Cicatriz
3. Dos años antes
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3. DOS AÑOS ANTES
No, no me veo feliz, ni siquiera junto a ti. Ni siquiera en la más optimista de mis ensoñaciones me veo teniendo contigo una relación feliz, provechosa para ambos, sólida, cotidiana; burguesa, en suma. Nunca me la creería y siempre trataría de ponerla a prueba, de ir más lejos, hasta que un día terminara violentándote.
Los envíos prosiguen. La estantería de su cuarto está completamente llena; Sonia no sabe qué hacer ya con tantos libros. Su madre podría extrañarse si los viese, intentaría averiguar cómo ha podido comprarlos. Quizá, piensa ella, la acusaría de estar escamoteándole dinero. Decide almacenarlos en un armario vacío del archivo, bajo llave, y allí se quedan durante meses, sin que ni siquiera sea capaz de recordar todos los títulos. Cuando Knut le pregunta, finge haberlos leído o se excusa por no haberlo hecho todavía. También esconde los frascos de perfume que en los últimos meses él ha tomado por costumbre añadir en los paquetes —ya lleva cuatro—. Los coge de vez en cuando y se pulveriza un poco en las muñecas. Su olor le resulta demasiado fuerte. Sonia prefiere su colonia de siempre.
Es sorprendente todo lo que eres capaz de leer, le dice. Knut le habla largo y tendido de Proust; no para de insistirle en que lo lea ella también, pero no una parte, no un solo libro, sino su obra al completo. Le sugiere que lo estudien juntos, que lo analicen a fondo. Nada me gustaría más en esta vida, dice. En cinco días asegura haberse leído Los Buddenbrook; en cuatro Los hermanos Karamázov. En otro correo le copia largos fragmentos de Al revés y le pregunta qué le parecen a ella los planteamientos de Des Esseintes. Intuyo que hay en ti mucho talento, le dice. Si fueras más constante —y menos perezosa— serías una gran escritora. ¿Por qué cree ella que le manda tantos libros? Debería lanzarse a escribir, aprender de su mano, leyendo a los grandes junto a él. Le encantaría ayudarla.
Un día le pide el teléfono, asegurándole que no la llamará. Sólo lo quiere para mandarle mensajes según le vaya consiguiendo sus regalos. Es tanta la emoción que siente a veces, le explica, que no puede contenerse y esperar a la mañana siguiente para contárselo. Sonia le da su número y, en efecto, él respeta lo dicho y no la llama nunca. Se limita a enviarle largos sms, perfectamente escritos, sin abreviaturas, del tipo… Acabo de adquirirte los diarios de Pavese. Toda la obra de Virgina Woolf, en bolsillo, ya es tuya. Un disquito más de Prince y las Gymnopédies de Satie. Ella lo agradece, pero empieza a insinuarle que tiene ya más que suficiente. Mi ritmo de lectura es mucho más lento que el tuyo, le dice. Apenas tengo tiempo.
Siente cada vez con más apremio el deseo de frenar, pero no hace nada. Incorpora a Knut a su cotidianeidad como una rutina más, a veces pesada, a veces incómoda, otras beneficiosa. ¿Qué trabajo le cuesta seguir escribiéndole?, se pregunta. En el archivo le sobran horas, se muere de aburrimiento. ¿Por qué acabar así, por qué perderlo todo? No se conoce a alguien como Knut todos los días. Su inteligencia. Su sensibilidad. Su excentricidad. Su generosidad. Su entrega. Además, los regalos, cómo no, aunque no siempre los quiera. ¿Podría encontrar algún modo de continuar, tal vez con más cuidado, con más reservas, para que la situación no se le termine desbocando? ¿Podría al menos lograr una tregua por un lapso de tiempo?
Se inventa que habrá restricciones en el uso de internet. Nuevas medidas que van a implantarse en el archivo, le explica. Aquí la gente abusa. Casi todo el mundo se pasa el día enganchado a los chats o navegando por páginas de tiendas. Han quedado registros incluso de visitas a sitios porno, añade, así que el jefe de personal los ha reunido a todos esa misma mañana y les ha anunciado que instalarán en los ordenadores un sistema de control. No podré mandarte más emails por el momento, le dice. Quizá más adelante, cuando la situación se tranquilice. Ahora además le han hecho un contrato. No es gran cosa: un contrato temporal para que siga realizando el mismo trabajo absurdo que hasta entonces. Pero si todo va acorde a lo esperado, podría ser la antesala de algo más prometedor. No, no debería estar utilizando internet toda la mañana. Ha de dar buena imagen. Con todo su dolor, tendrán que dejarlo por un tiempo.
La artimaña no sirve. Knut enseguida plantea la posibilidad de escribirse cartas postales. Su relación ha nacido gracias a internet, dice, pero ya sobrepasa con creces ese ámbito. Si no puede ser por correo electrónico, que sea por correo ordinario. El problema —para Sonia, la ventaja— es que ahora tendrán que esperar días para saber el uno del otro. El aliciente —para Sonia, el peaje— es que así podrán reflexionar más —¡más aún!, piensa ella— sobre lo que escriben, y podrán enviarse cartas más largas —¡más aún!, teme ella—. Pero se muestra de acuerdo y finge alivio. Está bien no perderte, le dice.
Knut se pone a la tarea incluso con más entusiasmo que antes. Sus cartas ocupan cuatro, cinco, seis hojas cuadriculadas escritas por ambas caras con una letra infantil y apretada, casi sin interlineado, de trazo redondo. Utiliza sobres alargados en los que delinea cuidadosamente la dirección en mayúsculas, del mismo modo que hace —que sigue haciendo— con los envíos. En cada trazo Sonia adivina su voluntad de perfección, o más bien la testarudez, el empecinamiento de la constancia. Sus cartas tardan poco en llegar —prácticamente a vuelta de correo—, mientras que las de Sonia se hacen esperar una o dos semanas. Él le dice que se tome su tiempo. Sólo con saber que ella le está escribiendo, o que una carta suya está en camino, ya se siente por completo feliz. Muchas veces no puede ni dormir pensando cuánto falta para que llegue el cartero. Estas expectativas también lo conducen a la ansiedad, pero no puede evitarlo. Realmente me asola la impaciencia.
Sonia, sabiéndose importante, se muestra cariñosa y generosa, a la vez que expone con sutileza mil excusas para explicar por qué le escribe tan poco —una o dos hojas a lo sumo— o por qué tarda tanto en responderle. Él le sugiere que cuando esté ocupada anote sus ideas sumariamente para desarrollarlas luego con más calma. O que le escriba por tandas, a intervalos, aunque el resultado final sea algo inconexo. Lo importante es seguir, añade, y así lo hacen, hablando de libros, sobre todo, pero también de la vida de ambos —lo que cada uno de ellos quiere revelar al otro—. Knut se centra en sus expediciones por los centros comerciales, llenas de toda la cadena habitual de estrategias y desenlaces. Sonia le describe su rutina en el archivo, sus amores, sus salidas y entradas, una existencia que maquilla y disfraza para que sea liviana, encantadora e incluso ligeramente desconcertante.
La primera vez que él menciona su aspecto físico es para hablarle de su tendencia a engordar. No te haces una idea de lo que supone tener que estar siempre pendiente de la báscula, le dice. Mide 1,65 y suele pesar unos 75 kilos, aunque si se descuida alcanza los 80 o incluso más. Últimamente ha adelgazado un poco, porque no come casi nada y en sus peregrinaciones por centros comerciales camina muchos kilómetros diarios. Su dieta consiste en tazones de leche azucarada con muesli, bollitos de chocolate, galletas y tartas que encarga en Lacrèm, una pastelería de lujo que hay en el centro de Cárdenas. No come carne y nunca bebe alcohol. No por ninguna razón de tipo moral, explica. Simplemente no me interesa. Ahora le ha dado por ir a restaurantes caros, en ocasiones muy caros, donde pide directamente la carta de postres —Sonia se pregunta cómo puede pagarlos—. Ante el desconcierto de los camareros, argumenta que va a gastar más dinero sólo en postres que en un menú completo. Acostumbrados a las excentricidades de sus clientes, no es habitual que le pongan pegas. Así que se sienta, pide cuatro o cinco postres —a veces la carta completa—, y los paladea lentamente mientras observa alrededor a los otros comensales.
Casi siempre va solo. Suelo avergonzar a mis acompañantes, así que lo prefiero así. Quizá con ella haría una diferencia, matiza. Sí, creo que me encantaría ir contigo.
Pocos días antes se habían negado a servirle. El camarero, visiblemente incómodo, se inclinó para susurrarle al oído: «Señor, aquí se viene a tomar una comida normal.» Le recomendó el jabalí, el venado, la carne de caza. Sus arroces —murmuró frotándose las manos— también eran deliciosos. Knut insistió en que sólo quería pedir postres. Aquello no era una pastelería, dijo el camarero. «Ya sé que no es una pastelería», respondió él. «En una pastelería venden pasteles. Yo vengo aquí a tomar postres. Postres elaborados, de restaurante.» El camarero entró en la cocina a deliberar con el chef y salió al rato sin ponerle ya más obstáculos. Le sirvieron, sí, pero con condescendencia. Precisamente por eso me he prometido a mí mismo volver a ese sitio muchas más veces.
¿Cuánto azúcar es capaz de soportar?, le pregunta Sonia. Ella no cree que sea demasiado sano lo que él hace. ¿No es sano porque no es normal?, responde él. A Knut el asunto de lo sano o insano le trae sin cuidado. Lo único que le preocupa es perder el control, el hecho de incurrir en la veleidad. Cuando se siente apático, o triste, lo único que le apetece es comer postres, y esto es algo contra lo que le cuesta luchar. Si sobrepasa la línea —esto es, si se atiborra—, él mismo se impone un castigo. Por ejemplo, se fuerza a abotonarse los pantalones aunque le opriman la cintura hasta cortarle el aliento, como en una especie de ejercicio de resistencia mental. También le gusta exponerse a tentaciones para luego vencerlas. Recientemente había estado en la inauguración de un local de comida rápida en el que regalaban una bebida o un helado a todo aquel que se presentara de ocho a diez. Se había formado una larguísima cola de jóvenes e inmigrantes y él se puso también a esperar, durante casi una hora. Cuando le llegó su turno, se dio la vuelta y se fue. En el momento de volverse, golpeó sin querer al mexicano que se encontraba detrás. El otro lo tomó como un desafío e intentó enfrentarse a él. Ahuecando el pecho al hablar le decía cosas como: «¿Para qué esperas aquí toda la cola y ahora te largas? Estás provocándome, ¿verdad? Ahorita estamos aquí dos varones y qué pasa si nos agarramos. Porque si tú tienes un huevo, yo tengo tres.» Knut se rió en su cara, lo que ofuscó aún más al mexicano. Al final me dijo, como si fuese él quien dominara la situación: «Venga, vete, huevón, cabr…» Y yo me fui victorioso, pero no por haberle dejado sin su pelea, sino por no haber sucumbido a la tentación del helado.
Otro de los temas recurrentes en sus cartas sigue siendo el hecho de escribir. Sonia debería escribir, repite él una y otra vez. Debería leer más y tratar de montar sus propias historias. Puede empezar con relatos o con pequeñas estampas narrativas, para probarse. No te imaginas cuánto me va en esto, insiste. ¿Por qué no escribe él?, pregunta Sonia. Él lee mucho más, cuenta con tiempo de sobra, seguro que lo hace mejor que ella. ¿Qué le lleva a pensar que ella va a ser buena? Knut reitera sus argumentos: se conocieron en un foro literario, ¿no? Pidió libros de Onetti y de Lispector, ¿no? ¿Acaso no es cierto que alguna vez ha escrito poemas? Ella misma se lo ha contado. No, no debe echarse atrás. Él la ayudará a que coja confianza.
Le confiesa que con frecuencia siente nostalgia de una imagen que nunca ha existido. Knut y Sonia, como si hubiesen sido alguna vez compañeros de clase, sentados en el césped, intercambiando libros y apuntes, como los grupos de estudiantes que él ve a diario congregados en torno a las facultades universitarias de Cárdenas. No creo que me hubiese adaptado jamás a ese tipo de vida: horarios y normas…, nada más alejado de mi naturaleza. Ni siquiera creo que la hubiese disfrutado. Pero mi relación contigo es una forma de rescatar esa existencia que no tuve. Llevar adelante un plan de escritura conjunto representaría, de alguna manera, el rescoldo sentimental de esa añoranza.
Finalmente Sonia se anima y escribe un relato. Lo escribe de un tirón, por la noche, garrapateando nerviosamente en un cuaderno escolar de Lucas, apenas cuatro hojas en las que narra el encuentro azaroso de dos antiguos compañeros de estudios. A pesar de que fueron grandes amigos, escribe, habían pasado unos diez años sin tener el más mínimo contacto. En la conversación, Sonia intenta crear una especie de tensión especular —lo piensa en esos términos—: ambos son capaces de reconocerse en los errores y en las traiciones ajenas. Por supuesto, ninguno de los dos lo admite. Se despiden cordialmente y con resentimiento. El relato acaba con el diálogo de uno de ellos con su mujer, justo antes de irse a dormir. «Era un tío con talento», dice el personaje. «Un tío tenaz, inflexible, ambicioso. Pero lo ves ahora, ves adónde ha llegado, y te das cuenta de que todos los esfuerzos que hizo para medrar fueron inútiles. La juventud está sobrevalorada. Da igual lo que elijamos. Todo preexiste de algún modo.»
Ahora te darás cuenta de que no debías depositar tantas esperanzas en mí, bromea al mandárselo a Knut. Su excitación se desinfla cuando recibe sus comentarios. El relato es buenísimo, le dice él, no le defrauda en absoluto; es más, confirma una por una todas las predicciones que había hecho sobre ella. Sin embargo, quiere señalar un gran error: la historia sólo está encaminada al impacto de la frase final. Ninguna pareja conversa así, dice, y mucho menos antes de meterse en la cama. Además, no entiende qué pretende decir con la reflexión «todo preexiste». ¿La ha escogido sólo por su sonoridad o por su pretendida profundidad —que él no encuentra por más que lo intente—? Para él no tiene ningún sentido. Le desgrana también otras apreciaciones parciales. Ese «suscribir» de la segunda página es incorrecto; no se puede suscribir una escena, sino que se suscribe lo que dice alguien (en dicha escena); en la página 3 dices «es por eso que no pudo callarse», pero lo correcto es «es por eso por lo que no pudo callarse», y tienes que corregir una repetición en esa misma página: «CON la esperanza de alternar CON algún compañero». También le reprocha el exceso de retórica. Cree que hay escritura innecesaria y vacía. Abuso de metáforas. Un mal enfocado estilo literario. Está copiando modelos, con el único resultado de ahogar su propia voz. Recuerda lo que decía Proust: cuando nos ponemos a escribir debemos sacrificar el estilo de las obras que más amamos en aras de esa verdad única que habita sólo en nosotros.
Debería leer la biografía de Flaubert que escribió Herbert Lottman. En el siguiente envío incluirá ese libro, y algún otro. Lo comentaremos juntos, dice. No dejaré que te desmoralices. Esto, aunque no lo creas, ha sido un buen comienzo. No sabes cuánto te lo agradezco. Acuérdate: algún día te llegarán los elogios, y entonces deberías recordar que el primero que destacó tu valía fui yo.
Sonia siente el escozor de la humillación durante días.
¿Por qué no hace anotaciones cuando lee? ¿Cómo es que aún no ha acabado El gran Meaulnes? ¡Pero si son apenas trescientas páginas, descontando el prólogo, y lo empezó hace más de tres semanas! ¿Qué le parece si, entretanto, comentan los relatos de Richard Ford? Los leyó hace un par de meses y aún no le ha hecho ninguna observación. Sonia dice que le encantaría, pero que ya no los recuerda bien. ¡Soy tan olvidadiza! Le cuenta que alguna vez ha llegado a empezar un libro sin percatarse hasta treinta o cuarenta páginas después de que ya lo había leído. Knut muestra su sorpresa. ¿Leyó los relatos de Ford hace sólo dos meses y ya los ha olvidado? No puede dar crédito. Ella no debería excusarse apelando a la mala memoria. No es cuestión de buena o de mala memoria. Se trata de voluntad y esfuerzo. La memoria no es un don divino. Nace de la disciplina; si se quiere, se tiene. Recuerda lo que le decía Proust a Céleste Albaret: el verdadero viaje parte de la memoria. Justamente por eso nunca hay que dejar de ejercitarla. Ahora mismo, fíjate, yo no sabía dónde iba la tilde en «Céleste». He tenido que levantarme e ir a comprobarlo. Hoy intentaré repetirme a lo largo del día que va en la primera «e». Tú dirás que es una tontería, que tampoco hay que ser tan perfeccionista, que no se puede saber cómo se escriben todos los nombres y, finalmente, que qué más dará. Pero es un ejercicio de tenacidad. Lo contrario es la actitud más común: dejarse llevar. Y sí. La veleidad tiene mucho que ver con ello. Con no recordar lo que se hizo anteriormente. Supongo que para vosotros los olvidadizos es una forma de protegeros de las inclemencias del mundo.
Knut apunta todo lo que pasa por su cabeza. Si perdiera sus cuadernos, dice, se moriría. Es una lástima que ella no haga nada por corregirse y mejorar. Tienes ideas brillantes, pero como las olvidas demasiado pronto eres incapaz de tender un puente entre ellas. Sigue el consejo de Tolstói: antes de dormir, trata de recordar todo lo que has hecho durante el día, cada detalle. Es posible que esa actitud conduzca a la obsesión, pero siempre será preferible a la amnesia.
La noche anterior, le pone como ejemplo, él mismo había olvidado algo que llevaba en su cabeza desde el verano. Eran, por una parte, tres datos, y por otra, dos. No cinco, sino tres más dos; algo muy diferente, remarca. Del grupo de los tres le faltaba uno de los datos. Ese hueco en la serie mental lo martirizaba, lo sentía como una falla en la que podía caer y arruinarse. El vacío, en el sentido más terrorífico del término, dice. Se había pasado toda la noche haciendo memoria. Se durmió a las tres, se despertó a las cinco y hasta las ocho y media no había conseguido reunir fuerzas para levantarse e ir a orinar. A media mañana se metió otra vez en la cama y continuó esforzando la memoria hasta que, de puro agotamiento, se durmió de nuevo. Cuando llegó la tarde, aún no había recordado aquel dato y su ausencia lo estaba machacando cada vez más y más. Se tumba —le cuenta—, intenta concentrarse en el momento en que se le ocurrió lo que olvidó —una fría noche de sábado, en un andén solitario de metro, una escena casi de film noir—, piensa insistentemente en los otros cuatro datos que le quedan —dos del primer grupo y dos del segundo—, pero de inmediato la mente se desvía y debe luchar para recuperarla.
Y así pueden transcurrir varias horas, una tras otra, con el consiguiente dolor. De verdad, no entiendo cómo puedes mencionar tan alegremente tus olvidos. Para mí son verdaderas torturas.
Sí, admite estar estresado, pero no se imagina situación alguna en la que pudiera escapar de sus nervios. Todo lo que me pasa a mí desde hace años —foliculitis, granos, necesidad perentoria de ir al servicio, inflamación de las encías, incapacidad para dormir bien— es debido al estrés. Con frecuencia me siento al borde de un colapso. Robar es un remedio. Al poner su tensión al servicio del robo logra neutralizar todos estos síntomas negativos. El éxito en el robo se basa en ser metódico y obsesivo, en comprobar una y mil veces las cosas: que nadie te mira, que no hay vigilantes de incógnito, que las cámaras no te están apuntando, que las alarmas están desactivadas. En definitiva, en anular o minimizar la contingencia del error. Una de las felicidades del robo es que, como en el juego, puedes enfrentarte a tu ansiedad tanto si triunfas como si sucumbes. Cuando la ansiedad llega a ser insoportable, no tienes más que lanzarte a la acción: es una forma de catarsis.
Quienes tienen manías como comprobar si han cerrado bien la ventana, si han olvidado las llaves, apagado el calentador o cerrado los grifos, en realidad —le explica—, están tratando de recuperar una seguridad perdida, de dar fe de que el universo está en su sitio. Experimento terror ante el futuro, pero aquello que está a mi alcance —o al alcance de mi mano, nunca mejor dicho— lo intento solucionar cuanto antes, a fin de ver que al menos esos flecos sí han quedado atados.
He conocido a un chico, le cuenta ella unos meses después. Un chico que me gusta bastante. No se lo está inventando. Se apellida Verdú. Ella lo llama así: Verdú. Todos lo llaman así. Es sociable, cariñoso, divertido, de una simpleza encantadora. Sonia no escatima elogios al hablar de él; Knut se interesa de inmediato. ¿A qué se dedica?, le pregunta. ¿Dónde lo ha conocido? Es biólogo, explica ella. Trabaja en una estación ornitológica. Anilla aves, alimenta polluelos, toma muestras de excrementos…, ese tipo de cosas, resume. Se lo presentaron unos amigos comunes en una manifestación pacifista. Los dos habían congeniado desde el primer momento. Charlaron de multitud de asuntos y coincidían en casi todas las opiniones. Verdú la llamó al día siguiente y, tras tomarse un par de cervezas, se estuvieron besando en la barra del bar. Sonia está eufórica. Le confiesa incluso que, a pesar de que pueda sonar precipitado, ellos están ya planeando vivir juntos.
Knut reacciona con frialdad al principio, y con sorna después. ¿Lo conoció en una manifestación? ¿Desde cuándo va ella a manifestaciones? Imagina que se trata de una de tantas que hay contra la guerra de turno en el país asiático de turno. Oh, sí, aquí en Cárdenas también se ha echado la gente a la calle a la persecución de un mundo más justo, ironiza. ¿Se siente mejor persona por corear lemas contra la guerra? A él, dice, las manifestaciones le parecen una solemne tontería. Ya sabe lo que piensa de todo tipo de afirmación grupal. Ah, la presión del grupo, qué dictadura… Pero lo que más le desconcierta es ese enamoramiento súbito. ¿Has leído a Proust para esto?, le reprocha. Al final, tu filosofía es como la del Cosmopolitan, exactamente igual. Debería darse cuenta de que todas las cualidades que le atribuye ahora a ese tal Verdú las verá en el futuro en otros hombres. El amor no es más que una proyección de las propias carencias, una entelequia, como lo eran Odette y Albertine para el joven Marcel. Lo de vivir juntos —en pareja, dice— puede sonar muy bien, aunque en su caso parece más una huida de su familia que una verdadera independencia. Sonia va a salir de una cárcel para entrar en otra. La independencia verdadera sólo se consigue cuando uno vive solo. Lo único que Sonia está viendo en Verdú es la oportunidad para la fuga: así lo cree él y así se lo expone, con toda su crudeza.
Sonia comprende que son celos, pero se siente atacada y, en consecuencia, ataca. Le reprocha que le dé lecciones de independencia, él, que vive con sus padres, no trabaja, no hace nada. Le reprocha que la acuse de oportunista, cuando lo que siente por Verdú es auténtico. Le reprocha que ridiculice las manifestaciones contra la guerra, cuando están muriendo cientos de inocentes.
¿O es que él está a favor de la guerra? ¿No le preocupa la matanza de niños? Sus cuerpecitos destrozados se ven a diario en televisión, ¿cómo puede ser insensible a eso?
Knut responde ordenadamente, punto por punto. Es cierto: no hace nada. Pero no por ello es menos independiente. Mientras que Sonia está sujeta a las imposiciones del grupo —tan profundas que ni siquiera se da cuenta de su existencia—, él, en cambio, va por libre —robar es quizá la muestra más palpable de ello—. El trabajo no es nada. El trabajo sólo vale para trabajar más. Yo no trabajo, claro. Me dedico a adquirir cosas y a la contemplación del universo, que no es poco. Al fin y al cabo, ¿cuál es la diferencia? Todo lo que ella obtiene con el trabajo, lo obtiene él más fácilmente saltándose la escala de mando del sistema burgués. Ella es mucho más dependiente y, por supuesto, mucho más conservadora, vaya a las manifestaciones que vaya. Aunque te desgañites coreando lemas contra la guerra, no creo que seas más pacifista que yo. Y no, en ningún momento la ha llamado oportunista. ¿Ha usado él esa palabra? ¿Oportunista? No. Se ha limitado a decir que para ella Verdú es una oportunidad, lo cual es sustancialmente distinto. Ah, el subconsciente…, ¿no será que tú misma te sientes un poco… oportunista?
En cuanto a la guerra, sí, le preocupan los niños muertos, pero del mismo modo que a Sonia, ni más ni menos. Sólo que yo no voy pregonándolo. Lo pienso un momento, me parece fatal y luego me olvido. Como tú. Como el resto. ¿O acaso estáis todos sin dormir pensando en esos niños? En Cárdenas, le dice, los días de las manifestaciones, los McDonald’s, los Burger King y los Starbucks se llenan más que nunca. Todos los que argumentan que estas multinacionales son las representantes del capitalismo más atroz son los mismos que engullen sus hamburguesas y sus capuchinos en vasos de cartón, salen y acto seguido comienzan a vociferar consignas pacifistas. A cualquiera de ellos, si le robas el móvil, se pondrá a gritarte, te golpeará y si me apuras le parecerá bien hasta que te torturen en la comisaría. Písale a uno de ellos, verás como le duele más el pisotón que todos los niños del mundo mutilados por bombas de racimo. A él mismo, admite, le mortifica mucho más la suciedad en las calles que la existencia de armas nucleares. La escala de sus preocupaciones comienza en lo individual y, allá a lo lejos, termina en lo colectivo. Pero, en fin, esto no lo digo para convencerte ni cosa parecida. Si tú quieres que yo diga lo contrario pues lo diré y santas pascuas.
Dobla la hoja cuadriculada y la vuelve a meter en el sobre. Tiene un leve cosquilleo en el estómago. Qué cansancio, piensa, qué pereza. Junto a ella está el tomo de La prisionera con un marcador que sobresale por la mitad. Lo coge, lee dos páginas, lo deja boca abajo de nuevo, abierto, descuidadamente, con una hoja doblada por la esquina. Le manda un mensaje a Verdú. Recibe respuesta. Manda otro. Nueva respuesta. Un lugar, una hora. Permanece unos momentos pensativa. Ok, responde, allí estaré. Después se adormila. La voz de su madre llamándola desde el cuarto de la abuela la saca del sopor.
¡Ven aquí y échame una mano!
Sonia se acerca resoplando. Entre las dos levantan a la anciana de la cama, la sientan en su raído sillón orejero. Lucas merodea por la habitación, saltando entre una y otra. Sonia se frota la barbilla con preocupación.
Se le ha arrugado la bata por debajo. Le va a hacer rozaduras.
No pasa nada, dice la madre. Está perfectamente. Se le acerca, la agarra del brazo. ¡El pelo!, piensa Sonia. ¡Si al menos se arreglara de una maldita vez ese pelo pajizo y estropajoso! Quédate aquí esta tarde, por favor, susurra la madre. La tutora de Lucas la llamó esa misma mañana. Tiene que ir al colegio a verla. Le ha contado que últimamente no hace los deberes y que pega a otros niños. Se comporta con rencor, como si estuviese enfadado por algo. Eso me ha dicho. No podemos dejarlo pasar.
¿Podemos?, piensa Sonia. No me aprietes, protesta. Se endereza, se zafa de su mano. Ella no puede estar ahí siempre, dice. Algún día se marchará, vivirá en otro lado, tiene derecho a hacerlo. ¿Y entonces qué? ¿Qué va a pasar entonces? ¿Cree que podrá impedírselo?
¡Somos una familia!, grita la madre.
Lucas deja de saltar. Las mira a ambas, girando la cabeza velozmente. Luego sonríe. Los dientes le brillan. ¡Quiero un perro!, chilla. Sonia siente un hueco en el pecho, la necesidad repentina de rasgar o romper algo. Sale de la habitación sin decir nada. No, piensa. Una familia no. Son un lastre. Un escollo. Un freno. Una jaula. Piensa también en Knut y en sus palabras sobre Verdú.
Escapar de la jaula.
Oye cantar a la abuela lenta, desafinadamente, su voz casi inaudible entremezclada con el traqueteo insistente y rítmico de un martillo neumático en la calle. Baja corriendo las escaleras. Se detiene en el portal, mira hacia el suelo, observa sus viejas zapatillas. El martillo neumático se frena también unos segundos, luego continúa, un ruido más fuerte aún que antes, como redoblado por la rabia. Sonia sale a la calle, mira al hombre taladrando la acera. Parece concentrado en su tarea. Está sin camiseta. El sol le da de lleno en la espalda. Suda.
Mientras lo mira, se va apaciguando poco a poco.
Sube de nuevo a su casa; arrastra los pies por los peldaños. Uno, dos, tres. Los va contando. Cuarenta y cuatro. Cuarenta y cinco. Cuarenta y seis, y ya.
Ni siquiera sabe por qué sigue escribiéndole, pero lo hace. De hecho, se excusa por haber tardado tanto en contestar. Sí, está el desánimo instalado tras sus últimas palabras, que ella considera un ataque injustificado. Muchas veces tiene la sensación de que bromea. Su afirmación de que le preocupa más la suciedad en las calles que las armas nucleares, ¿va en serio? Cuando se expresa así, ella no sabe qué decir. Pero no es sólo eso. Es que… ¿de qué hablar ahora? Ya sabe lo que piensa de su historia con Verdú. Y de libros, bueno, no es el momento. Quizá le defraude, pero últimamente no lee ni escribe. Con tantas novedades en su vida, apenas saca un hueco. Así que ¿para qué seguir escribiéndose? ¿Por qué no dejarlo, al menos por un tiempo?
Su carta ocupa apenas media carilla. Se despide con sequedad.
¿Por qué dejarlo?, responde Knut. Yo no quiero dejarlo. Lo que me gustaría es comprender la razón de tus contradicciones. Por más que lo pienso, te juro que no llego. No es que le defraude su actitud —defraudar no es la palabra—, sino que no entiende por qué la falta de tiempo. La única novedad en su vida, según ella misma admite, ha sido la aparición de Verdú. No me hables ahora de tu madre, de tu abuela o de tu trabajo. Lo demás es igual que era antes. Y si va más allá, dice, ni siquiera Verdú supone un cambio, porque antes que él estuvieron otros. El caso es que ni lee ni escribe. Ha pasado al estado de aquellos que creen que la literatura es un entretenimiento prescindible que no merece la pena cuando surgen otras cosas mejores en la vida. A Verdú también le parecerá un hobby más, ¿no?
Y no, él nunca bromea. Cuando le dice que la suciedad le atormenta, es totalmente cierto. Se figura que ese horror está relacionado con el fin de la carne y de lo material, o con algún tipo suyo de neurosis. Desde niño tiene la costumbre de mirarse las suelas de los zapatos a cada momento. En los restaurantes inspecciona a fondo los cubiertos antes de utilizarlos y se levanta a lavarse las manos al menos dos o tres veces en mitad de la comida, y también al acabar. A menudo tiene pesadillas con retretes atascados y desbordados. La otra noche también había soñado que limpiaba bajo la cama trozos de hierro, papeles húmedos y fragmentos de rebaba. Casi podía sentir un áspero polvillo metálico que le quemaba la garganta. Se despertó tosiendo y con arcadas. La suciedad le perturba de forma casi metafísica. Cuando pasa por algún sitio con frecuencia y ve que nadie lo ha limpiado, siente que la vida no vale nada. Las armas químicas me traen sin cuidado. Pero cada vez que me encuentro restos de basura allí donde no debieran estar, no puedo menos que pensar en el fin de nuestra existencia.
Sonia se marcha unos días a París con Verdú. Cuando regresa, vuelve a escribir a Knut sumariamente, como si tuviese la obligación de informarle de las novedades. Le explica que ha decidido casarse. Por qué no, razona: será una boda modesta, ellos no pretenden mucho más. También el viaje ha sido modesto. Durmieron en una pensión de las afueras y se mantuvieron a base de kebabs. Gracias a dios, sentarse junto al Sena era gratis, añade. Y luego: No quiero que lo tomes a mal, pero para mí empieza una nueva vida.
En su respuesta, Knut se mofa de su viaje. La caligrafía parece esta vez más apresurada, con trazos picudos, nerviosos, fuertes, que han dejado marcas en el papel. Él, dice, prefiere no moverse de su barrio de Cárdenas antes que visitar París de esa manera. Tú sabes, aunque no lo quieras reconocer, que ir allí para terminar comiendo kebabs frente al Sena es ridículo, aunque creas que mientras masticabas el cordero te llegaba algo parecido a L’Air du Temps que, como todo el mundo sabe, es la fragancia que recorre las calles allí. También supongo que en la Fnac parisina te sentías más culta y que, a tu modesto entender, los croissants de cualquier café de París son diferentes a los del resto del universo. ¡No me seas cateta!
Deduce que, con tanto ajetreo, sigue sin escribir. ¿No llevabas una Moleskine, como hace ahora todo el mundo, para ir recogiendo fragmentos de inspiración? Es una verdadera lástima que pierdas el tiempo así, tomando tan alegremente la ruta hacia la nada. Pero él no va a desfallecer por eso. Recientemente le ha adquirido el volumen de los cuentos completos de Cheever, así como tres de sus novelas, que acaban de ser reeditadas. Dentro de unos días irá a la estafeta a enviárselo todo, junto con un par de discos. Si no es mucho esfuerzo para ti, dime por sms si hay algo más que te interese para rellenar el paquete. Concluye sin despedidas. Sin firma. Sin cierre.
Mira por la ventana de su habitación. En mitad de la calle dos perros ladran furiosos, agarrados por sus dueños respectivos, que tironean con esfuerzo de las correas. Los ladridos retumban en el aire, altos y agudos. Sonia observa a una viejita que cruza entre ellos con indiferencia, muy despacio, arrastrando sus alpargatas y un desvencijado carro de la compra. Pasa y los perros, al verla, enmudecen. Los dueños se relajan, vuelven a tomar las riendas de la situación, se marchan en direcciones opuestas.
Sobre su mesa se extienden varios folletos de agencias de viaje. La costa norte, pueblos encantadores enclavados entre el mar y la sierra, casas de madera, naturaleza. Demasiadas cosas todavía por hacer, piensa. Cierra la ventana, coge el teléfono y marca un número con lentitud, dubitativa, cotejándolo con el que hay escrito en un impreso. Le atiende un funcionario con un acento norteño muy marcado.
Faltan aún las partidas de nacimiento, usted dirá.
Sonia balbucea. Van de camino, dice.
¿Y la documentación de los testigos?
Eso tampoco tardará mucho.
El funcionario arranca a reír —o a toser— al otro lado.
La verdad, le pregunto, ¿qué saca usted casándose tan lejos?
Sonia no dice nada. Agradece la atención y se despide. Llama luego al hostal y finalmente a una amiga.
… no, no, algo sencillo… una celebración civil… dos testigos elegidos al azar… no, no, sin trajes, sin familia, sin gastos, un solo fin de semana… ¡atracarnos de marisco nosotros dos solos!… ¿mi madre?… no, nada, aún nada… sí, sobre todo Lucas… claro que me echará de menos… luego, vuelta a casa… claro, sin duda… una nueva vida… deseando…
Últimamente le gusta repetir esa expresión. Se la dice a todo el mundo que puede, como buscando aprobación o consentimiento: una nueva vida. En ella se turnan ahora la culpabilidad y el ansia. Siente que las paredes de la casa se están comiendo poco a poco sus días.
La última carta de Knut ha quedado olvidada bajo la montaña de folletos. No es ahora una preocupación para ella.
Empiezan las llamadas. La primera vez sucede por la noche. Sonia está desvelada cuando siente el teléfono vibrar en la mesilla. Mira la pantalla con estupor, su nombre parpadeante entre la oscuridad del cuarto, y lo deja sonar una y otra vez hasta que él se cansa. Luego recibe un mensaje. Le pide que lo llame. Se lo pide por favor, con urgencia. Sonia no lo hace. Hay dos o tres llamadas más en los siguientes días, varios mensajes —en tonos que van de lo suplicante a lo agresivo— que tampoco contesta. Después, un silencio de varios días hasta que le llega uno más, cuando está sentada en su mesa del archivo.
Quedó pendiente el envío de los libros. No me dijiste si querías algo más, así que te enviaré lo que tengo. No puedo estar guardándotelo hasta que a ti te plazca responderme.
Sonia se queda pensativa. Le zumban los oídos. Es el estrés, se dice. Dos días más y se marcha de casa. Todo es apresurado y conflictivo. ¿Por qué tiene que ser siempre así?, se pregunta. Agarra su teléfono. Lo mira fijamente antes de teclear con rapidez. ¿Por qué no me dejas en paz?, escribe. Levanta la cabeza. Hay un rumor como de insectos alrededor. Alas de insecto chamuscándose en algún lado. Frunce el ceño. Trata de averiguar de dónde procede el sonido. Su compañera la mira con una media sonrisa displicente. Ella lee lo escrito. Borra y cambia. ¿Por qué quieres seguir enviándome regalos? Con el pulgar en alto, flexionado, nota que el rumor continúa, quizá ahora más veloz que antes. ¿Oyes eso?, pregunta a su compañera. ¿El qué?, dice la otra. Nada. Nada. Borra de nuevo lo escrito. No debe preguntarle nada. Si le pregunta está perdida: habrá una respuesta con una nueva pregunta, y vuelta a empezar. No. Debe dar una orden. Tajante, clara. No me envíes nada. No quiero nada. Ahora sí. Envía el mensaje. El ruido ha cesado.
Knut la llama de inmediato. La llama tres veces, insistentemente. Ella lo coge a la tercera y se sale al pasillo para poder hablar. Le sorprende la discordancia, la aspereza de su voz. El tono alterado. Torrencial, imparable, con un sutil trasfondo femenino. ¿Está gritando? Quizá es su timbre habitual. Habla fuerte, sí. Y parece nervioso. Muy nervioso. Desagradecida, la llama. Ella despega el oído del teléfono. Se aleja un poco más, pasillo abajo. Él continúa hablando sin tomar aliento. ¿Por qué lo trata así? ¿Qué ha hecho él para que lo desprecie de esa forma? ¿Negarse a recibir sus envíos es la manera de hacerle ver cuánto lo odia?
Ella consigue interrumpirle, también a gritos. No, dice. Tiene libros de sobra, más música de la que puede escuchar en muchos meses. Hasta tiene perfumes para largo —sobre todo, aunque eso se lo calla, porque no los ha estado utilizando—. Está muy claro que no nos entendemos. No vamos a entendernos nunca, ¿para qué seguir? No quiere que se moleste más por ella, no quiere que pierda más tiempo en agasajarla, ni que se arriesgue a que lo lleven al cuartelillo por algo que ni siquiera le ha pedido.
Pero ¿qué más te da a ti?, insiste él. ¿No te importa humillarme cuando no me coges el teléfono y ahora te preocupa que me pillen robando?
Siempre ese tono inquisitivo, piensa Sonia. En las cartas y también, ahora, por teléfono. Avanzando siempre a través de la interrogación. La inflexión de la voz que se adapta a ellas, subiendo y bajando por sus curvas, chirriante, inarmónica. ¿Por qué no se están entendiendo? ¿A qué se refiere con eso? ¿Podría explicárselo con más detalle? ¿Disentir en algún asunto —el de las manifestaciones contra la guerra, los kebabs, o lo que sea— es motivo suficiente para olvidarse de una relación que alcanza ya casi los tres años? ¿Ésa es su idea del pacifismo, del consenso y del diálogo? ¿Él no significa nada para ella? Claro, está Verdú, ha habido y habrá otros, pero ¿con cuántos se ha escrito como con él? ¿Y qué ventaja le supone prescindir de los envíos? ¿Se cree más decente, más honesta, por eso? ¿O es una cuestión de orgullo? ¿De verdad no quiere los libros de Cheever? No puede entender qué gana rechazándolos. Si no tiene tiempo, no tiene por qué leerlos ahora. Puede guardarlos y hacerlo más adelante.
Al fondo del pasillo un compañero de departamento está mirando a Sonia con curiosidad. Para esquivarlo, ella se aleja hacia un recodo y baja la escalera. Cuando vuelve a estar sola coge aliento y responde tajante. El día en que quiera leer esos libros, dice, ya los compraré yo. Es mi última palabra. Knut se detiene unos segundos, da la impresión de estar reflexionando. Ella oye la agitación de su respiración al otro lado. ¿Y no has pensado en comprármelos a mí?, dice finalmente. Me parecería una estupidez que te gastases tanto dinero. Si no aceptar el regalo te hace sentirte más digna, te los vendo por la mitad de precio.
Sonia resopla. ¿No entenderá nunca lo que le está diciendo? ¿No se da cuenta de que está molestándola?
Knut ríe. Una risa entrecortada, casi un grito. Lo que faltaba, dice. Así que ahora soy un acosador, poco menos que te estoy hostigando. ¿Eso es de verdad lo que te parezco?
Sonia cuelga. Le tiemblan las manos. Vuelve a su mesa, desconecta el teléfono y lo deja a un lado, sin mirarlo. Su compañera le señala el suelo. Tenías razón, le dice. Era un bicho que estaba achicharrándose dentro de la lámpara. Sobre el enlosado, un saltamontes se retuerce lentamente. Reseco, moribundo.
Sonia se levanta, lo pisotea sin asco.
Pobrecillo, murmura.
Mira el paisaje por la ventanilla, los campos hostigados por la sequía, la reverberación del sol en la autopista, el ritmo que pautan los postes de telefonía, el norte acercándose con lentitud, desvelando quizá que no es más que otro espejismo, la línea de un futuro inalcanzable. Sonia tiene un regusto amargo en la boca. Se recorre los dientes con la lengua, pensativa, una y otra vez.
¿Es eso lo correcto?, se pregunta.
Cuando están parados en una estación de peaje, el teléfono suena. Verdú está ocupado con el cambio y ella cree que no se da cuenta. Silencia el móvil. Verdú la mira después con expresión interrogante. Ella se encoge de hombros.
Nunca lo cojo si no conozco el número. Siempre es publicidad.
Entre medias, la nueva casa, la ruptura —sorpresa de la madre, el sangrante pecado del abandono, qué falta de confianza, Sonia, debiste decírmelo antes—, una mudanza corta interrumpida por llamadas que se repiten durante días y días, hasta que Knut acaba desistiendo. Pero apenas una semana después de contratar una línea de teléfono fijo, cuando Verdú y ella están echando su primera siesta, recibe otra más, la última, esta vez sí la última.
Escucha, dice ella. Me has interrumpido. Estaba follando con él, ¿entiendes? En pleno lío, ¿me oyes? ¿Eres capaz de imaginarlo? ¿No? Bueno, pues imagínalo. Es lo que pasa cuando se llama a estas horas a un teléfono que nadie te ha dado. Así que no vuelvas a llamarme de aquí en adelante. Nunca. Nunca. ¡No te atrevas a hacerlo!
Sonia está sola cuando llega el cartero. El paquete pesa más de veinte kilos. Está envuelto en algo similar a un papel de regalo. Al acercarse, ve que son fotocopias de un montaje en el que se reproduce en mosaico el rostro de un hombre mayor, canoso, de piel abotargada y con grandes bolsas bajo los ojos. Decenas de caritas de este hombre repetidas una y otra vez, y las consabidas etiquetas escritas en mayúsculas, pero esta vez con la dirección de su nueva casa, que él también ha debido de conseguir a través de la guía telefónica. El cartero le extiende el justificante de recibo.
Vaya regalito, chica. Me acabo de deslomar subiéndolo.
Sonia le da las gracias, firma y arrastra el paquete con esfuerzo hasta el salón. Destroza los precintos con unas tijeras de cocina. Lo primero que encuentra, colocado sobre todo lo demás, son los libros de Cheever. Bajo ellos, otro montón de libros, varios diccionarios, algunos cds. También manuales de aprendizaje de la escritura —Cómo escribir cuentos, La técnica del relato, Todos llevamos dentro a un escritor—, un tratado de ornitología, dos frascos de perfume. Al fondo, una pequeña nota manuscrita: Te juro que es lo último. Son 14,50 euros de gastos de envío. Lo de los pajaritos, si me lo permites, es un pequeño obsequio para el amigo Verdú. Sonia mira su precio. 85 euros. Láminas a todo color, de gran formato. Un buen regalo. Una pesada broma de humor negro.
Se apresura a guardarlo todo. Algunos libros más no se van a notar demasiado. En las nuevas estanterías del comedor aún hay bastantes huecos. Los cds también ocupan poco. Pero esos diccionarios tan voluminosos van a ser un problema. Los mete en una bolsa de deporte al fondo de un armario, junto con los perfumes. ¿Y el embalaje? Tiene que darse prisa. Con las tijeras corta la caja en pedazos y baja al contenedor a tirarlos. En el último momento se queda mirando el papel del envoltorio. Arranca un pedazo y se lo guarda en el bolsillo.
Durante la comida se lo muestra a Verdú, que lo inspecciona detenidamente unos segundos.
Me suena mucho, dice al fin. Mastica con lentitud, pensativo. La mirada se le ilumina de pronto. ¡Ya lo sé! Éste es el tipo de El Corte Inglés. Isidoro Álvarez. El dueño o el director general de la empresa. Mira qué cara de bruto tiene. Con esa cara y multimillonario.
Sonia sonríe.
¿Por qué lo tienes?
Ella se sobresalta. ¿Qué?
Por qué tienes esa foto.
Ah, no, por nada, vacila. Encontró el recorte en la calle, le dice. Le llamó la atención, simplemente.
Los dos se quedan mirando el pedazo de papel sobre la mesa. Verdú suelta una carcajada.
¿Te llamó la atención? ¿A quién puede llamarle la atención algo así?
Sonia se encoge de hombros.