Cicatriz

Cicatriz


7. Un año antes

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7. UN AÑO ANTES

Mi conducta no es irracional. Lo que quizá lo sea es la facilidad con que la adopto, cómo sucumbo a ella una y otra vez. Pero la violencia —y mi conducta lo es en estado puro— tiene su origen en el cerebro de reptil que nos queda a todos y del que ninguna evolución ha conseguido prescindir.

Sí, he adquirido ocho conjuntos más de La Perla. ¿Ocho? Sonia ya ha dejado de sorprenderse. Sólo asiste con curiosidad a la nueva carrera en la que se ha metido Knut. Entusiasmado, él le describe las prendas antes de enviárselas. Hay de todos los colores y tipos, le dice: blanco, beige, morado, coral, celeste, negro, con dibujos, con encajes, con blondas… En particular hay uno negro que es maravilloso. Se lo describe minuciosamente. Pertenece a la gama alta de la firma; sólo el sujetador, de doble capa, cuesta 243 euros, pero es que lo tienes en la mano, lo ves y, a poco que te importe el mundo de la lencería, adviertes que es algo muy bien hecho. Ocho conjuntos, repite Sonia. No sabe qué va a hacer con tanta ropa. Usarla, ¿no?, dice Knut. Seguro que te queda maravillosamente. Ella se muestra reticente. No, no va a poder ponérsela así como así. Verdú no se creerá que ella se haya gastado de pronto tanto dinero en lencería…, un dinero que, además, ellos están muy lejos de tener. Pues cuéntale la verdad, sugiere él. Dile que te la ha mandado un amigo. ¿Está loco?, ríe Sonia. No puede estar hablando en serio. Claro que habla en serio, responde Knut. ¿Por qué iba a sentirse Verdú celoso? ¿Tiene acaso verdaderos motivos? Knut no pretende arrebatarle nada. Sus campos de acción son muy diferentes. Es posible que, visto desde fuera, el asunto de la lencería resulte confuso, pero no hay que ceder al primer pensamiento. Knut no se inmiscuye en el terreno de Verdú, porque él disfruta antes y mejor, desde el momento en que comienza a acechar las prendas. Le gusta ambicionarlas, llevarlas escondidas entre su propia ropa, besarlas al llegar a casa, imaginar cómo se ajustan a su cuerpo, describírselas. En esa fabulación, dice, ese «ser que aún no es», reside toda la maravilla del sexo. Yo puedo prescindir perfectamente del paso posterior. Ya sabes que no aspiro a f… contigo. ¿Tú crees que mi intención es ésa? No, no lo es. Yo me conformo con un papel muy pequeño en tu vida.

Dicho esto, ¿aún tiene reparos en aceptarle las prendas? Claro que te las acepto, dice Sonia. Es sólo que él ha de ser consciente de que tendrá que esconderlas. Muchas no podrá usarlas nunca, o casi nunca. ¿Merece la pena entonces? Él insiste: no tiene por qué utilizar la ropa si no encuentra el momento. Puede meterla en una caja y simplemente guardarla. Igual que yo disfruto preparando el envío, tú puedes disfrutar abriendo la caja, acariciando las prendas, probándotelas con tranquilidad y luego volviendo a guardarlas otra vez. Ya sólo eso me resulta extremadamente estimulante.

A decir verdad, le hubiese gustado cogerle muchas más cosas. Se culpa de que en esos días su nivel de eficacia ha descendido. Quiso adquirir unas culottes de raso, pero le fue imposible; la dependienta no le quitaba ojo ni un momento y él tampoco tuvo la habilidad suficiente para esquivar su vigilancia. En otro centro casi lo pillan poniéndole la pegatina a un corsé. Y en un tercero tardó demasiado tiempo en localizar su talla, perdiendo la ocasión de hacerse con un botín mayor. Últimamente no descansa bien, le hormiguean los brazos en la cama o se le tensan los gemelos al más mínimo cambio de postura. Cuando consigue dormir lo hace agarrotado, y se levanta con dolores de cuello y de espalda. Tiene pesadillas continuamente.

Sueña mucho con su infancia, y sobre todo con el pueblo de su madre. Sus sueños, le dice, suelen tener la textura de la pesadilla inicial de Victor Sjöström en Fresas salvajes. A él no le gusta demasiado el cine. Se lo ha explicado muchas veces. El cine, entendido como creación artística, conlleva demasiados peajes económicos y sociales. El cine es una producción grupal, mientras que la literatura es, por defecto, el fruto espiritual del individuo sin más, enfrentado a solas consigo mismo. Aun así, ha visto los grandes filmes del siglo. Evidentemente, todo o casi todo Bergman. Y no lo dice por hacer ostentación de nada. Es sólo porque la última vez, curiosamente, aparecía también un reloj en su sueño: el tiempo detenido como elemento central de la pesadilla. El pueblo se veía en blanco y negro y, aunque había gente, daba la sensación de estar casi desierto. Aparecían —aunque no podía verlos— todos los que solían estar en su infancia: sus primos, los niños que siempre se metían con él los primeros días —luego se iban acostumbrando y lo dejaban en paz—, las viejas vestidas de luto sentadas en el zaguán de las casas. Llegaba el camión de la fruta y el pan. Él distinguía a la gente marchando hacia la plaza para hacer la compra y decidía unirse a ellos, aunque a cierta distancia. El reloj de la plaza marcaba las 9.10, pero según el suyo eran ya las 9.17. Aquello le sumía en un desconsuelo sin medida. Esos siete minutos tenían la dimensión de lo imposible.

Cuando tiene ese tipo de sueños se despierta bañado en sudor y con palpitaciones que pueden durarle varias horas. Todo esto me afecta a la hora de llenar las alforjas, explica. ¿Y no es posible que sea la consecuencia, y no la causa?, pregunta Sonia. Debe de generarte mucho estrés haber pillado artículos tan caros. Él lo niega. Mira, si algo me produce estrés es que, en medio del proceso, alguna de las prendas se dañe, aunque sea mínimamente. La mera posibilidad de que puedan sufrir cualquier deterioro —mientras las cojo, o durante el envío— sí que me supone un enorme malestar. Imagino que esto es una forma de fetichismo cuyo origen estará probablemente en la infancia.

Cuando era niño, para poder dormirse, se metía los dedos anular y corazón en la boca, y con el índice se acariciaba el labio superior rítmicamente. Se acostumbró a hacerlo con la ayuda de un pañuelo de tela suave, a poder ser una tela gastada, lo más fina posible. Su madre le reservaba los pañuelos viejos y él los doblaba cuidadosamente bajo la almohada. A escondidas, usaba también la ropa interior de la madre. Por entonces ella se pasaba el día en el casino, sin hacerme ni caso, le dice. Ahora está enganchada a las televidentes y tampoco me dirige la palabra, pero ya me da igual. Sacaba las prendas por las noches para acariciarse el rostro y olfatear su aroma. Sentía que así me tranquilizaba; de pronto el universo encontraba un orden justo en el que se podía vivir con placidez. Una vez, cuando tenía diez u once años, la madre se dio cuenta de que Knut tenía oculto un camisón que ella había dado por perdido. Ante el silencio obstinado del niño cuando le preguntó por qué lo había escondido, terminó perdiendo los nervios y, presa de la ira, lo zarandeó y lo abofeteó varias veces. Knut se mordía los carrillos para aguantar el llanto. Sin embargo, no guarda mal recuerdo de aquello. Era la consecuencia lógica de su acto, dice, que incluso con su edad alcanzaba a comprender y aceptar.

En El Corte Inglés de su ciudad no hay ropa de La Perla. Sonia da vueltas por la sección de lencería y curiosea entre las prendas de otras firmas, tan livianas que muchas veces se desprenden de sus perchas sólo con rozarlas. Se fija en ropa en la que nunca se había fijado antes: corpiños, ligueros, sujetadores con encaje, tangas minúsculos. Todo lleva clavo. Hay al menos dos cámaras y apenas clientes y en torno a las marcas más caras siempre merodea una dependienta dispuesta a hacer con celo su trabajo. Sonia se pregunta cómo es capaz Knut de robar en esas condiciones. Por mucho que él diga, en Cárdenas no debe de ser muy diferente.

Con el niño cogido de la mano, se marcha al supermercado. Echa en una cesta una bolsa de manzanas, una bandeja de pollo y un cartón de huevos. De camino a la línea de cajas se detiene frente a los expositores de cosmética. Hay marcas baratas, montones de productos sin embalaje y aparentemente sin alarma. Knut le ha dicho que cuando quiera algo, lo coja sin vacilaciones. Lo peor es estar dando vueltas. Tú actúa con seguridad, decide qué te gusta y mételo en la bolsa, sin más. Sonia selecciona un frasquito de maquillaje. Maybelline Superstay 24 H, tono 4, cobertura media, 10,90 euros. Ella nunca ha usado ese tipo de maquillaje; el efecto que crea sobre la piel siempre le ha parecido postizo. Pero podría probarlo; el frasco es pequeño, apenas pesa. Cierra el puño, posa la mano sobre el asa de la cesta y se marcha hablándole al niño en voz muy alta. En el siguiente pasillo, agachada junto a hileras de botellas de amoniaco y lejía, lo deja caer dentro del bolso. Continúa mirando productos en dos o tres pasillos más. Luego enfila el camino de las cajas y se pone en la cola. Se siente sorprendentemente tranquila. Victoriosa. Ufana. El niño no para de parlotear. Ella también le habla. El rítmico sonido del escáner que la cajera pasa sobre las etiquetas pauta toda la escena.

Cuando llega su turno, pide una bolsa y mete en ella la fruta, el pollo, los huevos. Saca la cartera para pagar y se desplaza hacia las antenas de la caja. Entonces, inesperadamente, un pitido le taladra los oídos y las antenas se encienden de un rojo discontinuo. El ruido estridente. El rojo acusador. La cajera la mira impasible, alza una ceja. El niño también la está mirando con asombro. Ella tartamudea, incapaz de articular una sola palabra. Como si le estuviera pasando a otra persona, le dirá luego a Knut.

Pase otra vez el bolso por ahí, dice la cajera.

Sonia lo pone junto a las antenas. El pitido se repite inequívoco. Sonia abre los labios lentamente, mira a la cajera con estupor.

¿Lleva ahí algún artículo que no ha abonado?

Sonia ve de costado al guarda de seguridad que se acerca. La mancha añil de su uniforme, el chisporroteo del walkie. La cajera le hace un gesto con la mano. Que espere, que espere. La clienta lo va a sacar, dice. Sonia abre el bolso y le entrega el maquillaje. Se explica entrecortada, jadeante.

Lo metí aquí sin darme cuenta. Son las prisas. El niño. Qué cabeza.

La cajera no le devuelve la sonrisa. Pasa el frasquito por el escáner, le indica el precio.

¿Lo va a abonar o lo dejamos aquí?

Lo pago, claro. Iba a pagarlo.

Le arden las orejas. El niño se ha arrimado a su pierna, enmudecido. Sonia paga la cuenta, lo coge de la mano y casi lo arrastra hacia la salida. Al pasar junto al guarda, con la cabeza gacha, aún puede oír el comentario que hace la cajera a sus espaldas.

Lo que hay que ver… Gente de lo más normal, ¿eh?

Sonia se monta en el coche. Por el retrovisor mira al niño, que permanece extrañamente inmóvil en su silla. Las ruedas de los demás coches chirrían al deslizarse por el pavimento del parking. El reflejo de los faros se entrecruza sobre sus manos, que le tiemblan posadas sobre el volante. Tarda aún un rato en arrancar.

No debe darle importancia, le dice Knut al día siguiente. No ha habido consecuencias, así que no hay nada de lo que preocuparse. La cajera fue discreta, no la avergonzó en público —quizá debido al niño—. ¿Va a desfallecer por eso? Ha conseguido ya pillarse varios libros, ¿por qué no seguir entonces con los libros? No valgo para esto, dice Sonia. Admite haberse bloqueado. Debería ser más perseverante, insiste Knut. Pero no desea presionarla. Todo lo que ella necesite puede proporcionárselo él. No debería dejar de pedírselo.

Justo esa misma mañana recibe el paquete con los ocho conjuntos de La Perla, además de unos perfumes, una crema de Sensilis y los cuentos completos de Katherine Mansfield. Y algo inesperado: un par de zapatos. Armani. Color azul intenso. Tacón altísimo y una pulserita para abrocharlos al tobillo. 229 euros.

No deberías mandarme esto, le dice ella. No sé si lo merezco. Te estás jugando el pellejo por algo que nunca podré usar. ¿Por qué?, responde Knut. ¿No le gustan? Sí, claro que le gustan. Simplemente no ve el momento de ponérselos. Ella va siempre con sandalias, zapatillas y botas; en su tipo de vida no encaja llevar tacones de ocho centímetros. Pues guárdalos para cuando te encajen. Siempre habrá un día en que los necesites. Aunque sólo te los pongas una vez o aunque sólo te los pruebes cuando te quedes sola en casa, para mí ya será suficiente.

Sonia vuelca las prendas sobre la cama y se las va probando frente al espejo, con los zapatos de Armani puestos. Al principio se ve grotesca. Luego apaga la luz y deja sólo la de una tenue lámpara de lectura, se suelta el pelo, sacude la melena. La habitación está ahora en penumbra; ella siente el efecto de la transformación. Felina, piensa. Es el adjetivo que escogió Knut para describirla. A menudo te imagino así. Felina. Simplemente te veo. Veo toda la promesa del sexo. Me excita muchísimo imaginar tu pelo suelto y tu cuerpo envuelto en las prendas que adquirí para ti.

Coge el móvil y se fotografía frente al espejo. Después vuelve a ponerse su ropa de estar por casa y amontona la lencería en su caja. Se sienta sobre la cama y mira las fotos que acaba de sacarse. Va borrando primero las que no le gustan. Luego observa despacio las más favorecedoras. Las amplía. Borra otras cuantas más. Se queda finalmente con dos. En una lleva el conjunto negro que tanto seduce a Knut. En la otra, uno de color blanco con el liguero. En las dos, las piernas ligeramente abiertas y la cabeza inclinada hacia adelante. El rostro está oculto por su antebrazo, con el móvil sacando la foto. Apenas se reconoce a sí misma. Pasa de una a otra imagen durante unos minutos. Al cabo de un rato, también las borra.

Y es a partir de entonces cuando todo comienza a precipitarse y la fantasía despierta su curiosidad, y la curiosidad su fantasía. Sonia comprende que nada tiene sentido si él no puede verla de algún modo. ¿No debería darle alguna recompensa? ¿Basta con extender los brazos, abrir las manos y recibir? Ella le escribe a diario, venciendo cada mañana su pereza, pero ¿es eso bastante? Knut la adora. Construye un objeto de culto a través de ella. La venera. Y la manera en que lo hace es única. Ninguna mujer tiene a un hombre que coja para ella lencería o perfumes con la misma intensidad y el mismo empeño con que lo hago yo contigo. Habrá muchas que reciban regalos increíbles, pero a golpe de talonario. Lo que yo hago contigo es diferente.

Sonia lo sabe.

En los últimos días le ronda una tentación por la cabeza. ¿Verlo? ¿Ir a Cárdenas a verlo? Podría coger el primer avión de la mañana y volver en el último. Entre medias, un cortafuegos de casi ocho horas para estar juntos. Salir y entrar de su vida, como por una hendidura que apenas es visible, sin riesgos y sin compromisos. Olvidar por un día a la madre, a los hermanos, a la abuela, al marido y al hijo. Olvidar el trabajo. Olvidar a sus aburridos cortejadores que le graban cds de música que ella no tiene interés en escuchar o la invitan a tomar algo a la salida de la oficina. No es sólo por la intriga de verlo a él. Es ante todo la necesidad de fingir, aunque sea durante un solo día, que es posible vivir otra vida en la que ella juega el papel de chica distinguida, elegante y despreocupadamente libertina.

Cuando se lo propone, Knut no oculta su entusiasmo. Me has conmovido, le dice. Reconozco que sólo el pensarlo me sume en un estado de nerviosismo sin precedentes, pero deseo tanto verte, hablar contigo… Cuando actúas así, sé que todo lo que pueda darte es infinitamente menos de lo que te mereces. Fijan una fecha. Knut le promete que le compensará los gastos del viaje. ¡Ya están suficientemente compensados!, responde ella. No, en serio, te enviaré algo dentro de unos días. Veré qué puedo conseguir. Me encantaría coger para ti alguna prenda que pudieras ponerte cuando vengas a verme. No se refiere a lencería, se apresura a aclarar. Algo de ropa, algo fino, sofisticado. Tiene ya en el punto de mira varios objetivos.

Un par de días después le anuncia su botín. No puede esperar a que lo vea. Necesita contárselo. Una falda negra de Escada, tres piezas de tela casi independientes superpuestas con delicadeza una sobre la otra, todas diferentes al tacto. Se deleita describiéndosela. Del medio al punto más bajo hay sesenta y cinco centímetros, así que debe quedarte ligeramente por debajo de la rodilla. Tiene unos frunces superiores que le prestan volumen, sin que por ello pierda caída. Había llegado a costar 319 euros, aunque ahora está de oferta especial a 230. Fue todo muy sencillo, le explica, desde desprenderla de su percha de pinzas hasta quitarle el clavo en una caja, aprovechando un descuido de la dependienta. Le envía unas fotos, tomadas por delante y por detrás. Sonia las mira con detenimiento pero, más que en la falda, repara en lo que hay en torno a ella. Knut la ha extendido sobre una cama —¿su cama?—. La colcha tiene un estampado descolorido y anticuado de flores y peces que se enroscan unos sobre otras. En una esquina se aprecia parte de un cojín marrón de cuadros y un fragmento de pared pintada de amarillo pálido, con restos de lo que parece haber sido una cenefa decorativa de papel. ¿Es ése su dormitorio?, se pregunta. Le resulta extraño el contraste: la falda de lujo extendida sobre la colcha barata. Al contemplar esa fotografía, toma conciencia de que tanta conversación sobre lencería, restaurantes y libros había emborronado sus orígenes. El barrio periférico de Cárdenas. Ella no debe olvidar de dónde viene. Ambos del mismo mundo, él y ella.

El paquete incluirá también otros zapatos de Armani, le anuncia Knut, esta vez de color crema, tacón medio, tipo mocasín, 178 euros. Éstos sí puedes ponértelos a diario, le dice. Me encantaría que te trajeras la falda y esos zapatos, con unas medias finas y transparentes. ¿Medias en verano?, le dice ella. Claro, por qué no. A él le gustaría que se vistiese siempre como una señora. Que fuese al trabajo con traje de chaqueta, falda, collares de perlas y medias. Y cuando hablo de medias no me refiero a panties, como podrás suponer, sino a auténticas medias, de las que se sujetan a medio muslo.

No debe preocuparse si no tiene medias de ese tipo. Él ya le manda varias, de tallas distintas. Como no sabía bien cuál le correspondía, cogió de varios tipos. En uno de los sitios casi lo pillaron. Cuando estaba a punto de salir vio una cámara que se movía hacia él, pero tuvo la habilidad de esquivarla y dejar la mercancía en otro lado antes de que se le acercase un guarda de seguridad. El guarda lo llevó al cuartelillo y lo registró a conciencia pero, obviamente, no encontró nada. Todavía recuerdo la cara de asco que puso al coger una servilleta usada que sobresalía de mi chaqueta. Lo dejó ir y él siguió con su caza por otros sitios. De vuelta a casa vio a un chico tirado en el suelo. Posiblemente había resbalado en una pendiente y se había golpeado contra el reborde metálico de una tapa de alcantarilla que no estaba bien encajada. Rodeado de gente, sin poder moverse, tenía el aspecto de un animal atropellado. Era un chaval ordinario, rechoncho, con gafitas de alambre. Sentí que Dios lo había querido castigar a él mientras instantes antes me salvaba a mí. Probablemente Él aprueba que yo te haya cogido esas medias. Hay unas en concreto que son preciosas, insuperables, con un sutil brillo nacarado. Las imagino en tus piernas… Frotar la banda, pasar la mano por ella para comprobar que está en su sitio y no se mueve, besarte las rodillas. Me dan escalofríos.

¿Le molestan a ella ese tipo de comentarios?, le pregunta. No, claro que no, responde Sonia. Al revés, de hecho. Le gustan. Entonces, dice Knut, dentro de unos límites, ¿podrían planear la realización de alguna fantasía? ¿Qué tal si se prueba, delante de él, una camiseta de Tommy Hilfiger que le ha conseguido? ¿Haría algo así por él? ¿Por ellos dos? Sólo tendría que quitarse la blusa. Le encantaría verle puesto alguno de los sujetadores de La Perla. Creo que mi preferido es el negro con el adorno que cuelga entre las copas. ¿Podrías traerte ése, la falda, los zapatos y las medias? ¿Cómo lo ves? ¿Te parece que en cuanto ya tengo la certeza de que vas a venir te salgo con fantasías? ¿Se te ocurre algo morboso y poco comprometido para ti? Si no lo tienes claro no pasa nada. No te lo digo temeroso de que por aceptar vayamos a perder lo que ya tenemos, sino para fundamentar el hecho de que yo siento que ya poseo… muchísimo.

No, eso está bien, dice ella. El plan de la camiseta, piensa. Suena casi inocente. Ni siquiera su amiga —tan recelosa, tan cauta— podría calificarlo de problema.

Cuando ya no lo esperaba, él le envía una foto. Para que pueda reconocerle cuando se encuentren, le dice. Me parece ridículo que tengas que adivinar quién soy de entre la multitud. Saltémonos ese absurdo paso. Sonia escruta la foto, la amplía hasta que los píxeles dejan de representar un rostro humano, la empequeñece de nuevo, una y otra vez. Ante ella, el rostro de un tipo normal, de facciones anchas y todavía con un gesto infantil, moreno, con una buena cantidad de pelo cortado a cepillo. Sonríe levemente hacia un lado. Los labios gruesos, tras los que asoma una paleta partida. Cierta expresión de jactancia en los ojos un poco juntos, en la elevación de la mandíbula. Cejas pobladas, muy negras. Piel cetrina. ¿Tiene acné? Parece que tiene acné o marcas de acné; la foto no ofrece la nitidez suficiente para verlo. Hombros anchos y puede que caídos. ¿Estatura, peso? Sigue siendo un misterio. Da la impresión de estar sentado en un sillón tapizado de color crema. Un sillón viejo, en apariencia. De fondo, otra vez la pared amarilla, rugosa, no muy limpia. ¿Su casa?

La foto no le aporta ninguna información. Hay una enorme distancia entre esa imagen y las palabras que lee cada día en la bandeja de entrada de su correo. ¿Cómo relacionar esos rasgos tremendamente vulgares con los paquetes cargados de regalos que le han estado llegando durante años? No es que no le sea creíble ese rostro: es que no podría serle creíble ninguno.

Traspasa las puertas mecánicas, pero está tan aturdida que es incapaz de distinguirlo allí, apostado tras la cinta de seguridad, erguido, vestido en traje de chaqueta a pesar del calor, con el pelo engominado, impregnado en perfume, las palmas de las manos sudorosas, marcas de rozaduras en el cuello, una pequeña zona enrojecida bajo una de las sienes, las orejas descamadas, cargado de bolsas —dos grandes en una mano y una más pequeña en la otra—, mirando al frente, palpitante, paralizado, sin sonreír apenas, asustado porque ella ya está ahí y no lo reconoce. Las luces blancas, la megafonía, el tráfago de viajeros, las imágenes centrifugadas por el asombro. Ella frena un instante, pero hasta que él no da un paso hacia adelante no consigue entresacarlo de la confusión. Parpadea sorprendida. Sonríe. Se besan en las mejillas y bajan la mirada. Caminan unos metros, se detienen. Sonia no sabe qué decir. No hay asomo de la expresión de la foto —aquel gesto de orgullo desdeñoso— en su rostro. Más bien timidez, inseguridad. Él le pregunta por su viaje, con su voz alta y discordante. Desvía la mirada hacia los lados o ligeramente hacia abajo, sin enfrentarse a los ojos de Sonia. Ella no se siente defraudada, porque no esperó nada. Tiene la impresión de estar con alguien a quien no conoce en absoluto. Frente a ella, un ser que respira, que suda, que se agita, tiembla, sonríe, la observa de reojo. Era verdad. Existía. Era. Confundida, intentando vencer la sensación de extrañeza, devuelve la sonrisa. Él señala sus piernas.

Has traído la falda.

Sonia la plancha con las manos, hacia abajo.

Pero sin medias… Hace tanto calor…

Te queda muy bien. Tal como imaginaba. Eres muy guapa. Más aún al natural. Luego mira hacia los lados, se frota un brazo. Vámonos de aquí.

Avanzan rápidamente, sin hablar. A Sonia le cuesta seguirle el paso. Knut clava la mirada hacia adelante; ella nota que el camino que toma no es improvisado. Suben y bajan rampas, recorren largos pasillos sobre cintas mecánicas. Marchan en dirección contraria al resto de viajeros, sorteando trolleys cargados de equipaje. Se paran finalmente en un recodo en el que hay dos bancos enfrentados. Se sientan en el mismo, uno al lado del otro. Sonia estira las piernas, resopla levemente para coger aire. Knut le muestra las bolsas.

Vamos. Mira lo que hay dentro. ¿No tienes curiosidad?

Hay un ligero temblor en sus manos cuando las abre y saca los zapatos, uno tras otro, cuidadosamente envueltos en papel de seda. Son todos de Armani y, salvo unas zapatillas de estilo golfista, tienen el tacón alto y la puntera estrecha. En la bolsa pequeña está la camiseta de Tommy Hilfiger, de licra, estampada en tonos grises y azules. Knut la observa con aprensión. Ella deja a un lado la camiseta y mira los zapatos. Todos tienen su etiqueta del precio; todos son de tres cifras.

Hay siete pares. Estaban tirados.

Los hay cerrados, de salón; otros tipo peep toes, abiertos por delante; con aplicaciones de strass, con pulserita o sin ella, con remaches o vivos pespunteados; zapatos de fiesta, de cocktail, negros, rojos, azul marino, y unas sandalias marrones con tiras amarillas y el tacón plateado.

No sé si podré andar con esto.

¿No te gustan? Son espectaculares.

Sonia gira las sandalias sin dejar de mirarlas.

Sí, son muy llamativas.

Todos son de tu número. Y las zapatillas puedes ponértelas con vaqueros, para ir a la compra o al parque con el niño. Ésas sí son tu estilo, ¿no?

Sonia levanta la cabeza, se enfrenta a su rostro. Lo ve excitado, tenso, con los ojos lagrimeantes, los labios resecos y pálidos. Se acerca a él y lo besa con suavidad en la mejilla. Le llega un olor a loción de afeitado. Gracias, susurra.

Él la examina con perplejidad. Traga saliva.

¿No quieres probártelos?

¿Aquí?

Claro. Aquí no pasa nadie.

Sonia se prueba todos los pares. Lo hace con rapidez, un poco avergonzada al principio por mostrar los pies desnudos, soltándose después, paulatinamente. Knut le pide que se ponga de pie, que camine un poco. Luego que se suba en el banco de enfrente, para verla con mayor perspectiva. A ella le cuesta trabajo mantener el equilibrio. Se ríe al tambalearse. Knut entorna los ojos, la contempla. Sugiere que cambie las sandalias que traía por unos de los nuevos.

Con esa falda pega cualquiera de ellos. Te embellecen las piernas. Fíjate en los gemelos. Se endurecen, se tensan. Es impresionante. Tal como vienes estás preciosa, pero con tacón pasas a ser de otra categoría. Cualquiera que te vea con esos zapatos se dará cuenta de que eres una chica muy especial. No todas podrían ir así.

Sonia titubea.

Pero vamos a andar mucho… Éstos pueden hacerme daño. Creo que prefiero mis sandalias, si no te importa.

Knut baja los ojos, sonríe para sí.

No, no me importa.

Dejan los zapatos en una taquilla y recorren las tiendas del aeropuerto en dirección a la salida. ¿Quieres que entremos en algún sitio?, le pregunta él. Puedo pillarte un perfume. O una crema. Me gustaría mucho que vieras cómo lo hago.

Sonia sonríe. Sí, a ella también le gustaría verlo. Es más estimulante que caminar forzando una conversación que no les sale. Le pide, eso sí, que no se arriesgue. No me perdonaría que te pasara algo por mi culpa, susurra sin demasiada convicción. Alentado por su comentario, Knut sonríe y habla aún más alto. ¿Arriesgarme? ¡Claro que no! Pero si está tirado. De verdad, es facilísimo. Vas a verlo tú misma.

Ella lo mira desde la puerta de una perfumería. Robusto, los muslos gruesos, lleva una americana de lino una o dos tallas menos de lo que le corresponde, polo de manga corta, un pantalón gris también de lino, zapatos negros de vestir. Lo observa dar un par de vueltas, pulverizarse varios perfumes aquí y allá, agacharse para mirar los precios de la balda inferior. En cinco minutos está otra vez fuera. Le hace una seña con la cabeza y se marchan hacia un banco a unos doscientos metros de distancia. Le brillan los ojos. Bajo la luz artificial del aeropuerto su piel parece aún más atormentada: descamaciones, pequeñas marcas, rojeces que se extienden por las mejillas y por la frente. Se frota con los dedos continuamente, como si se masajeara. Sonia repite el gesto automáticamente. Le pregunta con impaciencia. Él saca de un bolsillo interior de la chaqueta una caja dorada. Sonríe. Se la entrega. Ella intenta quitar el precinto con las uñas; luego con los dientes. Saca con nerviosismo el frasco de perfume.

Es increíble, murmura. ¿Cómo lo has hecho? Ni siquiera yo, sabiéndolo, me he dado cuenta.

Knut la interrumpe. Espera. En sus manos hay otra caja de perfume. Más grande aún: 100 mililitros. Acaricia con suavidad los bordes del envase antes de extenderlo hacia ella. Los de Dior estaban muy fáciles, le dice. Ni siquiera tenían alarmas.

Sonia lo coge azorada. Gracias, susurra. Mira hacia los lados con inquietud.

¿No nos pueden cazar las cámaras?

Knut ríe. No, claro que no. Esas cámaras cuelgan ahí para vigilar otras cosas, y muchas de ellas ni siquiera funcionan. Se le nota triunfante. Los dos están encantados; se miran fijamente; sonríen. Sonia mete los perfumes en su bolso. Después se marchan en un autobús que los conduce hasta el centro de Cárdenas. Viajan de pie, cogidos de la barra, mirando al frente por la ventanilla las afueras de Cárdenas: campos yermos, un polígono industrial, los primeros bloques de urbanizaciones de las afueras. De vez en cuando se vuelven, se sonríen.

¿Adónde vamos ahora?, pregunta ella.

Ahora lo verás. Tengo planes.

Knut ha guardado la bolsa pequeña con la camiseta en un bolsillo de su americana. Sobre ella no han hecho, todavía, ningún comentario.

Todo el itinerario ha sido cuidadosamente previsto. Una ruta jalonada de entradas más o menos rápidas en centros comerciales, librerías y grandes almacenes. Ella lo observa actuar con una mezcla de inquietud y de orgullo. Knut coge libros —dos de ellos para su hijo—, un fular de Adolfo Domínguez para ella, calcetines de hilo de Escocia para él, zumos y galletas para los dos. Todo asomo de vergüenza ha desaparecido en él ahora; Sonia lo nota cada vez más distendido. Le enseña las etiquetas que utiliza para invalidar las alarmas, el modo en que localiza las cámaras y cómo es posible identificar a los vigilantes de incógnito. No hay más que ver cómo actúan. No he visto gente que disimule peor que ese gremio.

En uno de los centros visitan la sección de La Perla. Está tan concurrida que Knut admite, apesadumbrado, que va a ser difícil pillar nada. Sonia se sorprende de que haya tanta gente que pueda permitirse gastarse un dineral en lencería. Escucha a una dependienta afanándose por atender a una pareja que escoge vestimenta para la luna de miel. Los dos, bronceados y maduros, hablan muy alto, haciéndose notar. La dependienta les va mostrando prendas y ellos ríen señalando las aberturas, manoseándolas y poniéndolas al trasluz. Resulta obsceno y ridículo, piensa Sonia. Otras dos parejas, una de ellas bastante joven, miran camisones con absoluta naturalidad, sin consultar siquiera los precios. Knut le hace un gesto para que se encaminen a otro lado, donde, en dos minutos, se hace con un salto de cama de raso de Lise Charmel. Luego le señala a una mujer de unos cincuenta años que va acompañada de su hija —los mismos rasgos en ella, desdibujados, aún sin terminar de perfilarse—. Knut se centra en la madre, no en la hija. Lleva el pelo muy cardado teñido de rubio claro, un vestido ajustado, zapatos negros de tacón muy alto. Su aire frío recuerda ligeramente al de Tippi Hedren.

Mira qué diferencia con los otros.

Sonia la observa sin disimulo.

No sabría qué decirte. ¿No ves que está operada? Fíjate en su boca. Esos labios hinchados… Y su expresión… es como si estuviese congelada.

Knut continúa mirándola deslumbrado.

A mí la cirugía estética me parece muy bien.

Sonia se impacienta, se cruza de brazos, mira alrededor mostrando su desprecio.

Lo que tú digas. Pero tengo que ir al servicio.

Merodean un buen rato por la sección de cosmética. Sonia le indica lo que le interesa y él lo va guardando en sus bolsillos: dos botecitos de laca de uñas, una crema hidratante, una barra de labios, mascarilla facial. Hay muchos más stands que en El Corte Inglés de su ciudad, piensa ella, un montón de artículos que de pronto se le vuelven irresistibles. Los va escogiendo con entusiasmo infantil, el mismo con el que Knut se presta a complacerla. Si vivieras aquí podríamos hacer esto más a menudo, le dice. Creo que no seríamos capaces de parar.

La dependienta de Sephora se les acerca para ofrecerle a Sonia una sesión gratuita de maquillaje. Mientras le explica cómo debe aplicar los productos, Knut deambula entre los anaqueles. Sentada en un taburete alto, con la chica frente a ella extendiéndole polvos con una brocha, Sonia lo ve hacerse con el famoso Strivectin, la crema de las celebrities, como indica un vistoso cartel en tono flúor. Knut coge el bote, le pega la etiqueta y se lo mete en un bolsillo de la chaqueta. Cualquiera que mirase en ese momento también habría podido verlo.

Pero no miraba nadie, le dice él cuando ella ha acabado. Me aseguré bien antes. Yo jamás improviso.

De todos modos ya es suficiente. Llevamos mucho tiempo dando vueltas.

Knut ríe, entrecierra los ojos con ternura.

¿Estás preocupada?

Sí, un poco. Vámonos. Ya tengo de todo. De verdad.

Se desplazan hacia la salida, y entonces Sonia lo ve desviar ligeramente la mirada hacia arriba. Los músculos de la cara se le contraen; enrojece de súbito.

¿Qué pasa?

Él no contesta. Sonia lo sigue con docilidad, sin preguntarle más. Uno de uniforme toma su walkie y dice algo, pegando mucho la boca al aparato. Sonia lo ve de refilón y luego baja la mirada. La cabeza le empieza a dar vueltas. Se le aflojan las piernas, siente náuseas. Desacelera el paso. La voz de Knut la rescata del desconcierto.

No te pares.

A sus espaldas vibra el sonido del walkie, luego un pequeño pitido, un «recibido» seco y cortante. Y sin embargo nadie los detiene. Las puertas mecánicas se abren suavemente. Las cruzan. Los golpea el aire caliente e inmóvil del mediodía. La acera refulge bajo el sol. Una explanada se extiende vacía frente a ellos. A lo lejos, un anciano camina penosamente con un andador ortopédico. La agitación ha dado paso a la lentitud. Avanzan unos metros más; luego Knut se detiene, se pone frente a ella.

¿Puedo abrazarte?

Sonia asiente. Se abrazan. Ella lo nota extrañamente relajado. La estrecha entre sus brazos, pero mira con fijeza hacia un lado, en dirección a uno de los aleros del edificio que acaban de dejar. Luego la toma por los hombros, la mira a los ojos, vuelve a acercarse y la besa en la boca. Sonia lo besa a él. Vuelven a abrazarse. Se besan así largo rato. Knut continúa mirando cada poco hacia el edificio. Sonia también está pensando en otra cosa.

Más tarde, en el restaurante donde Knut había reservado mesa, le explica lo que estaba pasando.

Teníamos una cámara encima. Pero no debían de estar muy seguros, por eso ni siquiera nos pararon para preguntar.

Sí, también colocan cámaras en el exterior. Una los estaba enfocando justo cuando ellos se besaban en la explanada. A él le gustó hacerlo allí justamente por eso. Debimos dejarlos a todos descolocadísimos.

Rebaña con la cuchara en su segunda copa de helado y se echa hacia atrás en el respaldo del asiento. Previamente, tras inspeccionar a fondo los cubiertos, se había tomado un brownie y una crème brûlée. Y tres vasos de agua que tuvo que pedir uno a uno.

Si pusieran una jarra, como siempre les digo…

Sonia le da otro trago a su cerveza. A su lado está el plato que apenas ha tocado. Mira con disimulo el reloj. El restaurante está atestado; la camarera sortea las mesas como puede; el servicio es lento y el lugar agobiante. Observa a los demás clientes. Una chica de su edad habla animadamente con un hombre de unos cincuenta años. Más allá, una pareja sola, elegante, seria, come con gran concentración, sin apenas dirigirse la palabra. En la zona de fumadores, cuatro hombres ríen a carcajadas y se interrumpen unos a otros al hablar. Knut llama a la camarera, que atraviesa el salón apurada, murmurando una excusa. Le pide que le traiga unas toallas húmedas para limpiarse las manos una vez más. Sonia lo mira con atención mientras él se las frota, con sus espesas cejas fruncidas y la paleta picuda ligeramente sobresaliendo de los labios —el único rasgo, quizá, que da algo de singularidad a su rostro—. Luego se inclina otra vez hacia adelante, aparta el plato y extiende el brazo a través de la mesa. Se cogen de la mano. Se las miran durante unos minutos mientras entrelazan los dedos. Las manos de Knut son sólo algo más grandes que las de ella. Tiene las uñas bien cortadas, pulcras. Ella, en cambio, las tiene mordidas, con las cutículas sin sanear, y los dedos cubiertos de padrastros, pellejitos y heridas.

Síntomas de una naturaleza inestable, dice él.

Sonia aparta la mano.

No te enfades. Yo también tengo la piel estropeada. Ya lo ves, se me descama y enrojece continuamente. Me salen granos y eccemas, y tengo un herpes en el labio que se reactiva cada invierno. Pero lo de tus manos podrías evitarlo con facilidad. Me gustaría ayudarte a que estén bien.

Ella se encoge de hombros.

¿Cuál es el plan ahora? Es ya bastante tarde.

Knut parece considerarlo un momento. Cabecea levemente, se lleva las manos a los labios.

Vamos a ir a un sitio para que puedas probarte la camiseta. Tal como hablamos.

¿A un probador?

No. Cerca hay un edificio de oficinas que conozco. Un tipo al que le vendo videojuegos y perfumes trabaja allí. A la parte de arriba nunca sube nadie.

¿A la parte de arriba? ¿A qué te refieres?

Hablo de la escalera, del distribuidor. El último de todos, el que da a la azotea. Allí no sube ni siquiera el portero.

De acuerdo, dice ella. Se miran en silencio.

Sólo cuando han pagado, él se acerca a su oreja y le pregunta: ¿Llevas puesto algún sujetador de La Perla?

El panel de salidas anuncia que ya puede acceder a la zona de embarque. Se levantan y se quedan el uno junto al otro, sin decir nada.

Tengo que irme.

Knut le roza un brazo. Todo el abatimiento del mundo parece haber caído de pronto sobre él. El roce quema; ella no se aparta, pero mira obstinadamente hacia el suelo. Puede oír su respiración agitándose al lado. Él le quita con suavidad un cabello que tiene adherido en la camiseta. ¿Puedo quedármelo?, le pregunta. Claro, dice ella. Se acerca a él; lo abraza. Nota su cuerpo endurecido por la tensión. Knut emite un leve jadeo intermitente. Se besan una última vez. Ella se retira, coge todas las bolsas y se marcha sin mirar hacia atrás.

Deja en el maletero del coche las dos bolsas con los zapatos, más otra en la que está todo el botín que han pillado. El parking del aeropuerto está casi vacío, al igual que la carretera. Sonia conduce distraída. Las luces de emergencia de un coche en el arcén la sacan del letargo. Vaya faena, piensa, en mitad de la noche. La conductora está parada junto al capó abierto, con su chaleco reflectante puesto, inmovilizada. Su mirada se cruza con la de ella al sobrepasarla. Una expresión desolada, expectante. Sonia intenta no pensar en ello.

Aparca y vuelve a abrir el maletero. Saca los libros para el niño, recoloca las bolsas y extiende sobre ellas una esterilla.

Verdú la recibe somnoliento. La única luz que hay en el salón es la del televisor. En la pared se proyecta un tenue tono verde de una secuencia que está sucediendo en un bosque. A Sonia le escuecen los ojos. Se deja caer en el sofá y apoya la cabeza en el hombro de Verdú. Él le pasa la mano por encima, la besa en la sien.

¿Cansada?

Muerta.

¿Quieres cenar?

Ella niega con la cabeza.

Me tomaría una copa.

Verdú la coge de la barbilla y le gira la cabeza para que lo mire.

Sonia, dijimos que no más copas entre semana. Al menos entre semana. Es lo que dijimos.

Ella resopla, se frota los ojos.

Necesito desconectar. Tú no sabes cómo ha sido el día hoy. Nos han llevado de arriba abajo todo el tiempo. Reunión tras reunión.

¿Y allí no has bebido?

Por supuesto que no. Nunca bebo en las reuniones de trabajo. No es tan difícil de comprender que después de quince horas fuera una llegue a su casa y quiera tomarse tranquilamente una copa. Una puñetera copa. No estoy pidiendo más.

Verdú se levanta, la sondea con seriedad.

De acuerdo. Te prepararé un gin tonic. Pero irá ligerito. Y sólo tomarás uno.

Ella asiente, se tumba en el sofá, cierra los ojos. Se desabrocha la falda y la arroja al suelo.

Vaya, vaya, dice Verdú cuando regresa.

No pienses mal. Estaba deseando quitármela. Es muy incómoda. Me aprieta en la cintura.

Pues ahí va a mancharse. Me temo que el suelo no está muy limpio.

Me da igual. No creo que me la ponga nunca más.

Cuando pasen los años y tenga que recordar lo que fue la felicidad para mí, seguro que pensaré en los momentos que transcurrieron desde que aterrizó tu avión hasta que, de entre toda la multitud que salía, te vi de pronto a ti. Al principio creyó que no le reconocía. Incluso, por un momento, llegó a pensar que le había visto, se había arrepentido y se iba a dar la vuelta para esquivarle. ¡Cómo me latía el corazón! Pero luego ella lo miró y sonrió. Ahora, cada noche, trato de revivir esos instantes.

Sonia cierra el correo. ¿Qué podría contestar? Ya respondió a todas sus preguntas. Ahora toca analizar cada detalle del encuentro, punto por punto. ¿Te gustó besarme? Sí, besa muy bien. ¿Te sentiste incómoda con el cambio de camiseta? No, en absoluto, fue un momento bonito. Intenso. Especial. ¿Fue divertido acompañarme en mis expediciones? Divertido, claro, además de extraño…, no se hace algo así todos los días; ella sabe apreciarlo. ¿Qué dijo el niño de los libros? Le gustaron. ¿Ha visto Verdú algunos de los zapatos? No, todavía no, a ver cómo consigue sacarlos sin que sospeche. ¿Y el salto de cama? ¿Te queda bien? Sí, perfecto. ¿Habrá algún día, aunque sea aún lejano, en que repetiremos lo que vivimos? Claro, seguro que lo habrá. ¿Querrás repetirlo? Por supuesto que sí.

Poco después recibe otro paquete. Es sólo el justo pago por el maravilloso día que me diste. Y ni siquiera alcanzo a compensar una mínima parte, dice él. Una americana blanca de Armani. Sonia mira la etiqueta ya casi sin sorpresa. 499 euros. ¿Cómo ha podido hacerse con una prenda de ese precio?, le pregunta. Advierte la progresión de los regalos, esa escalada creciente de la sorpresa que la ha mantenido hasta ahora enganchada y expectante. Primero fueron los libros, a los que se añadieron los discos; después comenzaron los perfumes; cuando eran demasiados mandó un sujetador, a lo que ha seguido todo tipo de lencería, pasando después a los zapatos, las cremas, la ropa de marca… Cuando todo parece desgastarse por la costumbre, llega una novedad. ¿Dónde está el fin?

No debe preocuparse, insiste él. La americana es una prenda excepcional: tenía que ser para ella. A él le gustaría que se la pusiera abotonada, sin nada debajo, ni siquiera sujetador, como la modelo del catálogo del cual le envía una foto. Como el primer botón está bastante bajo, queda a la vista buena parte del pecho de la chica. La insinuación de una oferta que aún no es nada, dice Knut. Pero yo no tengo el cuerpo de esa modelo, dice Sonia. No importa, insiste él. Yo estoy convencido de que te quedará estupendamente.

Ahora Sonia no sabe qué hacer con la americana. Se la prueba como él le ha sugerido, pero el efecto es totalmente distinto al del catálogo: simplemente aparece desvestida, como si se hubiese puesto la americana de cualquier modo para salir un momento a abrir la puerta. Se la prueba también con una camisa negra debajo y una falda. Se mira en el espejo y frunce el ceño. No. De pronto se ha echado encima diez años. Lo intenta con una camiseta de colores, vaqueros y zapatillas. Se vuelve. Se la abrocha. En los laterales se le forman pliegues. Le aprieta en el pecho. Y ese color, piensa. Una americana blanca. ¿Se supone que tiene que gustarle simplemente porque cuesta 500 euros? ¿Por la marca? No. Se supone que tiene que gustarle porque Knut la ha cogido para ella. Porque se ha arriesgado por ella. Porque ha fantaseado con ella y ahora espera que le confirme sus expectativas.

Sonia desiste de convencerlo. Sí, le dice. Le encanta. Le favorece mucho. Intenta guardarla en una bolsa, pero al doblarla se arruga demasiado. No puede colgarla en una percha, no puede ponérsela, ni siquiera puede regalarla —¿a quién?, ¿qué pensarían?—. Todavía tiene los siete pares de zapatos en el maletero del coche, más los otros dos ocultos al fondo del armario. Tiene toda la lencería en una caja, los perfumes de tiempo atrás aún sin utilizar, las cremas, las medias… Es demasiado, se dice, es demasiado. Se sienta en el filo de la cama, pensativa. Luego se levanta con brusquedad, agarra la americana y la mete de cualquier modo en una bolsa de basura.

A un metro del contenedor se detiene y se da la vuelta. Acaba de tener una idea mejor.

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