Cicatriz
4. Perro
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4. PERRO
Entonces, no me hiciste caso cuando te aconsejé, ¿no? Entrecierra los ojos con severidad. Seguiste escribiéndole y él te siguió enviando cosas.
Sonia sonríe para sí y asiente lentamente. Hace un gesto con el brazo abarcando las estanterías.
Gran parte de estos libros y estos discos. Baja la voz. Casi todos, en realidad. Es imposible no acordarse de él. En cualquier lugar donde ponga la vista hay un regalo suyo.
Se levanta y saca un tomo de una de las baldas.
Fíjate. Una edición bilingüe. Con láminas. Una edición seriada. Solamente esto ya cuesta más de cien euros.
¿Y para qué lo necesitas? ¿Lo has leído acaso?
Ella devuelve el libro a su sitio.
No. Ni siquiera he llegado a abrir muchos de los libros. Y no estoy segura de que los vaya a leer nunca.
¿Por qué los aceptabas entonces?
Sonia contesta atropelladamente, alternando silencios, titubeos, miradas perdidas.
Yo no se los pedía. Alguna vez sí, aisladamente, al principio. Pero enseguida él empezó a mandarme títulos según sus intereses, como siguiendo un plan determinado. Lo que él pensaba que yo debía leer. Igual que los discos. Lo que a él le parecía que debía escuchar. Después había que comentarlo todo. A veces teníamos conversaciones muy interesantes. Aprendí cosas de él. Aseguraba que yo tenía talento literario. Que si quisiera, si me pusiera a ello en serio, podría sacar algo bueno de mí. Y también decía que estaba orgulloso de ser el primero en verlo. Pero otras veces, la mayoría, escribirle se convertía en una obligación. Un engorro. Porque era tan… Vacila, mueve los labios en silencio, buscando la palabra. Exhaustivo. Eso es. Tan exhaustivo. Con él había que analizarlo todo al detalle. No podías dejarte llevar simplemente por una impresión: siempre debías profundizar en ella, racionalizarlo todo, explicarlo todo. Se molestaba si no seguías su ritmo. No lo decía directamente, pero de algún modo te hacía ver su decepción. Cuando todo parecía que marchaba bien entre nosotros, le surgía la necesidad de presionar, de probarme e incluso de violentarme, hasta que yo terminaba cansándome y poniendo distancia. Después me sentía culpable y regresaba.
Pero no has respondido. ¿Por qué aceptabas los regalos si no te interesaban a ti? ¿Qué sentido tenían?
Sonia vuelve al sofá, flexiona los brazos hacia atrás y recuesta la cabeza sobre ellos, pensativa.
No sé. En parte, supongo, por no defraudarlo, por no hacerle daño. Lo veía tan ilusionado mandándomelos… Cómo iba a rechazárselos. Hubiese sido cruel. Y otro motivo es… Se detiene unos instantes. La vanidad. Es tentador sentirse el centro de atención de alguien hasta ese extremo. Imagina que un tipo te regala todo eso sin que tú se lo pidas. Sin exigirte nada a cambio. Porque sí. Simplemente porque quiere halagarte. Porque se lo aceptas. Eso es: simplemente porque estás ahí para recibirlo.
Puf, Sonia, yo no entiendo nada, de verdad… Yo nunca dejaría que nadie…
Baja la voz y mira de reojo al niño que, arrodillado en una esquina del salón, levanta una torre con piezas de madera.
Eran cosas robadas, Sonia. ¿Te daba igual eso?
Ella se encoge de hombros; apura su bebida.
Francamente, sí. No era un problema que yo me plantease. Él no robaba a nadie en su casa. No allanaba propiedades privadas exigiendo libros, no amenazaba con navajas a desvalidas viejecitas para quitarles sus Prousts y sus James Joyces. Es ridículo verlo en esos términos. Él sólo entraba en grandes almacenes, en cadenas comerciales enormes. Eso no supone ni un mínimo rasguño para esas multinacionales. No le hacía daño a nadie.
Su amiga suspira.
¿Y de verdad se puede robar tanto, así como así, cada día?
Al parecer, sí.
¿No sería un enfermo? ¿Cómo se dice? ¿Un… cleptómano?
¡Claro que no! Por favor. No tiene nada que ver.
Las piezas forman un gran estrépito al caer. El niño se levanta y lloriquea. Corre hacia Sonia, se abraza a sus piernas.
Oh, vamos, vamos. Ella le acaricia la nuca. No pasa nada. Mamá te ayudará ahora a construir otra torre. Haremos juntos una mucho más alta, ¿verdad?
¿Ya ha cumplido dos años?
El mes que viene. Pero ha crecido tanto…
Lo besa, le enjuga las lágrimas. El niño regresa a su esquina. Su amiga mira alrededor, parece fijar la atención en la lámpara del techo, que acumula ya varios dedos de polvo.
¿Nunca pensaste que quizá te mentía? ¿Que no eran artículos robados? A lo mejor era un tipo con mucho dinero, uno que se obsesionó contigo y compraba las cosas para ti.
Sonia se humedece los labios, agita la cabeza.
Eso es absurdo. ¿Por qué iba a decirme que robaba cosas que compraba? ¿Qué sentido tendría?
Pero, Sonia, es que nada tiene sentido. En realidad, piensa que… Es difícil creer que no te pidiera a cambio algo más que una simple foto de carnet. Pero si hasta te regaló perfumes…
¿Qué estás insinuando? Sonia eleva la voz. El niño se queda inmóvil, con una pieza a medio colocar. Gira su cabecita y la mira.
Eh, no te enfades. No insinúo nada. Sólo me sorprende. ¿Nunca te pidió quedar? ¿Nunca te propuso una cita? ¿Hablasteis por teléfono al menos? Ya sé, ya sé. Te estoy preguntando demasiadas cosas. Perdóname. Estoy desconcertada, eso es todo. Dices que ni siquiera lo viste en foto pero recibías sus cartas a diario. ¿De verdad no sentías curiosidad? Es todo tan raro…
No pasa nada. ¿Quieres otra copa? Esto va a ser largo de contar.
Mientras desmolda el hielo en la cocina, oye a su hijo tartamudear. Su amiga le está preguntando algo, pero es incapaz de entender la respuesta. El pequeño se desespera, repite la misma frase cada vez más alto. Sonia respira con agitación. No quiere regresar aún. Da un sorbo a su copa y se asoma a la ventana del lavadero. En el patio interior distingue la enorme mole de pelo castaño.
Ehhh… Estás ahí… Pobre.
El perrazo alza la cabeza y clava en ella sus ojos húmedos y suplicantes. El sonido de su rabo golpeando el enlosado consigue que le arda la garganta.
Pobre…, ¿cómo pueden tenerte ahí metido?
El perro extiende sus pesadas patas hacia adelante, baja la cabeza, babea. Sonia lo observa. Sigue bebiendo y le susurra de vez en cuando. Pobre, pobre. Antes de volver al salón rellena su copa y cierra la ventana. Sentado ahora al lado de su amiga, el niño todavía está esforzándose en hacerse entender.
Te está diciendo que ayer hizo la torre más alta del mundo con su papá. ¿Verdad, cariño? Sonia coloca las dos copas en la mesa y se queda mirando el suave movimiento de los cubitos de hielo. Anda, vuelve a tu juego.
El niño corretea hacia su sitio, canturreando. Sonia se recuesta.
¿Crees que bebo demasiado?
¡Sonia! ¿A qué viene esa pregunta?
A veces lo pienso. No sé qué es «demasiado». No sé cuánto se supone que puedo beber. No sé si se puede beber lo mismo cuando vives sola o con alguien, cuando eres libre o tienes un trabajo estable y un niño pequeño al que cuidar. Muchas de mi edad… Tú misma… No sé. Agita la cabeza. Son vidas tan distintas.
La amiga ríe.
Te estás desviando del tema principal. Quieres darme largas, ¿verdad?
No, en absoluto. Te lo iba a contar. Pregúntame lo que quieras; te lo contaré todo. No tengo nada que ocultar.
Pero a Verdú no le has contado nada.
Claro que no. Si ni siquiera tú me entiendes, ¿acaso iba a hacerlo él? A nadie le resulta creíble. Pero sucedió. Sucedió de verdad. No lo he soñado.
Beben en silencio durante unos minutos. Su amiga la mira de reojo. Sonia se balancea levemente, casi sin darse cuenta. Se agarra el pulgar con un puño; con la otra mano tamborilea en el filo de su copa, rítmicamente. Al cabo de un rato comienza a hablar, arrastrando las palabras con pesadez. Su voz flaquea, se quiebra.
Tenía un cerebro extraordinario. No le quedaba otra que comportarse así. Estaba fuera de toda norma. Eso es lo que pienso. De verdad que lo pienso. Actuaba así porque necesitaba salir de la vulgaridad. Imagínate: nacer con ese cerebro y no tener más que eso. Tu cerebro y todo alrededor es vulgaridad. No te queda otra que rechazarlo todo, minarlo desde dentro, destruirlo. Hasta rechazaba su nombre, un nombre normal, como el que tienen, no sé…, ¿millones de personas? Se hacía llamar de otro modo, ¿te lo expliqué?
Carraspea antes de continuar. Deja la copa vacía a un lado y habla con la mirada hueca.
Knut Hamsun. Un escritor noruego de la primera mitad del XX. Uno que quedó relegado porque apoyó a los nazis. A él no le gustaba especialmente. No al menos que yo sepa. Nunca me habló de sus libros. Nunca me explicó por qué escogió su nombre. Quizá porque era un maldito, una figura considerada durante mucho tiempo abominable, un outsider, un raro, yo qué sé. Le gustaba coquetear con estas cosas. Se juntaba con tipos indeseables. Él me lo contaba con todo detalle. Gente con juicios pendientes, gente que incluso había estado en la cárcel. Cocainómanos que se pagaban su dosis diaria vendiendo videojuegos robados. Adolescentes pillándose lo que podían, con sus gorras, sus pantalones de raperos, sus botes de aerosol. Y él, al lado de estos personajes, imagínalo. Trajeado, su ropa cara, los zapatos de marca. Le gustaba ir siempre bien vestido, incluso para ir a robar una simple lata de conservas. Tan joven y hablando de escritores del XIX. Filosofando. Cuestionándolo todo. Teorizando sobre el individuo y el grupo, y la hipocresía social, y los chivos expiatorios, y Dios y el destino, la virginidad y el sexo. Solía decir que no hay placer comparable a pensar. Y no, no era petulante ni vanidoso. Era simplemente… exhaustivo.
Levanta la cabeza. Su amiga la está escuchando atentamente con los labios entreabiertos. En su esquina, el niño parece más concentrado que nunca en su juego.
Sí, sé lo que te estás preguntando. Lo de siempre. Cómo sé que era quien decía ser. Cómo sé que era de mi edad, por ejemplo. Por qué me lo creía todo de él si nunca llegué a verlo. Pero en serio, te digo: verlo o no verlo era lo de menos. Una cara, o un cuerpo, ¿qué más da? Me cuesta darle consistencia de persona real. Más bien lo sentía como un personaje; yo misma actuaba como un personaje. Creía en lo que me decía como se cree en lo que dice un personaje, en otro plano diferente al de la vida… Y yo misma lo prefería así. Haberle visto hubiese roto buena parte de mi fascinación. No creo que me entiendas…
El ruido de la llave en la puerta interrumpe el monólogo. Se sobresalta un poco, parpadea.
Oh, ya estás aquí. Se encamina hacia la puerta. Hola, cielo.
Verdú suelta la mochila a un lado, la besa y saluda a la amiga. Luego coge al pequeño en brazos, lo voltea sin dejar de reír. Las mujeres observan el espectáculo en silencio.
Voy a cambiarme. Ahora estoy con vosotras. Guiña un ojo. ¡Yo también quiero una copa!
Sonia lo mira alejarse por el pasillo. Un extraño, piensa. Últimamente le sobreviene esa expresión cuando lo ve caminando de espaldas. Los hombros caídos, la espalda ancha y encorvada, su paso ceremonioso y lento: un extraño. El niño trota tras él alegremente. Sonia sacude la cabeza y continúa.
No hay mucho más que contar. Creo que el movimiento natural de todo esto era crecer, ir hacia algún lado, ¿pero adónde? Él seguía sin pedirme nada, sólo mi atención. Hasta que empezó a ser excesivo incluso para mí. Me faltaba energía para corresponderle. Se me quitaron las ganas de escribirle. Dejó de sorprenderme. Y me cansé. Me casé y me cansé. Ríe con tristeza.
Lo echas de menos, ¿verdad?
La pregunta se queda flotando unos instantes entre ellas. Sonia frunce las cejas y exclama:
¿Echar de menos? ¡Claro que no! ¡Qué tonterías estás diciendo!