta gastándolos. Recordarás que era una de las razones por las que te decía que no me regalaras más. No hay prisa, dice Knut. Que se los mande cuando los termine, a su ritmo. Una manera como cualquier otra de mantener abierto el hilo de la conversación, piensa Sonia. Y, además, las preguntas. Que no olvide responderle a las preguntas, pide Knut. ¿Cuáles vendió, cuáles no? ¿En qué fechas? ¿A qué precios?
Continúan escribiéndose aún un poco más. Los últimos coletazos agonizantes.
Sonia saca los libros de la caja, los hojea con la certidumbre de que si son los últimos no es más que porque ella lo ha elegido así. Le da las gracias con melancolía. Tienes razón, le dice. Nunca tendré con nadie lo que tuve contigo. Como tú ya dijiste, «una vez en la vida»… Le sabe mal que finalmente lo que persista sea esa amargura. Pero comprende que es inevitable.
No te preocupes, responde él. Aún te sigo apreciando. Tolstói dijo: cuando quieras vengarte de alguien, piensa que un día fue un niño, y que un día habrá de morir. Esa sentencia, dice, la ve en ella más nítidamente que en nadie. La Sonia que le traicionó también fue un día una niña, y también un día, tarde o temprano, habrá de morir. Eso sí: si antes te consideraba un personaje salingeriano, ahora te veo uno dostoievskiano.
El daño ha sido para él. A Sonia, dice, le ha tocado el hastío. No pienses que estoy quejándome, porque es justo lo contrario: tu cruz es peor que la mía. El dolor espiritual es tan terrible como absurdo, dice. Él ha pasado unas cuantas semanas espantosas, probablemente las peores de su vida, pero dentro de unos meses no quedará nada de ese dolor. En cambio, la fatiga que yo te he causado a ti la llevarás aparejada por mucho tiempo cada vez que te enfrentes a un pensamiento que se refiera a mí. La diferencia es fundamental.
Te he regalado de todo, sí, pero no lo que tú querías. La unión entre los dos, sus nexos, sus afinidades, tenían lugar en su terreno, no en el de Sonia. Más que encontrarse a medio camino, ella se desplazaba hasta donde él estaba para luego regresar a su sitio, intocada.
En cambio, lo que tú me diste… Lo creas o no eres la única persona que —aunque haya sido sólo a ratos— me ha tratado como… como a todos nos gustaría ser tratados, como yo deseaba ser tratado. Quizá te digas a ti misma: cómo habrá sido con el resto. Sí. Eso mismo digo yo.
¿Entonces se acabó todo? ¿Definitivamente sí? Bueno, responde Knut, él siempre estará dispuesto a reanudar la relación, pasen los años que pasen. Le haya hecho lo que le haya hecho, le haga lo que le haga, él siempre la perdonará. No sólo por ser tú, que también, sino porque en el fondo todo eso da igual. ¿Qué es lo peor que se te ocurre que podrías hacerme? Pues ello no es nada, absolutamente nada, que no merezca ser perdonado.
Sonia teclea lenta, cautelosamente. Aún no ha amanecido. La oficina está silenciosa; sus compañeros aletargados, fríos, no despegan los labios. Levanta la vista sin detenerse a mirar nada. Su ansiedad es de origen incierto. El alivio del fin, unido a esa añoranza, inseparable. Le escribe una vez más. Casi puede sentirlo al otro lado, allá dondequiera que él esté conectado, su respiración expectante, pendiente de la pantalla. Me olvidarás muy pronto, le dice. Cuídate. De verdad, cuídate.
Llega la respuesta inmediata de Knut: Ahora mismo no creo que pueda olvidarte, pero el olvido actúa solo, igual que lo hace el paso del tiempo. Más difícil será que tú me olvides a mí. Ya te darás cuenta en el futuro.
Si la muerte no me concede el deseo de desaparecer de la manera más impersonal posible, me gustaría que mi epitafio fuera: «Sólo quería escapar.»
Sólo eso.