Cicatriz
1. Siete años antes
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1. SIETE AÑOS ANTES
Por encima de todo, se impone mi visión estoica de la vida: pase lo que pase, vaya como vaya el mundo, unos han de estar arriba y otros abajo, unos han de sufrir injusticias y otros han de provocarlas incluso aunque no quieran. Lo único que podemos hacer es confiar en que haya una justa proporción entre las alegrías y las penas. Sí: creo en la predestinación. ¿Qué interés tiene entonces vivir, si nunca seré el dueño de mis actos, e incluso estas palabras que ahora escribo, y la relación que tengo contigo, hace mucho que están escritas? Cuando se llega a tal conclusión, el fardo de penas disminuye, o se hace más ligero de llevar.
Una mesa metálica y unas cajoneras. Junto al ordenador, tres o cuatro filas de ficheros manuales. La sala estrecha, sin ventanas, con las paredes moteadas de manchas de humedad y un profundo olor a amoníaco y lejía. Un macetón en la esquina con un ficus de plástico y un chicle pegado que nadie se preocupa de quitar. Colgado en un pilar, el almanaque de una asociación benéfica, del año anterior, con algunas fechas rodeadas en rojo. El timbre de los teléfonos, el ronroneo del climatizador, la vida fuera que nunca, jamás, se cuela dentro. El mensajero que trae los paquetes ni siquiera se quita el casco de la moto al entrar. Rechoncho, basculante, deposita la mercancía, extiende el albarán para la firma y se marcha sin que nadie le pueda ver el rostro. Hay un murmullo constante en las mesas del fondo. Dos mujeres cuchichean entre ellas; no detienen su cháchara ni para teclear o atender una llamada —la una descuelga, la otra continúa—. Conversan desganadas, flemáticas, como cumpliendo con una obligación o un rito.
Tu hija, entonces, en la universidad…
De todos modos teníamos que reformar la cocina, los grifos monomando…
Es que a veces compensa financiar, porque te ofrecen un seguro a todo riesgo…
El mío quiere estudiar Veterinaria…
… con queso Emmental y huevo batido, mucho, mucho mejor.
Frente a ellas, balanceándose en su sillón giratorio, Sonia arranca abstraída la espuma que sobresale de la piel rota del reposabrazos. Su rutina está perfectamente pautada. Cada día desprende una hojita del calendario de mesa, teclea en su ordenador los datos de unas decenas de fichas y luego se entretiene navegando por internet, mordiéndose las uñas y ahondando en la herida del reposabrazos.
Su trabajo —que considera un despropósito— consiste en volcar la información de las antiguas fichas de papel en una base de datos. Como las categorías rara vez coinciden, tiene que modificarlas, o deformarlas, o distorsionarlas, cueste lo que cueste, para que encajen. Al principio le atormentaban las dudas, se sentía paralizada por la responsabilidad. Preguntaba a sus compañeros y no tenía respuestas, salvo expresiones mudas, transparentes, miradas huecas y quizá —le parecieron— levemente ofendidas. Un día oyó decir que en breve plazo la base de datos sería sustituida. Por un sistema nuevo, dijeron. Más racional, más moderno. ¿En breve plazo? ¿Qué significa breve plazo? ¿Mañana? ¿Dentro de unos meses, de unos años? Encogimiento de hombros. Bocas entreabiertas, abúlicas. Silencios que no ocultan absolutamente nada. Así que, además de tediosos, sus esfuerzos estaban siendo completamente inútiles. ¿Para qué la hacen trabajar así?, se pregunta. Nadie supervisa sus tareas, nadie controla sus horarios de entrada o salida, o los días de permiso que de vez en cuando se toma por su cuenta. Lo que están haciendo con ella, piensa, es entretenerla. Simplemente mantenerla ocupada para que no moleste. Una beca en el archivo municipal no da para mucho más. Es capaz de entenderlo.
La apatía se extiende como un cáncer, piensa. Como una enredadera, agarrándose firme en cada curva. Cada día mete menos fichas en la base de datos. Cada día falsea menos información. Cada día se dedica a tontear más y más tiempo. Encuentra en internet horas de distracción y juego, sobre todo en los chats, a los que muchos están empezando a aficionarse en esa época: diálogos, discusiones, mascaradas, un entretenimiento estimulante que le permite coger aire y ampliar las dimensiones de la sala.
Una vez entra en un foro literario. Le parece que los participantes son más interesantes que en otros sitios: hablan de libros, de películas, intercambian opiniones políticas y chistes revestidos de un sarcasmo que la hace sonreír. Se da de alta con un seudónimo masculino y enseguida recibe, con un aviso acústico y una señal roja, un mensaje privado en la parte inferior de la pantalla. Eres nuevo, ¿no?, pregunta alguien que se identifica como «Clarice». Sí, dice, hoy es mi primer día. ¿De dónde eres? Vivo en una choza, como Walden. Clarice ríe. Qué ocurrente… ¿No quieres decirlo? ¿Cuántos años tienes? Treinta y cinco, responde. Hum, la mejor edad para un hombre, dice Clarice.
Sí, se divierte. Claro que se divierte. Siempre le gustó enmascararse. De niña solía contar en el colegio que era bailarina, que su padre había muerto en la guerra, que en su casa tenían un piano de cola, que llevaban cristales antibalas en el coche, que su madre era rusa, que tenía de mascota un loro que recitaba la Biblia de memoria. ¿Mentirosa? Se lo dijeron muchas veces, y ella se quedaba incómoda, contrariada, con una espesa sensación de culpa rondándole durante días. No pretendía engañar a nadie, piensa ahora. Sólo vivir otras vidas. Su curiosidad era —es— demasiado grande para ceñirla a una sola existencia.
Hipatia, Sr. Pez, Venus Posmoderna, Ignatius J., Fray Angélico, Gatita Melosa, Knut Hamsun, Chris Pante, Elfriede, Mo Xi Co. Los seudónimos de los participantes corresponden a hombres y a mujeres, jóvenes y mayores, personas que dicen ser de esta o de otra ciudad, que afirman dedicarse a esto o a lo otro. Sonia lo pone todo en duda. Hay gente que entra a diario, a todas horas, y gente que casi nunca se deja ver; hay locuaces y parcos, previsibles y enigmáticos, agresivos y sumisos, clásicos y esnobs. Hay también muchos solitarios que buscan seducir, personalidades extrañas que se encelan, se ofuscan, presionan y luchan por el liderazgo en el grupo.
La percepción confusa de aventura se desvanece tan pronto como apaga el ordenador.
Menuda estupidez, se dice.
Y sin embargo decide sumarse a una cena que algunos de los miembros del foro organizan en Cárdenas, a unos setecientos kilómetros de su ciudad, ella, que no tiene dinero, que no tiene tiempo y que tendrá que inventarse una mentira para poder ir hasta allí sin que nadie en su familia censure ese capricho.
Se mira en el espejo una vez más. Vestido negro, medias tupidas de rayas, zapatos planos porque odia los tacones y porque sería absurdo gastarse el dinero en unos zapatos que sólo sirven para ser usados en ocasiones. Para Sonia no existe el concepto de ocasiones. Su vida no ofrece ocasiones. Tal como está montada —y ella no tiene la seguridad de haber elegido ese montaje—, no necesita tener ropa distinta para momentos distintos. Se vuelve ante el espejo en la habitación —en el hostal más barato que ha podido encontrar por la zona— y se inspecciona detenidamente, morosamente, pensando en que quizá así está bien para una noche. Una ocasión, se dice. Nadie va a darse cuenta de que tiene el mismo vestido desde hace años.
En el camino al restaurante se demora. Va mirando los escaparates e incluso sopesa la idea de comprarse otras medias distintas y cambiárselas antes de llegar. Para ella, Cárdenas significa bullicio y estridencia. Es capaz de apreciar los contrastes con su ciudad, mucho más provinciana y previsible. En Cárdenas late la violencia de la rapidez y la amalgama. Siente curiosidad por los inmigrantes, por los negocios callejeros, las pandillas de adolescentes que recorren las calles, los puestos de comida rápida.
Todo lo nuevo la atrae.
Se le va acelerando el corazón según se acerca al lugar donde han quedado. En las calles cercanas fantasea con el desenmascaramiento. Algunos han intercambiado previamente sus fotos, pero nadie la ha visto a ella, ni ella ha visto a nadie. Piensa que así es más intrigante.
Mira alrededor. Personas que cruzan en todas direcciones, que avanzan con rapidez con la mirada clavada en el pavimento o que esperan a alguien tecleando en sus móviles para hacer tiempo. Un tipo que fuma. Dos mujeres que conversan; una lleva un chihuahua entre los brazos. Una ecuatoriana que empuja la silla de ruedas de un anciano. ¿Ese hombre que camina apresurado por la acera de enfrente será quizá Ignatius J., será Fray Angélico? ¿Será en realidad el Sr. Pez —tan simpático, tan afable— un chaval superdotado, tímido y con acné? ¿Será La Musa tan seductora e irresistible como siempre insinúa? ¿Será Wallace S. el señor entendido en poesía que aparenta ser, o únicamente un frustrado profesor de secundaria que busca una aventurilla extraconyugal con alguna aspirante a poeta? Ella intuye que los más enigmáticos, los anormales, los excéntricos y marginales, aquellos que en realidad despiertan su curiosidad, no van a aparecer por allí. Los que tienen algo que ocultar, los inestables, los que se avergüenzan de sí mismos, aquellos que se sienten superiores o inferiores al resto, no, ésos no estarán. Como mucho, se quedarán apostados en la puerta, sin identificarse, o se recostarán en la barra del bar haciendo cábalas sobre los que pasan al salón reservado. Una mesa para veinte, habían calculado, aunque al final sólo son dieciséis los que se presentan, y Sonia entra la última, aturdida, titubeante, tensa, ligeramente defraudada porque casi todos son mucho mayores de lo que ella había esperado y más convencionales y lo suficientemente aburridos como para darse cuenta de que una vez más ha vuelto a perder el tiempo.
Es ridículo, piensa, pero después, según avanza la noche, y el vino, y las copas, deja de pensarlo por puro desconcierto.
Hola, soy el Sr. Pez…, ¿tú eres…? Se le acerca un tipo de unos cuarenta años, achaparrado, con los ojos vidriosos ocultos tras unas gafas de culo de botella y unas manos peludas que no puede dejar quietas ni un momento. Inclinado sobre la mesa, le pasa un brazo por encima del hombro, le da un pellizco en la mejilla. ¡Pero qué joven eres!, dice.
Sonia huye de él en cuanto puede. Todos los hombres que se le han presentado son decepcionantes. Era mucho mejor por internet, piensa. Mucho más ingenioso y ocurrente. Las caras que ahora ve son caras sorprendentemente ordinarias. Son lo que son, no hay nada más detrás: ojos, narices, pómulos, frentes, labios que sonríen, lenguas que chasquean y dentaduras que mastican. A una mujer se le cae una lentilla en mitad de la cena. Otra, la que se hacía llamar Clarice —bajita, regordeta, apocada—, se marcha bruscamente tras recibir una llamada telefónica. Un tipo canoso se dirige con superioridad a un chaval de apenas dieciséis, sin duda el más joven de todos los presentes. Le sirve vino una y otra vez; el chico se emborracha sin rechistar, sin sonreír siquiera.
En los postres son muchos los que se levantan y cambian de lugar. Sonia se sienta junto a La Musa, una treintañera que le elogia el vestido y las medias. Parece ser el alma de la reunión: todas las conversaciones que se cruzan en la mesa pasan a través de ella, que las encauza con solvencia. Sonia los oye hablar de aquellos que no están. Rumorean. Quiénes son, por qué no han aparecido. ¿Acaso alguien los ha visto alguna vez? La Musa maneja más información que nadie. Arroja sus hipótesis. Los demás asienten, preguntan, ríen a carcajadas. Risas falsas, histriónicas, piensa Sonia. La Musa se vuelve hacia ella. ¿Y cómo es que tú, viniendo de tan lejos…?
De paso, está de paso, dice. Sonríe y se deja servir otra copa sin dar más explicaciones. Nadie más le pregunta, y ella bebe en silencio, aburriéndose. Tras la cena se organizan en grupos y cogen varios taxis para ir a una discoteca. De camino, Sonia contempla la ciudad nocturna y se deja invadir por una extraña melancolía. Está en el lado incorrecto de la historia, piensa confusamente. Siempre en el lado incorrecto, se repite. No sabe bien qué quiere decir eso, pero la idea la acompaña unos minutos, hasta que el taxi se detiene ante la entrada del local y alguien abre la puerta para que baje. El portero, un mulato embutido en un traje de chaqueta con hombreras de purpurina, los inspecciona a todos antes de entrar. Mira fijamente los zapatos de Sonia y sonríe para sí, haciéndole un gesto con la cabeza para que pase. Ella se da cuenta de que está fuera de lugar; todas las mujeres van mucho más arregladas, muy maquilladas y con tacones. Por suerte, en el interior del local su atuendo pasa desapercibido. La oscuridad y las luces que se deslizan por la pista falsean una imagen a ráfagas. Sonia se mezcla con el resto, baila con unos y con otros. Pierde la noción del tiempo. Recuerda vagamente que intentan besarla —quizá accede—, que le ofrecen cocaína —la rechaza—, que se monta en otro taxi —un camión está al lado, regando la calzada— y que, finalmente, se mete en la cama sin desvestirse. Por la mañana, vendrán el martilleo en la cabeza, los labios agrietados y la vuelta interminable en el tren.
Con la frente apoyada en la ventanilla, contempla el paisaje desenrollándose a su paso, siempre igual, idéntico a sí mismo. Campos y pastos secos, amarilleados. Suaves elevaciones de terreno. El cielo con sus cirros. Las excrecencias de las periferias, postes y más postes con sus cableados, ganado a lo lejos, indefinible —¿vacas, ovejas?—. Horizonte borroso, jirones de niebla. Todo igual, siempre igual todo el tiempo, durante kilómetros y kilómetros, así hasta setecientos.
Justo cuando decide abandonar el foro recibe un mensaje privado de Knut Hamsun. Conciso, inesperado, lo lee varias veces sin saber bien qué debe responderle. Sonia no ha hablado nunca con él. Tampoco lo conoce. No llegó a presentarse a la cena aunque, al parecer, vive en Cárdenas y estaba en la lista de los posibles asistentes. En el mensaje no da ninguna explicación a su propuesta. Un intercambio, dice. Tú me envías una foto para que pueda verte. Yo a cambio te envío los libros que me pidas. Puedes pedirme varios. No hay problema.
¿Qué sabe Sonia de él? Muy poco, en realidad. Casi nunca interviene en las charlas, pero cuando lo hace siempre resulta incómodo, sin que ella pueda determinar exactamente el motivo. ¿Su tono seco, aséptico? ¿Su suficiencia? ¿Esa impresión de desapego, o de que posee claves o conocimientos a los que los demás jamás tendrán acceso? Provocador, pero también educado. Solitario, pero siempre con interés por analizar el comportamiento de los otros. En la cena se comentó que es un chico muy joven que se jacta de hurtar en grandes almacenes, probablemente un tipo peligroso o, al menos, alguien de quien no habría que fiarse demasiado. Sin embargo su forma de expresarse —con una corrección un tanto arcaica, totalmente fuera de contexto— no encaja con la de un simple ladrón de videojuegos.
Sonia se pone en pie, da unas cuantas vueltas por el pasillo. Ninguno de sus compañeros levanta la cabeza de la pantalla. Sonia tiene la sensación de que todos están enfrascados en foros similares, en sus chats, en páginas de compras o de subastas. Hace mucho frío en la oficina. Algunos ni siquiera se han quitado el abrigo. Sonia los contempla unos instantes antes de volver a su mesa. Cuando el mensajero llega, resoplando a través del casco, ella está respondiéndole a Knut Hamsun. ¿Por qué ese interés por verme?, le pregunta. También le reenvía el mensaje a La Musa. Quiere saber qué piensa ella de la propuesta.
El mensajero espera a su lado, frotándose las manos.
¿Qué? ¿Mucho trabajo?
Sonia se disculpa, le firma el albarán. Cuando mira de nuevo, en su buzón parpadean ya las dos respuestas. La de Knut: Mi interés es muy simple. Alguien que estuvo en la cena me habló de ti. Se dice que eres una chica muy guapa. Por eso quiero verte. Para tu tranquilidad, te diré que no pretendo nada más —y nada menos— que eso. La de La Musa: Yo no le mandaría nada. Ni le contestaría. Seguro que los libros que te está ofreciendo son robados. Mejor mantente aparte de ese tío. Sonia le agradece los consejos a ella y le escribe de inmediato a él. De acuerdo, dice. Veré qué foto encuentro. Supongo que te vale una normal. En cuanto a los libros, añade, déjame pensar qué títulos me interesan.
Un álbum familiar escueto y triste. Las fotos están metidas en desorden, pegadas al plástico con pedazos de cinta adhesiva que se han comido el color de las imágenes. La abuela agita nerviosamente la cabeza, como si quisiera preguntarle algo. Sonia le acerca el retrato en blanco y negro de una mujer muy joven sentada sobre una manta en el campo, con las piernas cruzadas y la misma tonalidad pálida y lechosa de la hierba. La anciana sonríe, coge la foto con su mano pecosa. Mece su cuerpo al mirarla, como consolándose. Sonríe de nuevo; babea un poco. Así eras, dice Sonia. Le acaricia la mano y continúa rebuscando. Se detiene en la imagen de un hombre también joven, casi de su edad. Un hombre con bigote, gesto adusto, el entrecejo fruncido con una profunda arruga vertical. Un hombre guapo. Ni siquiera puede hacerse a la idea de que haya podido ser su padre. Luego la boda —su madre sonriente—, y apenas unas cuantas fotos más: imágenes puramente testimoniales de encuentros familiares en los que todos posan con rigidez. Fotos a la antigua usanza, mirando a cámara, serios, guardando distancia entre unos y otros. Huecos en los lugares donde no están los que ya no deben estar. Silencios, lapsos de tiempo que nadie se atreve a mencionar. Pasa rápidamente hasta llegar a las fotos más recientes. Las últimas tienen al menos cuatro años. Ella con Lucas de la mano; Elena a un lado, sacando la lengua a alguien que se quedó fuera del encuadre. Su madre y ella en un cumpleaños —¿de quién?—; el plato que hay sobre el mantel de cuadros, con restos de una tarta destrozada, tiñe la imagen de un matiz grotesco.
Cierra el álbum casi con brusquedad, quitándole a la abuela la foto de la mano, y coge una carpeta con documentos, formularios, tickets caducados, postales de amigas que ya casi no recuerda —las mira con extrañeza, las devuelve a su sitio, sin cuidado—. Encuentra finalmente la foto de carnet que se hizo para la solicitud de la beca en el archivo. Tiene los labios apretados y la mirada fría, pero se ve atractiva. La deja aparte.
Al día siguiente la escanea en el archivo y se la manda a Knut Hamsun junto con tres títulos de libros, para que elija el que le sea más fácil de conseguir. Gracias, contesta él. Su respuesta es brevísima y aséptica. No le dice qué le parece la foto, salvo que había esperado una digital, no un escaneo. Pero no te preocupes. También me vale. Sólo dame una dirección para hacerte llegar los libros.
Ella le explica que no tiene cámara digital ni ninguna foto en formato digital. No tiene ordenador en su casa. Sólo recientemente se acaba de comprar un móvil; el modelo más barato y más rudimentario que encontró —esto no se lo dice—. Tampoco que ni siquiera dispone de un buen reproductor de música, ni de unos auriculares decentes. No, no va a contarle ahora toda su vida a un desconocido. Le da su dirección y queda a la expectativa, simplemente.
Dos días después, al volver del archivo, le espera en su casa un paquete compacto, cuidadosamente preparado. Sonia se lo lleva a su cuarto sin dar explicaciones a su madre, que la mira de soslayo y sin pestañear. La dirección está escrita en mayúsculas en una etiqueta adhesiva, con una caligrafía infantil y pulcra. El remitente aparece por detrás, en otra etiqueta. Un nombre normal, un apellido normal. Un barrio de las afueras de Cárdenas. Un bloque de muchos pisos, una letra que no es la A ni la B, sino otra que hace entender que el edificio debe de ser un avispero enorme de viviendas. Ése es Knut Hamsun: uno más de los cientos de miles de habitantes de la gran ciudad.
Es obvio que el paquete contiene mucho más de lo que ella ha pedido, pero aun así se sorprende al abrirlo y ver no tres sino doce libros, dispuestos ordenadamente para aprovechar cada hueco de la caja. Pidió uno de Onetti: hay cinco de Onetti. Pidió uno de Clarice Lispector: hay tres de Clarice Lispector. Pidió uno sobre interpretación de los sueños: hay cuatro sobre interpretación de los sueños. Hay también una pequeña nota. La misma caligrafía aniñada y limpia. Los gastos de envío son 12,95 euros, ha escrito. Cuando puedas, ¿me haces el ingreso? Un número de cuenta y una carita dibujada con un guiño.
Lucas se acerca a husmear, pero ella lo espanta. Métete en tus cosas, le dice. No le resulta fácil estar sola, ni siquiera un momento. Pega un portazo y hojea los libros durante un buen rato. Los sopesa, sorprendida, preguntándose de dónde han salido, si realmente son robados. Nueve de ellos vienen con la etiqueta de El Corte Inglés, el resto tienen la de Casa del Libro. No puede evitar hacer la suma. Incluso descontando los gastos de envío, se da cuenta de que es un gran regalo. Se pregunta si de verdad el escaneo de una foto de carnet, un archivo tan pixelado en el que apenas se distinguen sus rasgos, puede valer todo eso.
Continúan escribiéndose. Pero Knut Hamsun no quiere más fotos, o al menos no las pide. Knut sólo quiere saber sobre ella, hablar con ella. Al principio establece el contacto a partir de los libros enviados. ¿Qué te pareció La ciudad sitiada? ¿Cuáles de los de Onetti prefieres? Por favor, en cuanto lo leas, me gustaría comentar El astillero contigo. Al final de sus mensajes siempre desliza otro tipo de preguntas: ¿Cuántos años tienes? ¿Vives con tus padres? ¿Cómo es el lugar donde trabajas? ¿Por qué decidiste ir a la quedada de Cárdenas? ¿Te pareció atractivo alguno de los hombres que estuvo allí? Abandonan el foro, por el que ya no sienten interés, y se comunican por correo electrónico. Los de Knut, que llegan a diario, son extensos, concienzudos, sin puntos y aparte, sin encabezamientos ni despedidas. Sonia se da cuenta de que resulta imposible cerrar las conversaciones. Cada nueva respuesta que ella le da genera a su vez nuevas preguntas.
¿De verdad crees que la atracción de Larsen por la mujer de Gálvez es en realidad una muestra más de su desprecio? ¿Podrías profundizar en eso que has dicho del desasosiego que te crea Juntacadáveres? ¿En serio te ha defraudado Jung? ¿Sabrías explicarme por qué? No digas simplemente que te defrauda algo sin profundizar en ello. Has de intentar siempre bucear en tus afirmaciones. Si no sabes de dónde vienen, si no sabes sostenerlas con un razonamiento, entonces deberías revisarlas. Haz caso a Proust y adéntrate siempre en tu intuición.
A Sonia le resulta mucho más sencillo contestar las preguntas que le hace sobre su vida. Sí, le cuenta, tiene veintidós años y vive con su madre, sus hermanos, su abuela. Su padre murió cuando ella era una niña, apenas es capaz de recordarlo. Sus hermanos en realidad son medio hermanos, hijos de otro tipo que desapareció de un día para otro. El archivo donde trabaja es aburrido, plano, menos mal que es ahí donde tiene internet para escribirle. Fue a Cárdenas porque le pillaba de paso; iba a visitar a una amiga. No, ninguno de los hombres que encontró en la cena le pareció atractivo; a ella casi ningún hombre le parece atractivo.
Sin embargo, Sonia sigue sin saber gran cosa sobre él. Un extraño orgullo le impide preguntar. ¿Quién es en realidad Knut Hamsun? Ha de creerse a pies juntillas lo que él diga. Por ejemplo, cuando afirma haber nacido el mismo día que ella. ¡Eso ha de significar algo por fuerza!, dice. Knut cree en el destino, cree en Dios. Todo está escrito de antemano, afirma, incluido todo lo que pueda pasarles a los dos en el futuro: el nacimiento coincidente no es ninguna casualidad.
En ese reloj tan perfecto que es el universo, dice, cada movimiento tiene una razón de ser. A veces no puedo evitar mirarme las manos, escuchar los ruidos de la calle e hilvanar un sinfín de hechos que conforman irreductiblemente nuestra existencia. Entonces pienso que todo es tan perfecto, tan maravilloso, es tan sublime estar vivo…
Poco a poco le va contando cosas de sí mismo que a Sonia le resultan deslavazadas y, a veces, incoherentes. Knut vive con sus padres; no se dedica a nada en especial; hace años que abandonó los estudios. Y sin embargo, reflexiona ella, sabes un montón de cosas. ¿Qué tiene que ver?, responde él con arrogancia. Se siente satisfecho de su autodidactismo. La escuela, dice, es el campo más peligroso de socialización. La enseñanza en grupo aniquila por completo al individuo. Él prefiere ir por libre. Lee y escribe continuamente, incluso cuando camina por la calle. Y sí, admite, consagra gran parte de su tiempo al arte del hurto: libros, pero también otros bienes si es preciso. Nunca utiliza la palabra robar, sino coger, pillar, adquirir o incluso comprar. ¿Le parece a ella mal?, le pregunta. Sonia se apresura a responder que no. Le parece bien, añade. Ojalá ella supiera robar libros. Le encanta leer, pero apenas tiene dinero. El escaso importe de la beca se lo entrega a su madre para poder llegar a fin de mes. No debe preocuparse, responde Knut. ¿Quiere Sonia más libros? No tiene más que pedírselos.
Hay más envíos en los siguientes meses. Títulos que ella pide, pero sobre todo títulos que él sugiere o que piensa que ella debe leer de inmediato. Eres la única persona que conozco a la que considero mi igual en el terreno del intelecto, le dice. La única con la que me apetece compartir mis lecturas. Él asume el papel de guía literario y ella se deja conducir con complacencia. Acumula sus nuevas pertenencias en la pequeña estantería de su cuarto. Para que su madre no sospeche, le pide a Knut que haga los envíos al archivo municipal, y va trasladando los libros a su casa poco a poco. Disfruta con la llegada de los paquetes, que abre a toda prisa, rasgando los precintos que él parece haber colocado con extremo cuidado. Una noche, tumbada en la cama, mirando los lomos de los libros que aún no ha tenido tiempo de leer, intenta averiguar si es la codicia lo que está enganchándola o quizá otra pulsión más difícil de definir. Reconoce que se siente halagada. Hay algo seductor en esa conquista paulatina —que gana cada vez más y más terreno— a través del regalo. Pero está confusa. En realidad, no tiene un interés especial por esos libros; tampoco siente una verdadera curiosidad por Knut. Lo que la atrae es sentirse destinataria de su atención. Su modo de acercarse es radicalmente diferente a todo lo que había conocido hasta ahora.
Adquirir libros es muy fácil, insiste Knut. Tan fácil que no puedo dejar de preguntarme cómo la gente no arrasa con ellos. Asegura que lo único que se precisa es perseverancia. ¿Eres tú perseverante cuando deseas lograr algo, cuando lo deseas de verdad? Sueles quejarte de tu trabajo en el archivo, que describes como frustrante o muy por debajo de tus capacidades e intereses. Pero ¿crees que has luchado con verdadera perseverancia para cambiar las cosas, o simplemente te has dejado llevar y ahora te quejas? Hay que tener perseverancia siempre, paciencia de hormiguita, no rendirse jamás, tomarse el tiempo necesario para alcanzar las metas. Bajo estas premisas, cualquiera puede adquirir libros y casi cualquier otro artículo que haya en los grandes almacenes. Él lo hace cada día, dedica su vida a ello y regala parte de su botín simplemente por el puro gusto de hacerlo, aunque jamás ha obtenido tanta satisfacción al regalar algo como con ella. Piensa en la felicidad que te supone abrir un paquete y encontrar en él, no sé, diez, quince libros para ti que ni siquiera esperabas. Pues eso no es nada, absolutamente nada, comparado con el placer que yo siento al enviártelos.
Siempre le cobra los gastos de envío. Da igual que sean pequeñas cantidades: si son 4,13 euros, ella le ingresa exactamente 4,13 euros. Orgulloso de sus habilidades, no les quita las etiquetas del precio a los libros, para que ella pueda hacer sus cálculos. El mensaje no es todo lo que le regala, sino todo lo que consigue para ella. No lo que le compra, sino lo que se arriesga a hacer por ella. Para comprar las cosas basta tener dinero. Para robarlas, dice, son precisas otras cualidades.
Pero ¿por qué a mí?, le pregunta. Ella no le da nada a cambio. No puede ser por haberle pasado una simple foto de carnet. Por supuesto que no, dice él. La foto fue el inicio, el detonante. En sí misma no significa nada. No es la foto, sino el hecho de que ella accediera a enviársela. Es la confirmación de una intuición. Aceptaste el primer intercambio sin pensarlo. Donde otras se habrían echado las manos a la cabeza o habrían desconfiado, tú avanzaste con pie firme. Por otro lado, no es cierto que ella no le dé nada. Sonia le escribe, comparte opiniones, le cuenta cosas de su vida; a cambio, él le manda algunos libros. Casi podría entenderse como un trueque. Llegando incluso hasta las últimas consecuencias, diríamos que te mando libros simplemente como pago por tu existencia.
Días antes una amiga a la que se atrevió a contarle una versión descafeinada de la historia se plantó con firmeza. Si de verdad quieres saber mi opinión, le dijo, creo que debes dejar de escribirle de inmediato. ¿Por alguna cuestión moral?, preguntó Sonia. ¿Le parecía mal a su amiga que los libros fueran robados? Él no los coge de casas ajenas ni de librerías pequeñas, se apresuró a aclarar. Los pilla en grandes almacenes, cadenas como la Fnac, el Vips, sitios así. No, dijo su amiga, no era eso, o no era sólo eso. Es porque nadie regala cosas así porque sí. Algo está buscando, y si no me haces caso, algún día esta historia te salpicará en la cara, sentenció. Pero no son regalos estrictamente hablando, explicó Sonia. Hay establecido una especie de acuerdo. A él le gusta que ella le escriba, busca hablar de libros, compartir opiniones generales sobre la vida. Su amiga inclinó la cabeza, la miró achicando los ojos. Venga ya, susurró. ¿De verdad crees que tus opiniones sobre la vida valen tanto?
También se lo cuenta a un amigo, aunque esta vez exhibiendo una coqueta vulnerabilidad. ¿Crees que es peligroso?, le dice bajando la voz. No, responde él, pensativo. Luego se ríe. Le acaricia el pelo. No seas peliculera, dice. A su amigo le parece muy bien que se robe en las grandes cadenas comerciales. Después de todo, explica, su riqueza proviene del expolio. Es un proceso legítimo de reapropiación de los bienes que nos han sido robados a nosotros previamente, le dice. Sólo muestra curiosidad por conocer los detalles: cómo roba Knut, qué técnicas utiliza, qué hace si alguna vez lo descubren, cuánto tiempo dedica a esa tarea, cómo tiene montado su negocio —el negocio, dice—. Si él no tiene trabajo y es cierto que vive con sus padres, ¿no se dan cuenta ellos de que almacena demasiadas cosas? ¿No se preguntan nunca de dónde salen? Sonia no sabe qué contestar. Tampoco le importa demasiado. Los pormenores no tienen interés para ella. ¿Para qué buscar la raíz lógica al asunto? Se da cuenta de que los demás no comparten su fascinación. No alcanzan a intuirla. En parte, piensa que ni siquiera se lo creen del todo.
¿Y si le pide una foto desnuda?, pregunta su amigo. ¿Se la dará también? No va a pedirme eso, ríe ella. No seas bruto.
¿Nunca te han pillado?, le pregunta. Oh, sí, alguna vez, responde Knut. Pero no pasa nada, absolutamente nada. Uno no debe desfallecer por eso. En esos casos, explica, te llevan al cuartelillo, te toman los datos, te dan algún sermoncito más o menos amenazador y te ofrecen que pagues lo hurtado, o bien, si no tienes dinero, que lo devuelvas y no aparezcas nunca más por allí. ¿El cuartelillo?, pregunta ella. ¿Qué es exactamente el cuartelillo? Una dependencia aparte, normalmente bastante pequeña, bastante cutre, donde te piden que vacíes los bolsillos o te quites el abrigo, donde los encargados de poca monta juegan a hacer el tercer grado a los que han descubierto en plena faena. El nivelito es de pena, asegura. Según él, es muy fácil engañarlos. Una vez que lo pillaron les dijo que no tenía el dni encima y les hizo creer que se llamaba Knut Hamsun. «¡Nut Jámsun!», repitió el vigilante, fascinado. «¡Qué nombrecito!», rió. Pero lo peor es cuando intentan dialogar para sacarte del error de robar. Otro día que lo descubrieron con un par de libros de Salinger metidos en el bolsillo, el encargado, en tono conciliador, le pidió que se sentara y que le hablara de Salinger. Quién era ese escritor, por qué quería leerlo, a qué se debía tanto interés por él que hasta llegaba a robar sus libros. «A ver si me convences y así no tengo que denunciarte», decía. Knut respondió que Salinger era un amigo de infancia de su padre, un tipo que había tenido que emigrar a América y que ahora había triunfado en la literatura, y el encargado movió admirativamente su cabeza, creyéndolo a pies juntillas a pesar de tener frente a él la solapa con la biografía. Nunca van más allá: les basta con disfrutar de su pequeña cuota de poder.
A él lo han descubierto pocas veces, sobre todo en comparación con todos los años que lleva robando, y cuando lo han hecho normalmente sólo ha servido para redoblar sus energías. Si le descubren en una punta de la ciudad se va a la otra para compensar el desliz. En Cárdenas, donde hay decenas de centros comerciales, no escasea el campo de acción. Además, tanto los vigilantes de seguridad como los de incógnito tienen contratos cortos y son sustituidos con rapidez, e incluso los más veteranos son incapaces de acordarse de la cara de todos los que pillan cada día. ¿Pero acaso son muchos?, se sorprende ella. Son legión, dice él. Todas las mañanas montones de personas salen de sus casas a hacer acopio. Centenares de ellas pululando aquí y allá, invadiendo las tiendas como termitas: libros, cds, dvds, videojuegos, pero también perfumes, bebidas alcohólicas, gafas de sol, comida, juguetes, ropa. Muchas son descubiertas, está claro, y se vienen abajo, lloriquean, jamás vuelven a intentarlo. Pero otras son tenaces, continúan, dan ejemplo a las que aún están aprendiendo. Y siempre hay nuevas camadas dispuestas a intentarlo. La rueda gira y gira, nunca se detiene. Siempre hubo cazadores y cazados, vigilantes y ladrones, control y descontrol, sentencia Knut. Así es como funciona el mundo.
Knut se siente cómodo contándole sus expediciones. Lo hace con todo detalle. Le describe su técnica preferida —invalidar los sistemas de alarma con pegatinas especiales— y otras que existen pero que a él no le convencen —uso de alicates, de imanes, de bolsas para congelados—. En el caso de los libros, la mayoría de las veces es suficiente con metérselos con discreción entre la ropa, cuidando, eso sí, de hacerlo fuera del alcance de las cámaras. Si uno sigue los sutilísimos brillos de la lente, se puede saber hacia dónde enfocan. Ciertas cadenas comerciales incluyen además sistemas de seguridad bajo la etiqueta del precio —ella puede darse cuenta del relieve al pasar el dedo por encima—, o en una fina tira magnética en el interior de las páginas. Basta con conocer los sistemas que se utilizan en cada sitio para aprender a desactivarlos. A veces es necesario entrar y salir del mismo comercio, ir acumulando lo adquirido fuera del centro comercial de que se trate —por ejemplo, en una bolsa en el contenedor de una zona poco transitada, o en la taquilla de algún supermercado—. No es posible llevarse ocho libros gruesos de una sola vez, pero sí tres, y luego dos, y luego otros tres. No es tan complicado si se hace con paciencia y profesionalidad. En los momentos decisivos es cuando no se debe fallar. Darwinísticamente, le dice, el cuerpo se adapta a la tensión que requieren las circunstancias.
Nunca usa su nombre real, aunque tampoco lo oculta. No firma sus cartas de ningún modo. Su cuenta de correo está también a nombre de su seudónimo. Para ella es Knut Hamsun. O simplemente Knut. El nombre real no es nada. No significa nada. Tampoco él la nombra a ella. Nunca Querida Sonia. Nunca Hola, Sonia. Las cartas empiezan bruscamente, retomando el tema de la última, y finalizan siempre con preguntas. Al principio ella cree que trata de evitar problemas en el caso de que sus comunicaciones electrónicas sean rastreadas. Llega incluso a preguntarse si también podrían investigarla a ella por complicidad en delitos de hurto. Pero enseguida desecha la idea. No deja de ser un sinsentido, teniendo en cuenta que en los paquetes que le envía aparecen todos sus datos como remitente. ¿O quizá también son datos inventados?
Nunca ha visto una foto suya. Él ni siquiera ha hecho el esfuerzo de describirse y ella es incapaz de imaginarlo. Knut es una abstracción. Una abstracción que le sigue enviando periódicamente —cada mes, cada dos— un paquete con libros. Últimamente también incluye algún disco. Me hace ilusión mandártelos, casi se excusa él. Ella los agradece fervorosamente, aunque no tiene un equipo de música donde escucharlos.
Los correos de Knut son cada vez más largos, más detallados, contienen más preguntas y más retos. Recibe varios al día, que ella se siente obligada a responder aunque sea con dos o tres líneas. Alguna vez se inventa excusas para no escribirle con más detenimiento —reuniones que no tiene, trabajos que no hace—, pero, aunque él no la presiona, siempre persiste la impresión de que queda una deuda por saldar. Sonia le pregunta cómo a él le da tiempo a escribirle tanto y tan largo. Knut le cuenta que nunca duerme más de dos o tres horas seguidas. Se desvela a menudo en mitad de la noche y luego, durante el día, duerme largas siestas que lo dejan en vela el resto del tiempo. Muchas veces le escribe de madrugada, para que ella tenga su carta lista en cuanto llegue al archivo. Se despierta a media mañana para ver si ya tiene su respuesta. Si es así, contesta de inmediato. Si no, le escribe igualmente con más cuestiones que se le ocurrieron durante el sueño, para cuando tenga ocasión de responderle. Insiste en que no hay prisa, pero si algún tema se queda por cerrar siempre se lo recuerda. No me dijiste nada del Ella de Onetti, sólo que te había gustado bastante, pero yo te pedí que profundizaras más. No te olvides, tengo mucho interés. O: Acuérdate de aquella pregunta que te hice: ¿cómo crees que sería tu vida hoy día si tu padre no hubiese muerto? O: El otro día me dijiste que también sueñas con hormigas, pero no me contaste las variaciones del sueño. Me encantaría conocerlas.
Y así.
No es sólo la cantidad lo que sorprende a Sonia, sino también su forma de expresarse. Sus correos no son improvisados: están escritos con esmero y jamás contienen imprecisiones ni errores. El resultado, sin embargo, resulta anticuado, incluso farragoso. No se lo dice, pero a menudo los lee sólo por encima. Le cansan su rigidez, las repeticiones, los razonamientos y el constante tono persuasivo con el que se dirige a ella. Knut le cuenta que siempre tiene sobre la mesa varios diccionarios: de definiciones, de dudas, de sinónimos, de redes… Y le dice que ella también debería acostumbrarse a utilizarlos. Pero sólo se trata de correos, responde Sonia. Si me pusiera a revisarlo todo, tardaría mucho más en responderte. Al fin y al cabo, sólo lo vas a leer tú, no va a ser publicado. Precisamente por ello, argumenta Knut, porque es sólo para ellos, hay que tratar de hacerlo lo mejor posible. Es justo en lo privado, en lo más íntimo de cada uno de nosotros, donde hay que combatir la dejadez, la pasividad y la indolencia.
Hablan bastante de su infancia. Vivieron experiencias similares. Se entusiasman sacando sus recuerdos, como si intercambiaran cromos. La escuela pública. El barrio obrero. Los estuches Pelikan, Barrio Sésamo, los chándales azules con rayas blancas, las meriendas con paté La Piara. Sonia escanea para él una foto de cuando era niña, esperando quizá otra a cambio en la que pueda rastrear sus rasgos actuales. Knut sólo le remite un fragmento de su cuaderno de religión de sexto de EGB. Tiene una letra redonda y limpia, sorprendentemente similar, tantos años después, a la de las etiquetas en los paquetes que le envía. Se extiende a lo largo de la página ocupando los márgenes:
Deseo un mundo sin guerras donde ningún niño pase hambre.
Deseo que mis padres vivan siempre y que nunca se mueran.
Deseo que me dejen en paz cuando estoy cansado.
Deseo que el rey (tachado y sustituido por «Papa») sea muy feliz y haga el bien por todos sitios.
¿Tú fuiste a algún campamento de verano?, le pregunta un día. Él sí, dice. Apenas tenía doce años. Mis padres me enviaron a aquella sierra seca, fea e inclemente, para quitarme de en medio y poder hacer un viaje los dos solos. Él pidió que lo llevaran con ellos. Lloró, suplicó, prometió portarse bien. Pero la decisión ya estaba tomada. Los días previos Knut enfermó; ni la fiebre ni los vómitos lograron doblegar la voluntad de sus padres. Sí, fue una experiencia dolorosa, dice. De pronto uno descubre que Dios le ha otorgado un lugar en el mundo y que de ahí difícilmente se puede salir, por mucho que lo intente.
Lo que más recuerda era que el sexo lo impregnaba todo. O más que el sexo, el impulso del sexo, aún sin comprender, sórdido y triste, ese primer contacto, golpeándole sin aviso, en plena infancia. Los chicos se masturbaban en sus sacos de dormir. Todo el tiempo y sin el menor reparo. Incluso había un monitor que les preguntaba constantemente si ya lo habían hecho y se jactaba de hacerlo todos los días con su novia. «Ya veréis, ya veréis», les decía. Yo sólo sentía asco, cuenta Knut. Asco y pena. De pronto, como a través de una grieta, el sexo me enseñaba una parte de la realidad mucho más cruda de lo que yo había conocido hasta entonces.
Había sufrido muchísimo en aquel campamento. Se encerraba en los servicios y lloraba hasta la extenuación. En el llanto encontraba cierto placer físico que le hacía sentir superior al resto. Sin embargo, no era el único en pegarse llantinas: a veces, al salir, se encontraba con otros chicos que también tenían los ojos enrojecidos. Avergonzados, se evitaban la mirada.
Aunque se producían peleas a todas horas, lo que a él le atormentaba no era que le golpeasen, sino la posibilidad de que le estropearan sus cosas, o simplemente de que se las tocaran. Se decía que por las noches los mayores entraban en los dormitorios de los más pequeños para robar lo que se les antojaba. También que les pringaban de dentífrico los sacos de dormir o incluso que los utilizaban para masturbarse dentro de ellos, delante de todo el mundo. Él nunca vio nada de aquello, pero los rumores bastaban para que se sintiera en un constante estado de alerta. No es que no tuviera amigos: es que no podía fiarse de ellos. Incluso el compañero con el que mejor se llevaba, un muchacho silencioso y reflexivo que sabía escuchar con atención, terminó defraudándole el último día. Knut estaba tumbado leyendo en su litera cuando él llegó, se metió en el saco y empezó a jadear. Knut no apartó la vista del tebeo. El calor se le subió al rostro y las manos le temblaron de indignación, pero no dijo nada. Tras unos minutos, mientras se limpiaba con un pañuelo de papel, el chico trató de explicarle por qué se masturbaba, qué significaba la masturbación para él. Le dijo que hasta hacía muy poco no lo había hecho porque no le salía leche, y ante la mirada de estupor de Knut se apresuró a aclarar: lefa. Con una expresión triste, quizá arrepentido, intentaba justificarse para demostrar que aquello que repugnaba a Knut tenía para él un sentido. Pero Knut no le contestó ni una sola palabra.
Aprendió muchas cosas en ese campamento. Su desconfianza innata al conjunto, a la globalidad, a la generalización y la uniformización, a todo tipo de manifestación grupal, nació aquel verano. Siempre me río de los que afirman defender a las minorías, puesto que la primera minoría es el individuo. El grupo apareja inevitablemente un precio moral e intelectual que, una vez que se paga, jamás puede recuperarse. El mal es el grupo en sí. El sentido de pertenencia a un grupo siempre genera violencia. Hay algunos que piensan que, para evitarlo, la solución es que el grupo se amplíe lo más posible. Pero otros creemos que para ir por la vida no hace falta ningún paraguas. Vamos mucho mejor solos.
Tras contarle la historia del campamento, el sexo se convierte en otro tema más de sus correos, aunque con muchísimas cautelas. Knut reconoce que es extremadamente tímido en este ámbito —él dice puritano—, y Sonia sobrentiende que aún es virgen. Evita escribir ciertas palabras, que sólo insinúa con las iniciales: f… p… c… Admite que su cuerpo lo desea, pero su cabeza rechaza la idea. Para él, el sexo es una aberración; el ideal estriba en huir de su impulso. A Sonia le divierte su postura. ¿Aberración? ¿Por qué una aberración? ¿Significa eso que ella le parece aberrante? Porque ella sí ha tenido y tiene relaciones, y piensa que es algo absolutamente natural. Ya no somos unos críos, dice. No, claro que no, responde él. Ella no es aberrante, pero sí lo es el hecho, por muy natural que sea. No personalices el debate, le pide. Lo que ella hace es lo mismo que hace todo el mundo, no hay nada especial en su conducta. Quien está rompiendo la norma es él. Supongo que soy prisionero de algo que es más grande y más fuerte que yo, pero quiero luchar todo lo que pueda. El sexo es el distintivo más claro de un mundo del que no quiero formar parte, aunque el instinto actúe en sentido contrario a mi voluntad. Por eso no tengo más refugio que mi fidelidad a la infancia.
Frente a sus circunloquios, Sonia suele expresarse con ligereza y despreocupación. Le habla de su primer novio. También de un chico brasileño al que quiso mucho pero que finalmente tuvo que regresar a su país. De un profesor bastante mayor que ella, casado, con el que se veía a escondidas y que la grababa con su cámara cuando estaban en la cama. Le habla de su actual amigo. ¿Amigo?, dice él. ¿Qué significa amigo? Que no es nadie importante, responde Sonia. Demasiado inmaduro, demasiado inconstante, añade. ¿Pero a qué se refiere exactamente al mencionar la inconstancia? ¿En qué rasgos se manifiesta su inmadurez? ¿Sabe su amigo de su existencia? ¿Qué opina de los envíos? ¿Le parece bien robar? ¿Se lo imagina arriesgándose por ella, como él hace, para conseguirle un libro?