Cartas a Milena
Cartas a Milena
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Si quisiera escribirme unas letras a Karlsbad, lista de correos… No, mejor después, a Praga.
Qué enormes escuelas son esas en las que usted enseña: doscientos alumnos, cincuenta alumnos. Querría tener un asiento junto a la ventana, en la última fila, durante una hora; entonces renuncio a encontrarme nunca con usted (lo que de todas maneras no ocurrirá), renunciaré a todos los viajes y…, basta, este papel blanco que no se acaba y no se acaba quema los ojos, y por eso escribo.
Esto ha sido a primera hora de la tarde, ahora son casi las once. Lo he organizado de la única manera posible en este momento. He telegrafiado a Praga que no puedo ir a Karlsbad, daré como explicación mi abominable estado, lo que por una parte es muy cierto, pero por otra no muy lógico porque justamente debido a ese estado quería ir antes a Karlsbad. Así juego con un ser humano. Pero no puedo hacer otra cosa porque en Karlsbad no podría ni hablar ni callar o, mejor dicho: hablaría incluso si callara, porque ahora no soy sino una sola palabra. Pero lo seguro es que no viajaré pasando por Viena sino el lunes pasando por Múnich, no sé adónde: Karlsbad, Marienbad, en cualquier caso, solo. Tal vez le escriba, pero no recibiré carta suya hasta dentro de tres semanas, en Praga.
[Merano, 1 de junio de 1920]
Martes
Echo cuentas: escrita el sábado; a pesar del domingo llegó ya el martes a mediodía, el martes se la arranqué de la mano a la muchacha; un servicio postal tan estupendo y el lunes me marcho y renuncio a él.
Tiene usted la bondad de preocuparse, echa de menos mis cartas, sí, varios días de la semana pasada no he escrito nada, pero desde el sábado lo he hecho cada día, de forma que ahora recibirá tres cartas, que la harán alegrarse de los días sin carta. Se dará cuenta de que todos sus temores están justificados, o sea, que estoy muy enfadado con usted en general y que, en particular, no me han gustado nada muchas cosas de sus cartas, que los artículos de las revistas me han irritado, etc. No, Milena de nada de eso ha de tener miedo, ¡pero tiemble por lo contrario!
Qué bien haber recibido su carta y tener que responderle con este cerebro insomne. No sé qué escribir, me limito a moverme aquí entre las líneas, bajo la luz de sus ojos, en el hálito de su boca como en un día hermoso y feliz, que sigue siendo hermoso y feliz aunque la cabeza esté enferma, cansada, y uno viaje el lunes pasando por Múnich.
Suyo F
¿Ha ido a casa corriendo, sin aliento, a causa mía? ¿Entonces ya no está enferma y no he de preocuparme por usted? Si es realmente así, ya no me preocupo…, no, estoy exagerando ahora como entonces, pero es una preocupación como si la tuviera aquí, bajo mis cuidados, como si la alimentara a la vez con la misma leche que bebo yo, como si la fortaleciera con el aire que respiro y que entra del jardín; no, eso sería muy poco, la fortalecería mucho más que a mí.
Probablemente, por diversos motivos, aún no me marcharé el lunes, sino un poco más tarde. Pero entonces viajaré directamente a Praga, hay últimamente un tren expreso directo Bolzano-Múnich-Praga. Si quisiera escribirme aún unas líneas, podría hacerlo; si no llegaran a tiempo, me las reenviarán a Praga.
Mantenga su afecto por mí.
F.
Uno es el colmo de la estupidez. Estoy leyendo un libro sobre el Tíbet; cuando describe un poblado de montaña, en la frontera del Tíbet, de pronto me entra una pesadumbre, tan triste y solitaria aparece allí esa aldea, tan lejos de Viena. Lo que considero estúpido es la idea de que el Tíbet está lejos de Viena. ¿Está realmente lejos?
[Merano, 2 de junio de 1920]
Miércoles
Las dos cartas han llegados juntas, al mediodía; no son para leerlas sino para desplegarlas, poner la cara sobre ellas y perder la razón. Pero ahora resulta que es bueno haberla perdido ya casi del todo, porque el resto muy posiblemente lo seguiré manteniendo largo tiempo aún. Y por eso dicen mis 38 años judíos ante sus 24 cristianos:
¿Cómo sería eso? ¿Y dónde están las leyes del universo y toda la policía del firmamento? Tienes 38 años y un cansancio que probablemente no proviene de la edad. O mejor: no estás cansado, sino inquieto, simplemente tienes miedo de dar un paso en esta tierra plagada de cepos, por eso en realidad tienes siempre a la vez ambos pies en el aire, no estás cansado sino que tienes miedo del inmenso cansancio que seguirá a esa inmensa inquietud y que (como eres judío, sabes lo que es el miedo) uno imagina, en el mejor de los casos, como un estúpido mirar al vacío en el jardín del manicomio, detrás de la Karlsplatz.
Bien, ésa sería entonces tu situación. Has librado algunos combates, con ellos has hecho desgraciados a amigos y enemigos (y además sólo tenías amigos, gente buena y amable, ningún enemigo), así te has convertido en inválido, uno de esos que empiezan a temblar cuando ven una pistola de juguete y ahora, ahora te sientes de pronto como llamado al gran combate que salvará al mundo. Eso sería cuando menos muy extraño, ¿no?
Piensa también que quizás la mejor época de tu vida, de la que en realidad no has hablado a fondo con nadie, fueron, hace cosa de dos años, aquellos ocho meses en un pueblecito[32] en el que creíste haber terminado con todo y con todos, en el que sólo te limitabas a lo que era indudable en ti, eras libre, sin cartas, sin la comunicación postal con Berlín que ya duraba cinco años, protegido por tu enfermedad, y al mismo tiempo sin tener que cambiar mucho en ti sino sólo ajustar más los antiguos y angostos contornos de tu modo de ser (en la cara, bajo los cabellos grises, no has cambiado apenas desde los seis años).
A lo largo de este último año y medio te has dado cuenta, lamentablemente, de que eso no era el final, más hondo no podías caer en esa dirección (hago salvedad del otoño pasado, en el que luché honradamente por contraer matrimonio), más hondo no podías arrastrar contigo a otra persona, a una muchacha buena y cariñosa que se deshacía de generosidad, más hondo no; no había escapatoria en ninguna dirección, ni siquiera hacia lo hondo.
Bien, y ahora Milena te llama con una voz que te penetra con la misma fuerza en la mente y en el corazón. Claro, Milena no te conoce, la han ofuscado varios relatos y varias cartas; ella es como el mar, fuerte como el mar con sus masas de agua, y sin embargo, equivocada, se precipita como el mar con toda su fuerza cuando la luna muerta y, sobre todo, lejana así lo quiere. No te conoce, y tal vez sea un presentimiento de la verdad que ella desee que vayas a verla. Que tu presencia real ya no la ofuscará, de eso puedes estar perfectamente seguro. ¿No será, alma delicada, que al final no quieres ir porque tienes miedo precisamente de eso?
Pero lo admito; tienes cien motivos interiores más para no ir (los tienes realmente) y además uno exterior: que no serás capaz de hablar con el marido de Milena ni de verlo siquiera y que tampoco serás capaz de hablar con Milena ni de verla si su marido no está presente; admitido todo esto, se oponen a ello dos consideraciones:
En primer lugar, si tú dices que vas a ir a pesar de todo, quizá ya no quiera Milena que vayas, no por capricho sino por cansancio natural; aliviada y de buen grado te dejará que viajes como a ti te parezca.
Y en segundo lugar: sí, viaja realmente a Viena. Milena sólo piensa en la puerta que se abre. Y se abrirá, en efecto, ¿pero luego? Luego habrá allí una persona flaca y larguirucha que sonreirá amablemente (eso lo hará constantemente, lo tiene de una vieja tía que siempre sonreía, pero ambos no lo hacen con intención, sólo por timidez) y se sentará donde le digan. Con eso ya habrán terminado en el fondo las ceremonias, porque hablar, no hablará casi, para eso le falta energía vital (aquí, mi nuevo compañero de mesa dijo ayer refiriéndose a la comida vegetariana del hombre silencioso: «Creo que para el trabajo intelectual es absolutamente necesario comer carne»), ni siquiera estará feliz, para eso también le falta energía vital.
Ya lo ve, Milena, hablo abiertamente. Pero usted es inteligente. Está notando todo el tiempo que, en efecto, digo la verdad (plena, absoluta y detallada), pero con demasiada franqueza. Habría podido presentarme sin esa advertencia y deshacer de golpe el hechizo. El no haberlo hecho es una prueba más de mi verdad, de mi debilidad.
Me quedaré aquí quince días más, sobre todo porque me da vergüenza y temor volver de la cura con este éxito. En mi casa y, lo que es especialmente desagradable, en mi oficina, esperan de estas vacaciones algo así como un restablecimiento casi completo. Un tormento esos interrogatorios: ¿Cuánto has engordado esta vez? Y uno está adelgazando. ¡No ahorres! (alusión a mi tacañería). Y yo pago la pensión, pero no puedo comer. Y otras gracias por el estilo.
Tendría aún tanto que decir, pero no saldría esta carta. Sí, una cosa más quería añadir: si al final de estos quince días desea usted, tan firmemente como el viernes, que vaya a verla, entonces iré.
Suyo F.
[Merano, 3 de junio de 1920]
Jueves
Ya ve, Milena, estoy tumbado en la hamaca por la mañana, desnudo, medio al sol, medio a la sombra, después de una noche casi insomne; cómo iba a poder dormir, si, demasiado liviano para dormir, revoloteaba de continuo en torno a usted y, tal como usted escribe hoy, estaba realmente espantado por «lo que me había tocado en suerte», tan espantado como se cuenta de los profetas, que eran frágiles niños (ya o todavía, eso da igual) y oían cómo los llamaba la voz, y estaban espantados y no querían y apoyaban los pies contra el suelo y tenían un miedo que les dilaceraba el cerebro, y ya antes habían oído voces y no sabían de dónde le venía aquel sonido terrorífico precisamente a esa voz —¿era la debilidad de su oído o la fuerza de la voz?— y tampoco sabían, puesto que eran niños, que la voz ya había vencido y se había instalado a través precisamente de aquel miedo anticipado y lleno de presentimientos que tenían de ella, lo que sin embargo no quería decir nada sobre su don de la profecía, porque son muchos los que oyen la voz, pero que sean dignos de ella, eso es objetivamente muy cuestionable y, por razones de seguridad, más vale negarlo terminantemente desde un principio: pues bien, ése era mi estado de ánimo, tumbado en mi hamaca, cuando llegaron sus dos cartas.
Una peculiaridad, creo yo, tenemos en común, Milena: qué tímidos y medrosos somos, casi cada carta es distinta, casi cada una se asusta de la anterior, y más aún de la carta de respuesta. Usted no lo es por naturaleza, eso se ve fácilmente, y yo, yo quizás ni siquiera lo soy por naturaleza, pero ya casi ha pasado a ser naturaleza, sólo desaparece con la desesperación y, a lo sumo, también con la rabia, y, tampoco hay que olvidarlo: con el miedo.
A veces me da la impresión de que tenemos una misma habitación con dos puertas, una enfrente de otra, y cada uno sujeta el picaporte de su puerta, y con un pestañeo de uno de ellos ya está el otro detrás de su puerta, y basta entonces que el otro diga una sola palabra y el segundo, con toda seguridad, ya ha cerrado la puerta por fuera y ha desaparecido. Abrirá sin duda otra vez la puerta, porque es una habitación que quizás no sea posible abandonar. Si el primero no fuera exactamente igual que el segundo, se habría quedado tan tranquilo, preferiría aparentemente no mirar al segundo y pondría orden poco a poco en la habitación como si fuera una habitación igual que cualquier otra; en lugar de eso hace exactamente lo mismo junto a su puerta, a veces incluso están los dos detrás de sus puertas y la hermosa habitación está vacía.
Eso da lugar a penosos malentendidos. Milena, usted se queja de algunas cartas: que les da vueltas y vueltas y que no sale nada de ellas; pero, si no me equivoco, precisamente en ésas yo estaba tan cerca de usted, refrenaba tan bien mi sangre y asimismo la suya, me hallaba tan en lo hondo del bosque, reposaba tanto en el reposo, que sólo se quiere decir realmente que, por ejemplo, a través de los árboles se ve el cielo, eso es todo, y una hora después se repite lo mismo y, sin embargo, allí ani jediné slovo které by nebylo velmi dobře uváženo[33]. Tampoco dura mucho tiempo, un instante todo lo más, pronto suenan las trompetas de la noche insomne.
Considere también, Milena, cómo voy a su encuentro, qué viaje de 38 años acabo de realizar (y, como soy judío, otro aún mucho más largo), y cuando, en un recodo aparentemente fortuito del camino, la veo a usted, a la que nunca habría esperado ver y ahora, tan tarde, mucho menos aún, entonces, Milena, no puedo gritar, tampoco grita nada dentro de mí, no digo tampoco mil locuras, no están dentro de mí (hago abstracción de la otra locura, la que tengo en grado superlativo), y me entero de que estoy de rodillas quizás solamente porque muy cerca, delante de mis ojos, veo sus pies y los acaricio.
Y no me pida que sea sincero, Milena. Nadie puede pedirme eso con más insistencia que yo mismo y, sin embargo, se me escapa mucho, no cabe duda, quizás se me escape todo. Pero en esa persecución no me estimula ningún estímulo, al contrario, no puedo dar entonces ningún paso; de pronto todo se vuelve mentira y los perseguidos exterminan al perseguidor. Yo estoy en un camino así de peligroso, Milena. Usted está de pie, firme, junto a un árbol, joven, bella, el brillo de sus ojos fulmina el dolor del mundo. Jugamos a škatule škatule hejbejte se[34], yo me deslizo en la sombra de un árbol a otro, estoy en medio del camino, usted me llama, me señala peligros, quiere infundirme ánimos, está horrorizada de mis pasos inseguros, me recuerda (¡a mí!) la seriedad del juego: no puedo más, caigo desplomado, ya estoy tendido en el suelo. No puedo prestar atención al mismo tiempo a las horribles voces interiores y a usted, pero puedo prestar atención a aquéllas y confiárselo a usted, a usted, más que a nadie en el mundo.
Suyo F
[Merano, 3 de junio de 1920]
Ahora, después de haber leído esa carta horrible, pero en modo alguno horrible hasta lo hondo, no es muy fácil dar las gracias por la alegría que me causó cuando llegó. Hoy es fiesta, correo normal ya no habría venido, tampoco era seguro que mañana viernes llegara algo de usted, era pues una especie de silencio opresivo, pero no triste en lo concerniente a usted; en su última carta era tan fuerte que yo la contemplaba igual que contemplaría desde mi hamaca a los alpinistas, si desde aquí pudiera distinguirlos allá arriba en la nieve. Y entonces llegó la carta poco antes del almuerzo; pude llevármela, sacarla del bolsillo, ponerla sobre la mesa, volver a meterla en el bolsillo; a las manos les gusta jugar con una carta y uno las mira y contempla alegre su juego infantil. No siempre reconocía al general y al ingeniero sentados enfrente de mí (personas excelentes y agradables), los oía menos aún, la comida con la que hoy he empezado otra vez (ayer no comí nada) tampoco me fastidiaba mucho, de las complicadas cuestiones aritméticas que se discutieron después de comer, los sucintos problemas me resultaban mucho más claros que las largas soluciones, durante las cuales, sin embargo, había ante mí, libre de trabas por la ventana abierta, un panorama de abetos, sol, montes, aldea y, sobre todo ello, una vislumbre de Viena.
Luego, sin embargo, leí la carta minuciosamente, es decir, leí minuciosamente la carta del domingo, la relectura de la carta del lunes me la reservo hasta su próxima carta, hay en ella cosas que no soporto leer más detalladamente, por lo visto aún no he recobrado del todo la salud; además la carta está ya caducada, según mis cálculos hay cinco cartas en camino, por lo menos tres de ellas tienen que estar ya en su poder, incluso si otra vez se hubiera perdido una o si las cartas certificadas tardaran más en llegar. Sólo me queda ahora pedirle que me envíe aquí en seguida la contestación, basta una sola palabra, pero tiene que ser una que suavice todos los reproches de la carta del lunes y los haga legibles. Por cierto, era justamente ese lunes cuando yo aquí sacudía enérgicamente (y con ciertas perspectivas de éxito) mi discernimiento.
Y ahora la otra carta. Pero es tarde; hoy, después de varias vagas promesas, le he prometido firmemente a ese ingeniero que le haré una visita y veré las fotografías de sus hijos, grandes e imposibles de traer hasta aquí. Es apenas mayor que yo, bávaro, fabricante, muy dedicado a la ciencia pero también divertido y perspicaz; tenía cinco hijos, sólo viven dos (pero ya no tendrá más, por su mujer), el niño ha cumplido ya 13 años, la niña, 11. ¡Qué mundo! Y él lo lleva sobre los hombros guardando el equilibrio. No, Milena, no debería decir usted nada contra el equilibrio.
Suyo F
Mañana más. Pero si fuese pasado mañana, nada de «odiar» otra vez, por favor, eso no.

He vuelto a leer la carta del domingo; sí, es más horrible de lo que pensé tras la primera lectura. Habría que tomar su rostro, Milena, entre las dos manos y mirarla fijamente a los ojos para que se reconociera a sí misma en los ojos del otro y a partir de entonces fuese ya incapaz de ni siquiera pensar las cosas que en ella ha escrito.
[Merano, 4 de junio de 1920]
Viernes
Lo primero, Milena: ¿qué clase de piso es ese en el que escribió el domingo? ¿Espacioso y vacío? ¿Está sola? ¿Día y noche?
Pues tiene que ser bien triste estar sentada una hermosa tarde de domingo frente a un «desconocido» cuyo rostro sólo es «papel de cartas cubierto de letras». ¡Cuánto mejor estoy yo! Mi habitación es pequeña, eso sí, pero aquí está la verdadera Milena, que por lo visto se le escapó a usted el domingo, y, créame, es maravilloso estar con ella.
Se queja usted de su inutilidad. Otros días ha sido distinto y será distinto. Esa frase concreta (¿en qué ocasión fue dicha?) la llena de espanto, pero ya se ha dicho o pensado con toda claridad en ese sentido innumerables veces. El ser humano atormentado por sus demonios se venga inconscientemente de su prójimo. En tales instantes usted querría hacer de redentora, una redención total; si no lo consigue, se llama a sí misma inútil. ¿Quién puede querer algo tan blasfemo? Nadie lo ha conseguido, ni siquiera Jesús. Él sólo pudo decir: «Sígueme», y luego también esa gran frase (que cito mal, desgraciadamente): Haz como digo y verás que no es palabra de hombre sino palabra de Dios. Y a los demonios los expulsaba sólo de los hombres que le seguían. Y eso no de forma continua, porque cuando le abandonaban, él perdía también eficiencia y «finalidad». Por otra parte —esto es lo único que le admito a usted—, él también cayó en la tentación.

[Merano, 4 de junio de 1920]
Viernes
Hoy, al atardecer, he dado por primera vez un paseo bastante largo yo solo; por lo general camino con otras personas o, la mayoría de las veces, me quedo en casa acostado. ¡Qué país este! ¡Dios mío, Milena, si estuviera usted aquí! ¡Y este pobre intelecto incapaz de pensar! Y además estaría mintiendo si dijera que la echo de menos; es la más perfecta, la más dolorosa brujería: usted está aquí, igual que yo y aun con más presencia; donde estoy yo está usted, como yo y más aún. No es broma, a veces pienso que usted, como está aquí, me echa de menos a mí aquí y pregunta: «¿Pero dónde está? ¿No me escribió que estaba en Merano?».
F
¿Ha recibido mis dos cartas de respuesta?
[Merano, 5 de junio de 1920]
Sábado
Continuamente me pregunto si ha comprendido que mi respuesta, dada mi general disposición de ánimo, tenía que ser como ha sido, es más: que todavía ha sido demasiado suave, demasiado ilusoria, demasiado optimista. Continuamente, día y noche, me lo pregunto, temblando ante su respuesta, me lo pregunto inútilmente, como si me hubieran encomendado la tarea de clavar con el martillo un clavo en una piedra, a lo largo de una semana y sin descanso nocturno, operario y clavo al mismo tiempo. ¡Milena!

Corre la voz —no puedo creerlo— de que esta noche, debido a las huelgas, queda cortado el tráfico ferroviario con el Tirol.
[Merano, 5 de junio de 1920]
Sábado
Ha llegado su carta, la felicidad de su carta. Por encima de todo lo que contiene, hay en ella un pasaje esencial: que tal vez ya no pueda escribirme a Praga.
Pongo esto ante todo de relieve para que todo el mundo lo vea por separado, también usted, Milena. De modo que así se amenaza a una persona y se conoce, al menos de lejos, sus motivos. Y encima se aparenta que se quiere bien a esa persona.
Pero tal vez hasta tendría usted razón en no seguir escribiéndome, algunos pasajes de su carta insinúan tal necesidad. Yo no puedo alegar nada contra ellos. Es precisamente en esos pasajes en los que veo muy bien y reconozco seriamente que estoy a gran altura pero que justo por eso el aire es demasiado tenue para mis pulmones y tengo que descansar.
Suyo F
Escribiré mañana.
[Merano, 6 de junio de 1920]
Domingo
Ese discurso en las dos cuartillas de su carta, Milena, viene del fondo del corazón, del corazón herido (to—mně rozbolelo[35] pone allí, y soy yo quien lo ha hecho: yo a usted), y suena tan nítido y orgulloso como si uno hubiera dado en acero, no en el corazón, y exige también lo más obvio y me entiende mal también (porque en realidad mis gentes «ridículas» son precisamente las de usted, y entonces: ¿dónde habría tomado yo partido entre ustedes dos? ¿Dónde está la frase? ¿Dónde habría tenido yo esa infame ocurrencia? ¿Y cómo iba a condenar a nadie, yo que en todos los aspectos reales —matrimonio, trabajo, valor, sacrificio, pureza, libertad, independencia, veracidad— estoy tan por debajo de ustedes dos que me da asco hablar siquiera de ello? ¿Y cuándo me habría atrevido a ofrecer ayuda activa? Y si me hubiera atrevido, ¿cómo habría podido ponerla en práctica? Basta de preguntas; han dormido bien en los infiernos; ¿por qué sacarlas a la luz del día? Son grises y tristes, y eso lo transmiten a otros. No diga que, de todas maneras, dos horas de vida son más que dos páginas escritas; la escritura es más pobre pero más clara). Así pues, me entiende mal, pero sin embargo: el discurso va dirigido a mí y yo no soy inocente, no lo soy y, curiosamente, no lo soy en gran parte porque a las preguntas de antes hay que responder: No y En ninguna parte.
Luego llegó su queridísimo telegrama, un remedio consolador contra la noche, la vieja enemiga (si el remedio no es del todo suficiente, no es, en verdad, culpa suya sino de las noches. Esas breves noches terrenales casi podrían inculcarle a uno el miedo a la noche eterna); la carta también contiene mucho y maravilloso consuelo, pero es una unidad en la que están también esas dos páginas devastadoras; el telegrama sin embargo es autónomo y no sabe nada de eso. Pero esto, Milena, es lo que puedo decir a la vista de su telegrama: si yo, prescindiendo de todo lo demás, hubiera viajado a Viena, y usted, con sus ojos clavados en los míos, me hubiera soltado ese discurso (que, como ya he indicado, no pasa de largo junto a mí sino que me hiere, y me hiere justificadamente, no de pleno pero sí con mucha fuerza) —y si el discurso no hubiera constado de palabras, habría tenido que ser pensado, expresado con una mirada o con un gesto o, al menos, presupuesto de alguna manera—, entonces yo habría caído por tierra a todo lo largo y por mucho que usted hubiera hecho las veces de enfermera no habría podido ponerme en pie. Y si no hubiera sido así, sólo habría podido ser peor. Ya ve, Milena.
Suyo, F
[Merano, 10 de junio de 1920]
Jueves
No quiero hablar ahora de otra cosa que de esto: [tampoco he leído aún sus cartas con detalle, sólo por encima, dando vueltas en torno a ellas como el mosquito alrededor de la luz, y así me he quemado varias veces la cabecita; son, por cierto, como ya he averiguado, dos cartas muy diferentes, una para apurarla hasta el final, la otra para quedar consternado, pero ésta es seguramente la última].
Si uno se encuentra con un conocido y le pregunta con gran interés cuántos son 2 × 2, la pregunta es de manicomio, pero en el primer grado de la escuela primaria es muy apropiada. Con la pregunta que le hago a usted, Milena, ocurre que en ella se unen las dos cosas, el manicomio y la escuela; por suerte hay también en ella un poco de escuela. Porque yo nunca he podido comprender en absoluto que yo ejerciese la menor atracción sobre alguien y he destruido algunas relaciones humanas (por ejemplo la relación con Weiss) debido a una predisposición lógica, que cree más en un error del otro que en milagros (en la medida en que me concernía a mí, en otros casos, no). Por qué, pensé, enturbiar más con esas cosas el agua turbia de la vida. Veo ante mí un tramo del camino posible para mí y sé a qué inmensa distancia, para mí sin duda imposible de salvar, de mi lugar actual seré merecedor de alguna mirada (¡mía, mucho menos de otros! Esto no es modestia sino soberbia, si lo piensa bien), sólo de alguna mirada, y entonces recibí…: sus cartas, Milena. ¿Cómo expresar la diferencia? Uno yace en la suciedad y el hedor del lecho en que agoniza y llega el ángel de la muerte, el más bienaventurado de todos los ángeles, y le mira. ¿Puede atreverse a morir ese hombre? Se da la vuelta, se hunde más aún en su cama, le resulta imposible morir. En resumen: no creo en lo que usted me escribe, Milena, y no hay modo de que eso se me pueda probar (a Dostoievski tampoco habría podido probárselo nadie aquella noche, y mi vida dura una noche), sólo yo podría probarlo, me imagino que sería capaz de ello (lo mismo que usted tuvo una vez la imagen del hombre tendido en la hamaca), pero tampoco puedo creerme a mí mismo. Por eso tal pregunta era sólo un ridículo recurso provisional —usted, naturalmente, lo ha visto en seguida—, del mismo modo que el maestro, por cansancio e impaciencia, a veces quiere dejarse engañar por una respuesta correcta del discípulo, y creer que el discípulo entiende de verdad el problema, mientras que en realidad lo conoce sólo por no sé qué razones irrelevantes, pero de ninguna manera puede comprenderlo hasta el fondo, porque sólo el maestro podría enseñarle a comprenderlo así. Pero no lloriqueando, quejándose, acariciando, suplicando, soñando (¿tiene usted las cinco o seis cartas últimas? Debería mirarlas, forman parte de la totalidad), sino sólo mediante… Dejemos esto por ahora.

Veo de pasada que en su carta menciona también a la chica. Para no dejar aquí lugar a dudas: si se prescinde del dolor momentáneo, usted ha hecho un enorme favor a esa joven[36]. No puedo imaginar ningún otro método, fuera de éste, para que se desembarazara de mí. Con todo, ella tenía cierta dolorosa sospecha pero no veía en absoluto con claridad qué daba ese calor (inquietante, pero no para ella) al poquito de sitio que tenía a mi lado. Recuerdo: estábamos sentados los dos en el canapé de la única habitación de un apartamento en Wrschowitz (creo que era en noviembre, el piso se convertiría en nuestro domicilio una semana más tarde), ella era feliz de haber conseguido, con muchísimo esfuerzo, al menos ese sitio donde vivir; junto a ella estaba sentado su futuro esposo (repito: sólo yo había tenido la idea de casarnos, sólo yo había instado a ese matrimonio, ella sólo había cedido, asustada y a regañadientes, pero después, como es natural, se había ido haciendo a la idea). Cuando pienso en esa escena con sus pormenores, más numerosos que los latidos del corazón cuando se tiene fiebre, entonces creo poder comprender cualquier ofuscación humana (en aquel caso fue también mía durante meses, aunque en mí no era sólo ofuscación, sino también otra consideración, habría resultado de ello un matrimonio de conveniencia en el mejor sentido), poder comprenderla hasta el fondo, y tengo miedo de llevarme el vaso de leche a la boca, porque, no por casualidad sino intencionadamente, podría muy bien hacerse añicos y lanzarme los fragmentos a la cara.
Una pregunta: ¿en qué consisten los reproches que le hacen a usted? Sí, hay personas a las que he hecho desgraciadas, pero a la larga no me hacen reproches, seguro, sólo enmudecen y creo que ni siquiera interiormente me reprochan nada. Ésa es la posición excepcional que tengo entre la gente.

Pero todo esto carece de importancia frente a una idea que tuve esta mañana al levantarme de la cama y que me fascinó hasta el punto de que me encontré lavado y vestido sin saber cómo, y me habría afeitado también de la misma manera si no me hubiera despertado una visita (ese abogado que considera necesario comer carne).
Es en resumen lo siguiente: usted deja a su marido por algún tiempo, no es nada nuevo, ya ha ocurrido en una ocasión. Las razones son: la enfermedad de usted y el nerviosismo de él (también le procura usted alivio a él) y, por último, el estado de cosas en Viena. No sé adónde quiere ir, para usted sería lo mejor cualquier comarca apacible de Bohemia. En todo ello será lo mejor que yo ni me involucre personalmente ni haga acto de presencia. El dinero necesario lo tendrá de mí, provisionalmente (ya nos pondremos de acuerdo sobre las condiciones de la devolución). (Sólo menciono una ventaja secundaria que eso me reportaría a mí: me convertiría en un empleado feliz con su trabajo, que es, por cierto, ridícula y lastimosamente fácil, no se lo puede imaginar, no sé a cambio de qué gano mi dinero). Si de vez en cuando no bastara para llegar a fin de mes, sabrá procurarse fácilmente lo que falte, seguramente no mucho.
De momento no sigo encomiando esta idea mía pero, dando su opinión sobre ella, tiene usted la posibilidad de mostrar si puedo fiarme de su opinión sobre mis otras ideas (pues el valor de ésta lo conozco).
Suyo Kafka
Leo ahora una observación sobre la comida; sí, eso seguro que también se podría organizar en mi caso, habiéndome convertido ya en un hombre tan importante. Leo las dos cartas del mismo modo que el gorrión picotea las migajas de mi habitación: tembloroso, a la escucha, al acecho, con todo el plumaje hinchado.
[Merano, 11 de junio de 1920]
Viernes
¿Cuándo se enderezará por fin un poco este mundo al revés? De día uno va por ahí con la cabeza echando humo —hay aquí por doquier hermosas ruinas en los montes y uno cree que también tiene que alcanzar esa belleza—, pero en la cama, en lugar de dormir, vienen las mejores ideas. Hoy, por ejemplo, se me ocurrió, como complemento de la propuesta de ayer, que durante el verano usted podría alojarse en casa de Staša, que, como usted misma escribió, está en el campo. Ayer escribí la tontería de que el dinero podría no bastar algún mes que otro; eso es absurdo, bastará siempre.
La carta de la mañana y de la tarde del martes confirma el valor de mi propuesta, lo que no es mera casualidad, porque el valor de la propuesta ha de verse confirmado por todo, por absolutamente todo. Si en la propuesta hay alevosía —dónde puede faltar, ese terrible animal que, si le place, puede volverse muy pequeño—, la mantendré a raya, incluso su marido puede confiar en mí a este respecto. Empiezo a exagerar. Y sin embargo: se puede confiar en mí. Yo no la veré a usted, ni ahora, ni después. Usted vivirá en el campo, que tanto le gusta. (En eso nos parecemos; un campo tranquilo, con montes de poca altura, eso es lo que más me gusta, y allí bosques y lagos).
No es usted consciente del efecto de sus cartas, Milena. Las cartas del lunes (jen strach o Vás[37]) aún no he terminado de leerlas (lo he intentado esta mañana, con cierto éxito, de todos modos un poco habían pasado a la historia debido a mi propuesta, pero todavía no he podido leerlas hasta el final); la carta del martes en cambio (y también la extraña postal —¿escrita en un café?—. Aún he de responder a sus reproches a Werfel, en realidad no le contesto a nada, usted contesta mucho mejor, eso me gusta mucho), pese a la noche casi insomne debido a la carta del lunes, me tranquiliza bastante y me devuelve los ánimos. La carta del martes tiene también, qué duda cabe, su aguijón, y éste se abre camino a través del cuerpo, pero eres tú quien lo manejas y ¿qué sería —esto es sólo, por supuesto, la verdad de un instante, de un instante tembloroso de dicha y de dolor—, qué sería duro de soportar viniendo de ti?
F
Saco otra vez la carta del sobre; aquí queda sitio: por favor, tutéame otra vez —no siempre, no, tanto no pido—, háblame otra vez de tú.
Cuando tenga ocasión, y si no le resulta molesto, dígale algo agradable de mi parte a Werfel, por favor. —Pero a algunas cosas no me da usted respuesta, lamentablemente, por ejemplo, a las preguntas relativas a su carta. […][38]
Hace poco he vuelto a soñar con usted, fue un gran sueño, pero no recuerdo casi nada. Estaba en Viena, no recuerdo nada de eso, pero después llegaba a Praga y había olvidado su dirección, no sólo la calle, también la ciudad, todo, sólo de alguna manera surgía el apellido Schreiber, pero no sabía qué hacer con eso. Así pues, usted me había desaparecido por completo. En mi desesperación hacía varios intentos de lo más astutos, que sin embargo, no sé por qué, no podía poner en práctica y de los cuales sólo recuerdo uno. Escribía en un sobre: M. Jesenská, y debajo «Ruego entregar esta carta, de lo contrario la administración de Hacienda sufrirá una inmensa pérdida». Mediante esa amenaza esperaba poner en movimiento todos los recursos del Estado para encontrarla. ¿Ladino? No deje que esto la predisponga contra mí. Sólo en sueños soy tan inquietante.
[Merano, 12 de junio de 1920]
Sábado
Un poco me interpretas mal, Milena; estoy casi completamente de acuerdo contigo. No quiero entrar aquí en detalles.
Hoy no puedo decir aún si voy a Viena, pero creo que no iré. Si antes tenía muchas razones en contra, hoy sólo tendría una, a saber, que es superior a mis fuerzas, y luego quizás como lejana razón secundaria, que así es mejor para todos nosotros. Sin embargo añado que para mí sería igual de superior a mis fuerzas, o más aún, que ahora, en las circunstancias descritas por ti (nechat č lověka čekat[39]), vinieras a Praga.
La necesidad de saber lo que quieres decirme sobre estos seis meses no es inmediata. Estoy convencido de que es algo horrible […][40], estoy convencido de que has vivido, o incluso hecho, cosas horribles, estoy convencido de que, de haber estado yo presente, lo más probable es que no hubiera podido soportarlo (aunque hasta hace cosa de siete años yo podía soportarlo casi todo), y estoy convencido de que en el futuro tampoco lo soportaría: bueno, pero a santo de qué todo esto, ¿lo esencial para mí son tus actos y experiencias o tú misma? Aun sin que me cuentes nada, te conozco mucho mejor que a mí mismo, con lo que sin embargo no quiero decir que no sepa lo que hacen mis manos.
Tu carta no se opone a mi propuesta, al contrario, porque tú escribes: nejradĕji bych utekla třetí cestou která nevede ani k tobĕanis ním, někam do samoty[41]. Es lo que yo propongo, tú lo escribes quizás el mismo día que yo.
Claro, si la enfermedad se halla en ese estadio, no puedes dejar a tu marido ni siquiera por algún tiempo, pero, como has escrito, no es una enfermedad interminable; hablabas de sólo unos meses; ya ha pasado un mes y más; cuando haya pasado otro, ya no serás imprescindible de momento. Entonces será todavía agosto, como muy tarde, septiembre.
Por lo demás admito una cosa: tu carta es de esas que no puedo leer en seguida, y aunque esta vez, sin embargo, la he devorado cuatro veces seguidas, no puedo decir al momento mi opinión. Con todo, creo que lo dicho arriba sigue teniendo validez.
Tuyo
[Merano, 12 de junio de 1920]
Sábado otra vez
Este cruce de cartas tiene que terminar, Milena, nos está volviendo locos, uno no sabe lo que ha escrito, ni a lo que tiene que responder, y, como quiera que sea, siempre está uno temblando. Tu checo lo entiendo muy bien, oigo también la risa, pero en tus cartas me muevo entre la palabra y la risa, luego sólo oigo la palabra y, por lo demás, todo mi ser no es sino miedo.
No puedo calcular si aún quieres verme, después de mis cartas del miércoles y del jueves; mi relación contigo sí la conozco (formas parte de mí, aunque no vuelva a verte nunca). […][42] La conozco, en la medida en que no pertenece al terreno inabarcable del miedo, pero tu relación conmigo no la conozco, toda ella pertenece al miedo. Tú no me conoces tampoco, Milena, lo repito.
Lo que está sucediendo es para mí algo formidable, mi mundo se derrumba, mi mundo se edifica, a ver cómo te las arreglas (es a mí a quien me dirijo). No me quejo porque se derrumbe, estaba ya derrumbándose, me quejo porque se reedifica, me quejo de mis débiles fuerzas, me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol.
¿Cómo seguiremos viviendo? Si dices «sí» a mis cartas de respuesta, no puedes seguir viviendo en Viena, eso es imposible. Al mismo tiempo que tus cartas de hoy ha llegado una de Max Brod, en la que escribe, entre otras cosas: «Ha sucedido una extraña historia, que te “relato” al menos en lo esencial. Reiner, el joven redactor de la Tribuna (según dicen, un muchacho muy agradable y, en verdad, exageradamente joven, quizá unos veinte años), se ha envenenado. Ha sido cuando estabas todavía en Praga, creo. Ahora se sabe la razón: Willy Haas[43] tenía una relación amorosa con su mujer (Ambrozová de soltera, amiga de Milena Jesenská), relación que al parecer era sólo platónica. Nadie fue cogido in fraganti ni nada por el estilo, pero ella, de palabra sobre todo y con su comportamiento, atormentó hasta tal punto al marido, quien ya la conocía años antes de casarse, que él se suicidó en la redacción. Por la mañana llegó ella a la redacción, junto con el señor Haas, para preguntar por qué no había vuelto a casa después del servicio nocturno. Estaba ingresado ya en el hospital y había muerto antes de que ellos llegaran. Haas, que estaba en vísperas del último examen, interrumpió la carrera, rompió con su padre y dirige en Berlín una revista de cine. Dicen que no está bien. La mujer vive también en Berlín y creen que acabarán casándose. No sé por qué te cuento esta historia atroz. Quizás sólo porque padecemos del mismo demon, y por eso esta historia nos pertenece como nosotros le pertenecemos a ella».
Hasta aquí, la carta. Repito que no puedes quedarte en Viena. Qué horrible historia. En una ocasión capturé un topo y lo llevé al campo de lúpulo. Cuando lo solté, se metió como un loco dentro de la tierra, como si se zambullera en el agua, y desapareció. Así habría que esconderse de esta historia.
Milena, no se trata de eso, por supuesto; tú no eres para mí una mujer, eres una jovencita, no he conocido a ninguna joven que sea más muchacha joven que tú; no me atreveré a tenderte la mano, esta mano sucia, temblorosa, ganchuda, torpe, insegura, helada y ardiente.
F
Por lo que toca al empleado de Praga, no es un buen proyecto. Sólo encontrarás una casa vacía. Es mi oficina. Entretanto yo estaré en el Altstädter Ring n.º 6, tercer piso, sentado ante el escritorio con el rostro hundido entre las manos.
Bueno, Milena, tú tampoco me entiendes; la «cuestión judía» ha sido sólo una broma estúpida.
[Merano, 13 de junio de 1920]
Domingo
Hoy una cosa que tal vez aclare muchas otras, Milena (qué nombre rico y denso, apenas es posible levantarlo de pura plenitud, y no me gustó mucho al principio, me pareció un griego o un romano extraviado en Bohemia, violentado en checo, defraudado en la acentuación, y es, sin embargo, maravillosa en el color y la figura, una mujer que uno lleva en los brazos apartándola del mundo, del fuego, qué sé yo, ella se acurruca en tus brazos, dócil y confiada, sólo el acento que recae sobre la i es duro, ¿no se te escapa el nombre de un salto? ¿O no será quizás simplemente el salto de alegría que das tú con tu carga?).
Escribes dos tipos de cartas, no me refiero a las escritas a pluma y a lápiz, aunque lo escrito a lápiz insinúa por sí mismo muchas cosas y ya hace que uno aguce el oído, pero esa distinción no es decisiva; por ejemplo, la última carta con la tarjeta de alojamiento está escrita a lápiz y me hace feliz; feliz me hacen, en efecto (comprende, Milena, mi edad, mi desgaste y sobre todo el miedo, y comprende tu juventud, tu lozanía, tu valentía; y mi miedo crece más y más, porque significa un retroceder ante el mundo; por eso aumenta su presión, por eso sigue aumentando el miedo; tu valentía, en cambio, equivale a un avance, de ahí que disminuya la presión, que aumente la valentía), feliz me hacen las cartas apacibles, podría sentarme al pie de esas cartas, con una felicidad desmedida, son lluvia sobre la cabeza ardiente. Pero cuando llegan esas otras cartas, Milena, aunque por su naturaleza aporten más felicidad que las primeras (pero yo, por mi debilidad, tardo días en penetrar hasta esa felicidad), esas cartas que empiezan con exclamaciones (y yo, que estoy tan lejos) y que no sé con qué sobresalto terminan, entonces, Milena, comienzo en efecto a temblar como si tocaran a rebato, no puedo leer eso y sin embargo lo leo, claro, como bebe un animal que muere de sed, pero a la vez miedo y más miedo, busco un mueble bajo el que pueda esconderme; tembloroso y casi sin sentido rezo en un rincón para que, lo mismo que has entrado en tromba con esa carta, salgas volando otra vez por la ventana pues yo no puedo mantener un huracán en mi habitación; en esas cartas debes de tener la grandiosa cabeza de la Medusa, hasta tal punto se agitan convulsivamente las serpientes del horror en torno a tu cabeza, y en torno a la mía, pero aún con más frenesí, las serpientes del miedo.

Tu carta del miércoles-jueves. Pero, niñita (soy yo el que habla así a Medusa), tomas en serio todas mis estúpidas bromas (de žid y nechápu[44] y de «odio»), yo sólo quería con ello hacerte reír un poco; el miedo crea malentendidos entre nosotros, pero, por favor, no me obligues a escribir en checo; no había ni sombra de reproche en ello, más bien podría yo reprocharte que tengas una opinión excesivamente buena de los judíos que conoces (yo incluido) —¡hay otros!—; a veces querría embutirlos a todos ellos (yo incluido) en el cajón del armario ropero, esperar después, luego abrir un poco el cajón para ver si ya se han asfixiado todos; si todavía no es el caso, cerrar otra vez el cajón y continuar así hasta el final. Por otra parte, lo que dije sobre tu «discurso» era en serio (una y otra vez se desliza ernst[45] en la carta. Quizá sea horriblemente injusto con él —no puedo reflexionar sobre eso—, pero casi igual de fuerte es la sensación de que ahora estoy vinculado a él y cada vez con más fuerza; casi habría dicho: a vida y muerte. ¡Si pudiera hablar con él! Pero me da miedo, es muy superior a mí. ¿Sabes, Milena? Cuando fuiste hacia él, bajaste un buen trecho de tu nivel, pero si vienes hacia mí, saltas al abismo. ¿Lo sabes? No, lo de mi carta no era mi «altura» sino la tuya). Vuelvo a tu «discurso»; tú también hablabas en serio, en eso no puedo estar equivocado.

Otra vez oigo hablar de tu enfermedad. Milena, ¿no tendrías que meterte en la cama? Tal vez deberías hacerlo. Y tal vez estás ya en la cama mientras escribo esto. ¿No era yo hace un mes mejor persona? Me ocupaba de ti (sólo mentalmente, por otra parte), sabía que estabas enferma, ahora ya no, ahora sólo pienso en mi enfermedad y en mi salud, y ambas cosas, lo primero y lo segundo, eres tú.
F
Hoy, para escapar de esta atmósfera de insomnio, he hecho una pequeña excursión con el ingeniero, mi preferido. Allí te escribí también una tarjeta, pero no he podido firmarla y enviarla. Ya no puedo escribirte como a una persona extraña.
La carta del viernes no llegó hasta el miércoles, las cartas urgentes y certificadas tardan más que el correo ordinario.
[Merano, 14 de junio de 1920]
Lunes
Esta mañana, poco antes de despertar, era también poco después de dormirme, tuve un sueño detestable por no decir terrible (por suerte, la impresión que dejan los sueños se desvanece en seguida), o sea, sólo un sueño detestable. Por cierto, gracias a él he dormido un poco, de un sueño así uno no se despierta hasta que ha concluido; escaparse antes no es posible, el sueño lo sujeta a uno por la lengua.
Era en Viena, una Viena parecida a la que yo imagino cuando sueño despierto, por si llega el caso de que viaje allí (en esas fantasías Viena consta sólo de una plaza pequeña y apacible, uno de sus lados está formado por tu casa, frente a ella el hotel en el que me alojaré; éste tiene a la izquierda la Estación del Oeste, a la que llego, y ésta a su vez, a la izquierda, la Estación de Francisco José, de donde parto; sí, y en la planta baja de mi casa hay también, cosa muy agradable para mí, un restaurante vegetariano, en el que tomo las comidas, no por comer sino para llevar a Praga una especie de peso. ¿Por qué cuento esto? No forma parte del sueño, parece evidente que aún me inspira miedo). Así pues, no era exactamente así, era la gran ciudad real al caer de la tarde, húmeda, oscura, un tráfico intenso y caótico; la casa en la que yo me alojaba estaba separada de la tuya por un jardín público, largo y rectangular.