Cartas a Milena
Nota de la traductora
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Nota de la traductora
Milena Jesenská y Kafka se conocieron de un modo casual. En el otoño de 1919, Milena, que vivía en Viena, había hecho una visita esporádica a Praga, su ciudad de origen. Allí, ella y su marido se reunieron en un café con un grupo de literatos, Kafka entre ellos. Como casi todos los judíos de Praga, Kafka tenía el alemán como lengua materna, pero comprendía bien el checo; Milena, en cambio, cuya lengua materna era el checo, entendía mal el alemán. Milena aprovechó aquella ocasión para indicarle que tenía intención de traducir sus relatos al checo. Éste fue el punto de partida de una relación amorosa tan apasionada como sorprendente.
Milena había nacido en 1896 en el seno de una familia de la alta burguesía checa. Alumna de un colegio de élite femenino, tuvo una sólida formación escolar, que se intensificó, por deseos del padre, al morir a la edad de dos años el único hijo varón de la familia. La madre enfermó pronto y murió cuando Milena, quien, por expreso deseo del padre, durante tres años hubo de cuidarla cada día al volver del colegio, tenía dieciséis años. Muerta la madre, Milena, hasta entonces una jovencita dócil y aplicada, se transformó en todo lo contrario: gastaba sin medida, falsificaba la firma del padre para sacar dinero del banco, robaba cocaína de la consulta del padre (catedrático de odontología), tenía innumerables aventuras amorosas y a los 21 años ya había abortado dos veces. El padre, nacionalista y antisemita, detestaba a los alemanes y más aún a los judíos. Y su hija abandona la carrera de medicina y se enamora justamente de Ernst Pollak, judío de Praga, conquistador empedernido y de pocos recursos económicos aunque de enorme prestigio en el mundo literario. Eso fue el límite de lo que podía soportar Jan Jesenský: como la hija era todavía menor de edad, la encierra en un sanatorio psiquiátrico, y allí pasa Milena nueve meses sin dar su brazo a torcer hasta que el padre cede y le permite que se case con Pollak, a condición de que ambos se marchen de Praga. Pollak, que trabaja en un banco, encuentra empleo en Viena y allí se trasladan ambos en 1918, unos meses antes del final de la Gran Guerra.
Por esas fechas, y sobre todo en los años posteriores a la derrota, Viena, hasta entonces capital del imperio austro-húngaro, se encontraba en una situación catastrófica: los pocos víveres a los que se tenía acceso eran carísimos, el sueldo de Ernst Pollak no bastaba en absoluto para vivir los dos y Milena, que no era un modelo de ama de casa, gastaba sin control hasta que, finalmente, se vio obligada a buscar trabajo. Hizo de todo: transportaba equipajes de la estación a los hoteles, cortaba leña y la vendía, a veces daba clases de checo. El marido, por otra parte, seguía con sus innumerables aventuras amorosas, que no ocultaba a su mujer (ésta dice, como de pasada, a Max Brod en una carta reproducida en este volumen, «mi marido me es infiel cien veces al año»). La vida del matrimonio fue convirtiéndose en un infierno, pese a lo cual Milena, que a su manera seguía enamorada de su marido, no pensaba en separarse. A finales de 1919 decidió escribir reportajes sobre la vida de Viena para un diario praguense, Tribuna. Tuvo éxito, poco a poco los reportajes se publicaban con regularidad y Milena empezó a disponer de unos ingresos mínimos, que sin embargo no bastaban en absoluto para vivir.
Fue entonces cuando resolvió traducir algunas obras de Kafka, que ella conocía a través de su marido y por las que sentía admiración. Y fue también entonces cuando, con ocasión de esas traducciones y a los pocos meses de haber regresado ella a Viena, empezó la correspondencia entre ambos.
Kafka, que, aparte de su abundante correspondencia, llevaba dos años sin escribir nada nuevo, no pasaba a la sazón por su mejor momento. Hacía casi tres años que había roto definitivamente su segundo compromiso matrimonial con Felice Bauer, berlinesa y judía, con la que había mantenido una intensísima correspondencia durante cinco años. El motivo inmediato de la ruptura había sido el vómito de sangre que marcó definitivamente el inicio de la tuberculosis que acabaría con su vida siete años después. Un segundo intento de contraer matrimonio, esta vez con Julie Wohryzek, se había visto aplazado varias veces, en parte por la oposición de su padre, que veía en ese matrimonio un descenso de su hijo en la escala social, y en parte por falta de vivienda. Pero aún seguían prometidos cuando Kafka conoció a Milena Jesenská.
No se exagera, como afirma el crítico alemán Reich-Ranicki, cuando se dice que Kafka se enamoró de la joven Milena, trece años más joven que él, sin conocerla. La había visto aquella única vez en el café de Praga y, como asegura en una de sus primeras cartas, no recordaba los rasgos de su cara, sólo su figura, su vestido, cuando ella se movía por entre las mesas del café. Milena sin embargo, de modo inequívoco la más fuerte y vital de los dos, no mantiene la correspondencia en un tono estrictamente profesional (y en eso coincide con los deseos de Kafka, que desde el primer momento se siente fascinado por la fuerte personalidad de la joven) sino que, al notar que él también se interesa por su persona, le habla abiertamente de su desastrosa situación. Tras la derrota de 1918, Viena había dejado de ser la capital del imperio y se había convertido en la capital de la miseria europea. Milena no sólo hacía todo género de trabajos, sino que pasaba horas regateando con estraperlistas y charlando con la gente en la colas para, al final, no tener muchos días otra comida que «una manzana y un té», como escribe ya muy pronto con asombrosa sinceridad a Kafka. Si a eso se añade que en Viena no había logrado integrarse en los círculos literarios de su marido —él dominaba el alemán y el checo, mientras que ella, de familia nacionalista checa, en los primeros tiempos de Viena aún hablaba deficientemente el alemán—, quien por su parte le era infiel «cien veces al año», se comprende que recibiera con los brazos abiertos las muestras de interés, pronto de cariño, que venían de Merano, el balneario tirolés donde Kafka trataba de curar su enfermedad pulmonar. Ya en una de las primeras cartas ella le confiesa que también padece una enfermedad pulmonar; él está consternado y busca salidas a su situación. Con generosidad, le pide que descanse en algún lugar de Bohemia y le ofrece financiar la estancia. Las cartas son ya diarias; ella, a petición de Kafka, escribe ahora en checo, «porque el checo es parte de usted, porque sólo en él está Milena toda ella».
Y así es, en efecto. En cualquier caso Kafka ha encontrado en la correspondencia con Milena —como ya le ocurrió con Felice— el perfecto sustituto del contacto real. Las cartas son para él casi una droga: «Es insensato este deseo inmoderado de cartas —escribe un mes después de iniciada la correspondencia—. ¿No basta con una sola?… Basta, pero pese a ello uno se recuesta cómodamente y absorbe las cartas y ya sólo sabe que no quiere dejar de absorber…». Asimismo, la Milena de su fantasía sustituye plenamente a la Milena real: «El día es cortísimo —así comienza esa misma carta—, apenas queda un ratito para escribir a la Milena verdadera, porque la aún más verdadera ha estado aquí todo el día, en la habitación, en el balcón, en las nubes». Y en una carta a Max Brod, su mejor amigo y editor de su obra póstuma, escribe que Milena es «un fuego vivo, como nunca había visto antes… y al mismo tiempo extraordinariamente delicada, valerosa, inteligente…». Cuando Kafka escribe todo esto, sólo la ha visto y hablado con ella, meses atrás, durante unos minutos.
La Milena real, que estaba dotada, en efecto —esto lo sabemos no sólo a través de su relación con Kafka sino por numerosos testimonios de amigos y conocidos—, de inteligencia, sensibilidad y fortaleza en un grado totalmente fuera de lo común, había comprendido a Kafka como ninguna mujer hasta entonces: ya el hecho de que, a los 23 años, hubiera percibido la genialidad de su obra, cuando esa obra estaba limitada a varias colecciones de cuentos e historias cortas cuyo eco no había traspasado apenas las fronteras de Praga, prueba que esta vez Kafka había encontrado a una mujer que estaba a su altura intelectual. Las cartas de Kafka (no disponemos de ninguna carta de Milena a Kafka) denotan que ella le comprende, le respeta, tiene sensibilidad con sus «complejos», le compadece y le quiere. Pero, precisamente por eso, pronto desea organizar un encuentro y le pide que vaya a Viena unos días, al final de la cura de reposo en Merano.
Era lo más natural para Milena, después de una correspondencia que había llevado a tal grado de intimidad. Pero no para Kafka, que se veía así confrontado con un doble problema: uno exterior, espinoso y urgente, pero probablemente no insoluble, y uno interior, infinitamente más difícil de atacar.
Kafka había acordado con quien aún era su prometida, Julie Wohryzek, que a la vuelta de Merano pasarían ambos unos días en Karlsbad, el célebre balneario de Bohemia. Si él iba a Viena, no podía ir a Karlsbad y, antes de lo que deseaba, tendría que explicar a Julie, quien le escribía cariñosas tarjetas interesándose por su salud, que en su vida ya sólo contaba Milena. Pero también en Viena acechaban desagradables dificultades: ¿no le reconocería quizás por la ciudad alguno de los amigos de Ernst Pollak que también eran conocidos suyos? ¿No podría tropezarse con el propio Pollak en algún café?
Kafka escribe tajantemente a Milena que no irá a Viena: «No quiero ir a Viena porque no soportaría psíquicamente el esfuerzo. Soy un enfermo psíquico, la enfermedad pulmonar es sólo la enfermedad psíquica que se ha desbordado. Estoy así de enfermo desde el cuarto o quinto año de mis dos primeros compromisos matrimoniales». Y pasa luego a mencionar la tragedia de su primer noviazgo, que no acabó en boda por su propia culpa, porque «no tuve la energía de tomar decisiones y afrontar el matrimonio». Y menciona también el problema de Julie, de quien acaba de recibir un telegrama pidiendo confirmación para Karlsbad. Asoma en esta carta también el humor negro de Kafka: «Cuando considero esos viajes y los comparo con el estado de mi cabeza, me encuentro más o menos en la situación en la que habría estado Napoleón si, al diseñar los planes para la campaña rusa, hubiera sabido al mismo tiempo con toda precisión cuál iba a ser su final».
Que su problema no era solamente su inseguridad e incapacidad para tomar decisiones es algo que aflora lentamente en las cartas cuando, al no cejar Milena en su empeño de que él vaya a Viena, acaba cediendo y, tras poner un telegrama a Julie diciendo que no puede ir a Karlsbad, promete que irá a Viena: es a partir de ese momento cuando aparece en las cartas, innumerables veces, la palabra «miedo»: «todo mi ser no es sino miedo»; «tu relación conmigo… pertenece toda ella al miedo»; «comprende, Milena, mi edad, mi desgaste y, sobre todo, el miedo»; «el miedo crea malentendidos entre nosotros».
¿De qué tenía miedo Kafka? De lo que no cabe duda es de que ese miedo era de naturaleza sexual. Sin llegar a interpretaciones extremistas, como la de Paul Friedländer, quien pretende probar que el verdadero problema de Kafka era una homosexualidad más o menos latente, Kafka tenía miedo de la impotencia (aunque no era impotente, como se sabe), precisamente frente a la mujer que fue la única pasión de su vida. Pero el miedo era más complejo: como explica a Milena en una carta posterior, para él entre la felicidad perfecta y tranquila con la mujer que ama, durante el día, y la «media hora en la cama», por la noche, media un abismo que es incapaz de superar.
Y con este ánimo viaja a Viena, donde pasa cuatro días con Milena. Esos días contarán entre los más felices de su vida.
En las cartas de Kafka sólo hay alusiones a la perfecta felicidad de aquellos días. Pero la única descripción la tenemos en la carta que Milena escribió a Max Brod (y que reproducimos en este volumen) a principios de 1921; habla en ella de que en esos días consiguió hacerle superar ese miedo, «el miedo no sólo a mí sino a todo lo que vive sin pudor, también, por ejemplo, a la carne. La carne está demasiado al descubierto, no soporta verla…». «Lo llevé por las colinas de los alrededores de Viena… Caminaba todo el día, subía, bajaba, marchaba a pleno sol, no tosió una sola vez, comía muchísimo y dormía como un lirón, gozaba simplemente de buena salud, y su enfermedad fue para nosotros esos días como un pequeño resfriado». Y, como afirma Reiner Stach en su magnífica biografía de Kafka, éste «saboreó durante meses, en sueños solitarios, el recuerdo de que, durante unas horas, había logrado atravesar la zona prohibida de la felicidad simbiótica».
De vuelta a Praga, Kafka mantiene un breve encuentro con Julie Wohryzek en el que no tiene ya reparos en decirle, sin piedad alguna —para muchos el acto más despiadado de su vida—, la completa verdad. La joven protesta, la historia tiene ciertas secuelas desagradables, pero Kafka pasa página sobre su relación con esa mujer por la que tanto había luchado y que había sido el motivo inmediato de que escribiera pocos meses atrás su célebre Carta al padre.
Los cuatro días de Viena marcan el cénit en la relación de ambos. De regreso a Praga, las cartas que escribe a Milena rebosan felicidad: por primera y única vez en su vida, Kafka cree durante unos días que ha superado el «miedo», que por fin confluyen la fantasía y la realidad: «Si es posible morir de felicidad, eso tiene que ocurrirme a mí. Y si uno que está destinado a morir puede permanecer vivo de felicidad, entonces yo tengo que seguir viviendo».
Pero ya en su primera carta desde Viena, Milena le habla del marido, a quien ha confesado todo. Y Kafka empieza a temer, con razón, que puede perder la partida. Cuando ella no acepta su propuesta («lo mejor sería que yo viajara a Viena y te trajera conmigo»), empieza un tira y afloja con diversos malentendidos, rectificaciones, reproches. Ella confiesa que quiere a su marido («pero a ti también te quiero»), quien, además, está enfermo, y que por eso no puede abandonarlo ahora. Es una de las poquísimas ocasiones en que Kafka no se inclina humildemente ante sus palabras sino que pierde un poco los nervios y, con seca ironía, comenta: «Todo el misterio de vuestra indestructible unión, ese profuso e inagotable misterio, tú lo materializas siempre en el cuidado de sus botas… Pero en realidad es muy sencillo; si tú te marcharas, él viviría con otra mujer o se iría a una pensión y sus botas estarían mejor cuidadas que ahora». Finalmente, seis semanas después de los días de Viena, acuerdan ambos tener un nuevo encuentro de apenas un día (el horario de trabajo de él no le permite una escapada más larga) en Gmünd, pequeña ciudad fronteriza entre Austria y Checoslovaquia.
El encuentro de Gmünd quedaría en el recuerdo de Kafka como el final de sus sueños: «A Viena llegué semiinconsciente de angustia y agotamiento, en cambio a Gmünd, sin saberlo, tan tonto era yo, perfectamente seguro, como si nunca pudiera volver a ocurrirme nada; llegué como el dueño de la casa». Kafka se expresa aquí de modo enigmático, como tantas veces, pero todo puede haber contribuido: frustración sexual, distanciamiento entre ambos… Milena, eso está claro, no dejará por lo pronto a su marido y, si llegase a dejarlo, no lo haría por él. Pese a todo, la correspondencia continúa, la dependencia de Kafka es tan fuerte como antes, pero el tono es más reposado y, a veces, más amargo, elegíaco: «¿Por qué hablas, Milena, de un futuro común que no habrá nunca?» (septiembre). «Estuvimos unidos… y después nos separaron otra vez. Sobre esto quisiera decir algo más, pero no logra atravesar el nudo que tengo en la garganta» (27 de octubre).
Milena insiste en mantener la relación hay un último intento de tener un tercer encuentro en Viena, vinculado a la nueva cura de reposo que ha de hacer Kafka en noviembre. Pero a finales de ese mes él confiesa que, tras una torturante noche de insomnio, ha decidido suspender el viaje: «No tengo la fuerza de ponerme en camino; la idea de estar delante de ti no puedo soportarla ya por anticipado, no soporto la presión en el cerebro». Y, como siempre, se atribuye la culpa de todo: «Lo esencial salta a la vista: en mi entorno es imposible vivir humanamente».
No se trata, en realidad, de «quién tuvo la culpa». Es indudable que Milena fue la única mujer a la que Kafka amó apasionadamente y la única que tenía la inteligencia y la sensibilidad necesarias para comprenderle y vivir con él. ¿Lo amaba ella a su vez? Me parece absolutamente indudable (basta leer las cartas que ella escribió a Max Brod). Pero es innegable que el «proyecto vital» de Milena no coincidía en casi nada con el de Kafka. Ella, finalmente, pese a su amor y a su admiración, no estuvo dispuesta —son sus propias palabras— a «aceptar esa vida que, eso yo lo sabía, iba a ser a perpetuidad el más riguroso ascetismo». Es más, llega a atribuirse la culpa del fracaso de la relación y del empeoramiento de la salud de Kafka: «Si yo hubiera sido capaz de irme con él, él habría podido vivir feliz conmigo».
La correspondencia continúa, mucho más espaciada, hasta noviembre de 1920. En enero de 1921 Kafka escribe a Max Brod que le ha pedido un gran favor a Milena: «no volver a escribirme e impedir que jamás volvamos a vernos».
Así fue hasta que, en 1922 y 1923, Kafka escribe de nuevo algunas cartas que, sin embargo, son totalmente distintas a las de la apasionada correspondencia anterior: no sólo habla de usted a Milena sino que la temática es sobre todo de crítica literaria, de libros y muy poco de asuntos personales.
En la última postal, fechada seis meses antes de su muerte, Kafka habla de su extenuación física y se despide diciendo: «Y ahora, pese a todo, mis mejores saludos: qué importa si ya caen al suelo ante la verja del jardín…».
Kafka muere el 3 de junio de 1924, un mes antes de su 41 cumpleaños. Milena escribe una conmovedora necrológica sobre Kafka en el periódico y… se zambulle de pleno en la vida.
Decide por fin separarse de Ernst Pollak, trabaja más y más como periodista, vive durante un año escaso con un aristócrata austriaco de ideas comunistas, se casa en 1926 con un arquitecto de fama, tiene una hija en 1928, pero, a consecuencia de un accidente, se le quedará inmovilizada para siempre la rodilla derecha, al mismo tiempo que engorda y pierde su grácil figura. La cojera será un trauma para ella hasta el fin de sus días. Se separa del marido. A comienzos de los años treinta se afilia al partido comunista, que abandonará en 1936, en la época de las grandes purgas de Stalin. Milena es ya una conocida periodista cada vez más volcada en los temas sociales y políticos. Es el comienzo de sus años heroicos. Cuando Alemania invade Checoslovaquia en marzo de 1939, ella forma parte de la resistencia activa, ayudando a numerosos judíos y perseguidos políticos a huir cruzando la frontera de Polonia. En 1940 es apresada por la Gestapo y enviada al campo de concentración de Ravensbrück. Durante los cuatro años que pasó allí hasta su muerte, ocurrida en 1944 de resultas de una operación practicada en malas condiciones en la enfermería del campo de concentración, su espíritu solidario con las otras presas, su intrepidez en el trato con los alemanes del campo, su optimismo y simpatía adquirieron carácter de leyenda.
En el año 1995 el nombre de Milena Jesenská fue grabado en el «Muro de Honor» que contiene los nombres de los «Justos de las Naciones», en el Museo del Holocausto, Yad Vashem, de Jerusalén.
Cuando los alemanes entraron en Checoslovaquia en 1939, Milena entregó las cartas de Kafka al escritor y guionista Willy Haas, amigo de Ernst Pollak y esposo de Staša, la amiga de Milena. A partir de 1949, Willy Haas preparó la edición de las cartas, que se publicaron por fin en 1952. Esta edición, base de las sucesivas ediciones españolas publicadas en Alianza Editorial, presenta diferencias fundamentales con la nueva edición alemana de 1983, a la que se atiene nuestra edición.
Por razones diversas —pasajes, por ejemplo, que podían resultar hirientes para personas aún vivas o que contenían comentarios muy críticos sobre el judaísmo—, Willy Haas había decidido suprimir diez cartas y, de las otras, tachar no menos de 62 pasajes. Además, la cronología era defectuosa. Las cartas a Milena no están fechadas; Kafka sólo indicaba el día de la semana; la reconstrucción cronológica con los medios de que disponía Willy Haas en la posguerra era incomparablemente más difícil que con los medios de los editores actuales, quienes han logrado reconstituir paso a paso el orden cronológico de toda la correspondencia. Es ésta la aportación más relevante del volumen que sirve de base a nuestra edición y que, en su totalidad, es una quinta parte más extenso que la antigua edición.
Por último, al no existir ninguna carta de Milena a Kafka, los editores alemanes, para ofrecer una imagen directa de la destinataria de las cartas, publican ocho cartas de Milena a Max Brod, la necrológica que ella escribió a la muerte del escritor y tres de sus artículos periodísticos.
Todo ello, a excepción de los tres artículos, ha pasado a esta edición en castellano. Las fechas reconstruidas van entre corchetes, y asimismo algunos brevísimos pasajes tachados por Kafka que los editores alemanes han decidido dejar en ese estado. Los pasajes que Kafka subraya van aquí en cursiva. Por otra parte, por razones evidentes de comprensión del texto, no hemos mantenido la anárquica puntuación de Kafka, que los editores alemanes, autores también de la edición crítica, sí han conservado. Las notas explicativas finales sólo coinciden parcialmente con las de la edición alemana, puesto que he adaptado el aparato de notas a las expectativas del lector español.
No son pocos los comentaristas que ven en las Cartas a Milena de Kafka no un complemento de su obra literaria, sino una parte de ella: una novela de amor, con una sola voz. Justamente en esta «sola voz» estriba para mí, como traductora, su principal dificultad.
Siempre he afirmado que Kafka escribe la prosa alemana más pura, más densa y transparente del siglo XX. Vivía en un entorno de mayoría checa, él se quejaba de su falta de contacto con el pueblo alemán, y de que por eso su lenguaje adolecía de pobreza, de falta de vida. Y hay algo de cierto en ello si se compara por ejemplo con la prosa, visiblemente más compleja, más abundante y elaborada, de otro clásico del siglo XX, de Thomas Mann. Pero justamente ésa es la paradoja para los traductores, que, lamentablemente, carecemos del genio de Kafka: con ese lenguaje frío y burocrático del funcionario, que él conocía tan bien, escribía sobre sus fantasías y sus sueños, sus miedos y obsesiones, y de todo ello, aderezado con su ironía y su humor, surge una prosa milagrosamente atractiva, sobria y densa. No es fácil traducir a Kafka. Es éste el quinto volumen en el que lo intento, siempre con renovado entusiasmo y siempre sabiendo que quedaré muy lejos de mi objetivo: aproximarme lo más posible a esa prosa concisa y musical.
Este volumen tiene una dificultad añadida: no tenemos ninguna carta de la mujer a la que iban destinadas las suyas. Nos faltan los textos ante los que él reacciona: y, al ser la materia de las cartas de naturaleza mucho más espinosa —sus miedos e inhibiciones sexuales, por ejemplo— que la de otros intercambios epistolares, Kafka no se expresa siempre con esa prosa fluida y grata con la que escribe a Felice Bauer, su primera novia, sino que a menudo es un estilo fragmentario, alusivo, muchas veces elíptico, oscuro y nebuloso. Pero no por eso menos fascinante.
Por último, desde que en los años ochenta leí la biografía de Milena Jesenská que escribió su amiga Margarete Buber-Neumann —biografía que, pese a algunos rasgos de carácter casi hagiográfico, aún merece la pena leer—, la joven praguense pasó a formar parte de mi Olimpo particular, en el que ya llevaba años entronizado, con todos los atributos de los olímpicos, Franz Kafka.
CARMEN GAUGER