Cicatriz
7. Un año antes
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El precio de salida es de 299 euros. Americana de Armani de esta temporada, talla 38, muy rebajada. Aprovecha para hacerte con una prenda de alta costura por mucho menos dinero. Adjunta la foto que Knut le mandó de la modelo y todas las medidas cuidadosamente detalladas.
Al principio entra cada media hora en su cuenta, abierta con seudónimo, para consultar el proceso. Pronto comprueba que no va a ser tan fácil como ella esperaba. Pasan los días y nadie puja. Cuando el anuncio está a punto de caducar, rebaja aún más el precio. 199 euros. Gran ocasión. ¡No puedes dejar pasar esta oportunidad! Tampoco consigue pujas. La vuelve a bajar a 120 euros y es entonces cuando recibe la primera consulta. ¿Es auténtico el producto?, pregunta una mujer. ¿Puede mandarle alguna foto real? Sí, claro que es auténtica. Puede devolverla si no está satisfecha cuando la vea. La americana es una preciosidad, una inversión que tendrá en su armario para toda la vida. Coge a escondidas la cámara de Verdú y fotografía la prenda extendiéndola con esmero sobre la mesa. También fotografía la etiqueta y la añade al anuncio. Con todo, la mujer no se decide. En ebay, donde abundan las falsificaciones, son muy importantes los comentarios y valoraciones de clientes previos, que Sonia todavía no tiene.
Un mes después, tras sucesivas bajadas, consigue venderla por 49 euros, en los cuales van incluidos los gastos de envío. La americana toma camino a su nuevo destino en un pequeño paquete que Sonia factura, al fin, con alivio. Días después aparece el primer comentario en su cuenta. Entusiasta, la clienta destaca la seriedad y la rapidez del envío. Sonia piensa que al menos eso le hará más fácil futuras ventas.
Mientras tanto Knut le ha estado enviando más regalos: otro lote de libros —¿cuándo volverás a escribir más relatos?, insiste—, un nuevo perfume —estaba facilísimo, ya sé que tienes muchos, pero guárdalo para más adelante—, un corpiño de encaje de La Perla —digno de Dita Von Teese—, unas medias de rejilla de Armani —ídem—, un pañuelo de Tous —seda salvaje, sólo el nombre suena prometedor—, un paraguas plegable de Burberry —para que lo puedas llevar siempre en el bolso—. Sonia le da el frasco de perfume a su madre y el paraguas a una compañera de trabajo y pone todo lo demás a la venta, por lotes. Muchas personas siguen desconfiando de la autenticidad de los artículos y no se atreven a pujar salvo que ella baje mucho el precio, lo cual, a su vez, les hace desconfiar aún más. Aun así, consigue colocar varios perfumes, cuatro pares de zapatos y algunas medias, por menos de la sexta parte de su precio real. Sin embargo, la lencería es imposible de vender, incluso aunque prácticamente la regale. Pasa mucho tiempo contestando correos, preparando envíos y vigilando los plazos de caducidad de los anuncios. Periódicamente recibe pequeños ingresos en su cuenta, nada que le cambie sustancialmente la vida.
Un día le propone a Verdú que pasen fuera un fin de semana. Podrían alquilar algo cerca de la playa, dice. Al niño le encantará cambiar de aires. Hace demasiado tiempo que no salen de la rutina.
Invito yo, dice sonriendo. He estado ahorrando un poco.
Verdú levanta la vista del periódico, arruga la barbilla. En tan sólo un segundo, ella es capaz de descubrir todo el desdén que encierra el gesto. El batiente de una ventana, impulsado por el viento de fuera —es un día gris, desapacible—, golpea rítmicamente el marco: ése será el sonido que ella recuerde más adelante, cuando repase toda la escena intentando comprender su sentido.
¿Qué pasa?, pregunta.
Es entonces cuando Verdú le habla del divorcio.
Knut la nota más distanciada. Ella no le explica la razón. En los últimos tiempos tu actitud es evasiva y huidiza, le dice él. Son etapas, explica Sonia, rachas que terminarán pasando. Admite que se encuentra desganada, pero no tiene nada que ver con él. Es el peso de la repetición, dice, todos los días iguales, que caen de pronto sobre ella y la inmovilizan. Deberías dejar el trabajo, sugiere él. Sé que puedo resultar insistente, pero tú no tendrías que estar metida en una oficina. Deberías dedicarte a escribir y nada más. A lo mejor yo puedo ayudarte a conseguirlo.
¿Otra vez lo mismo?, piensa ella. Ahora no le divierte nada de esto. Ni siquiera le sorprende. Lo único que siente es una leve irritación, que no llega a convertirse tampoco en verdadera molestia. Simplemente, no le discute. Le dice que sí, que ojalá pudiera dejarlo todo —y para ella todo es algo muy diferente a lo que piensa Knut—, pero jamás se plantea posibilidades reales. Un día Knut le propone que le haga una lista de los artículos que ella necesita en su vida diaria. Él puede robarlos y enviárselos, con el consiguiente ahorro para Sonia. Comprendo que esto no cubre todas tus necesidades, pero sí algunas. A lo mejor, con mi colaboración, puedes pedirte al menos una reducción de jornada. Vamos a probar al menos. Déjame que lo intente.
¿Una lista? ¿Él va a ir tienda por tienda tachando los artículos según los vaya consiguiendo? Debe de ser muy cansado hacer eso, dice Sonia, no cree que merezca la pena. Además, lo que ella necesita es demasiado prosaico: papel higiénico, detergente, legumbres, bombillas, cuadernos, cosas de ese tipo. Él tendrá asuntos mejores que hacer antes que perder así el tiempo con su compra. Knut reitera que no es ningún problema. Obviamente, pondremos en la lista objetos que se puedan transportar fácilmente, de modo que el coste del envío no te suponga una merma en el ahorro. Las bombillas y los cuadernos, por ejemplo, sí puedo enviártelos. Piensa en artículos caros que pesen poco. Todo se puede conseguir. No me llevará tanto tiempo y, además, de lo que yo dispongo en esta vida es justamente de todo el tiempo del mundo.