Cartas a Milena

Cartas a Milena


Cartas a Milena

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Yo había llegado de pronto a Viena, me había adelantado a mis propias cartas, que aún estaban de camino hacia ti (después era esto lo que más me dolía). Pero en cualquier caso tú estabas enterada y yo iba a reunirme contigo. Por suerte (pero al mismo tiempo yo tenía la sensación de algo molesto) no estaba solo, un pequeño grupo, también una chica, creo, estaba conmigo, pero no sé nada preciso sobre ella, para mí eran en cierto modo como mis asesores personales. Si por lo menos hubieran guardado silencio, pero no cesaban de hablar unos con otros, probablemente sobre mi asunto, yo sólo oía su murmullo que ponía nervioso, pero no comprendía nada y tampoco quería comprender. Estaba sobre el borde de la acera, a la derecha de mi casa, y observaba la tuya. Era un hotelito bajo, con una bonita y sencilla galería abovedada exterior, en piedra, a la altura de la planta baja.

De pronto era la hora del desayuno, en la galería ya estaba puesta la mesa, yo veía de lejos cómo llegaba tu marido y se sentaba en una silla de mimbre, a la derecha. Estaba aún soñoliento y se desperezaba estirando los brazos. Luego llegabas tú y te sentabas a la mesa de espaldas a la casa, de modo que se te podía ver del todo. Pero no con precisión, estabas muy lejos, la silueta de tu marido se veía con más exactitud, no sé por qué, tú eras sólo algo entre blanco y azulado, algo difuso, fantasmagórico. También habías abierto los brazos, pero no para desperezarte, sino que era una actitud solemne.

Poco después, había empezado a caer la tarde, estabas en la calle conmigo, de pie sobre la acera; yo, con un pie en la calzada, tenía cogida tu mano, y ahora empezaba un diálogo absurdamente rápido, de frases cortas, clic-clac, clic-clac, que duraba, casi sin interrupción, hasta el final del sueño. No puedo referir su contenido, en realidad sólo sé las dos primeras y las dos últimas frases, el espacio intermedio era un puro suplicio, imposible de transmitir a otro.

En lugar de saludar, yo decía deprisa, inducido por algo que veía en tu rostro: «Me imaginabas distinto». Tú decías: «Si he de serte sincera, te tenía por más estiloso» (en realidad, empleaste otra expresión aún más vienesa, pero la he olvidado).

Ésas eran las dos primeras frases (en este contexto pienso en una cosa: ¿sabes que soy completamente negado para la música? ¿Que nadie, lo sé por experiencia, es tan ignorante en música como yo?); con eso, en el fondo, estaba todo decidido, ¿qué más podía venir? Pero entonces empezaban las negociaciones con vistas a un nuevo encuentro, expresiones de lo más vagas por tu parte, un sinfín de preguntas apremiantes por la mía.

Ahora intervenían mis acompañantes, opinando que yo también había ido a Viena para asistir a una escuela de agricultura en las proximidades de Viena, ahora les parecía que yo tendría tiempo para eso, saltaba a la vista que querían alejarme de allí porque les daba pena. Yo adivinaba lo que pensaban, pero me iba con ellos al tren, probablemente porque esperaba que, si tenía tan firme intención de partir, eso te causaría impresión. Llegábamos todos a la estación, que estaba cerca, pero entonces resultaba que yo había olvidado el nombre de la localidad en la que estaba la escuela. Permanecíamos delante de los grandes paneles de los horarios, todo el tiempo recorríamos con los dedos los nombres de las estaciones y yo me preguntaba si no sería tal vez ésta o aquélla, pero no era ninguna.

Entretanto podía verte un poco, pero a mí me daba perfectamente igual tu aspecto físico, sólo me interesaba tu palabra. Te parecías bastante poco a ti misma, eras en cualquier caso más morena, rostro delgado; con las mejillas más llenas no habría sido posible tanta crueldad (¿Pero era crueldad?). Tu traje, curiosamente, estaba hecho de la misma tela que el mío, era también muy masculino y a decir verdad no me gustaba nada. Pero luego me acordé de un pasaje de tu carta (el verso: dvoje šaty mám a přece slušnĕ vypadám[46]) y tu palabra ejercía tal poder sobre mí que desde entonces me gustaba mucho el vestido.

Pero ya se acercaba el final, mis acompañantes seguían buscando en los horarios, nosotros estábamos apartados y negociábamos. El último estado de la negociación era más o menos éste: el día siguiente era domingo; para ti era incomprensible hasta la náusea cómo yo podía suponer que tú tuvieras tiempo para mí en domingo. Finalmente, sin embargo, cedías en apariencia y decías que podrías sacar cuarenta minutos. (Lo más horrible de la conversación no eran las palabras, naturalmente, sino el trasfondo, la inutilidad de todo ello, era también tu incesante argumento tácito: «No quiero ir. ¿De qué te sirve entonces que vaya?»). Pero no podía conseguir que me dijeras cuándo tendrías esos cuarenta minutos libres. No lo sabías; aunque en apariencia reflexionabas intensamente, no podías averiguarlo. Por fin yo preguntaba: «¿Tendré quizás que esperar todo el día?», «Sí», decías, y te dabas la vuelta hacia un grupo que estaba allí esperándote. El sentido de la respuesta era que no vendrías y que la única concesión que podrías hacerme era permitirme que esperase. «No esperaré», decía yo en voz baja, y como creía que no lo habías oído y era mi última carta, te lo gritaba mientras te ibas. Pero a ti te daba igual, ya no hacías el menor caso. Yo, no sé cómo, regresaba a la ciudad tambaleándome.

Pero dos horas después llegaban cartas y flores, bondad y consuelo.

Tuyo F

Las direcciones, Milena, son otra vez poco claras, sobreescritas y completadas por el correo. La dirección, después de mi primera petición, era espléndida, una tabla modélica de hermosos y diversos tipos de caracteres, si bien tampoco propiamente legibles. Si el correo tuviera mis ojos, sólo sabría leer tus direcciones y ninguna otra. Pero como es el correo…

[Merano, 15 de junio de 1920]

Martes

Esta mañana he vuelto a soñar contigo. Estábamos sentados el uno al lado del otro y tú me rechazabas no con enfado sino amablemente. Yo era muy desgraciado. No por el rechazo, sino por mí, que te trataba como a cualquier mujer silenciosa y no oía la voz que salía de ti y que me hablaba precisamente a mí. O tal vez sí la había percibido pero no había podido responder a ella. Me marchaba más desconsolado que en el primer sueño.

Me viene a la mente algo que leí una vez no sé dónde: «Mi amada es una columna de fuego que avanza sobre la tierra. Ahora me tiene abrazado. Pero no guía a quienes abraza sino a quienes ven».

Tuyo

(Ahora pierdo también el nombre, se ha vuelto cada vez más corto y ahora es: Tuyo).

[Merano, 20 de junio de 1920]

Domingo

Después de un pequeño paseo que he dado contigo: (Qué fácil es escribir esto: pequeño paseo contigo. Uno debería dejar de escribir de vergüenza de que sea tan fácil).

Para mí, de entrada, lo más horrible de esta historia[47] es esa convicción de que los judíos tienen que matarse necesariamente, como animales de presa, y horrorizados, ya que no son animales sino gente de gran lucidez, han tenido que lanzarse contra vosotros. Tú no puedes percibir esta imagen con toda su fuerza y plenitud, pero el resto de esta historia puede que lo entiendas mejor que yo. No comprendo en absoluto cómo los pueblos, antes de que ocurrieran los hechos recientes, pudieron concebir la idea del asesinato ritual (antes era, todo lo más, una envidia y un miedo difusos, pero aquí hay un espectáculo inequívoco, aquí se ve a «Hilsner» cometer el crimen paso a paso; que la joven lo abrace al mismo tiempo, eso qué importa); por otra parte tampoco comprendo que los pueblos hayan podido creer que el judío asesine sin marginarse a sí mismo a la vez, porque es eso lo que hace; pero, claro, eso no tiene por qué interesar a los pueblos.

Otra vez estoy exagerando, todo esto son exageraciones. Son exageraciones porque quienes buscan la salvación siempre se abalanzan sobre las mujeres, y lo mismo da que sean cristianas o judías. Y cuando se habla de la inocencia de esas jóvenes, eso no significa la usual inocencia corporal sino la inocencia de su sacrificio, que no es menos corporal.

Tendría no poco que decir a propósito de ese informe, pero prefiero callarme; en primer lugar conozco poco a Haas (sin embargo su enhorabuena por mi compromiso matrimonial fue, curiosamente, la más cordial de las que recibí), a los otros, nada; además, podrías quizás enfadarte conmigo si me pongo a reflexionar sobre ese asunto que te concierne a ti, y, por último, ya nadie puede ayudar en eso y no sería sino un juego de elucubraciones.

(Continuamente tengo miedo de que, en el caso de la joven con la que habría debido encontrarme en Karlsbad y a la que, poco después de mi telegrama, después de dos notas bastante difusas dije la verdad lo mejor que pude —obrando conforme a sus deseos siempre me obligo a no decir nada en alabanza suya—, puedas condenarme injustamente; y he de tener tanto más miedo porque, como es natural, merezco que se me condene, y muy severamente, pero no en el sentido fundamental de tu relato, por tanto, más severamente aún, dirás tú; pues bien, entonces prefiero cargar con la condena más severa, que es justa, que con la más leve, que no me corresponde. Perdona mis palabras poco claras. Es también un asunto que tengo que solventar a solas conmigo, pero al mismo tiempo quiero poder verte de lejos).

En cuanto a Max, creo también que por lo pronto hay que conocerle a él personalmente para poder juzgarlo de un modo general. Pero entonces hay que quererlo, admirarlo, estar orgulloso de él, aunque también compadecerlo. Quien no tiene esa actitud frente a él (dando por supuesta la buena voluntad) no le conoce.

F.

[Merano, 21 de junio de 1920]

Lunes

Tienes razón. Al leer ahora —por desgracia he recibido las cartas al final de la tarde y mañana por la mañana quiero hacer con el ingeniero una pequeña excursión a Bolzano—, al leer ahora tus reproches por lo de «niñita», he dicho para mí, en efecto: eso basta, estas cartas no puedes leerlas hoy, tienes que dormir un poco al menos, si mañana quieres hacer la excursión. Y pasó un ratito hasta que seguí leyendo y comprendí y la tensión se rebajó y yo, si tú estuvieras aquí (con lo que sólo me refiero a la cercanía física), habría podido colocar, con un suspiro de alivio, el rostro en tu regazo. Eso quiere decir que se está enfermo, ¿no es cierto? Sin embargo yo te conozco y sé también que «niñita» no es un tratamiento tan terrible. Yo también entiendo de bromas, pero cualquier cosa puede ser también para mí una amenaza. Si me escribes: «Ayer he contado los “y” de tu carta; eran tantos y tantos: ¿cómo puedes permitirte escribirme “y” y encima en tal cantidad?». Si te mantienes seria, tal vez me quede convencido entonces de que te he ofendido con ello y me sentiré bien desgraciado. Y, en último término, podría ser realmente una ofensa, eso es difícil de comprobar.

Tampoco debes olvidar que lo serio y lo jocoso son, en sí, fáciles de distinguir, pero en personas tan importantes que nuestra propia vida depende de ellas no es tan fácil; el riesgo es demasiado grande, los ojos se le vuelven a uno ojos de microscopio, y cuando uno los tiene, ya no sabe distinguir. En ese aspecto, incluso en la época en que yo era fuerte, tampoco lo era realmente. Por ejemplo, en el primer curso de primaria. Nuestra cocinera, baja, seca, flaca, de nariz puntiaguda y rostro enjuto, amarillenta, pero firme, enérgica y con aire de superioridad, me llevaba cada mañana a la escuela. Vivíamos en la casa que separa el pequeño Ring del grande. Así pues, primero íbamos por el Ring, luego a la Teingasse, luego, por una especie de arco abovedado, al Callejón de los Carniceros hasta el Mercado de la Carne. Y he aquí que, aproximadamente durante un año, se repetía la misma escena cada mañana. Al salir de casa decía la cocinera que iba a contar al maestro qué travieso había sido yo en casa. Probablemente yo no era muy travieso, pero sí testarudo, inútil, taciturno, molesto, y con todo eso siempre habría sido posible confeccionar algo ideal para el maestro. Yo eso lo sabía y por tanto no tomaba a la ligera la amenaza. Sin embargo al principio creía que el camino a la escuela era larguísimo, que en él podrían ocurrir todavía muchas cosas (de esa aparente falta de reflexión infantil nace después poco a poco, puesto que los trayectos no son larguísimos, esa angustia, esa seriedad como los ojos de los muertos), además, al menos cuando todavía estábamos en el Altstädter Ring, no acababa de creer que la cocinera, persona respetable, sí, pero sólo en el ámbito doméstico, se atreviera a hablar con un personaje de tanta relevancia en el ámbito público como el maestro. Quizás decía yo algo de ese género, entonces la cocinera solía responder brevemente con sus labios delgados e inmisericordes que yo no tenía por qué creerlo, pero que decirlo, lo diría. Más o menos en la zona donde arranca el Callejón de los Carniceros —esto tiene aún para mí una pequeña importancia histórica (¿en qué barrio viviste de niña?)— prevalecía el miedo a la amenaza. Ahora bien, la escuela ya era de por sí un espanto y la cocinera quería hacérmela aún más espantosa. Yo empezaba a suplicar, ella sacudía la cabeza; cuanto más suplicaba yo, tanto más valor tenía para mí lo que yo pedía, tanto mayor el peligro; me paraba y pedía perdón, ella tiraba de mí, yo la amenazaba con la venganza de mis padres, ella se reía, en eso era omnipotente, yo me agarraba a las puertas de las tiendas, a las piedras angulares, no quería seguir si no me perdonaba, tiraba de ella para atrás agarrándole la falda (ella tampoco lo tenía fácil), pero seguía tirando de mí asegurando que también contaría eso al maestro; se hacía tarde, daban las ocho en la iglesia de Santiago, se oían los timbres de la escuela, otros niños echaban a correr, yo siempre tenía sobre todo miedo de llegar tarde, ahora teníamos que correr nosotros también y yo no dejaba de elucubrar: «¿Lo dirá? ¿No lo dirá?». Bueno, no lo decía, nunca lo dijo, pero siempre tenía la posibilidad de decirlo y, aparentemente, esa posibilidad era incluso cada vez mayor (ayer no lo dije, pero hoy lo diré con toda seguridad), y nunca renunció a ella. Y a veces —imagínate, Milena— ella pataleaba contra el suelo de la calle de rabia contra mí y una carbonera estaba a veces allí y nos miraba. Milena, cuántas locuras y cómo soy tuyo, con todas las cocineras y las amenazas y con todo ese polvo formidable que han levantado 38 años y que se deposita en los pulmones.

Pero yo no quería decir nada de esto o, al menos, de otra manera; es tarde, he de terminar para irme a la cama y no podré dormir, porque he dejado de escribirte. Si alguna vez quieres saber cómo ha sido antes mi vida, te enviaré desde Praga la larguísima carta que escribí a mi padre hace cosa de seis meses pero que todavía no le he entregado[48].

Y a tu carta contestaré mañana, o, si por la noche ya fuese tarde, pasado mañana. Me quedo unos días más porque he renunciado a ir a ver a mis padres a Franzensbad; aunque no se puede llamar renuncia al simple hecho de quedarse tumbado en el balcón.

F

Y gracias otra vez por tu carta.

[Merano, 23 de junio de 1920]

Miércoles

Es difícil decir la verdad, porque hay sólo una, en efecto, pero está viva y por eso tiene un rostro vivo y cambiante (krásná vůbec nikdy, vážněne, snad někdy hezká[49]). Si te hubiera contestado la noche del lunes al martes, habría sido horrible, estaba en la cama como en el potro de tormento; te contesté durante toda la noche, te dije mis penas, traté de asustarte y apartarte de mí, me maldije. (Se debía también a que recibí la carta al final de la tarde y, con la noche ya encima, estaba demasiado excitado, era demasiado sensible a tus severas palabras). Luego, a primera hora de la mañana, viajé a Bolzano, y en el ferrocarril eléctrico a Klobenstein, a 1200 metros de altura, respiré, aunque un poco aturdido, el aire puro, casi frío, frente a las primeras cadenas de los Dolomitas; luego, en el viaje de vuelta, escribí para ti esto que sigue y que copio ahora, y hasta esto me parece demasiado, hoy al menos; así varían los días.

Por fin estoy solo, el ingeniero se ha quedado en Bolzano, yo regreso. No he sufrido tanto porque el ingeniero y esas regiones se interpusieran entre tú y yo, porque yo tampoco estaba en casa. Ayer, hasta las 12 y media, pasé la tarde y la noche contigo escribiendo y después reflexionando; luego estuve en la cama, con apenas unos instantes de sueño, hasta las seis; luego me forcé a levantarme, como se hace con una persona ajena, y fue una buena cosa porque, si no, habría pasado un deprimente día en Merano dormitando y emborronando cuartillas. No importa mucho que apenas haya tenido conciencia de esa excursión y que de ella sólo me quede el recuerdo de un sueño no muy claro. La noche ha sido así porque tú, con tu carta (tienes una mirada penetrante, pero eso no sería mucho, la gente va y viene por la calle y atrae la mirada, pero tú tienes el valor de esa mirada y sobre todo la fuerza de mirar más allá de esa mirada; ese ver más allá es lo importante, y eso tú sabes hacerlo), has despertado a esos viejos demonios que duermen con un ojo y con el otro esperan su oportunidad, eso es terrible, sí, hace sudar de miedo (te lo juro: miedo únicamente de ellos, de esas fuerzas inaprehensibles), pero es bueno, es saludable, se les pasa revista y se sabe que están ahí. Sin embargo tu explicación de mi «tienes que marcharte de Viena» no es del todo exacta. No la escribí a la ligera (sino bajo la impresión de aquella historia; en realidad, la idea de tales implicaciones no me había venido a las mientes hasta ese momento; yo estaba entonces tan fuera de mí que tu marcha inmediata de Viena me parecía lo más incuestionable del mundo, partiendo de la consideración perfectamente interesada de que lo que por culpa mía pasa rozando a tu marido a mí me da de pleno; diez veces y cien veces me da de pleno y me despedaza. No es distinto de lo que te ocurre a ti), tampoco temía yo la carga material (no gano mucho, pero más que suficiente para nosotros dos, creo, excepto si surge una enfermedad, claro), también soy sincero hasta lo que permite mi capacidad de pensar y expresarme (lo era ya antes, pero eres tú quien sabes ver la realidad y ayudarme). Lo que temo, y lo temo con los ojos bien abiertos e inmerso absurdamente en el miedo (si pudiera dormir como me hundo en el miedo, ya no estaría vivo), es sólo esa conspiración interior contra mí (que comprenderás mejor leyendo la carta a mi padre, aunque no del todo, porque la carta está demasiado construida con vistas a su especial objetivo), una conspiración que se basa más o menos en que yo, que en el gran tablero de ajedrez no soy ni siquiera peón de un peón, ahora, contra las reglas del juego y para confusión de todo el juego, quiero además ocupar el puesto de la reina —yo, el peón del peón, o sea, una figura que no existe siquiera, que ni siquiera interviene en el juego—, y luego a lo mejor también el puesto del rey o incluso todo el tablero, y en que, si yo quisiera esto realmente, habría de tener lugar de un modo distinto y más inhumano. Por eso, la propuesta que te he hecho tiene una importancia mucho mayor para mí que para ti. Es en este momento lo indudable, lo viable, lo que llena de felicidad.

Así fue ayer. Hoy diría, por ejemplo, que iré seguro a Viena, pero como hoy es hoy y mañana es mañana, todavía no tomo la decisión. En modo alguno me presentaré por sorpresa y tampoco iré después del jueves. Si voy a Viena, te escribiré un correo neumático —no podría ver a nadie excepto a ti, lo sé—, no será antes del martes, eso es seguro. Llegaría a la Estación del Sur. Aún no sé de dónde saldré en el viaje de vuelta, por tanto me alojaría cerca de esa misma Estación del Sur; lástima que no sepa dónde das tus clases cerca de la Estación del Sur, si no, podría esperar allí a las cinco. (Esta frase tengo que haberla leído en algún cuento de hadas, en alguna parte cercana a esta otra frase: si no han muerto, aún siguen vivos[50]). Hoy he mirado un plano de Viena, durante un momento no he podido comprender que se haya construido una ciudad tan grande, mientras que tú sólo necesitas una habitación.

F

Quizás haya puesto el apellido Pollak en alguna carta dirigida a lista de correos.

[Merano, 24 de junio de 1920]

Jueves

Cuando no se ha dormido lo suficiente, se tiene mucho más discernimiento que cuando se ha dormido, ayer dormí un poco más y al punto escribí esas solemnes tonterías sobre el viaje a Viena. Al fin y al cabo ese viaje no es cosa de poca monta, no es para bromear sobre él. Como quiera que sea, no me presentaré ante ti por sorpresa, con sólo imaginar tal cosa me pongo a temblar. No iré a tu casa. Si el jueves aún no has recibido una carta neumática, entonces he viajado a Praga. Por cierto, según he sabido, llegaría a la Estación del Oeste —ayer escribí, creo, Estación del Sur—, pero bueno, eso no tiene importancia. Yo soy poco práctico, poco transportable, descuidado, pero no por encima de la media general (a condición de haber dormido un poco); por eso no tienes que preocuparte: si subo al vagón que va a Viena, lo más probable es que también me apee en Viena; sólo subir causa desde luego dificultades. Así pues, hasta la vista (pero no tiene que ser en Viena, puede ser también por carta)

F.

Ropucha[51] es bonito —es bonito, pero no mucho—, no muy bonito, a esa historia le ocurre lo mismo que al ciempiés; después de estar fijado por el chiste, ya no se puede mover y se queda inmóvil también hacia atrás; toda la libertad y el movimiento de la primera mitad se ha perdido. Pero, aparte de eso, se lee como una carta de Milena J.; si es una carta, responderé a ella.

Y por lo que toca a Milena, eso no tiene que ver con germanidad ni con judaísmo. Los que mejor comprenden el checo (fuera de los judíos checos, claro) son los señores de Nase rec, en segundo lugar los[52] lectores de la revista, en tercer lugar los suscriptores, y yo soy suscriptor; y como tal te digo que en Milena sólo es checo, en el fondo, el diminutivo: Milenka. Te guste o no, es lo que dice la filología.

[Merano, 25 de junio de 1920]

Sí, empezamos a tener malentendidos, Milena. Tú piensas que yo quería ayudarte, pero lo que yo quería era ayudarme a mí mismo. No hablemos más de ello. Y somníferos tampoco te he pedido, que yo sepa.

A Otto Gross no lo conocía apenas; pero he notado que en él había algo fundamental que al menos se desmarcaba de lo «ridículo». La perplejidad de sus amigos y familiares (mujer, cuñado, hasta el bebé enigmáticamente silencioso metido entre las bolsas de viaje —para que no se cayera de la cama cuando estuviera solo— y que bebía café negro, comía fruta, comía todo lo que le daban) recordaba un poco el estado de ánimo de los seguidores de Cristo cuando estaban a los pies del crucificado. Yo venía entonces de Budapest, adonde había acompañado a mi prometida, y viajaba después, completamente agotado, a Praga, al encuentro de la hemoptisis. Gross, su mujer y su cuñado viajaban en el mismo tren nocturno. Kuh, inhibido-desinhibido como siempre, cantó y alborotó durante la mitad de la noche, la mujer estaba recostada en una esquina, rodeada de suciedad —sólo teníamos asientos de pasillo—, y dormía (protegida al máximo, pero sin éxito visible, por Gross). Gross, por su parte, estuvo contándome algo durante casi toda la noche (con pequeñas interrupciones, durante las cuales probablemente se ponía una inyección), al menos así me parecía a mí, porque, a decir verdad, yo no entendía absolutamente nada. Explicaba su doctrina con un pasaje bíblico que yo no conocía, pero por cobardía y cansancio no se lo dije. Desmenuzaba constantemente ese pasaje, constantemente pedía mi aprobación. Yo asentía de manera mecánica, mientras que él casi desaparecía delante de mis propios ojos. Por lo demás, creo que tampoco lo habría entendido con la cabeza despejada, mi inteligencia es fría y lenta. Así transcurrió la noche. Pero hubo también otras interrupciones. A veces, de pie y con los brazos en alto, se sujetaba a alguna cosa durante unos minutos; durante el viaje, pese a las fuertes sacudidas del tren, estaba completamente relajado y dormía. Después, en Praga, sólo le vi alguna vez de pasada.

No es tan incontestable que la falta de dotes musicales sea una desgracia; para mí, en primer lugar, no lo es, sino herencia de mis ancestros (mi abuelo paterno era carnicero en una aldea cerca de Strakonitz, yo no tengo que comer tanta carne como él sacrificó) y me da cierto sostén, sí, la familia significa mucho para mí, pero es sin embargo una desdicha humana, semejante o igual al no-poder-llorar, no-poder-dormir. Y comprender a la gente sin dotes musicales ya casi equivale a carecer de dotes musicales.

F

Si voy a Viena te telegrafiaré o escribiré a la oficina de correos. El martes o el miércoles. He franqueado todas las cartas, seguro; ¿no se notaba en el sobre que habían arrancado los sellos?

[Merano, 25 de junio de 1920]

Viernes noche

Esta mañana he escrito tonterías, y ahora llegan tus dos queridas cartas, bien repletas. Contestaré a ellas de palabra; el martes, si no ocurre nada inesperado, de índole interna o externa, estaré en Viena. Sería muy sensato que yo te dijera ya hoy (el martes es fiesta, creo, quizás esté cerrada la oficina de correos a la que te quiero enviar un telegrama o una carta neumática desde Viena) dónde voy a esperarte, pero me asfixiaría hasta entonces si hoy, ahora, te indicara un lugar y viera, tres días y tres noches, qué vacío está ese lugar, esperando a que el martes yo entre en él a una hora precisa. ¿Hay en el mundo, Milena, tanta paciencia como yo necesito? Dímelo el martes.

F

[Tarjeta doble cerrada, matasellos: Viena, 29-VI-20]

[Dirigida a:] M. Jesenská

Viena VIII

Lista de correos

Oficina de correos Bennogasse-Josefstädterstrasse

[Remitente:] Dr. Kafka

Hotel Riva

Martes, 10 horas

Es probable que esta carta no llegue antes de las doce, mejor dicho, es completamente seguro: ya son las diez. Bueno, entonces mañana, quizás sea mejor así, porque aunque he llegado a Viena y estoy sentado en un café junto a la Estación del Sur (qué cacao y qué galletas son éstas, ¿es esto lo que comes?), aún no estoy del todo aquí, no he dormido durante dos noches; ¿pero dormiré la tercera noche en el Hotel Riva de la Estación del Sur, donde me alojo, junto a un garaje? No se me ocurre nada mejor que esto: te esperaré el miércoles a partir de las diez de la mañana delante del hotel. Por favor, Milena, no me sorprendas llegando de lado o por la espalda, yo tampoco voy a hacerlo. Hoy visitaré probablemente los sitios interesantes de la ciudad: la Lerchenfeldstrasse, la oficina de correos, el cinturón desde la Estación del Sur hasta la Lerchenfeldstrasse, la carbonera, y cosas así, lo más invisible que pueda.

Tuyo

[Praga, 4 de julio de 1920]

Domingo

Hoy, Milena, Milena, Milena: no puedo escribir otra cosa. O sí. Hoy, pues, Milena, sólo con prisa, cansado y ausente (lo último, además, también mañana). Cómo no va a estar uno cansado, le prometen a un hombre enfermo un permiso de tres meses y le dan cuatro días, y del martes y el domingo sólo un trozo, y además le recortan las noches y las mañanas. ¿No tengo razón en no haber recobrado del todo la salud? ¿No tengo razón? ¡Milena! (Dicho en tu oído izquierdo, mientras tú, tumbada en la pobre cama, estás sumida en un sueño profundo, de buen origen, y, sin saberlo, te vas dando la vuelta despacio de derecha a izquierda en dirección a mi boca).

¿El viaje? Primero fue muy sencillo, en el andén no hubo posibilidad de comprar un periódico. Un motivo para salir fuera, tú ya no estabas allí, eso estaba bien. Luego me monté de nuevo en el tren, éste arrancó, empecé a leer el periódico, todo estaba bien aún, al cabo de un rato dejé de leer, y he aquí que de pronto ya no estabas allí, o más bien, estabas allí, yo lo sentía en todo lo que soy, pero esa forma de estar presente era muy distinta de la de estos cuatro días y tuve primero que acostumbrarme a ello. De nuevo empecé a leer, pero la hoja del Diario de Bahr empezaba con una descripción de los baños de Kreuzen, cerca de Grein-del-Danubio. Entonces dejé de leer, pero cuando miré al exterior, pasaba un tren y en el vagón ponía: Grein. Volví a mirar dentro del compartimento. Enfrente, un señor leía el Národní listy del domingo pasado, vi en él un artículo de Růžena Jesenská; se lo pido prestado, empiezo inútilmente la lectura, lo aparto y sigo sentado, con tu rostro exactamente como era al despedirnos en la estación. Allí, en el andén, hubo un fenómeno que nunca había visto antes: luz del sol que no oscurece por una nube sino por sí sola.

¿Qué más voy a decir? La garganta no obedece, las manos no obedecen.

Tuyo

Mañana, la maravillosa historia de la continuación del viaje.

[Praga, 4 de julio de 1920]

Domingo, un poco después

Un mensajero trae la carta adjunta (por favor, rómpela al momento, también la de Max), quiere tener en seguida la respuesta, escribo que estaré allí a las nueve. Lo que tengo que decir está muy claro; cómo decirlo, eso no lo sé. Santo cielo, si yo estuviera casado, si llegara a casa y no encontrara al mensajero sino la cama; meterme en ella inaccesible a todos, sin ninguna galería subterránea a Viena. Me digo esto a mí mismo para hacerme ver qué fácil es la tarea tan difícil que me espera.

Tuyo

Te envío la carta como si así pudiera conseguir que estés muy junto a mí cuando pasee de un lado a otro delante de esa casa.

[Praga, 4-5 de julio de 1920]

Domingo, 11.30

3)

Voy a numerar

al menos estas

cartas, pues ninguna debe

dejar de encontrarte, lo mismo

que yo no pude

dejar de encontrarte en

el pequeño parque.

Sin resultado, aunque todo es clarísimo y yo lo dije así, con esa claridad. No quiero entrar en pormenores, sólo que ella no dijo, ni por lo más remoto, una sola palabra ofensiva contra ti ni contra mí. Yo, de pura claridad, ni siquiera sentía compasión. Sólo pude decir, conforme a la verdad, que entre ella y yo no ha cambiado nada y que nunca cambiará nada, sólo… ya no sigo, es atroz, es oficio de verdugo, no es mi oficio. Sólo una cosa, Milena: si enferma de gravedad (tiene un aspecto malísimo y su desesperación es desmedida, mañana por la tarde tengo que ir a verla otra vez), así pues, si se pone enferma o si le pasa cualquier otra cosa, yo ya no puedo hacer nada puesto que sólo puedo repetirle una y otra vez la verdad y esa verdad no es sólo la verdad, es más, es estar inmerso en ti mientras que camino junto a ella: por tanto, si ocurre algo, entonces, Milena, tienes que venir.

F

Qué tonterías digo, tú no puedes venir, por la misma razón.

Mañana te envío a tu casa la carta que escribí a mi padre, guárdala bien, por favor, quizás, a pesar de todo, puede que quiera entregársela algún día. En la medida de lo posible, no dejes que nadie la lea. Y comprende cuando la leas todas las mañas de abogado, es una carta de abogado. Y no olvides nunca tu gran «y sin embargo».

Lunes por la mañana

Hoy te envío «El pobre músico[53]», no porque tenga gran importancia para mí, la tuvo hace años. Pero te lo envío porque es tan vienés, tan mal músico, conmovedor hasta las lágrimas, porque en el parque público nos miraba desde lo alto[54] (¡a nosotros! Tú ibas a mi lado, Milena, imagínate, caminabas a mi lado), porque todo es tan burocrático y porque amaba a una muchacha hábil para los negocios.

[Praga, 5 de julio de 1920]

Lunes mañana

4)

Esta mañana a primera hora recibí la carta del viernes, después la del viernes por la noche. La primera tan triste —la tristeza de tu rostro en la estación—, triste no tanto por su contenido como porque ya pertenece al pasado, porque todo pasó, el bosque compartido, el barrio de las afueras compartido, el viaje compartido. Eso no pasa, nunca, ese viaje en común, en línea recta, hacia arriba por la calle empedrada, el regreso por la avenida bajo el sol del atardecer, eso no cesa, y sin embargo es una broma estúpida decir que no cesa. Aquí hay por todas partes expedientes y documentos, varias cartas que acabo de leer, bienvenida del director (no estoy despedido) y más cosas por aquí y por allá, y, en medio de todo eso, suena una campanilla en el oído: «Ella ya no está contigo», pero también hay una enorme campana en alguna parte del cielo y dice: «No te abandonará», pero la campanilla está en el oído. Y luego está la carta de la noche; imposible de comprender que el pecho pueda ensancharse y contraerse lo suficiente para respirar este aire, imposible de comprender que uno pueda estar lejos de ti.

Y sin embargo no me quejo, todo esto no es una queja, y tengo tu palabra.

Ahora, la historia del viaje y luego atrévete a decir que no eres un ángel: desde siempre he sabido que mi visado austriaco, en el fondo (y en la forma), estaba caducado desde hacía ya dos meses, pero en Merano me habían dicho que para un viaje de tránsito no hacía falta, y, en efecto, para entrar ahora en Austria no me pusieron objeción alguna. Por eso, en Viena olvidé completamente ese problema. En Gmünd, sin embargo, en la oficina de pasaportes, el funcionario —un hombre joven e intransigente— se dio cuenta en seguida de que algo no estaba bien. Pusieron aparte el pasaporte, todos pudieron avanzar hasta el control de aduanas, yo no, eso ya era bastante desagradable [todo el tiempo me interrumpen, es el primer día, aún no estoy obligado a oír chismorreos de oficina y me vienen continuamente y quieren apartarme de ti, es decir, a ti de mí, pero no lo conseguirán, ¿verdad, Milena? Nadie, nunca]. Así estaban las cosas, por tanto, pero entonces tú empezaste a trabajar. Llega un policía de fronteras —amable, abierto, austriaco, comprensivo, cordial— y me lleva por escaleras y pasillos a la inspección de fronteras. Allí está también, con un problema de pasaporte parecido, una judía rumana, además, cosa sorprendente, oh ángel de los judíos, tu amable enviada. Pero las fuerzas opuestas son mucho más potentes. El gran inspector y su pequeño adjunto, ambos amarillentos, flacos, inflexibles, al menos por ahora, se hacen cargo del pasaporte. El inspector corta por lo sano: «Vuelva a Viena, y recoja en la Jefatura Superior de Policía el visto bueno». Yo sólo puedo repetir varias veces: «Esto es horrible para mí». El inspector responde igualmente varias veces, irónico y artero: «Eso sólo se lo parece». «¿No se puede recibir el visado por telégrafo?». «No». «¿Si se hace uno cargo de todos los gastos?». «No». «¿No hay aquí ninguna instancia superior?». «No». La mujer, que ve mi infortunio y mantiene una calma extraordinaria, pide al inspector que al menos me deje pasar a mí. ¡Flacos recursos, Milena! Así no consigues sacarme adelante. Tengo que recorrer otra vez el largo camino a la oficina de pasaportes y buscar mi equipaje; por tanto está definitivamente excluido que salga hoy de viaje. Y ahora estamos juntos en el despacho de la inspección de fronteras, el policía tampoco sabe nada que pueda consolarme, sólo que el plazo de validez de los billetes de tren puede ampliarse y cosas parecidas, el inspector ha dicho su última palabra y se ha retirado a su despacho particular, sólo sigue allí el pequeño adjunto. Hago cálculos: el próximo tren a Viena sale a las diez de la noche, llega a Viena a las dos y media de la mañana. Aún tengo los picotazos de los parásitos del Hotel Riva, ¿cómo será mi habitación junto a la Estación Francisco José? Pero ya no conseguiré habitación alguna, entonces viajaré (sí, a las dos y media) a la Lerchenfelder Strasse y pediré alojamiento (sí, a las cinco de la mañana). Pero como quiera que sea, en cualquier caso he de ir a buscar el lunes por la mañana el visado (¿me lo darán en seguida y no el martes?) y luego ir a tu casa, darte la sorpresa cuando abras la puerta. Dios mío. Ahí el pensamiento se toma un descanso, pero luego continúa: ¿Pero en qué estado me encontraré después de esa noche y del viaje, y por la noche habré de continuar en seguida con el tren que tarda dieciséis horas? ¿Cómo llegaré a Praga y qué dirá el director al que ahora tendré que pedir de nuevo por vía telegráfica que me prolongue el permiso? No quieres nada de eso, seguro, pero ¿qué es lo que quieres, en el fondo? No hay otra posibilidad. El único pequeño alivio que se me ocurre sería pasar la noche en Gmünd y salir por la mañana temprano para Viena, y entonces pregunto ya muy fatigado al silencioso adjunto si hay un tren a Viena que sale por la mañana temprano. A las cinco y media, y llega a las once de la mañana. Bueno, viajaré en ese tren, y la rumana también. Pero entonces, de pronto, la conversación toma un giro inesperado, no sé cómo, en cualquier caso veo con súbita claridad que el pequeño adjunto quiere ayudarnos. Si pasamos la noche en Gmünd, por la mañana, cuando él esté solo en la oficina, nos dejará pasar clandestinamente a Praga en el tren correo, entonces llegaremos a Praga a las cuatro de la tarde. Al inspector le diremos que viajaremos a Viena en el tren de por la mañana temprano. ¡Magnífico! Magnífico relativamente, por otra parte, porque a Praga tendré que enviar un telegrama de todos modos. Pero en fin. Llega el inspector, representamos la pequeña farsa relativa al tren matinal a Viena, luego el adjunto nos manda salir, nos dice que por la tarde vayamos a verle para tratar de todo lo demás. Yo, en mi ceguera, pienso que eso viene de ti, mientras que en realidad es sólo el último ataque de las fuerzas opuestas. Así que la mujer y yo salimos despacio de la estación (el rápido en el que habríamos debido continuar el viaje está aún allí, la revisión de equipajes tarda mucho tiempo). ¿Cuánto se tarda en llegar a la ciudad? Una hora. Encima eso. Pero parece que junto a la estación hay dos hoteles, nos alojaremos en uno de los dos. Una vía pasa cerca de los hoteles, tenemos que cruzarla, pero en ese momento llega un tren de mercancías, yo quiero pasar antes deprisa al otro lado, pero la mujer me retiene, y he aquí que el tren se para justo delante de nosotros y tenemos que esperar. Un pequeño aditamento a nuestra malaventura, pensamos. Pero justamente esa espera, sin la que yo no habría llegado a Praga el domingo, trae el cambio. Es como si tú, lo mismo que recorriste los hoteles de la Estación del Oeste, ahora recorrieras todas las puertas del cielo para pedir por mí, porque ahora tu policía, que, con la lengua fuera, ha recorrido tras de nosotros todo el largo camino desde la estación, llega gritando: «¡Vuelvan deprisa, el inspector les deja pasar!». ¿Es posible? Un momento como ése pone un nudo en la garganta. Diez veces tenemos que rogar al policía que acepte el dinero que le damos. Pero ahora hay que volver deprisa, recoger el equipaje en la inspección, correr con él a la oficina de pasaportes, luego al control de aduanas. Pero ahora ya lo has arreglado tú todo; yo no puedo seguir cargando con el equipaje, y de pronto, casualmente, tengo un mozo de cuerda a mi lado; en la oficina de pasaportes se agolpa la gente, el policía me abre camino; en el control de aduanas pierdo, sin darme cuenta, el estuche con los gemelos de oro, un empleado lo encuentra y me lo entrega. Estamos en el tren y partimos al momento; por fin puedo enjugarme el sudor del rostro y del pecho. ¡Quédate siempre conmigo!

F

[Praga, 5 de julio de 1920]

Lunes

5) Creo

Claro, tendría que irme a la cama, es la una de la mañana, te habría escrito hace ya tiempo esta tarde, pero ha estado aquí Max, al que tenía muchas ganas de ver, y la joven y la preocupación que tengo por su causa me habían impedido hasta ahora ir a su casa. Hasta las ocho y media he estado con ella, Max había anunciado su visita para las nueve, y entonces hemos paseado los dos por ahí hasta las doce y media. Imagínate, lo que yo creía haberle dicho con claridad meridiana en las cartas dirigidas a él: que de ti, de ti, de ti (de nuevo cesa la escritura un momento), que es de ti de quien estoy hablando, no lo había comprendido, es ahora cuando se ha enterado del nombre (por otra parte yo nunca lo había escrito con absoluta claridad, porque al fin y al cabo su mujer podía leer las cartas). Y ahora, Milena, de nuevo una de mis mentiras, la segunda: una vez preguntaste asustada si la historia de Reiner [Mile] (he querido escribir Max, he escrito «Milena», y tachado el nombre, no me censures por ello, de verdad que me duele hasta las lágrimas) Max la había puesto en su carta como una advertencia. Pues bien, yo no la tomé como una advertencia exactamente, aunque sí como una música de acompañamiento; pero cuando te vi tan espantada, negué [tengo que levantarme, uno de esos ratones que me dan miedo está royendo en algún sitio] con una mentira consciente que hubiera cualquier relación. Y ahora resulta, en efecto, que no había la menor relación, pero yo no lo sabía entonces y por tanto te mentí.

La joven. Hoy las cosas han ido mejor, pero a un elevado precio: le he permitido que te escriba. Me pesa muchísimo. Un signo de mi angustia por ti es el telegrama que te he enviado a la lista de correos (joven te escribe responde amable y —aquí yo habría querido propiamente añadir un «muy»— terminante y «no me abandones»). En conjunto hoy ha transcurrido todo con más sosiego, me obligué a hablar apaciblemente de Merano, la actitud fue menos agresiva. Pero cuando la conversación recaía sobre el asunto principal —a mi lado, en la Karlsplatz, a la muchacha le temblaba todo el cuerpo durante largos minutos—, yo sólo podía decir que a tu lado todo lo demás, aunque en sí no haya cambiado, desaparece y queda reducido a la nada. Hizo su última pregunta, ante la cual siempre estoy inerme, a saber: «Yo no puedo marcharme, pero si me dices que me vaya, me voy. ¿Quieres que me vaya?». (Hay en el hecho de contar esto, además de soberbia, algo hondamente abominable, pero es el miedo por ti lo que me induce a contarlo. Qué no haría yo llevado del miedo por ti. Mira, pues, qué nueva y extraña especie de miedo). Respondí: «Sí». Ella entonces: «Pero si no puedo marcharme». Y entonces empezó a decir, esa personita buena y cariñosa, que no comprendía nada de todo esto, no comprendía que tú quisieras a tu marido y que hablaras conmigo a escondidas, etcétera. A decir verdad, también cayeron palabras malignas sobre ti, por las que habría querido, y debido, pegarle, ¿pero no tenía que dejar que soltara todas sus quejas, eso por lo menos? Mencionó que quería escribirte y yo, preocupado como estaba por ella, y dada mi infinita confianza en ti, se lo permití, lo permití aunque sabía que eso me costaría varias noches. Que ese permiso la haya tranquilizado es justamente lo que me intranquiliza. Sé amable y terminante, pero más terminante que amable; pero qué estoy diciendo, ¿no sé acaso que escribirás lo más adecuado que se puede escribir? Y mi miedo de que ella, en su apurada situación, escriba alguna perfidia y pueda así enemistarte conmigo ¿no es hondamente degradante para ti? Es degradante, pero ¿qué puedo hacer si en mí, en lugar del corazón, me late ese miedo en el cuerpo? No debería haberlo permitido. Ahora bien, mañana volveré a verla, es fiesta (Juan Hus), me ha rogado tanto que hagamos una excursión por la tarde… El resto de la semana, dijo, ya no tendré que venir. Quizás aún pueda hacerla desistir de la carta, si no la ha escrito ya. Pero, me digo entonces: quizás sólo quiera, en efecto, una explicación, quizás tus palabras, precisamente por su amable severidad, logren tranquilizarla, quizás —así terminan ahora todas mis elucubraciones— cae de rodillas ante tu carta.

Franz

En el margen derecho de la primera página: Y pese a todo creo a veces que, si es posible morir de felicidad, tiene que ocurrirme a mí. Y si uno que está destinado a morir puede permanecer vivo de felicidad, entonces yo seguiré viviendo.

En el margen izquierdo de la última página: Otra razón por la que le permití que te escribiera. Quería ver cartas que tú me has escrito. Pero no puedo enseñárselas.

[Praga, 6 de julio de 1920]

Martes por la mañana

6)

Un pequeño golpe para mí: un telegrama de París, anunciando que un tío mío muy mayor, a quien en el fondo, por otra parte, tengo mucho cariño, que vive en Madrid y hace muchos años que no viene por aquí, llegará mañana por la noche. Un golpe porque me quitará tiempo, y yo todo el tiempo y mil veces más que todo el tiempo y, lo que más me gustaría, todo el tiempo que hay, lo necesito para ti, para pensar en ti, para respirar en ti. Esta casa, además, me resulta desapacible, y las veladas, carentes de sosiego, querría estar en otro sitio. Muchas cosas las querría distintas; y la oficina no la querría en absoluto, pero luego creo que merezco que me den de bofetadas, cuando expreso deseos que van más allá del presente actual, de ese presente que te pertenece.

¿Puedo ir entonces a casa de Laurin[55]? A Pick, por ejemplo, lo conoce. ¿No podría ocurrir fácilmente que alguna vez salga así a relucir que he estado en Viena? Escríbeme a este respecto.

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