Cicatriz

Cicatriz


1. Siete años antes

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A Sonia le hacen gracia sus celos, lo aplaca, le regala los oídos. No, claro que no, él sería incapaz de pillar nada. Eso sólo se lo imagina en él, en Knut, el servicial, entregado, constante, amoroso Knut.

En su cumpleaños —el de ambos— Sonia recibe un paquete mucho mayor que en otras ocasiones. Sus compañeros del archivo miran la caja con curiosidad; las mujeres del fondo hacen un comentario jocoso que ella no alcanza a oír. Sonia aprovecha cuando todos se van a desayunar para abrirlo con nerviosismo e ir sacando los regalos. Hay libros, muchos libros (¿quizá veinte?). Hay varios cds de música (¿diez, quince?). Hay dos cuadernos, una agenda, una caja de lápices (Sonia le dijo recientemente que le encantaban los útiles de papelería). Y hay un frasco de perfume. Perfume del caro, del tipo que Sonia jamás ha podido permitirse. Se pulveriza un poco en el cuello, en las muñecas. Tiene un olor pesado y persistente. Sonia no está acostumbrada a oler así, no está segura de que le guste. Vuelve a guardarlo todo en el paquete, apresuradamente. Ahora ni siquiera cabe bien en la caja. Un cd se le cae y la carcasa se rompe. Dobla el lomo de un libro al presionarlo. Una de las compañeras, que ya está de vuelta, la observa de reojo. Sonia vuelve a sentarse, disimula con su base de datos y sus eternas fichas inservibles. En cuanto puede le manda a Knut un emotivo mensaje de agradecimiento. Se detiene especialmente en el perfume. Él no le había enviado nunca algo tan personal, le dice. Se siente conmovida. Knut la estaba esperando impaciente. Llevo toda la noche sin dormir, le dice. Se me cierran los párpados, pero aun así era incapaz de meterme en la cama. Por pura ansiedad, deseoso de saber tu reacción. Se alegra de que esté tan contenta, pero, ya lo sabe, no tiene que agradecerle nada. Sólo la posibilidad de comentar con ella esos libros, dice, es más que suficiente para compensar todos los esfuerzos que empleó en hacerse con ellos. Ése será su propio regalo de cumpleaños. Así lo celebrarán ambos.

Luego le pide que le haga un ingreso con los gastos de envío. Esta vez el importe es de 32,30 euros, indica. Sonia traga saliva. Es más de lo que esperaba. Cierto que el paquete pesa demasiado. Cierto que su contenido supera con creces ese gasto —nada más que en libros hay ahí unos trescientos euros—. Pero desprenderse de pronto de ese dinero no es fácil para ella.

Aun así, no se atreve a negarse. Le dice que lo ingresará en cuanto pueda.

Cierra el correo. El entusiasmo ha dado paso ahora a una incómoda sensación de pérdida de control. A sus pies, bajo la mesa de oficina, el paquete medio abierto muestra el lomo brillante de uno de los libros. Alrededor flota todavía el aroma del perfume que acaba de pulverizarse.

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