Cartas a Milena
Cartas a Milena
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CARTAS A MILENA


[Abril de 1920]
Merano-Untermais, pensión Ottoburg
Querida señora Milena[1]:
La lluvia, que ha durado dos días y una noche, acaba de cesar, probablemente sólo de modo provisional; sin embargo es un acontecimiento digno de celebrarse, y yo lo celebro escribiéndole. Por lo demás, la lluvia ha sido soportable, esto es el extranjero, pequeñito sin duda, pero uno se siente a gusto en él. Si mi impresión es correcta (un breve encuentro, ocasional y casi silencioso, por lo visto es inagotable en mi recuerdo), a usted también le gustaba esa Viena extranjera, que más tarde quizás se haya enturbiado debido a la situación general, pero ¿también le gusta el extranjero como tal? (Lo que, por cierto, tal vez sería, y no debe serlo, una mala señal).
Yo vivo aquí muy bien, el cuerpo mortal apenas podría soportar más cuidados, el balcón de mi habitación está inmerso en un jardín: rodeado, recubierto de florecientes arbustos (la vegetación de aquí es asombrosa; cuando en Praga, con este tiempo, casi se congelarían los charcos, delante de mi balcón se abren poco a poco las flores), pero al mismo tiempo expuesto plenamente al sol (o mejor dicho al cielo encapotado, como ocurre desde hace ya una semana). Lagartijas y pájaros, desiguales parejas, vienen a verme: ¡cómo le recomendaría este Merano! Hace poco me escribía usted que no-podía-respirar, en esa expresión están muy próximos la imagen y su significado, y aquí ambas cosas pueden ser un poco más llevaderas.
Con mis más cordiales saludos
Suyo
F Kafka
[Abril de 1920]
Merano-Untermais, pensión Ottoburg
Querida señora Milena:
Le escribí unas líneas desde Praga y luego desde Merano. No he recibido respuesta. Por otra parte, esas líneas no necesitaban una respuesta tan inmediata, y si su silencio sólo significa que se encuentra medianamente bien, lo que a menudo se manifiesta en un rechazo de la escritura, estoy completamente satisfecho. Pero también es posible —y por eso escribo— que yo la haya ofendido de algún modo en mis cuartillas (qué grosera sería mi mano, totalmente contra mi voluntad, si hubiera ocurrido eso) o bien, lo que sería desde luego mucho más grave, que el instante de sosiego y alivio que usted mencionaba ya haya pasado y de nuevo tenga una mala racha. Sobre la primera posibilidad no sé decir nada, tan lejos de mí está eso y tanto más cerca todo lo demás; sobre la segunda posibilidad no doy ningún consejo —¿qué consejo iba a dar yo?— sino que sólo pregunto: ¿por qué no se marcha un poco de Viena? Usted no es apátrida, como tanta gente. ¿No le daría nuevas energías pasar una temporada en Bohemia? Y si tal vez, por motivos que desconozco, no quiere ir a Bohemia, entonces a otro sitio, incluso Merano sería quizás lo adecuado. ¿Lo conoce?
Así pues, espero dos cosas. Que continúe el silencio, y eso significaría: «No se preocupe, estoy bastante bien». O, si no, unas líneas.
Con sincero afecto Kafka
Caigo en la cuenta de que no recuerdo propiamente ningún detalle preciso de su rostro. Sólo cómo se marchó por entre las mesas del café, su figura, su vestido: eso aún lo veo.
[Merano, abril de 1920]
Querida señora Milena:
Está afanándose en esa traducción[2] en medio del sombrío mundo vienés. Para mí es como conmovedor y vergonzoso. En cuanto a Wolff[3], usted tiene que haber recibido ya una carta suya, al menos él me escribió hace bastante tiempo hablando de esa carta. Esa novela corta, Asesinos, anunciada al parecer en un catálogo, no la he escrito yo, es un malentendido; pero como por lo visto es la mejor, puede que en efecto sea mía.
A juzgar por su última y su penúltima cartas, el desasosiego y la preocupación la han dejado en paz definitivamente, esto será aplicable sin duda también a su marido, cuánto se lo deseo a los dos. Recuerdo una tarde de domingo, hace años; yo caminaba despacio por el muelle de Francisco José, pegado a la pared de las casas, y me tropecé con su marido[4], que tampoco venía a mi encuentro en una actitud mucho más grandiosa, dos expertos en dolor de cabeza, aunque cada uno en su muy diferente estilo. Ya no recuerdo si continuamos caminando juntos o pasamos uno al lado del otro, la diferencia entre esas dos posibilidades no habría sido muy grande. Pero eso ya es pasado y debe seguir hundido en el pasado. ¿Es agradable su casa?
Cordiales saludos
Suyo Kafka
[Merano, abril de 1920]
De modo que el pulmón. Lo he estado rumiando todo el día, no he podido pensar en otra cosa. No es que esa enfermedad me asuste excesivamente, es probable, y así lo espero —sus insinuaciones parecen ir en esa dirección—, que en usted se presente con suavidad, e incluso una verdadera enfermedad pulmonar (pulmones más o menos defectuosos los tiene media Europa Occidental), que yo conozco en mí desde hace tres años, me ha aportado más cosas buenas que malas. En mí empezó en plena noche, hace unos tres años, con un vómito de sangre[5]. Me levanté (en lugar de seguir acostado, como supe más tarde que era lo preceptivo), con la excitación que se siente ante todo lo nuevo, claro, también un poco asustado, fui a la ventana, me asomé, fui al lavabo, anduve por la habitación, me senté en la cama: sangre todo el tiempo. Sin embargo no me sentía desgraciado, porque poco a poco sabía por una razón concreta que, si dejaba de sangrar, después de tres o cuatro años casi insomnes dormiría por primera vez. Cesó en efecto (desde entonces no se ha repetido) y dormí el resto de la noche. Por la mañana vino la sirvienta (yo tenía entonces un apartamento en el Palacio Schönborn), una muchacha buena y casi abnegada, pero extremadamente objetiva; vio la sangre y dijo: Pane doktore, s Vámi to dlouho nepotrvá[6]. Pero yo me encontraba mejor que otras veces, estuve en la oficina y hasta por la tarde no fui al médico. Aquí no tiene importancia cómo continuó la historia. Sólo he querido decir lo siguiente: no me ha asustado su enfermedad (sobre todo porque continuamente me interrumpo, le doy vueltas a mis recuerdos, vuelvo a ver, a través de toda esa fragilidad, lo casi campesino y saludable que hay en usted, y compruebo que no, que no está enferma; es un aviso, pero no una enfermedad del pulmón); eso no me ha asustado, por tanto, sino pensar en lo que ha de haber precedido a ese trastorno. Y de entrada descarto además todo lo que también pone en su carta: no tiene un céntimo; té y manzana; cada día de dos a ocho; son cosas que no puedo entender, por lo visto para explicar eso de verdad hay que hacerlo de palabra. Por tanto prescindo aquí de eso (pero sólo en esta carta, porque olvidarlo es imposible) y pienso sólo en la explicación que entonces, cuando caí enfermo, elaboré para mi caso[7], y que es aplicable a muchos otros casos. Era que el cerebro ya no podía soportar la cantidad de preocupaciones y dolores que pesaban sobre él. Y dijo: «Ya no puedo más; pero si hay alguien interesado en conservar todo esto, que me quite, por favor, una parte de la carga y todo seguirá adelante algún tiempo más». Entonces se presentó el pulmón; de todos modos seguramente no tenía mucho que perder. Esos debates entre el cerebro y el pulmón, que tuvieron lugar sin conocimiento mío, pueden haber sido horribles.
¿Y qué hará usted ahora? Probablemente, todo quedará en nada si la cuidan a usted un poco. Pero que hay que cuidarla un poco, eso tiene que entenderlo todo el que sienta afecto por usted, todo lo demás es secundario. ¿Así que ahí estaría la salvación? Diría que sí…, no, fuera bromas; no estoy para bromas ni lo estaré hasta que me haya escrito que va a organizar su vida de otra manera y pensando más en su salud. Después de su última carta ya no pregunto por qué no se marcha un poco de Viena, eso lo entiendo ahora, pero muy cerca de Viena hay también hermosos lugares donde estar, y posibilidades de que la cuiden. Hoy no toco ningún otro tema, no hay nada más importante que pueda contarle. Todo lo demás, mañana; también darle las gracias por el número de la revista, que me conmueve y me avergüenza, que me entristece y me alegra. No, una cosa todavía: si usted emplea un solo minuto de su sueño en trabajar en la traducción, es como si me lanzara un anatema. Porque si eso va alguna vez a los tribunales, nadie se meterá en complicadas pesquisas, sino que bastará con esta simple constatación: le ha quitado el sueño. Con ello estoy sentenciado y con toda justicia. Por tanto lucho por mí cuando le pido que no vuelva a hacerlo.

[Merano, finales de abril de 1920]
Querida señora Milena:
Hoy quiero escribir sobre algo distinto, pero no lo consigo. No es que yo lo tome realmente en serio; si lo hiciera, escribiría de otro modo, pero de vez en cuando debería haber una tumbona en algún sitio del jardín, esperándola a usted en la penumbra, y unos diez vasos de leche al alcance de su mano. Podría ser también en Viena, e incluso ahora, en verano, pero sin hambre ni inquietud. ¿No es eso posible? ¿No hay nadie que lo haga posible? ¿Y qué dice el médico?
Cuando saqué el ejemplar[9] del gran sobre, estaba casi decepcionado. Yo quería oírla a usted y no esa voz demasiado conocida proveniente de la vieja tumba. ¿Por qué se ha interpuesto entre nosotros? Hasta que caí en la cuenta de que también había mediado entre nosotros. Por lo demás es para mí incomprensible que se haya tomado tanto trabajo y hondamente conmovedor que lo haya hecho con tal fidelidad, frase tras frase, una fidelidad que nunca habría creído posible en la lengua checa, ni tampoco la hermosa y natural legitimación con que usted se sirve de ella. ¿Están tan cerca el alemán y el checo? Pero como quiera que sea, en cualquier caso es un relato malísimo; con extraordinaria facilidad, querida señora, podría probarle esto casi línea por línea, aunque la falta de ganas de hacerlo sería un poco más fuerte que las ganas de probárselo. Que el relato le guste le confiere naturalmente un valor, aunque enturbia un poco mi imagen del mundo. Pero ni una palabra más sobre esto. Recibirá, enviado por Wolff, Un médico rural[10], ya le he escrito.
Entiendo el checo, por supuesto. Ya he querido preguntarle varias veces por qué no me escribe alguna vez en checo. Desde luego no porque usted no domine el alemán. Casi siempre lo maneja admirablemente, y cuando alguna vez no lo domina, el alemán se doblega ante usted por propia voluntad, eso es entonces lo más grato; eso, un alemán no se atreve a esperarlo de su idioma; no se atreve a escribir de un modo tan personal. Pero yo quería leer el checo que usted escribe porque es parte de usted, porque sólo en él está Milena toda ella (la traducción lo confirma), aquí sólo está la Milena de Viena o la que se prepara para Viena. Así que en checo, por favor. Y también los ensayos que menciona. Puede que a usted le parezcan pobres, pero también se ha leído, no sé hasta dónde, ese relato mío tan pobre. Tal vez pueda hacer yo lo mismo con sus artículos, pero si no pudiera, me quedaría con el mejor de los prejuicios.
Pregunta por mi compromiso matrimonial. He estado prometido dos veces (si se quiere, tres, es decir, dos veces con la misma chica); por tanto, tres veces[11] he estado separado sólo por unos días del matrimonio. Lo primero ya pasó del todo (se casó con otro y hasta me han dicho que tiene un hijito); lo segundo está aún vivo, pero sin perspectiva de casamiento; por tanto no está vivo, en el fondo, o, mejor dicho, vive una vida propia a expensas de los seres humanos. En su conjunto he llegado a la conclusión, en este caso y en otros, de que los hombres tal vez sufran más, o, si uno quiere verlo así, tienen menos capacidad de resistencia, pero las mujeres siempre sufren sin culpa, y no en el sentido de que «no tuvo la culpa» sino en el sentido más propio, que por otra parte aboca quizás al «no tener la culpa». Pero es inútil reflexionar sobre estas cosas. Es como si uno se empeñara en destruir una sola caldera del infierno; en primer lugar, no se consigue, y, en segundo lugar, si se consigue, uno se quema en la masa ardiente que se derrama, y el infierno sigue existiendo en todo su esplendor. Hay que atacarlo de otro modo.
Pero primero y ante todo, urge tumbarse en un jardín y sacar de esa enfermedad, sobre todo cuando no es propiamente enfermedad, la mayor dulzura posible. Hay mucha dulzura en ella.
Suyo Franz K.
[Merano, abril/mayo de 1920]
Querida señora Milena:
Ante todo, para que no lo deduzca de mi carta sin quererlo yo: desde hace unos quince días estoy con un insomnio cada vez más fuerte; en principio no le doy gran importancia, son periodos que van y vienen y que siempre tienen ciertas causas (según el Baedeker puede deberse a algo tan ridículo como el aire de Merano), más de las que necesitan; aunque esas causas sean a veces casi imperceptibles, lo dejan a uno insensible como un tarugo y al mismo tiempo inquieto como un animal del bosque.
Pero tengo una satisfacción. Usted ha dormido bien; ha sido algo «raro» aún; ayer le «faltó el sosiego», pero tuvo un sueño tranquilo. Así pues, cuando por la noche el sueño pasa de largo a mi lado, conozco su camino y lo tomo con calma. Además sería tonto rebelarse, el sueño es el ser más inocente y el hombre insomne el más culpable.
Y a esa persona insomne le da usted las gracias en su última carta. Si una persona ajena, sin conocimiento de causa, leyera eso, tendría que pensar: «¡Qué hombre! En este caso parece haber movido montañas». Sin embargo no ha hecho absolutamente nada, no ha movido un dedo (excepto el dedo para escribir), se alimenta de leche y de cosas buenas, sin tener siempre (pero sí muy a menudo) delante «té y manzanas», y, por lo demás, deja que las cosas sigan su curso y que las montañas sigan donde están. ¿Conoce la historia del primer éxito de Dostoievski? Es una historia que resume muchísimo y que yo sólo cito por comodidad y debido al gran nombre, porque una historia del vecino de al lado o de aún más cerca tendría la misma importancia. Por lo demás, esa historia yo también la conozco de modo muy imperfecto, incluso los nombres. Dostoievski escribió su primera novela, Pobres gentes; él vivía entonces con un literato amigo, Grigoriev. Éste veía a diario sobre su mesa un gran número de hojas escritas, pero sólo tuvo en su poder el manuscrito cuando estuvo terminada la novela. La leyó, le gustó muchísimo y, sin decirle nada a Dostoievski, se la llevó al entonces famoso crítico Nekrassov. Al día siguiente por la noche llaman a la puerta de Dostoievski. Son Gregoriev y Nekrassov, que entran en la habitación y abrazan y besan a Dostoievski; Nekrassov, que no le había visto hasta entonces, le llama la esperanza de Rusia, pasan una o dos horas conversando, en esencial sobre la novela, y no se despiden hasta la madrugada. Dostoievski, que siempre consideró aquella noche la más feliz de su vida, se asoma a la ventana, los sigue con la vista, no puede contenerse y rompe a llorar. Su sentimiento básico, que ha descrito no sé dónde, era éste: «¡Qué excelentes personas! ¡Qué buenas y nobles son! ¡Y qué miserable soy yo! ¡Si pudieran ver en mi interior! Si me limito a decírselo, no lo creerán». Que Dostoievski se propusiera después imitarlos es sólo la rúbrica, es sólo la última palabra que ha de tener la juventud invencible y ya no forma parte de mi historia, que ha terminado por tanto. ¿No percibe usted, querida Milena, lo misterioso, lo inaccesible al entendimiento, de esta historia? Es, en mi opinión, lo siguiente: Grigoriev y Nekrassov no eran sin duda, si se habla de ello de un modo general, más nobles que Dostoievski, pero deje usted ahora la mirada general, que Dostoievski tampoco exigía aquella noche y que no ayuda en el caso concreto, escuche sólo a Dostoievski y se convencerá de que Grigoriev y Nekrassov eran en efecto maravillosos, y Dostoievski, impuro, rastrero y villano, de forma que, naturalmente, nunca jamás se aproximará ni de lejos a Grigoriev y a Nekrassov, y, por supuesto, jamás será cuestión de que les pague ese inmenso e inmerecido favor. Se los ve, literalmente, desde la ventana, cómo se alejan, insinuando así su inaccesibilidad. Lamentablemente, la importancia de esta historia queda borrada por el gran nombre de Dostoievski.
¿Adónde me ha llevado mi insomnio? Por supuesto a nada que no haya sido dicho con la mejor intención.
Suyo Franz K
[Merano, mayo de 1920]
Querida señora Milena:
Sólo unas palabras, seguramente volveré a escribirle mañana, hoy sólo escribo pensando en mí, sólo por hacer algo para mí, sólo para liberarme un poco de la impresión que me ha causado su carta, de lo contrario seguiría agobiándome día y noche. Es usted muy extraña, Milena, vive allá en Viena, tiene que sufrir también lo suyo y entremedias aún le queda tiempo para asombrarse de que otros, yo por ejemplo, no se encuentren demasiado bien y duerman una noche un poco peor que la anterior. Las tres amigas que tengo aquí (tres hermanas, la mayor de cinco años) pensaban a este respecto de manera mucho más sensata; en todo momento, estuviéramos o no a orillas del río, querían echarme al agua y no porque yo les hubiera hecho nada malo, no, en absoluto. Cuando las personas mayores amenazan así a los niños, es, por supuesto, en broma y con cariño, y viene a significar más o menos: ahora vamos a decir, para divertirnos, las cosas más imposibles. Pero los niños son gente seria y no conocen lo imposible; aunque fracasen diez veces en su intento de echarme al agua, no se convencerán por eso de que la vez siguiente tampoco lo conseguirán es más, ni siquiera saben que no lo han conseguido en los diez intentos anteriores. Son inquietantes los niños, si se aplica a sus palabras y a sus intenciones el saber del adulto. Cuando una niñita así de cuatro años, que sólo parece existir para que la besen y la apretujen, pero que al mismo tiempo es fuerte como un roble y un poco gordezuela aún, de la época de la lactancia, se lanza contra uno, y las dos hermanas la ayudan a derecha e izquierda y detrás de uno está ya el parapeto, y el afable padre de las niñas y la madre, guapa, apacible y rolliza (junto al cochecito del cuarto hijo), sonríen desde lejos a lo que está pasando y no quieren ayudar, entonces casi no hay salvación y apenas es posible describir cómo uno, a pesar de todo, pudo ponerse a salvo. Unas niñas cargadas de sensatez o de presentimientos querían arrojarme al agua sin ningún motivo, tal vez porque me consideraban superfluo, y sin embargo ni siquiera conocían las cartas de usted y mis respuestas.
Lo de «con la mejor intención» de mi última carta no debe asustarla. Era un periodo, un periodo que aquí no es esporádico, de insomnio total; yo había escrito esa anécdota, una anécdota que había recordado muchas veces en relación con usted, pero cuando hube terminado, con tanta tensión en la sien derecha y en la izquierda, no podía saber bien por qué la había contado; además estaba también la masa informe de lo que yo había querido decirle allí, en el balcón, tumbado en la hamaca, y por eso no me quedó otro remedio que apelar a ese sentimiento básico; y tampoco ahora puedo hacer algo muy distinto.
Usted tiene todo lo mío que se ha publicado, excepto el último libro, Un médico rural, una colección de breves relatos que le enviará Wolff; en cualquier caso le escribí por eso hace una semana. En prensa no hay nada, y no sé qué podría haber ahora. Todo lo que haga usted con los libros y con las traducciones estará bien, es una pena que no tengan más valor para mí de modo que, cuando los pongo en sus manos, esté expresando realmente la confianza que tengo en usted. En cambio, me alegro de que esas pocas observaciones sobre «El fogonero» que me pide me permitan hacer un pequeño sacrificio; será el anticipo de ese castigo infernal que consiste en tener que examinar una vez más la propia vida con la mirada del conocimiento, y lo peor en ello no es tener que pasar revista a las acciones evidentemente malas sino a las que en su momento uno consideró buenas.
Y a pesar de todo es bueno escribir, estoy más tranquilo que hace dos horas, cuando estaba con su carta ahí fuera, en la hamaca. A un paso de distancia de mí, que seguía allí tumbado, un escarabajo había caído de espaldas y estaba desesperado, no podía enderezarse, me habría gustado ayudarle, tan fácil era; se le podía prestar visible ayuda con un paso y una patadita, pero con la carta de usted me olvidé de él, tampoco podía levantarme, fue una lagartija la que me llamó otra vez la atención sobre la vida que me rodeaba, su camino pasaba por encima del escarabajo, que ya estaba completamente inmóvil; así pues, me dije, no era un accidente sino una agonía, el extraño espectáculo de la muerte natural de un animal; pero la lagartija, al deslizarse sobre él, hizo que se incorporase; eso sí, un ratito siguió inmóvil como un muerto, pero después echó a correr con toda normalidad pared arriba. Probablemente recobré así, en cierto modo, un poco de ánimo, me levanté, bebí leche y me puse a escribirle.
Suyo Franz K
He aquí, pues, las observaciones:
Columna I línea 2: arm [pobre] tiene aquí también el sentido secundario de «deplorable, digno de lástima», pero sin insistir en lo sentimental, una compasión libre de empatía, que tiene también Karl con sus padres; tal vez uboží[12].
I, 9: freie Lüfte [aires libres] es un poco grandilocuente, pero ahí no existe otra solución.
I, 17: z dobré nálady a ponĕvadž byl silný chlapec[13]: suprímalo todo.
No, prefiero enviar la carta, mañana le enviaré las observaciones, serán por cierto muy pocas, no páginas enteras; esa verdad, que parece tan natural, de la traducción me asombra una y otra vez cuando tomo conciencia de que no es tan natural; no hay apenas errores, eso por otra parte no sería tan extraordinario, pero sí hay en todo momento una comprensión, intensa y resuelta, del texto. Sin embargo no sé si los checos le echan en cara esa fidelidad, justo lo que más me gusta de la traducción (y ni siquiera por el relato sino por mí mismo); mi sentimiento de la lengua checa —yo también lo tengo— está plenamente satisfecho, pero es extremadamente unilateral. Como quiera que sea, si alguien llegara a echárselo en cara, trate de subsanar la ofensa con mi gratitud.
[Merano, mayo de 1920]
Querida señora Milena (sí, la denominación se vuelve molesta, pero en este mundo inseguro es uno de esos asideros a los que pueden aferrarse los enfermos, y, si los asideros les resultan molestos, eso no es prueba alguna de que hayan recobrado la salud), yo nunca he vivido entre alemanes, el alemán es mi lengua materna[14] y, por tanto, lo natural en mí, pero el checo me resulta mucho más entrañable, por eso su carta destruye ciertas inseguridades, la veo a usted con más claridad, los movimientos del cuerpo, de las manos, tan rápidos y resueltos, es casi como estar con usted, sin embargo cuando quiero alzar la vista hasta su rostro, estalla un incendio en el transcurso de su carta —¡qué historia!— y no veo sino fuego.
Eso podría inducir a creer en la ley de su vida decretada por usted misma. Se comprende muy bien, por supuesto, que no quiera que la compadezcan por esa ley a la que por lo visto está sujeta, porque el establecimiento de esa ley no es sino mera soberbia y engreimiento (já jsem ten který platí[15]); pero las pruebas que ha dado de esa ley no necesitan más comentarios, ahí no queda sino besarle la mano en silencio. Por mi parte, creo en su ley, pero no creo que marque su vida para siempre de una manera tan señaladamente cruel y llamativa; es conocimiento, pero sólo un conocimiento en camino, y el camino es interminable.
Pero, sin estar influido por eso, para el entendimiento limitado y terrenal de una persona es horrible verla a usted en ese horno sobrecalentado en el que vive. Quiero, por una vez, hablar sólo de mí. Si uno lo toma todo como un deber escolar, por ejemplo, usted tenía respecto a mí tres posibilidades. Habría podido, por ejemplo, no decirme nada de usted misma; entonces me habría privado de la dicha de conocerla y, lo que es más que esa dicha, de ponerme a prueba en relación con ella. Por tanto, no debía ocultármelo. Luego habría podido no mencionar algunas cosas o presentarlas a una luz más favorable, y todavía podría hacerlo, pero en la situación actual yo lo notaría, aunque no dijera nada, y me dolería el doble. Por tanto, tampoco puede usted hacer eso. Como tercera posibilidad sólo queda tratar de salvarse un poco a sí mismo. En sus cartas aparece en efecto una pequeña posibilidad. Con cierta frecuencia habla en ellas de sosiego y firmeza, a menudo también, de modo pasajero sin duda, de otras cosas y al final incluso de: reelní hrůza[16].
Lo que dice sobre su salud (la mía es buena, lo único es que duermo mal en el clima de altura) no me basta. El diagnóstico del médico no me parece demasiado favorable, es, más bien, ni favorable ni desfavorable, sólo su propio comportamiento puede decidir cómo hay que interpretarlo. Por supuesto, los médicos son tontos o, mejor dicho, no son más tontos que otras personas, pero sus pretensiones son ridículas en cualquier caso hay que contar con que, desde el momento en que uno se deja tratar por ellos, se vuelven cada vez más tontos, y lo que de momento exige el médico no es ni muy tonto ni imposible. Imposible es que usted enferme de verdad, y esa imposibilidad ha de permanecer. En qué ha cambiado su vida desde que habló con el médico: ésa es la cuestión esencial.
Luego otras preguntas secundarias, que le ruego me permita: ¿por qué y desde cuándo no tiene dinero? ¿Está en contacto con su familia? (Creo que sí porque una vez me dio usted una dirección de donde le enviaban regularmente paquetes, ¿se ha terminado eso?). ¿Por qué antes se trataba usted en Viena, como me escribe, con mucha gente y ahora con nadie?
No quiere enviarme sus ensayos para los periódicos[17], por tanto no confía en que yo pueda insertar sus artículos en el lugar adecuado de la imagen que me he formado de usted. Bueno, entonces estoy enfadado con usted en ese punto, lo que por lo demás no es una desdicha, porque no es malo, aunque sólo sea para que exista cierto equilibrio, que en un rinconcito de mi corazón haya para usted un poco de enfado.
Suyo Franz K
[Merano, 29 de mayo de 1920]
Querida señora Milena:
El día es cortísimo; con usted y luego con algunas cosas sin importancia, ya se ha pasado y se ha terminado. Apenas queda un ratito para escribir a la Milena verdadera, porque la aún más verdadera ha estado aquí todo el día, en la habitación, en el balcón, en las nubes.
¿De dónde viene ese buen ánimo, ese buen humor, esa despreocupación en su última carta? ¿Ha cambiado algo? ¿O me engaño y ayudan a ello los textos en prosa? ¿O se domina usted tanto y con ello también domina las cosas? ¿Qué es?
Su carta comienza en tono judicial, lo digo en serio. Y tiene razón con su reproche či ne tak docela pravdu[18], así como en el fondo tenía también razón en lo de dobře mínĕno[19]. Es evidente, en efecto. Si mi preocupación hubiera sido tan completa y continua como le digo en mis cartas, no habría podido continuar tumbado en mi hamaca y, superando todos los obstáculos, me habría presentado al día siguiente en su habitación. Ésa sería la única prueba de mi veracidad, todo lo demás es hablar por hablar, incluidas estas palabras. O apelar al sentimiento de fondo, pero ése está mudo y se ha cruzado de brazos.
Cómo es posible que no se haya hartado aún de la gente ridícula que usted describe (con cariño, y por eso las describe con ese encanto) y después de quien le está haciendo estas preguntas y de tantos otros. Usted tiene que juzgar, la mujer es la que juzga al final. (La saga del juicio de Paris desvirtúa esto un poco, pero Paris se limita a determinar cuál de las tres diosas había emitido un juicio más convincente). Las ridiculeces carecerían de importancia, podrían ser sólo ridiculeces del momento, que después, en su conjunto, se tornan serias y buenas; ¿es esa esperanza la que la retiene a usted junto a esas personas? ¿Quién puede afirmar que conoce los secretos pensamientos de usted, de su juez? Sin embargo, yo tengo la impresión de que perdona esas ridiculeces en cuanto tales, que las comprende, que las ama y las ennoblece con su amor. Pero tales ridiculeces no son sino la carrera en zigzag de los perros, mientras que el amo camina en línea recta, no exactamente por en medio sino por donde lleva el camino. Pero su amor, pese a todo, tendrá un sentido, lo creo firmemente (sin embargo tengo que preguntar y que considerarlo extraño), y sólo para dar más fuerza a tal posibilidad me viene a la memoria lo que comentó un empleado de la entidad en la que trabajo. Hace unos años yo iba mucho en una pequeña canoa por el Moldau, remaba río arriba y luego, tumbado a todo lo largo, pasaba bajo los puentes arrastrado por la corriente. Como estaba tan delgado, aquello probablemente parecía de lo más cómico, visto desde lo alto del puente. Aquel empleado, que en una ocasión me vio así desde el puente, después de haber subrayado varias veces lo cómico del espectáculo, resumió su impresión de la siguiente manera: parecía el instante previo al Juicio Final. Era como el momento en que los ataúdes ya han sido destapados, pero los muertos aún yacen en ellos.

He hecho una pequeña excursión (no la grande que he mencionado y que no llegó a realizarse) y, de puro cansancio (no desagradable), durante casi tres días he sido casi incapaz de hacer nada, ni siquiera de escribir; sólo leía, su carta, sus artículos, varias veces, convencido de que esa prosa no estaba allí por sí misma sino que era una suerte de indicador del camino hacia una persona, de un camino por el que se sigue caminando cada vez más feliz, hasta que en un momento de lucidez se reconoce que uno no avanza sino que sigue dando vueltas en el propio laberinto, sólo más excitado, más desorientado que nunca. Pero como quiera que sea: todas esas páginas no las ha escrito cualquiera. A partir de ahora confío casi tanto en lo que escribe como en usted misma. En checo sólo conozco (dados mis escasos conocimientos) una musicalidad del lenguaje, la de Božena Nĕmcová[20]; ésta es otra música, pero afín a ella en decisión, ardor, dulzura y sobre todo en una lúcida inteligencia. ¿Es esto un producto de los últimos años? ¿Escribía usted ya antes? Puede decir, como es natural, que yo soy ridículamente unilateral, y tiene razón, en efecto; claro que soy unilateral, pero unilateral debido únicamente no a lo que he encontrado, sino a lo que he reencontrado en sus artículos (desiguales, por lo demás, en algunos pasajes perniciosamente influidos por el periódico). El poco valor de mi juicio puede usted reconocerlo en seguida si sabe que, seducido por dos pasajes, considero también que el artículo de moda recortado es obra suya. Mucho me gustaría quedarme con los recortes para enseñárselos al menos a mi hermana, pero como usted los necesita en seguida se los envío adjuntos; veo también al margen las operaciones aritméticas.
Sobre su marido yo me había formado sin duda un juicio distinto. En el grupo del café[21] me parecía el más fiable, el más sensato y tranquilo, paternal casi en exceso, pero también poco transparente, aunque no hasta tal punto de que lo anterior quedase por ello desvirtuado. Siempre he sentido respeto por él, para saber más me ha faltado ocasión y capacidad, pero los amigos, en especial Max Brod[22], tenían una elevada opinión de él, eso siempre estaba presente en mí cuando pensaba en él. En especial me gustó durante algún tiempo una peculiaridad suya: que en el café lo llamaban por teléfono varias veces cada noche. Posiblemente había alguien que, en lugar de dormir, estaba sentado junto al aparato, dormitando con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla, y de vez en cuando se despertaba de golpe para llamarle por teléfono. Entiendo tan bien ese estado que quizás sólo por eso lo menciono en esta carta.
Por lo demás, les doy la razón a Staša y a él; doy la razón a todo lo que para mí es inalcanzable, sólo en secreto, cuando nadie mira, doy más la razón a Staša[23].
Suyo Franz K
¿Qué cree usted? ¿Podré recibir todavía una carta antes del domingo? Posible sí sería. Pero es insensato ese deseo inmoderado de cartas. ¿No basta con una sola? ¿No basta saber una vez? Basta, sin duda, pero pese a ello uno se recuesta cómodamente y absorbe las cartas y ya sólo sabe que no quiere dejar de absorber. ¡Explique eso, Milena, maestra!
[Merano, 30 de mayo de 1920]
¿Cómo es, Milena, su conocimiento del género humano? A veces he dudado de él, por ejemplo cuando escribió sobre Werfel[24]; todo denotaba cariño, y quizás sólo cariño, pero mal interpretado, y si se prescinde de todo lo que es Werfel y sólo se detiene uno en el reproche de la gordura (que yo, además, considero injustificado; Werfel me parece cada año más apuesto y amable, por otra parte sólo lo veo de modo esporádico), ¿no sabe usted que sólo los gordos son dignos de confianza? Sólo en esos recipientes de gruesas paredes se cuece todo hasta el final, sólo esos capitalistas del espacio aéreo están protegidos, en la medida en que eso es posible entre los humanos, contra las preocupaciones y la locura y pueden dedicarse tranquilamente a sus tareas; y, como alguien ha dicho, sólo ellos, auténticos ciudadanos del mundo, son utilizables en el mundo entero, porque en el norte dan calor, y en el sur, sombra. (Por otra parte, se pueden invertir los términos, pero entonces no coincide con la realidad). […][25]
Luego, el judaísmo. Me pregunta si soy judío, tal vez es sólo una broma, tal vez pregunta sólo si pertenezco a ese judaísmo medroso, en cualquier caso, siendo usted de Praga, no puede ser tan inocente como por ejemplo Mathilde, la mujer de Heine. (A lo mejor no conoce la anécdota. Tengo la impresión de que he de contarle algo importante, además en cierto modo me perjudico a mí mismo sin lugar a dudas, no por la anécdota sino por contarla, pero alguna vez he de contarle algo bonito. Meissner, un escritor alemán de Bohemia, no judío, lo cuenta en sus memorias. Mathilde lo enojaba a menudo con sus ataques a los alemanes: que los alemanes eran malintencionados, engreídos, porfiados, discutidores, impertinentes, en una palabra, un pueblo insoportable. «Pero usted no conoce a los alemanes —dijo por fin en una ocasión Meissner—. Henry sólo trata con periodistas alemanes, y ésos aquí, en París, son todos judíos». «Bueno —dijo Mathilde—, en eso exagera usted, puede que entre ustedes haya de vez en cuando algún judío, por ejemplo, Seiffert». «No —dijo Meissner—, ése es el único no judío». «¿Qué? —dijo Mathilde—, que Jeitteles, por ejemplo (era un hombre alto, fuerte y rubio), ¿es judío?». «Por supuesto», dijo Meissner. «¿Y Bamberger?». «También». «¿Y Arnstein?». «Lo mismo». Así pasaron revista a todos los conocidos. Finalmente Mathilde se enfadó y dijo: «Usted lo que quiere es tomarme el pelo, va a acabar afirmando que Kohn es un apellido judío, pero Kohn es primo de Henry y Henry es luterano». Contra eso Meissner ya no pudo objetar nada[26]). Como quiera que sea, usted no parece tener miedo del judaísmo. Eso, aplicado al último o penúltimo judaísmo de nuestras ciudades, es una heroicidad, y —lejos de mí querer bromear— si una casta jovencita dice a su familia: «Dejadme» y se dirige hacia allí, es más que la doncella de Orleans cuando salió de su aldea.
Usted, además, tiene también derecho a echar en cara a los judíos una medrosidad característica, aunque ese reproche general contiene un conocimiento de las personas más teórico que práctico; más teórico, porque en primer lugar, según la descripción que hizo de su marido, el reproche no encaja en absoluto con él; en segundo lugar, según mi experiencia, no encaja con la mayoría de los judíos, y en tercer lugar encaja sólo con algunos individuos aislados, pero entonces totalmente, por ejemplo, conmigo. Lo más extraño es, en efecto, que ese reproche no es acertado, en general. La insegura situación de los judíos, insegura en sí misma, insegura entre la gente, haría perfectamente comprensible que puedan creer que sólo poseen lo que tienen en la mano o entre los dientes; que, además, sólo la posesión manifiesta les da derecho a vivir y que lo que han perdido nunca será recuperable sino que se alejará alegremente de ellos para siempre. Por los lados más increíbles se ciernen peligros sobre los judíos, o dejemos los peligros, para ser más precisos, y digamos: «se ciernen amenazas». Le cuento un ejemplo que guarda relación con usted. Tal vez yo haya prometido no hablar de ello (en una época en que apenas la conocía), pero ahora no tengo reparos en mencionarlo ante usted, porque no le dice nada nuevo, le muestra el cariño de la parentela, y no digo nombres ni detalles, porque ya los he olvidado. Mi hermana menor va a casarse con un checo, con un cristiano; él habló una vez con una pariente de usted de su intención de casarse con una judía, y ella dijo: «No, por favor, nada de uniones con judíos. Mire: nuestra Milena, etc., etc».
¿Adónde he querido llevarla con todo esto? Me he extraviado un poco, pero no importa, porque quizás haya caminado usted conmigo y ahora estamos extraviados los dos. Eso es lo realmente bonito de su traducción, que es fiel (ríñame sólo por lo de «fiel», usted sabe hacer de todo, pero lo que mejor sabe es seguramente reñir, me gustaría ser alumno suyo y hacer faltas de continuo, sólo para que usted me riñera de continuo; uno está sentado en el pupitre, apenas se atreve a alzar la mirada, usted está inclinada sobre uno y de continuo campea en lo alto su dedo índice, con el que pone objeciones, ¿no es así?), o sea, que es «fiel» y que yo tengo la sensación de que la llevo de la mano, detrás de mí, por los lóbregos, angostos y feos pasadizos subterráneos de la historia, casi interminables (por eso las frases son interminables, ¿no se ha dado cuenta?), casi interminables (¿sólo dos meses, dice?), para después, a la salida, a la luz del día, tener, así lo espero, la suficiente sensatez como para quitarme de en medio.
Una advertencia para que lo deje por hoy, para que deje libre su mano dispensadora de felicidad. Mañana escribiré otra vez y explicaré por qué, en la medida en que puedo responder de ello, no iré a Viena y no me quedaré tranquilo hasta que usted diga: tiene razón.
Suyo F
Por favor, escriba un poco más claramente la dirección; cuando su carta está metida en el sobre ya casi es propiedad mía, y usted debe tratar la propiedad ajena con más cuidado, con más sentido de la responsabilidad. Tak[27]. Por cierto, tengo también la impresión, sin poder precisarlo más, de que se ha perdido una carta mía. Miedos de judío. ¡En lugar de temer que las cartas lleguen bien a su destino!
Ahora voy a decir una tontería sobre el mismo asunto, es decir, es tonto que yo diga algo que considero correcto sin tener en cuenta que me perjudica. Y luego habla Milena de apocamiento, me da un golpe en el pecho o me pregunta, lo que en checo viene a ser lo mismo en la dinámica y en el sonido: jste žid?[28] ¿No ve cómo en jste se retira el puño para […][29] acumular fuerza en los músculos? ¿Y luego en žid el alegre, el infalible golpe que sale disparado hacia delante? La lengua checa tiene muchas veces esos efectos secundarios para el oído alemán. Por ejemplo, preguntó usted una vez a qué se debe que yo haga depender de una carta mi estancia aquí y respondió en seguida usted misma: nechápu[30]. Una palabra extraña en checo, su lengua además; es tan dura, tan impasible, de mirada tan fría; tan parca y sobre todo tan parecida a un cascanueces; en esa palabra chocan tres veces las mandíbulas una contra otra, o mejor dicho: la primera sílaba intenta atrapar la nuez, no es posible, entonces la segunda sílaba abre por completo la boca, ahora ya entra en ella la nuez, y la tercera sílaba la casca por fin, ¿oye las muelas? Es sobre todo ese definitivo cierre de labios al final lo que prohíbe al otro cualquier réplica, lo que por otra parte es a veces una buena cosa, por ejemplo cuando el otro no para de charlar como yo ahora[31]. En cuyo caso el charlatán pide perdón diciendo: «Sólo se tiene esta locuacidad cuando uno, por fin, está un poco alegre».
Como quiera que sea, hoy no ha llegado carta suya. Y lo que yo quería decir al final aún no lo he dicho. La próxima vez. Cuánto, cuánto me gustaría tener alguna noticia suya mañana; las últimas palabras que le oí decir a usted antes del portazo —todos los portazos son abominables— son horribles.
Suyo F
[Merano, 31 de mayo de 1920]
Lunes
Así pues, he aquí la explicación prometida ayer:
No quiero (Milena, ayúdeme. Comprenda más de lo que digo), no quiero (no es tartamudeo) ir a Viena porque no soportaría psíquicamente el esfuerzo. Soy un enfermo psíquico, la enfermedad pulmonar es sólo la enfermedad psíquica que se ha desbordado. Estoy así de enfermo desde el cuarto o quinto año de mis dos primeros compromisos matrimoniales. (No podía explicarme en un primer momento lo alegre que estaba usted en su última carta, fue más tarde cuando caí en la cuenta; lo olvido una y otra vez: usted es jovencísima, quizás no tenga ni 25 años, como mucho 23, quizás. Yo tengo 37, casi 38, casi una breve generación mayor que usted, y con el pelo casi blanco de las antiguas noches y los antiguos dolores de cabeza). No quiero desplegar ante usted esa larga historia, con sus verdaderos bosques de detalles de los que aún tengo miedo como un niño, pero sin la capacidad de olvido del niño. Común a los tres noviazgos fue que yo tuve la culpa de todo, sin duda alguna fui culpable, hice desgraciadas a las dos jóvenes y además —aquí hablo sólo de la primera, de la segunda no puedo hablar, es susceptible, cada palabra, hasta la más amable, sería la más monstruosa ofensa para ella, yo lo comprendo—, y además sólo porque con ella (que, si yo lo hubiera querido, quizás se habría sacrificado) no pude tener una alegría duradera, ni sosiego, ni energía para tomar decisiones ni para afrontar el matrimonio, aunque así se lo aseguré a ella repetidas veces y de modo totalmente voluntario, aunque a veces la quería desesperadamente, aunque yo no conocía nada más deseable que el matrimonio. Me ensañé con ella (o, si usted quiere, conmigo) a lo largo de casi cinco años, pero, por suerte, ella era indestructible, una mezcla judeo-prusiana, mezcla sólida y victoriosa. Yo no era tan fuerte, ella sin embargo sólo sufría, mientras que yo golpeaba y sufría.

Termino, no puedo seguir escribiendo, no puedo explicar nada más, aunque acabo de empezar y debería describir la enfermedad psíquica, aducir las otras razones que me impiden ir a verla; ha llegado un telegrama: «El ocho encuentro Karlsbad, ruego confirmación escrita». Cuando lo abrí, confieso que aquello tenía una catadura terrible, aunque detrás está la persona más desprendida, más apacible, más modesta, y aunque todo ello en el fondo haya sido iniciativa mía. Ahora no puedo explicar eso, porque no puedo referirme a una descripción de mi enfermedad. Hasta ahora lo seguro es que me iré de aquí el lunes, a veces veo el telegrama y apenas puedo leerlo, es como si hubiera en él una escritura secreta que borra la otra y que dice así: «Pasa por Viena», una orden evidente pero sin lo horrible de las órdenes. No lo haré, objetivamente es absurdo no tomar el trayecto corto a través de Múnich, sino el otro doble de largo a través de Linz y luego más largo aún pasando por Viena. Hago un experimento: en el balcón hay un gorrión y espera que yo, desde la mesa, le eche pan en el balcón; en lugar de eso echo el pan al suelo, en plena habitación, a mi lado. El gorrión está fuera y ve desde allí el manjar de su vida en la penumbra, le atrae enormemente, se mueve inquieto, está más aquí que allí, pero aquí está oscuro y, junto al pan, estoy yo, el poder secreto. Pese a ello salta por encima del umbral, da después varios saltitos pero ya no se atreve a más, de pronto se asusta y levanta el vuelo. Pero qué energía tiene ese pobre pájaro; pasado un ratito está otra vez aquí, observa la situación, echo unas migas más, para ponérselo más fácil y, si yo, con un pequeño movimiento, no le hubiera ahuyentado —medio con intención, medio sin ella, así actúan los poderes secretos—, habría cogido el pan.
Lo cierto es que a finales de junio acaba mi permiso y que yo, como transición —hará también mucho calor aquí, lo que por otra parte no me molestaría gran cosa—, quiero ir a alguna otra parte, al campo. Ella también quería viajar; por eso nos vamos a encontrar los dos allí, yo me quedaré allá unos días y luego quizás algunos días más en Konstantinbad, con mis padres; luego volveré a Praga; cuando considero esos viajes y los comparo con el estado de mi cabeza, entonces me encuentro más o menos en la situación en la que habría estado Napoleón si, al diseñar los planes para la campaña rusa, hubiera sabido al mismo tiempo con toda precisión cuál iba a ser su final.
Cuando llegó entonces la primera carta de usted, creo que fue poco antes de la boda que había de celebrarse (cuyo proyecto, por ejemplo, fue exclusivamente obra mía), me alegré y se la enseñé. Más tarde…, no, nada más, y esta carta no volveré a romperla, tenemos peculiaridades parecidas, sólo que no tengo una estufa a mano, y casi me temo, por los indicios, que he enviado alguna vez, escrita en el reverso de una carta comenzada como ésta, una carta a aquella chica.
Pero todo esto es poco importante, incluso sin el telegrama no habría sido capaz de viajar a Viena, al contrario, el telegrama obra más bien como argumento a favor del viaje. No iré, con toda seguridad, pero si pese a todo —no ocurrirá—, para mi horrible sorpresa, llegase a estar en Viena, no necesitaré ni desayuno ni cena, sino más bien una camilla en la que pueda tenderme un ratito.
Adiós, ésta no va a ser una semana fácil.
Suyo F