Cicatriz

Cicatriz


2. Siesta

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2. SIESTA

El timbre del teléfono rompe la calma de la tarde. Sonia se despierta sobresaltada. Todavía no se ha acostumbrado a los sonidos de su nueva casa. Verdú suelta un gruñido, recoloca la almohada y masculla algo ininteligible al darse la vuelta. Sonia se levanta aturdida y avanza tambaleante por el pasillo, completamente desnuda. Fuera de la habitación la temperatura es varios grados mayor. Es mediados de agosto; la flama acecha tras los muros del piso. El suelo está templado; la luz, anaranjada, se filtra por los resquicios de las ventanas y las puertas. Contesta a la llamada todavía somnolienta, frotándose las sienes. Teñida de tensión, con sus característicos altibajos nerviosos, la voz al otro lado es perfectamente reconocible para ella. Soy yo, dice. Llevo días llamándote sin parar a tu móvil. Nunca lo coges. ¿Por qué no me lo coges?

Sonia sisea. Un momento, dice. Deja el auricular boca abajo, cierra la puerta, vuelve a coger el teléfono. Habla en voz baja. No puede llamarla allí, dice. ¿De dónde ha sacado su número? Está en la guía, responde Knut. ¿En qué guía? ¿De qué habla? Las páginas amarillas. Las de toda la vida, repite. Disponibles en internet. Consúltalas si quieres. ¿Te das de alta en una línea telefónica y ni siquiera sabes eso?

Sonia se impacienta. Coge aire al hablar. No quiere que la llame ahí, insiste. No quiere que busque su teléfono en internet. Deja de espiarme, le ordena. Knut ríe. ¿Espiarla? Eso es lo que ella querría. En el fondo lo estás deseando, dice. Vuelve a reír. Entre el sollozo y la carcajada, su voz se quiebra unos instantes. Sólo de imaginarlo te pones orgullosa. Para sentirte aún más importante, ¿verdad? No, no te espío. ¡Sólo he buscado tu teléfono en la guía! ¡Lo más normal del mundo si nunca me coges el móvil! ¿Qué te he hecho tan malo para que ni siquiera quieras hablar conmigo? Ella pega la boca al auricular para contestar. Silabea. Nada, dice con rabia. No le ha hecho nada. Pero ahora tiene otra vida. Lo que quiera que hubiese entre nosotros ya no existe. Se disipó, le dice. Evaporado, finished. ¿No es capaz de entenderlo?

Knut grita. Le pregunta por qué se otorga ella el derecho de decidir. ¿Acaso su opinión no cuenta? Te lo he dado todo durante tres años, ¿y ahora me despachas así, como si nada?

Al otro lado de la puerta Sonia oye pasos y luego la cisterna del baño. Escucha, susurra. No estoy sola. ¿Entiendes? Está aquí mi marido y va a venir en cualquier momento. Knut lanza otra risa ronca. ¡Su marido!, dice. ¿Qué le importa a él eso? Ni que yo fuese tu amante. ¡Yo no tengo nada que esconder! ¿O quizá tienes tú algo que esconder? Ella se apresura. Va a tener que colgar de inmediato, dice. Tiene que caberte en la cabeza que no quiero hablar contigo. No puedes obligarme.

La puerta se abre. Una cabeza se asoma, protesta. Que vuelva a la cama, por favor. Que no son horas de atender el teléfono. Sonia tapa el auricular. Ahora voy, dice, ahora voy. Está sudando. Se le inflaman las aletas de la nariz y en las mejillas aparecen salpicadas manchitas de rubor. Siente el calor por dentro, subiéndole hasta las orejas, la urgencia de acabar cuanto antes. Vuelve a hablar al teléfono. Ahora es ella quien grita.

Escucha, dice. Me has interrumpido. Estaba follando con él, ¿entiendes? En pleno lío, ¿me oyes? ¿Eres capaz de imaginarlo? ¿No? Bueno, pues imagínalo. Es lo que pasa cuando se llama a estas horas a un teléfono que nadie te ha dado. Así que no vuelvas a llamarme de aquí en adelante. Nunca. Nunca. ¡No te atrevas a hacerlo!

Cuelga.

Verdú la mira perplejo, enmarcado por la puerta que ya ha abierto del todo. ¿Quién era?, balbucea. ¿Cómo es capaz de hablar de esa manera? Sonia se acerca a él, le acaricia la nuca, sonríe. Un pesado, dice. Un tipo que conoció hace tiempo que no la deja en paz. Le pide disculpas. Siente haberse comportado así. Demasiado grosera, sí, ordinaria, pero no había forma de cortar de otro modo. La contundencia a veces se hace necesaria, ¿no cree él?

Vuelven al dormitorio. Las sábanas están frescas. El aire acondicionado, las persianas echadas, motitas de luz que iluminan tenuemente el cabecero de la cama. Otra cosa mejor, piensa Sonia. Se abrazan. Verdú ríe.

Con lo que le has dicho, no creo que te dé más la lata en mucho tiempo. Menuda fiera.

Ojalá, responde ella.

Una imagen le cruza la cabeza, algo parecido a un pájaro con un pico afilado, un aleteo. Enseguida la desecha, apretando los párpados para espantarla.

Se duermen otra vez de inmediato.

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