Cicatriz

Cicatriz


0. Cicatriz

Página 3 de 21

0. CICATRIZ

Ahí está, dice él. Señala el edificio más alto de la avenida, un bloque de dieciséis plantas viejo y rojizo, con desproporcionados alerones y pequeñas ventanas que espejean bajo el sol.

Se detienen en la acera de enfrente y alzan la cabeza para mirarlo.

Junto a las señales del abandono —cristales rotos, persianas descabalgadas, antiguos anuncios de alquiler—, se distinguen carteles de oficinas aún en funcionamiento: un bufete de abogados, dos auditorías, dos asesorías fiscales, una academia de idiomas.

Como te dije. Está casi vacío, murmura. Ella asiente en silencio. Cruzan la calle.

El interior es oscuro y está recalentado. En el vestíbulo flota una especie de polvo en suspensión que les hace carraspear. El color del enlosado palidece en el centro, donde debido al uso ha perdido el brillo. Tras su mostrador de madera, el portero no les pregunta adónde se dirigen. Los observa inmutable, masculla un saludo y enseguida vuelve a bajar los ojos hacia un folleto de publicidad que escruta con detalle.

La pareja se monta en uno de los ascensores y pulsa el botón de la última planta. Ella mira hacia el suelo y los lados; él, casi inmóvil, la mira de frente.

El ascensor chirría y traquetea como un viejo montacargas. Se concentran en el chisporroteo del fluorescente del techo, que se enciende y apaga intermitentemente. El indicativo luminoso está fundido; no pueden saber por dónde van hasta la brusca sacudida final.

Salen a un distribuidor sin luz.

Huele a humedad; en las esquinas se acumulan los residuos. Un tramo más de escaleras conduce a una azotea a la que no puede accederse en ascensor. La pareja sube con lentitud; él va delante, abriendo camino. Una ventana con los cristales casi opacos por la mugre vierte algo de claridad en el último espacio, un cuadrado de cuatro por cuatro metros por donde no ha pasado nadie en mucho tiempo.

Enfrentan sus miradas, se observan de arriba abajo.

Ella lleva una falda negra de seda, una sencilla camiseta verde y unas sandalias del mismo tono. Él viste un pantalón de lino, polo de manga corta, una americana también de lino, zapatos de piel con la puntera levemente estrecha. Hace mucho calor; los dos están sudando. Sonríen azorados.

Él le entrega una bolsa.

Ella la coge, mete la mano y saca una camiseta estampada en tonos grises y azules. Titubea, dándole vueltas a la prenda entre los dedos. Luego, con rapidez, se quita su camiseta y se pone la que él acaba de darle. Tarda tan sólo unos instantes, lo suficiente como para que él otee su torso desnudo, el sofisticado sujetador de encaje negro.

Mueve un poco la mano hacia su cuerpo, sin llegar a rozarla.

¿Cómo la ves?, pregunta ella.

Bien. Te queda muy bien.

Vuelven a sonreír. Él se aproxima, la besa en la boca. Ella se deja, con los brazos caídos y la espalda ligeramente arqueada hacia atrás. Él la toma por la cintura. Ella continúa sin moverse, sin corresponder.

La suelta.

¿Vas a dejártela puesta? Te va mucho mejor con esa falda que la otra.

En otro momento, responde ella. Prefiero llevar la mía.

Ahora las dos son tuyas.

Ella se muerde los labios; insiste. La estrenaré otro día.

Se cambia de nuevo. Él la observa. Se le agita la respiración. Un estremecimiento le recorre las piernas.

¿Por debajo llevas también algo… mío?

Ella afirma con un movimiento de cabeza y baja unos centímetros la cinturilla de la falda hasta que puede verse el filo de una blonda color perla, por encima del pubis.

Es suficiente, dice él. Gracias, añade.

La chica dobla la camiseta con cuidado, se sube de nuevo la falda hasta su sitio. Guarda otra vez la prenda en la bolsa y se la devuelve. Permanecen callados, sin moverse, unos instantes. El rumor del tráfico les llega tan amortiguado que el silencio entre ellos se adensa, se hace irreparable.

Al salir del edificio, justo antes de cruzar el paso de cebra, él se vuelve hacia ella. Se te nota una marca, le dice. Los ojos le brillan al hablar. Ella incluso puede notar el movimiento de las pupilas, que se le agrandan y empequeñecen por momentos. La cicatriz de la cesárea, añade.

Sí, supongo que sí, admite ella.

Ambos se ruborizan. Luego ella susurra: qué observador.

No me importa, tartamudea él. Hace el ademán de tomarla por el brazo, pero luego congela el gesto, como electrizado. En serio, créeme. No me importa en absoluto.

Ir a la siguiente página

Report Page