Cicatriz
14. Epílogo
Página 20 de 21
14. EPÍLOGO
Salen de la librería y ella mira discretamente alrededor. Ha anochecido y no distingue bien los rostros de la gente en la calle atestada de comercios, de puestos de comida, tenderetes, stands de publicidad, bancos, cartones, papeleras, gente, gente. El bullicio. Las luces, la confusión, el ruido. Claro que ha estado en Cárdenas más veces desde entonces, pero la que recuerda ahora es la noche de la cena, idéntica luz, idéntica hora, cuando aún no conocía a Knut, su aturdimiento de entonces mientras se encaminaba al restaurante, la fascinación por el grupo, el tedio —apenas consciente— con que lo contemplaba todo.
El editor la observa de reojo mientras le habla. Espera una reacción, quizá una señal sobre su estado de ánimo, pero ella examina con aprensión a los viandantes, preguntándose dónde, cuál, si no está agazapado en la tienda de enfrente, si no es aquel que espera junto a la farola, si no es ese otro que se aleja de espaldas, encorvado, los muslos gruesos, los zapatones, no, demasiado informal en su vestido, ese otro es demasiado alto, ese de allá es calvo pero ha pasado el tiempo y nunca se sabe, dentro, en la librería, no estaba, dentro ha mirado bien y no lo ha visto, no desde luego en la presentación, imposible no haberlo descubierto entre tan poco público, no está, no ha venido, a pesar de todo no ha venido.
Estas cosas son así, le dice el editor. A veces hemos tenido que suspender el acto porque no había nadie. No debes preocuparte. No es por ti.
Sonia sacude la cabeza. No me preocupo, responde secamente.
Sigue mirando sin saber lo que busca. La imagen de Knut, como si acaso existiera una imagen dentro de ella. ¿Cómo era? Pasó un día con él. Un día entero. Se besaron incluso. Se besaron en tres momentos, durante largo rato. Se abrazaron. Algo debió de quedar de aquellas horas, y sin embargo… ¿cómo era? ¿Lo reconocería si lo viera? Knut es una amalgama de palabras, paquetes, etiquetas escritas en mayúsculas, sujetadores, zapatos de tacón, fotografías, espejos, cámaras de seguridad, vigilantes de incógnito, clínicas de cirugía estética, libros, más libros, mensajes, presiones, mentiras, sueños. Ahora está en Cárdenas y hay gente, hay rostros, una hora y un sitio. Demasiada concreción para encontrarlo, y la áspera voz del editor que la rescata de su ensimismamiento.
¿Qué te apetece hacer? Podríamos tomar algo con los chicos en un bar más arriba.
Los chicos son los dos encargados de la librería, que se han quedado atrás mientras echaban el cierre. Se han vendido tres libros. Aceptable, suscribe el editor.
Sonia se encoge de hombros. Está bien, dice. Vamos.
En el bar pasan un par de horas. Beben cerveza en la barra. Piden un par de raciones que comparten con timidez. Sobra incluso comida, que se enfría en los platos hasta que un camarero, sin preguntar siquiera, la retira. En el momento de pagar, el editor saca la cartera, ondea un billete. A esto invita la editorial, dice. ¡Más arruinado ya no puedo estar! Todos ríen. La conversación ha estado todo el tiempo centrada en el dinero. La ruina. Los derechos de autor. Ventas, subvenciones y crisis.
Sonia está cansada. Quiere irse.
Al salir los golpea el frío. Apenas queda gente por la calle. Los adoquines brillan por la humedad. Ha estado chispeando mientras ellos cenaban. De lejos se oye sonar un organillo. La melodía triste y cansina de siempre, como un lamento desafinado. El editor se acerca a Sonia para despedirse. Tiene restos de comida entre los dientes. Afilados, amarillentos. Se dan dos besos con cordialidad, sin afecto.
¿Quieres buscar un taxi para ir al hotel? Se ofrece a acompañarla a la parada. Cárdenas, a esa hora, empieza a ser un tanto peligrosa. Demasiados inmigrantes, dice. No es racismo, se apresura a aclarar. Pero la miseria trae inseguridad, ya se sabe…
El taxi surca la ciudad ya casi vacía. Sonia mira por la ventanilla. Una chica con una minifalda y un abrigo corto de pieles avanza desorientada entre las filas de coches aparcados. El taxista hace un comentario que Sonia no oye bien. Algo sobre el alcohol, sobre la juventud. Sonia se impacienta. El taxi se salta un semáforo, gira hacia otra avenida. Y ella la ve. Reconoce la avenida. El edificio. El bloque viejo y rojizo, con sus alerones y las ventanas diminutas, negras, como oquedades que no conducen a nada, ahora ya completamente abandonado, con una malla de obra que cubre la fachada. Andamios. Estructuras cubiertas por la bruma de la noche, como en una película de ciencia ficción.
Pare aquí, dice.
¿Aquí? El taxista la mira por el espejo retrovisor. Todavía estamos muy lejos del hotel.
Da igual. Pare aquí. Me bajo aquí.
¿He dicho algo que te haya molestado? El tono del taxista es desafiante, más rencoroso que incrédulo.
Sonia niega. No, no, dice. Quiere bajarse, eso es todo. Paga apresurada. Cierra con suavidad la puerta. Sin dejar de mirar hacia el edificio, oye circular el taxi calle abajo, hasta que su rumor se pierde completamente en la distancia.
Echar de menos un instante es echar de menos a aquel que éramos entonces.
La avenida solitaria. Sonia comienza a andar. Knut ahora vive allí, aunque ella no recuerda el número. Bloques altos de apartamentos y oficinas, luces tras las ventanas, una persiana que se cierra, personas que se dirigen apresuradas a algún sitio, el fugaz retumbar de los neumáticos, y finalmente un autobús que tiene su parada diez metros por delante. Las puertas se abren con un chirrido, suena un soplo de aire comprimido, se baja un tipo. Podría ser él. Por detrás, sí, podría ser él. Sonia se detiene. La voz se queda congelada en su garganta. Lo ve caminar. Va cargado de bolsas, va trajeado. Podría ser él. Sonia avanza unos pasos, se detiene de nuevo. Él continúa andando al mismo ritmo. Se empequeñece mientras avanza. Se difumina. Desaparece.