Cicatriz

Cicatriz


5. Cuatro meses después

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5. CUATRO MESES DESPUÉS

No me considero inocente. ¿Cómo iba a poder serlo? La senda del conocimiento es la senda de la corrupción espiritual desde el día en que se mordió la manzana. La simple práctica de pensar ya conlleva una caída en esa corrupción. ¿Se es más puro sólo por no hacer lo que sí se ha pensado? Cualquiera que piense con cierta profundidad está expuesto a desazonarse.

Un clic de ratón. Enviar mensaje. Lo ha escrito impulsivamente, antes de empezar con ningún otro asunto. En sus nuevas oficinas la gente tiene la costumbre de merodear entre las mesas; no hay tanta intimidad como había en el archivo. Es mucho mejor hacer este tipo de cosas muy temprano o muy tarde, cuando los demás aún no han llegado o ya están recogiendo. Ella siempre remolonea un poco antes de irse; no está bien que se marche de las primeras. Ahora tiene responsabilidades. Sobre su escritorio se amontona el trabajo: expedientes, certificaciones, cartas. Todos los documentos carecen de importancia; sólo cuenta el hecho de tenerlos ahí, acumulados. Una foto de su hijo sonriendo a la cámara es toda la concesión que puede permitirse ante sus compañeros. Coge el marco, mira la imagen con detenimiento. Cuando se tomó, el niño sólo tenía los dos dientecillos de abajo. La barbilla húmeda, los ojos fruncidos, rientes. Ella era feliz en aquel tiempo. Se acuerda perfectamente. Habían ido a pasar un fin de semana a la playa. Sentaron al niño en la orilla y cada vez que le llegaba el borde de las olas, calmadas y frescas, se estremecía suavemente, sin miedo. Todo era nuevo entonces. Pero ahora la novedad pasó. Eso es todo. La novedad pasó, se repite. Se retuerce las manos y vuelve a la carpeta de enviados. Relee el texto que acaba de mandar.

Hoy me he acordado de ti. Debo reconocer que me acuerdo de ti con frecuencia. Durante todo este tiempo me he preguntado cómo estabas, qué estarías haciendo. También me preguntaba si pensabas en mí, en nosotros, y en lo que nos pasó. Yo guardo buenos recuerdos. Éramos incompatibles, pero tuvimos momentos luminosos. Últimamente he escrito más relatos. Pensé que te gustaría saberlo.

Soy el mismo que era, dice él, no he cambiado. Al leerlo, Sonia se contagia de la misma sensación, como si los más de tres años sin contacto hubiesen transcurrido en una sola tarde. La única diferencia es que en todo ese tiempo Knut ha estado saliendo con muchas mujeres. Sonia se siente desilusionada. ¿Qué clase de mujeres?, pregunta. Muchas que ha conocido en internet, casi todas mayores que él; mujeres de todo tipo y toda condición. Sí, soy un gran amante, ironiza. Ella piensa que ha perdido inocencia. ¿Dónde quedó aquel rechazo visceral del sexo? ¿No le resulta frío conocer gente así? Knut se muestra asombrado. ¿Por qué iba a ser más frío entablar una relación con alguien a quien se conoce en internet que, por poner un ejemplo, tras un encuentro casual en una manifestación pacifista? ¿No son el azar y el riesgo los mismos?

De lo que pasó entre ambos no se habla. Ni un reproche siquiera. Él se confiesa feliz por el reencuentro, mucho mejor ahora que ella tiene otra vez acceso a internet. Las cartas postales tenían su encanto, dice, aunque tardaban demasiado, los distanciaban. Pero ¿qué ha sido de ella? ¿Cambió de trabajo? ¿Sigue con Verdú? Ahora escribe, sí, pero ¿qué ha estado leyendo en los últimos tiempos? ¿Le mandaría a él algunos de sus relatos? Nada le gustaría más que leerlos.

Sonia le muestra sus reservas. Sabe que es un juez implacable. Su opinión puede ser determinante, le dice. Precisamente por eso, responde él, ¿no querrá conocerla? ¿No cree que es a través de la crítica más dura como un escritor crece y se curte? Si ella le manda lo que ha escrito, él le enviará más libros a cambio. Hace meses que le tiene guardada una antología de escritores norteamericanos que es excelente. La adquirió en cuanto se puso a la venta, sabiendo que tarde o temprano tendría de nuevo la posibilidad de regalársela. Pilló dos, una para él y otra para ella, de modo que pueden comentar juntos los relatos a medida que los lean. Además, tiene los cuentos completos de Bellow, de Nabokov, de Faulkner, de Dinesen. Puede mandárselos si quiere. Los cogió también para ella, cuando los encontraba a mano durante sus incursiones. Espero que no te moleste, dice. No podía evitar pensar en ti y confiar en poder regalártelos algún día. Además de una compensación por todo lo ocurrido, será un intercambio justo. Tanto nosotros como la literatura saldremos beneficiados.

Entonces, durante todo este tiempo, pregunta Sonia, ¿ha seguido robando?

A Knut le hace mucha gracia su pregunta. Todo el mundo considera que robar es una actividad transitoria, propia de adolescentes o de quien no ha encontrado aún su camino en la vida. Le sorprende que Sonia también lo vea así. ¿Por qué iba él a dejar de hacer lo que ha estado haciendo durante años? ¿Únicamente por cumplir más años?

Robar, razona, ofrece más beneficios que perjuicios. Beneficios tanto directos —en tu caso o en el de otros que lo merecían infinitamente menos que tú— como indirectos —el mullido colchón de Isidoro, y los que son como Isidoro, ayuda a la magnanimidad—. Y no perjudica a nadie. Todo eso son hechos objetivos, dice, irrefutables. Sin embargo, no convencen al prójimo. El robo supone siempre la marginación dentro de la comunidad. A esas alturas, él prefiere decir que roba porque Greta Garbo también robaba, y preguntarle a su interlocutor si él se considera mejor que Greta Garbo. Alguno hay que me dice que si Greta Garbo se tirara a un pozo… y yo siempre digo que ella nunca se hubiera tirado a un pozo habiendo otras cosas mejores que hacer… como por ejemplo robar.

¿Y el asunto de los envíos? ¿Le ha contado él a las mujeres con las que trata ahora los intercambios que tenía con ella? ¿Les hace también regalos similares? Knut admite que sí. De vez en cuando, dice. Dvds, videojuegos y perfumes, fundamentalmente. Ya lo hacía antes y seguirá haciéndolo mientras pueda. Aunque como contigo… no. Conoció a una de otra ciudad a la que también le mandaba libros por correo. No tantos como a Sonia, pero sí bastantes. Ella misma le indicaba los títulos que le apetecía leer. Confiesa que era una mujer muy atractiva, razón que lo mantuvo enganchado algún tiempo. Pero luego sus fuerzas habían decrecido. Sencillamente, dejó de encontrar los ánimos suficientes para patearse los centros comerciales de Cárdenas buscando lo que ella le pedía. Lo acabaron dejando. Todo era muy diferente. ¡Pero si hasta perdí dinero! Ella nunca terminó de creérselo. Pensaba que Knut era librero o periodista y que le enviaba los ejemplares de promoción, adornando todo aquello con historias sobre robos. Como si robar fuese algo heroico, dice. Knut piensa que pidiéndole títulos concretos estaba tratando de ponerlo a prueba.

No, la gente no lo comprende, y las mujeres todavía menos que los hombres. Recientemente había tenido una discusión con una francesa, una profesora divorciada bastante mayor que ellos. Habían quedado directamente en el hotel. Estuvo bien, dice, aunque le había costado hacerlo. Tuvieron que dejarlo a la mitad y luego proseguir a media noche. La francesa insistía en que no pasaba nada. «¡Ya sé que no pasa nada!», decía él, aunque su ansiedad crecía. Ella había pagado el hotel y él quería compensarla por el gasto, así que le propuso que le esperara en alguna cafetería mientras le cogía uno o dos perfumes en El Corte Inglés. Ella se quedó muy sorprendida. «Tienes un aspecto muy normal, nunca hubiera imaginado que te dedicas a “eso”», le dijo. No sé cómo se pensaría que hay que ir vestido para robar. El éxito se basa justamente en pasar desapercibido. Pero el grupo, que ha ideado un atuendo tipo para el «mangante», dicta sus normas mucho antes de que podamos reflexionar. La francesa había tratado de convencerlo de su error. Le dijo que sus argumentos a favor del robo eran los de un sofista. A ella robar le parecía mal porque a las injusticias no se las combate con más injusticias, porque hacer un regalo robado convierte en cómplice al que lo recibe, porque la dignidad no se cifra en lo material… Ese tipo de razonamientos, resume Knut. Se cansó de escucharla. Con todo, le había parecido una mujer inteligente. Si la hubieses visto…, tenía una elegancia que no encuentro en las mujeres de aquí. Toda una señora. Llevaba un vestido de Prada y se notaba que su lencería era carísima. Cuando le habló de Sonia y de sus intercambios, juzgó la historia con severidad. «No es aceptable», le dijo. «¿Bajo ninguna circunstancia?», insistió él. «No, en ningún caso.» En los tiempos en que ella era joven y tampoco tenía dinero para comprarse libros y discos, si alguien le hubiese propuesto algo parecido, jamás habría aceptado. ¿Acaso se lo ofrecieron?, pregunta Sonia desdeñosa. Es fácil opinar desde fuera.

Además, dice Knut, el suyo es un argumento inconsistente. Moralmente hablando, a lo largo de un día cualquiera de la vida, cualquiera de nosotros cae hasta simas mucho más indignas que las que entrañaban nuestros trueques de entonces. Es más, añade, a mí aquellos tratos siempre me parecieron muy bonitos.

Sonia piensa lo mismo y se lo dice.

Finalmente le envía los relatos para que le dé su veredicto. En todos los casos, la respuesta de Knut es similar: alaba el conjunto, pero se ensaña con los detalles. Su análisis de cada frase, de cada palabra, es despiadado. La mayoría de las expresiones son imprecisas, o repetitivas, o pobres, o directamente sobran. Le pide que los reescriba de acuerdo con sus pautas. Las indicaciones que le da para ayudarla tienen más extensión que los propios relatos. Sonia discute, se deja invadir por el desánimo. Se da cuenta de que ha sido ella misma, por su propio pie, quien ha vuelto a enredarse en la maraña de sus pequeñas exigencias. ¿Por qué hay que mirarlo todo con una lente de aumento?, le pregunta. Así se pierde la perspectiva, se llega a la parálisis. Pero él es implacable. No, dice. Hay que perseverar, ser constante, como en todo en la vida. Sólo así se consigue sacar lo mejor de uno mismo. Cuando todos los argumentos se agotan, se lo pide como un favor: ¿no lo va intentar por él? ¿Tanto trabajo le cuesta complacerle?

Aunque reescribir los relatos le parezca una tarea ímproba, larguísima, casi una operación de cirugía, el resultado va a notarse. Ojalá le dejara ayudarla. Él comentaría su labor a medida que la llevara a cabo, para que no decayese. Ella podría, por ejemplo, centrarse en una página cada día, enviársela y mientras él se la revisa, continuar con la siguiente. Luego volvería otra vez a la primera mientras él trabaja en la segunda. Avanzarían así, de dos en dos páginas cada vez. ¿Será capaz ella de seguir el ritmo? Te ayudará también leer a Hemingway y a Perutz. La semana que viene iré a la estafeta y te mandaré varios libros suyos, junto con los que ya te había comentado. Si se te ocurren algunos más que quieras tener, dímelo. Me harás muy feliz aceptándolos.

Ella le manda una foto actual, esta vez ya sacada con cámara digital, una imagen de buena calidad en la que aparece sentada al pie de un árbol, durante una de las excursiones campestres a las que Verdú es tan aficionado. A Sonia esa foto le recuerda la de su abuela en la manta: el mismo gesto, la flexión de las piernas, las manos entrelazadas sobre las rodillas, el pelo ondulado que cae desordenadamente sobre los hombros. Así soy ahora, le dice a Knut. Él se fija en su ropa. Pantalón corto de deporte, una camiseta amplia y botas de montaña con calcetines gruesos. No vas así normalmente, ¿no? Dime que es sólo porque estás en el campo… Analiza la fotografía con minuciosidad. Me detengo en tu sonrisa y me pregunto en qué estás pensando. Pareces distraída. También replegada en ti misma; apenas puede intuirse cómo es tu cuerpo. Disculpa la pregunta, pero ¿qué talla de sujetador usas? Con las prendas que lleva apenas se le marca el pecho. Por otro lado, ha oído que, además de la medida del contorno, hay otra de la copa que se codifica con letras: A, B, C… ¿Cuál es la suya? A Sonia le desconcierta y halaga ese interés. Responde sin problemas: 90B. ¿Por qué quiere saberlo? Sólo por curiosidad, le dice Knut. La pregunta sobre su talla, o cualquier otra que le haga en relación con su intimidad, sus costumbres o su aspecto físico, no tienen más motivación que su irrefrenable entusiasmo por ella. Todo lo que se refiera a ti me interesa. Y ahora que te he recuperado me siento más dispuesto a preguntarte.

Quiere saber también su número de pie y su talla de ropa, y de ahí, en pocos días, pasa a otras cuestiones más privadas. Dado que él siempre tiene relaciones esporádicas, le dice, desconoce los pormenores de la vida cotidiana. ¿Cómo es eso de dormir todas las noches con la misma persona? ¿Con qué frecuencia lo hacen? ¿Hay una progresión en sus prácticas, o todo es una mera repetición de sus comienzos? Como años atrás, sigue eludiendo las palabras que considera malsonantes. Reconozco que soy un mojigato, le dice, pero en lo referente al sexo prefiero la represión y, a partir de ahí, la consiguiente perversidad.

Sin embargo, una vez difuminado el lenguaje, él no parece tener inconveniente en hablar de sus escarceos. No hay alardes ni adornos. Le ofrece detalles con asepsia, sin ocultar el desapego o la sordidez de algunas escenas. Siempre esa tristeza final, dice, de una añoranza vaga, o de una imagen. En ocasiones, cuando ya he saciado el impulso primero, siento como si pudiese ver tu rostro —o más exactamente, como si tu rostro se acercara hasta mí—, y pienso que es así como debería imaginarte siempre: a mi lado, mirándome. A veces tiene problemas de impotencia. Tengo que ejercitarme, le explica. Cuando voy a quedar con alguna, me masturbo antes pero sin alcanzar a c…, así varias veces, para llegar completamente cargado de tensión. Así lo hacía con una mujer a la que estuvo viendo en las últimas semanas. Era una de cincuenta que vivía sola, directora de una oficina de banco, sin hijos. La visitaba en su dúplex de lujo en una de las avenidas más caras de Cárdenas; quedaban dos o tres veces por semana. Después de hacerlo cenaban pizza y helado, y veían la televisión. Knut se encontraba cómodo en aquella casa; ella no le preguntaba nunca sobre su vida, ni siquiera tenían por qué hablar si no les apetecía. Pero un día, al despedirse, apoyada con indolencia en el marco de la puerta, ella le había anunciado que no lo vería nunca más. Entonces me di cuenta de que iba a echar más en falta la pizza y el helado que f…, le confiesa.

Sonia le pregunta cómo ha podido un moralista como él convertirse en alguien tan impasible. ¿No enfoca el sexo con una apatía que raya la crueldad? Pero Knut no ve contradicción en su actitud. A mí lo que me gustaría es pasar totalmente, dice. El impulso del sexo termina siempre adquiriendo una raíz social detestable, formada por aprensiones morales, impulsos burgueses y la ausencia de ambiciones más intelectuales. Yo aspiro a dejarlo sólo en el impulso, sin revestirlo de nada más. ¿Eso es crueldad? El alma, o la espiritualidad, o comoquiera que acuerden llamarlo, debería quedar fuera del sexo, intocada. Detesto ese tono triturador con el que algunos hombres hablan de las mujeres, como si estuvieran en la guerra y, en nombre de la patria, presumiesen de haber matado a alguien, pero también odio esa visión del sexo como algo falsamente lúdico, un juego propio de la modernidad, como el rafting o el puenting. El sexo es tormento, dolor y soledad, una rémora animal de la que no se puede escapar. Además, por muchos disfraces que se le pongan, el sexo es… sexo.

Acuerdan que ella recoja el paquete directamente en la estafeta. Así podrá evitar que lo vean tanto Verdú como sus compañeros de trabajo. Knut le advierte que esta vez la caja es más grande y pesada de lo normal. Ten en cuenta que hay libros que cogí para ti hace años. La mercancía se ha acumulado.

Sonia llega apresurada. No se atreve a aparcar en doble fila: la simple idea de que otro coche pueda pitarle siempre le ha resultado intolerable. Mira el reloj mientras circula por las calles aledañas, vueltas y vueltas hasta encontrar un hueco. Luego tiene que hacer cola durante un buen rato. La mujer que va delante de ella se demora dando las instrucciones para un giro. Sonia la mira por detrás, apoyada en el mostrador, su cuerpo fofo, la melena larga y sin forma. Un giro postal. Sonia no comprende qué sentido tienen todavía los giros. ¿No es mucho más rápido hacer una transferencia por internet? Si la mujer no acaba pronto, va a tener que llamar a la guardería para avisar. La ve oscilar su peso entre una pierna y la otra; la ve rascándose la nuca con desidia. Se impacienta. ¿Por qué sólo hay una cola?, protesta un anciano tras ella. Señor, ésta es la única oficina que abre a mediodía, dice desde su mostrador una de las empleadas. La mujer del giro saca la cartera, paga, firma, se marcha taconeando al fin. Sonia se arrima al mostrador y entrega su dni. La empleada imprime un código, se dirige hacia la parte trasera y se queda parada un momento, inmóvil. Después rebusca entre los paquetes, dudosa. Sonia le habla de lejos. Debe de ser un paquete más grande que ésos, dice. La empleada no da señal de oírla. Desaparece tras una puertecilla al fondo y sale con otro empleado con uniforme distinto, quizá el encargado. Los dos murmuran entre sí, la miran con severidad, revuelven en torno a los sobres y las cajas. ¿Hay manera de que ellos sepan que eso que ha ido a buscar es robado?, piensa Sonia de pronto. ¿Es eso lo que está pasando? ¿Van a avisar a alguien? ¿A la policía? Siente una profunda presión en el pecho y comienzan a temblarle las manos. Los empleados siguen hurgando aquí y allá, moviendo paquetes e inspeccionando direcciones. De vez en cuando levantan la cabeza para mirarla a ella. El anciano continúa protestando. ¿Por qué no hay más gente atendiendo?, grazna. Le temblequea la barbilla; con el bastón da golpes en el suelo. Sonia se vuelve y se fija en sus puños azulados, marcados por las venas y las manchas. Como huevos de codorniz, piensa. Cuando mira otra vez hacia adelante, la empleada se está acercando hasta ella, tambaleándose por el peso de la caja que lleva entre los brazos. La coloca con esfuerzo sobre el mostrador y, con un gesto ambiguo, mira las etiquetas escritas en mayúsculas, con su caligrafía infantil y bien perfilada. Sonia firma el recibo y trata de levantar la caja. Pesa demasiado; los filos se le clavan en las muñecas. Se encamina con trabajo hacia la puerta. Está comenzando otra vez a llover. Ahora se arrepiente de haber aparcado tan lejos; no podrá llevar el paquete hasta el coche ella sola. Lo deja en el suelo, mira de nuevo el reloj. Un hombre menudo, con bigotito, fuma en el soportal de la entrada con los ojos entrecerrados. Ella le pide que le cuide el paquete mientras acerca el coche. Claro, chica, dice él, y la observa de arriba abajo con una media sonrisa. Luego la ayuda a meter la caja en el maletero. ¿Qué llevas aquí dentro, chica? ¿Un muerto, o dos? Ríe. Sus dientes son menudos; tiene los labios finos y morados. Sonia ríe también, le da las gracias. La lluvia le ha mojado el pelo; lo siente pegado en sus mejillas. Se monta en el coche y arranca a toda prisa. Es tarde, es demasiado tarde, y sin embargo, dos manzanas más adelante, se detiene —ahora sí— en doble fila, sale y abre el maletero bajo la lluvia que le está empapando ya la ropa y los zapatos.

El embalaje es firme, como siempre. No se puede abrir sin un cuchillo o sin una tijera, pero aun así Sonia mete las uñas, rasga un lateral, tira del cartón hasta hacer un agujero, lo agranda y consigue, con dificultad, romper una parte de la caja. Puede ver dentro libros, muchos libros, colocados entre hojas de periódico que amortiguan su peso y evitan que se dañen unos con otros. Pero hay algo más. Antes de verlo, Sonia ya es capaz de saberlo. Mete la mano y toca una bolsa de tela. La saca. La palpa unos segundos antes de abrirla. Ahí está. Justo su talla. Copa B, de tacto suave, con aros, negro y con detalles en color rojo sangre. De Calvin Klein. Lleva puesta la etiqueta del precio: 55 euros. Lo devuelve apresuradamente a la caja, sin guardarlo en la bolsa de tela, y regresa al interior del coche. Su móvil está sonando, pero ella ni siquiera lo oye. Arranca el motor y sonríe.

Me queda perfecto, le dice. ¿De verdad? Calvin Klein clasifica con el tallaje americano y él tuvo algunas dudas al cogerlo. Una 90B, le explica, es para ellos una 34B. Al principio Knut no lo sabía. La equivalencia no venía claramente indicada en la etiqueta. Luego la vio en otra más pequeña, interior. Le había dado muchas vueltas antes de pillarlo, y eso que no tenía clavo —ese tipo de alarma de plástico con un depósito interior de tinta que mancha la prenda si a algún audaz se le ocurre romperla—. El sujetador debía de pertenecer a una remesa nueva y, por algún error incomprensible, estaba ahí colgado todavía sin alarma. Si se fija con atención, le dice, verá que en El Corte Inglés toda la ropa interior de mujer lleva clavo, desde la de Dim hasta la de Jennifer Lopez, pasando por la de Calvin Klein o Simone Pérèle. Toda excepto la de La Perla, a la que le ponen unas pegatinas plastificadas mucho más discretas.

¿Conoce Sonia esa marca de lencería, La Perla? Es italiana, sofisticadísima, bastante cara. Quizá consideran que el clavo afecta a la belleza de las prendas y es la misma empresa la que se niega a que se los coloquen. La Perla la fundó una tal Ada Masotti en Bolonia allá por los años cincuenta. Llamó así a la empresa porque al principio transportaban las prendas en pequeños cofres forrados de terciopelo rojo, como los maletines de los joyeros. Fíjate qué delicadeza, remarca Knut. Probablemente la Masotti hizo bastante más por la liberación de la mujer que muchas feministas.

Ese de Calvin Klein le había sido fácil de coger. Simplemente se cercioró de que los dependientes estaban entretenidos y de que las cámaras no lo vigilaban. Como siempre, una cuestión de paciencia. Cuando llegó el momento, cruzó rápidamente por la sección y, sin detenerse, lo echó a la bolsa. Con la misma velocidad enfiló la zona de los perfumes y bajó por las escaleras mecánicas. Ninguna cámara se movió. Junto a la puerta por la que salió, uno de seguridad bostezaba mirando en dirección contraria, y otro más, con el mismo uniforme rojo, mascaba chicle con desgana. Como ves, muy sencillo, y eso que no llevaba chaqueta donde ocultarlo

¿De verdad le queda bien? ¿Realza su pecho? En la etiqueta indicaba que ese modelo, el «Naked Glamour», tiene efecto push-up. ¿Es así realmente? Pensaba tanto en ella cuando lo llevaba en su bolsa y bajaba las escaleras mecánicas… Pensaba en ella intensamente. Recordaba lo que ella le había dicho sobre el perro que tienen encerrado sus vecinos en el patio interior, y la imaginaba mirando al perro con tristeza. Recordaba también lo que le había contado años atrás, cuando accedió a que aquel profesor mucho mayor que ella la grabase en un vídeo.

La imaginó por último reescribiendo sus relatos, esforzándose para vencer el sueño, en casa junto a su hijo al que acababa de dormir. Por todo eso, y por mucho más que sólo él sabe, piensa que Sonia se merece ese sujetador, y todos los libros, y todos los regalos del mundo que él pueda hacerle. De verdad, salí de allí contentísimo. Plenamente feliz. Por ti. Gracias a ti.

¿No has pensado nunca dejarlo todo para dedicarte sólo a escribir?, le pregunta él un día. Ya sabe lo que opina sobre la vida familiar. La familia es incompatible con la escritura; esto no es una opinión, sino un hecho objetivo. Ella debería vivir sola, consagrar todo su tiempo —su libertad— a leer y escribir. Tampoco debería trabajar. Mientras no se desprenda de todas esas imposiciones burguesas, sus resultados siempre serán mediocres, o quedarán muy por debajo de su talento. Al principio Sonia cree que bromea. ¿Cómo va a ser eso posible? ¿Está loco? ¿De qué viviría ella? ¿Y su niño? ¿Cómo va a renunciar a él? Además —añade orgullosa— no quiere separarse de su marido. No ve por qué hay que ser tan drástico. ¿Acaso no hay escritores con familia? ¿Y no trabajaba Kafka también en una oficina, como tantos otros? No, no se está comparando con Kafka, pero igual que hay ejemplos de una cosa, los hay de la contraria.

Knut le asegura que habla completamente en serio. Le irrita que ella se lo tome tan a la ligera Comprendo que la idea te resulte extraña, pero poco a poco irás viendo que no es tan difícil como crees. De hecho, es muy fácil, sólo hay que querer hacerlo. Pero eres demasiado perezosa y sólo te dejas guiar por tu instinto burgués. La drástica es ella: el hecho de vivir sola no significa que tenga que dejar de ver a su hijo o a Verdú. Puede ir a visitarlos de vez en cuando, por qué no. Lo que pasa es que ella, que presume de ser una mujer moderna e independiente, jamás se detiene a considerar los hechos desde otro ángulo. En el fondo, su actitud es muy conservadora. Seguro que para ti las madres han de cuidar a sus hijos de la misma manera que en la vida lo más importante son los amigos, los caballos comen alfalfa y el Volga desemboca en el mar Caspio, ¿no? Además, es curioso cómo te traiciona el lenguaje: siempre que quieres dar un tono victimista a tu discurso no dices «mi hijo», sino «mi niño»; no dices «Verdú», sino «mi marido».

Lo que a Sonia le hizo gracia al principio empieza ahora a molestarle. Sobre todo, le dice, le duele que la califique de perezosa y de aburguesada. ¿Qué sabe de ella en realidad? ¿Sabe que se levanta temprano para darle el desayuno a su hijo, lavarlo, vestirlo, llevarlo a la guardería, ir a trabajar, hacer la comida, cuidarlo hasta que llega «su marido» o «Verdú» o como él prefiera que lo llame, ir luego a visitar a su madre y ayudarla con la abuela enferma y los hermanos, y más tarde, además, leer y tratar de escribir algo acorde con sus expectativas? Ahora me dirás que mi tono es victimista, pero realmente me ofende la visión que tienes de mí. Instinto burgués, dices… Pero si eres tú quien se burlaba de mí por tomar kebabs, tú quien se vuelve loco con los restaurantes de lujo y se conoce todas las marcas de ropa, tú quien se jacta de vivir sin trabajar

Knut insiste en que ella no debería molestarse ni sentirse insultada: él se limita a describir las circunstancias con imparcialidad. ¿Acaso el trabajo y la familia no son los pilares del sistema burgués? ¿Por qué le da tanto miedo salirse del paraguas? Cuando le plantea esos interrogantes, asegura que no lo hace por provocar, sino para ayudarla. Pero estás demasiado acostumbrada al halago. Me dices que estoy loco, que exagero las cosas. Pero cuando te explico, por ejemplo, lo que sentí al bajar por la escalera mecánica después de haber adquirido para ti ese sujetador, entonces no soy exagerado ni estoy loco. Te limitas a fingir timidez aunque, obviamente, te encanta oírme. De la misma manera deberías sentirte halagada cuando señalo tus errores, porque el impulso bajo el que actúo es exactamente el mismo: mi enorme amor por ti.

Escapar del sistema burgués pasa en primer lugar por cambiar el paradigma de la propiedad. ¿A quién pertenecen los bienes? ¿Quién tiene derecho a poseerlos o incluso a exigir su posesión? Cuando Knut le relata sus robos, ella aparenta mostrar curiosidad, pero también, a veces, incredulidad. Dice que lo aprueba —o no dice nada—, pero él es consciente de que lo que le cuenta le es totalmente ajeno. ¿Podría aventurarse ella a robar, sólo por probar? El robo abre la mente más que cualquier otra experiencia. Por mucho que Sonia asegure que entiende sus principios, la única manera de saber que realmente la ha convencido sería que ella lo intentase, al menos una vez. Ésa sería también la vía más directa de acercamiento a él. ¿Quiere saber cómo es cualquiera de sus tardes? Pues que se meta en El Corte Inglés a robar libros. Y que luego le cuente lo que ha sentido. Sólo a partir de ahí podrán hablar de aburguesamiento, trabajo y libertad.

Sonia no lo hace en El Corte Inglés, sino en la Casa del Libro. No lo planifica. Sencillamente sale a buscar ropa para su hijo y, al pasar por delante de la librería, recuerda las palabras de Knut, siente el impulso de intentarlo y entra. Al principio, sólo coge los libros, los palpa con lentitud. Con un sencillo roce sobre la etiqueta puede notarse si hay alarma o no. Localiza una cámara en la esquina más alejada de la tienda. La ha visto al entrar, pero ahora le da pánico mirarla. Siente que lleva la culpa escrita en el rostro mucho antes de haber cometido el pecado. ¿Desactivar alarmas? Knut le ha explicado cómo hacerlo, pero ni se lo plantea. Tendrá que escoger entre lo que está limpio. Empuja la sillita infantil hacia la sección de narrativa extranjera y rebusca un rato entre los tomos, fingiendo interés. Entresaca dos libros. Tobias Wolff, Peter Stamm. Knut le habló bien de los dos. ¿Le interesan a ella? Ni siquiera lee las contraportadas. Pasa el dedo sobre las etiquetas. Están lisas. ¿Y la alarma interior? ¿Llevarán esa horrible cinta magnética entre las páginas? No sería lo normal. Él le explicó que cada establecimiento utiliza un sistema en exclusiva. Son libros, no joyas, dijo. Con todo, hojea los dos tomos con cuidado. Amarrado a su silla, el niño patea impaciente. Ya vamos, ya vamos, susurra ella. Se agacha un poco y desliza el de Tobias Wolff en la bolsa que cuelga de la silla. Al levantar la cabeza ve a su lado a un hombre revolviendo entre los anaqueles, gordo, sudoroso, con la camisa arrugada en torno a un cinturón que le aprieta más de lo necesario. El hombre farfulla algo inaudible, como si estuviese muy contrariado. ¿Vigilante de incógnito?, se pregunta Sonia, y enseguida desecha la idea. ¿Cómo van a tener un vigilante de incógnito en una librería? ¿Uno además de esa edad, con esa pinta? El hombre pasa a su lado, la mira a los ojos con fijeza. Ella sonríe nerviosamente y se disculpa apartando la silla para que él cruce. Abandona el otro libro sobre un estante y se marcha apresurada. ¿Qué ocurrirá si pita al pasar por las antenas de seguridad? Siempre puede decir que estaba distraída; llevar un niño pequeño es la excusa perfecta: metí el libro aquí sin darme cuenta. Tiene razón Knut: cuanto más normal sea el aspecto de uno, cuanto más adaptado parezca a las normas, más fácil será pasar inadvertido. Intenta tranquilizarse. Se detiene un momento en la entrada para enseñarle al niño unos lápices de colores. Son como los que tienes en casa, le dice. Luego sale. El corazón le bombea frenéticamente; siente que las mejillas se le enrojecen de golpe. Pero no ocurre nada. No suena nada. Acelera el paso. Mira alrededor. Sigue avanzando entre la multitud que se agolpa en la calle. Cae la tarde.

Sólo al llegar a su casa, y no antes, es capaz de sacar el libro de la bolsa. Con una copa en la mano, lo observa satisfecha. Vacía la copa y vuelve a llenarla, victoriosa. Escribiría a Knut de inmediato para contárselo, pero no quiere que él sepa que ahora tiene internet en su casa. Le manda un sms. He pillado un libro. Uno de Tobias Wolff. Te contaré mañana. Knut responde al instante. Estoy orgulloso de ti. ¡Y deseando saber más!

Lo que le extraña, le dice, es que cogiera un libro que ya le había regalado él. Cuando me dijiste que era uno de Wolff, lógicamente pensé en otro título. Sonia se siente abochornada. Se disculpa. Tiene que perdonarla, dice. Su mala memoria se la ha vuelto a jugar. Ahora sí entiende por qué la ilustración de la cubierta le sonaba tanto. Pero él tiene que comprender…, ¡le ha mandado tantos libros! Hay muchos que aún no ha leído, a los que hay que añadir los del último paquete, lleno hasta los topes. Ella piensa que debe de haber incluso alguna razón genética que explique su problema. Su madre también es desmemoriada y su abuela, bueno, prefiere no hablar de en qué estado tiene ya la cabeza. Pero tú estudiaste una carrera, dice él. Algo debiste de memorizar para hacer los exámenes, ¿no? Sí, pero lo olvidaba de inmediato. Debe creerla, por más que lo intente se le olvidan las cosas. Bueno, ya hemos hablado mil veces de la memoria, responde Knut. Está claro que todos mis consejos no sirvieron de nada. Para él no es un detalle. Es una muestra —una más— de la veleidad de Sonia. A ella es posible que, más allá del apuro que le produzca la situación, no le parezca tan grave. Pero lo es.

Esa tarde, le cuenta, tuvo una discusión con la chica de la tintorería por un motivo similar. Había llevado a lavar un pantalón manchado de helado. Recordaba que tenía al menos cuatro manchas: dos grandes y dos pequeñas, aunque cuando se secaron no se distinguían con claridad. La chica rodeó con una tiza dos de ellas y le hizo su ticket como si nada. Pero ¿y las otras manchas?, preguntó él. ¿No las rodeaba? No, no era necesario, adujo ella. Se quitarían lo mismo. ¿Entonces por qué señalaba unas y otras no? La chica se limitó a asegurarle otra vez, con una sonrisa, que lo lavarían todo perfectamente. Pero mi preocupación era legítima, ¿no? Pues a pesar de llevarme cerca de una hora discutiendo, no se movió ni un milímetro de su postura. Ni siquiera accedió a que yo la ayudase a encontrar las manchas que no había rodeado.

Por la noche apenas había podido dormir. Además del incidente de la tintorería —que ya de por sí había acrecentado su estrés— intentaba conciliar en su cabeza dos realidades, como en una balanza. Por un lado, el hecho de que Sonia se hubiese atrevido a robar libros, el mensaje que le envió después, la alegría que quiso compartir de inmediato. Por otro, el error, la desmemoria, el desinterés de fondo que había demostrado. Me parecían hechos de dimensiones diferentes, irreconciliables. Más tarde, se despertó de golpe al oír un chasquido como el que hacen las bombillas cuando estallan. Pensó que se habría fundido alguna de la lámpara del techo y trató de dormirse de nuevo. El segundo chasquido llegó poco después, y entonces comprobó que no se había fundido nada. ¿Dos chasquidos producto de su imaginación? Sí, es posible, o más bien producto de sus nervios. Es lo que le sucede cuando algo le genera tanta inquietud. Todo a causa de tu desmemoria. ¿De verdad no comprendes lo terrible que puede llegar a ser?

Sonia se asoma por la ventana del lavadero. El perro duerme en una esquina del patio interior, junto a un tendedero plegable en el que ondean unas sábanas tendidas con desaliño. Ella lo mira mientras bebe una cerveza. El lomo del animal sube y baja pausadamente. Hace calor y no hay ninguna sombra donde pueda tumbarse. Aun así, parece tranquilo. La última vez que se lo mencionó a Knut, él dudó de su preocupación por el animal. ¿Era realmente sincera?, le dijo. Llegada la ocasión, ¿se atrevería a hacer algo? ¿Iría a hablar con el vecino para exponerle razonadamente por qué piensa que no puede dejar ahí a su perro día tras día? Y en el caso de que su vecino no la escuchara, ¿sería capaz de denunciarlo por maltrato? Por tu forma de ser, incluso por tu actitud conmigo, me doy cuenta de que siempre evitas el conflicto. Por eso, cuando algo no te gusta, optas por el silencio.

Sonia cierra la ventana y abre otra cerveza que toma apoyada en la encimera de la cocina. Se siente ligeramente mareada. Amortiguada. Borrosa. Piensa en Knut. Bebe cerveza, cierra los ojos, piensa en Knut. Esa mañana ha recibido en el trabajo un nuevo paquete, esta vez más pequeño y mucho más liviano. Por primera vez no contenía libros, sino tres conjuntos de La Perla y dos frascos de perfume. Todo con su etiqueta. Sostuvo las prendas entre sus dedos largo rato, sin creerlo, aun a riesgo de que la viesen allí sus compañeros. Él tenía razón: la lencería de esa marca es terriblemente cara. Hay sofisticación, sí, encajes, transparencias y combinación de texturas —raso, seda—, todo elegante y refinado, pero aun así ella se pregunta: ¿cómo puede costar un sujetador 185 euros? ¿Y unas bragas 120? ¿Un solo conjunto más de 300 euros? Y tiene tres, de precios similares, más los dos perfumes, también de firma, también caros. Le escribió al instante dándole las gracias con fervor. Él le había contestado de inmediato. ¿De verdad estaba contenta? ¿Cree que le quedarán bien las prendas? ¿Le contaría al día siguiente con detalle? Mientras tanto, ¿podría adelantarle algo esa misma tarde por sms? Ahhh, mi preferido es el conjunto verde menta con las florecitas bordadas, ese que tiene una pieza transparente justo delante de… Ojalá te quede bien, porque es una prenda sublime, de lo más excitante.

Por mucho que ella se sorprenda, la lencería no es difícil de adquirir. Ya le explicó que en La Perla no utilizan esas horribles alarmas blancas con tinta, sino unas sencillas etiquetas plastificadas. Sólo hay que ponerles una pegatina encima que invalide la alarma, y listo. Lo que hizo fue coger las prendas y trasladarlas con cautela a zonas sin cámaras. Como se conoce al dedillo los recodos de los centros comerciales, sólo era cuestión de estrategia. La única dificultad era conseguir que las partes de arriba y las de abajo conjuntaran. De hecho, el sujetador color rosa palo lo pilló en otro centro, uno que estaba a seis paradas de metro de allí. Como si hubiesen sido veinte, le explica. Una vez que empiezo ya no puedo parar.

Sonia apura su cerveza y vacila antes de abrirse otra. Verdú se va a dar cuenta, piensa, pero la saca de la nevera y se promete a sí misma que conseguirá reponerlas antes de que vuelva. Oye el sonido de la televisión al fondo, las risas de su hijo frente a la pantalla, y continúa pensando embotada, confusa. El placer de sentirse obsequiada, agasajada, de ser objeto de la devoción de Knut, todo eso la está cegando, se dice. Él se está construyendo una imagen de ella y ella le está dejando hacer. Al final terminará dañándole. Pero cómo evitarlo. Ella no le ha pedido nunca nada, musita. Lo dice en voz alta, para sí, como si se defendiera en un juicio en el que los dos estuvieran en el banquillo de los acusados: No, nunca le pedí nada.

Mete los botellines en una bolsa de basura, coge la llave y el monedero.

Cielo, voy a bajar un momento a la tienda. Hazme el favor de no moverte de ahí ni un momento. ¿Me oyes? Vuelvo en un segundo.

Fascinado con los dibujos, el niño ni siquiera gira la cabeza. Ella se acerca por detrás. Al agacharse, tropieza con su propio pie, se tambalea y cae. Se levanta con esfuerzo. Se ha torcido un tobillo. Se lo frota con un rictus de dolor.

¿Me oyes?, repite. Mamá estará de vuelta enseguida.

Tras la ducha, con el niño dormido y Verdú preparando ya la cena, se prueba la lencería a toda prisa, encerrada en el cuarto de baño. Los materiales son de una extraordinaria calidad, suaves y delicados, aunque ella sigue prefiriendo el algodón. De los tres sujetadores, dos le quedan un poco pequeños, y uno de ellos incluso le hace rozaduras en la piel. Las bragas tampoco le resultan favorecedoras: le parece que las pretensiones eróticas de esas prendas resultan ridículas en cuerpos imperfectos. Demasiada carne fuera, demasiada incomodidad. Además, a Verdú todas esas cosas le traen sin cuidado.

¿Te queda mucho?

No, nada, responde ella. Devuelve a toda prisa las prendas a una bolsa que esconde entre la pila de toallas limpias. Ya voy, dice, pero aprovecha antes de salir para mandarle un sms a Knut. Todo perfecto. Increíble. Estoy muy, muy contenta.

Sin embargo, por la mañana le desliza sus dudas. ¿No está arriesgándose demasiado?, le pregunta. ¿No es muy temerario? No es lo mismo coger un perfume de 40 euros que un sujetador de 200. Le gusta, claro, se siente muy especial siendo la destinataria de su esfuerzo, pero no va a usar tanto esas prendas como para que él se exponga de ese modo. Tampoco debería mandarle más perfumes. Tiene ya demasiados, ni siquiera le da tiempo a gastarlos. Pero estos argumentos no convencen a Knut. Le dice que se perfume más a menudo. Incluso para estar en tu casa cocinando, por qué no. Eso te diferenciará del resto de las mujeres. En cuanto al riesgo, no es algo que haya que minimizar: es cierto que está ahí, pero él puede asumirlo perfectamente. Knut se crece en el reto. Sus ganas de complacerla, de hacerla feliz, son mayores cuando más difícil sea ese reto. Lo creerás o no, pero estar acechando una prenda para ti me produce una felicidad incomunicable. De hecho, dice, esos días son los más felices que recuerda en sus últimos años de vida. Te juro que no estoy exagerando.

Si vivieras en Cárdenas, quedaríamos esta misma tarde y te lo demostraría. Iríamos a dos o tres centros comerciales, en los que sólo pillaría lo que viésemos a mano y fuese de tu gusto —hay tantas cosas…—. Para terminar, me haría con un par de videojuegos que tú irías a vender a alguna tienda. Con el dinero, merendaríamos opíparamente en un hotel. Antes de despedirnos, te pediría que nos besáramos largo rato. Luego tú te irías a una cita con algún amante. Llevarías puesta alguna de las prendas que yo te habría regalado. Con eso me bastaría para ser feliz. Los dos seríamos felices.

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