¿Te molesta, Linda, Donna, Penthesilia? ¿Quieres saber qué es lo peor? Hace un minuto estaba embistiendo la almohada, sacudiéndola y empujando; fingía que eras tú, ¿Stacy?, que estabas debajo de mí. Joder, cómo me gustaba. Y cuando me corrí dije «Beatrice». Me acordé de cuando fui a recogerte al hospital después de que perdieras el bebé.
En ese momento quería decirte muchísimas cosas. A ver si me explico, que ninguno de los dos estaba realmente seguro de querer tener un bebé y, definitivamente, parte de mí sintió alivio por no tener que aprender a ser padre todavía. Pero aun así, hay cosas que me gustaría haberte dicho. Había muchísimas cosas que me gustaría haberte dicho.
Ya sabes quién.
El hombre muerto se dispone a cruzar la isla. En un momento dado, después de la primera expedición, el hotel volvió en silencio a su ubicación original, con el hombre muerto en su habitación, mirándose al espejo con expresión resuelta y el tronco inclinados hacia los frescos azulejos. Su carne está muerta, no debería ascender. Pero asciende. Ahora el hotel vuelve a estar junto al buzón y cuando el hombre muerto baja a mirar si hay correo, está vacío.
El centro de la isla es pedregoso y yermo. El hombre muerto se da cuenta con cierto alivio de que allí no hay árboles. Camina una distancia corta —calcula que menos de dos millas— antes de plantarse en la orilla opuesta. Frente a él hay una extensión llana de agua y el cielo plegado sobre el horizonte. Cuando el hombre muerto se da media vuelta, ve el hotel, que tiene un aspecto triste y abandonado. Pero si fuerza la mirada, las sombras del porche trasero tiemblan y se convierten en un grupo de gente que lo mira.
Tiene las manos dentro de los pantalones, se está tocando. Saca las manos y le da la espalda al porche sombrío.
Camina por la orilla. Se agacha detrás de una duna y, más tarde, detrás de una larga colina. Va a regresar haciendo un círculo. Quiere intentar acercarse al hotel a hurtadillas, pero es difícil sorprender a algo que siempre parece estar intentando sorprenderte a ti. Anda un rato y encuentra un círculo de piedras vidriosas en la playa, alejado de la orilla; dentro hay una pequeña pila de maderos de los que trae la marea, calcinados y ennegrecidos. Alrededor del fuego la arena está pisoteada, como si un grupo de gente hubiera estado allí, esperando y caminando con impaciencia de un lado a otro. En un espetón en el centro del fuego hay algo que ha quedado hecho jirones y piel, más o menos del tamaño de un gato. El hombre muerto no lo mira con demasiada atención.
Rodea el fuego. Descubre las huellas que indican hacia dónde fueron las personas que estuvieron allí, las que miraban cómo se asaba el gato. Sería difícil no ver en qué dirección han ido. La gente se ha marchado al mismo tiempo, formando una pequeña estampida duna arriba, descalzos y pesados; las marcas que han dejado con la parte delantera del pie son profundas, mientras que los talones apenas tocan la arena. Se dirigen de regreso hacia el hotel. Sigue las huellas y ve las que dejó él de camino hacia el fuego. Más arriba, en línea paralela a su expedición y al mar, se ve por dónde ha avanzado el grupo de gente, aunque él no los había visto. Ahora caminan con más cuidado, se los imagina andando en silencio.
Sus propias huellas se acaban. Ahí está el buzón y allí el lugar donde se quedó el hotel, que no ha dejado ninguna marca. El resto de huellas continúan hacia donde está ahora; con la distancia parece pequeño. Cuando el hombre muerto regresa al hotel, el suelo del vestíbulo está cubierto de arena y la televisión está encendida; la recepción es ligeramente mejor. Por mucho que busque en las habitaciones, allí no hay nadie. Cuando sale al porche y mira hacia el interior de la isla, imagina que ve un grupo de personas que lo saluda junto a la otra orilla. El cielo se desploma.
Querida ¿Araminta? ¿Kiki?:
¿Lolita? Sigue sin sonar bien, ¿no crees? ¿Sukie? ¿Ludmilla? ¿Winifred?
He vuelto a tener ese no-sueño sobre la fiesta de la facultad. Ella estaba allí, sólo que esta vez eras tú quien la reconocía y yo intentaba adivinar su nombre, quién era. ¿Era la rubia alta de buen culo o la rubia bajita de pelo corto que tenía la boca entreabierta como si estuviera todo el rato sonriendo? Aquélla parecía saber algo de lo que yo me quería enterar, igual que tú. ¿No te parece gracioso? Nunca te dije quién era y ahora ya no consigo recordarlo. De todos modos, es probable que lo supieras desde el principio, aunque ni siquiera tú te dieras cuenta. Estoy bastante seguro de que me preguntaste por aquella rubita, cuando aún me hacías preguntas.
Sigo pensando en el aspecto que tenías la primera noche que pasamos juntos. Yo te había dado un beso de verdad en las escaleras de casa de tu madre y entonces, antes de entrar, te giraste y me miraste. Nadie me había mirado así. No hizo falta que dijeras nada. Esperé hasta que tu madre apagó todas las luces de la planta baja y después salté la valla, trepé el árbol del jardín trasero y entré por tu ventana. Tú estabas asomada, mirando cómo subía, y te quitaste la camisa para que pudiera verte los pechos. Casi me caigo del árbol. Entonces te quitaste los vaqueros y tus braguitas tenían bordado el nombre de un día de la semana, ¿era «Día festivo»? También te las quitaste. Te habías teñido el pelo de la cabeza de amarillo con mechas rojas, pero tu vello púbico era negro y suave al tacto.
Nos tumbamos en la cama y, cuando estuve dentro de ti, volviste a mirarme de aquella manera. No fruncías el ceño, pero casi; como si esperaras algo distinto o intentaras entender algo bien. Entonces sonreíste, suspiraste y te retorciste debajo de mí. Te elevaste suavemente, con fuerza, como si fueras a levitar. Yo me elevé contigo como si tú me transportaras y casi te dejo embarazada por primera vez. El control de la natalidad nunca fue lo nuestro, ¿verdad, Eliane? ¿Rosemary? Entonces escuché a tu madre gritar en el jardín «¡Árbol! ¡Árbol!», justo debajo del olmo por el que yo acababa de trepar.
Pensé que me había visto escalar el árbol. Me asomé a la ventana y la vi justo debajo con los brazos en jarras; lo primero de lo que me percaté fue de sus senos: regordetes e iluminados por la luz de la luna, bien sujetos bajo el camisón, más grandes que los tuyos y casi tan apetecibles. Fue una sensación muy extraña, la de darme cuenta de que era la clase de hombre que podría enamorarse de alguien después de bastante poco tiempo, real, verdadera y profundamente enamorado, para siempre, ya lo sabía, y aun así no dejar de percibir las tetas de aquella mujer de mediana edad. Las tetas de tu madre. Eso fue lo segundo que aprendí. Lo tercero fue que no era a mí a quien miraba. «¡Árbol!», gritó una vez más con aire bastante malhumorado.
Así que, vale, pensé que estaba loca. Lo último, lo que no aprendí, fueron los nombres. Me ha costado un tiempo darme cuenta de eso. Todavía no estoy seguro de qué fue lo que no aprendí, ¿Aina? ¿Jewel? ¿Kathleen? Pero al menos estoy dispuesto a hacerlo. Quiero decir que aún estoy aquí, ¿no?
Ojalá estuvieras aquí.
Ya sabes quién.
Más tarde, el hombre muerto se acerca al buzón. Hoy el agua parece especialmente diferente del agua. Tiene una especie de vello aterciopelado, pelo que se eriza creando formas prácticamente perceptibles. Sigue teniendo miedo del hombre muerto, pero lo odia, lo odia, lo odia. Nunca le cayó bien, jamás. «Miedica, gato miedica», dice burlándose del agua.
Cuando regresa al hotel, las «loolys» están allí; viendo la televisión en el vestíbulo. Son mucho más grandes de lo que él recordaba.
Querida Cindy, Cynthia, Cenfenilla:
Ahora aquí hay más gente. No estoy seguro de si estoy en su casa —si este sitio es de ellos— o si los traje yo, como si fueran equipaje. Puede que sea un poco de lo primero y otro poco de lo segundo. Son personas, o mejor dicho una persona que conocía cuando era pequeño. Creo que han estado vigilándome un tiempo, pero son tímidas. No hablan mucho.
Es difícil presentarse cuando uno ha olvidado su propio nombre. Cuando las vi me quedé atónito. Me senté en el suelo del vestíbulo. Tenía las piernas como de agua. Me sobrevino una oleada de emociones tan fuerte que no la supe reconocer. Quizá fuera pena o dolor. O quizá alivio. Pero creo que era reconocimiento. Se acercaron y se congregaron a mi alrededor, mirando hacia el suelo. «Os conozco —les dije—. Sois “loolys”».
Asintieron. Algunas sonrieron. Están tan pálidas… ¡tan gordas! Cuando sonríen sus ojos desaparecen entre los pliegues de carne. Sin embargo, sus pies son diminutos, suaves, descalzos. Como pies de niño. «Eres el hombre muerto», me dijo una de ellas. Su voz era suave y minúscula. Entonces hablamos un rato, pero la mitad de las cosas que dijeron no tenían sentido. No saben cómo llegué aquí. No se acuerdan de Looly Bellows. No recuerdan haber muerto. Al principio me tenían miedo, pero también sentían curiosidad.
Querían saber mi nombre. Como no tengo, intentaron encontrar uno que me quedara bien. Propusieron Walter y después lo descartaron. No soy muy Walter. Samuel, también Milo, y Rupert. Alphonse les gustaba a bastantes de ellas, pero yo no sentí ningún tipo de afinidad con Alphonse. «Árbol», dijo una de las «loolys».
A Árbol nunca le caí bien. Recuerdo a tu madre de pie bajo las hojas verdes de las ramas inclinadas que se arrastraban por el suelo como faldones. Oh, ¡menudo árbol era ése! El más bonito que he visto en mi vida. A media altura y mirándome con desprecio, había un gato negro y gordo con bigotes blancos y un lustroso y elegante babero. Me apartaste de la ventana. Te habías puesto una camiseta, te asomaste. «Ya lo cojo yo», le dijiste a la mujer de debajo del árbol. «Vuelve a la cama, mamá. Ven aquí, Árbol».
Árbol recorrió la rama hasta la ventana, la misma rama gruesa que me llevó hasta ti. Tú, ¿Ariadna?, ¿Tomasina?, lo recogiste del alféizar y cerraste la ventana. Cuando lo posaste sobre la cama, él se hizo una bola a los pies y empezó a ronronear. Pero cuando más tarde me desperté soñando que me ahogaba, estaba agazapado sobre mi cara y su tripa era pesada como un paño de seda sobre mi boca.
Siempre pensé que Árbol era un nombre muy estúpido para un gato. Cuando se hizo viejo y dormía en el jardín, seguía sin parecer uno. Parecía un gato. Salió corriendo delante del coche, yo lo vi, tú me viste verlo; me di cuenta de que iba a ser la gota que colmara el vaso —un aborto natural, tu marido se acuesta con una estudiante de posgrado y después atropella al gato—, así que intenté dar un volantazo para no llevármelo por delante. Algo me dice que me lo llevé. No era mi intención, corazón mío, mi amor, ¿Pearl? ¿Patsy? ¿Portia?
Ya sabes quién.
El hombre muerto ve la televisión con las «loolys». Culebrones. Ellas saben cómo doblar la antena para que la imagen sea decente, aunque el sonido no llega. Una de ellas se queda junto al televisor para sujetar la antena. El culebrón parece extrañamente anticuado, la ropa está pasada de moda, como la que él se imagina que solían llevar sus abuelos. Las mujeres llevan casquetes y los ojos muy maquillados.
Hay una boda. También hay un funeral, aunque al hombre muerto que lo está viendo no le queda claro quién ha muerto. Entonces los personajes caminan por una playa. La mujer lleva un traje de baño de rayas blancas y negras que la cubre modestamente desde el cuello hasta la mitad del muslo. El hombre lleva la bragueta abierta. No caminan de la mano. Se oye un rumor de comentarios que viene de las «loolys». «Demasiado oscura», dice una de ellas respecto de la mujer. «Viva», dice otra.
«Demasiado delgado —dice otra señalando al hombre—. Debería comer más. Se lo va a llevar el viento».
«Hacia el mar».
«Hacia un árbol». Las «looly» miran al hombre muerto y él se va a su habitación. Cierra la puerta con llave. Su pene se levanta, duro como un tronco. Tira del hombre muerto hacia la cama. El hombre está muerto, pero su cuerpo aún no lo sabe. Su cuerpo aún cree que está vivo. Empieza a decir en voz alta los nombres que conoce: nombres bonitos, nombres estúpidos, nombres improbables. Las «loolys» se acercan sigilosamente por el pasillo. Se quedan frente a su puerta y escuchan la retahíla de nombres.
Querida ¿Bobbie? ¿Billie?:
Ojalá contestaras a mis cartas.
Ya sabes quién.
Cuando el cielo cambia, las «loolys» salen. El hombre muerto observa cómo recogen la cosa de la playa. Se lo comen metódicamente, masticándolo hasta que se convierte en una pasta. Tragan y cogen un poco más. El hombre muerto sale. Coge un poco de aquello. ¿Bizcocho de ángeles? ¿Maná? Lo huele. Huele como las flores: como las camelias, azucenas, como las azucenas, como las rosas. Se lo mete en la boca, pero no sabe a nada en absoluto. El hombre muerto le da una patada al buzón.
Querida ¿Daphne? ¿Proserpine? ¿Rapunzel?:
¿No hay un cuento de hadas en el que un hombre intenta hacer precisamente eso? ¿Adivinar el nombre de una mujer? He estado inventándome historias sobre mi muerte. En una de las que me he imaginado estoy bajando las escaleras del metro y viene una ráfaga de aire. La escultura móvil que hay junto al metro, la que gira con el aire, sale despedida y cae sobre mí. En otra muerte estamos tú y yo, y volamos hacia otro país, ¿Canadá? El vuelo está atestado y tú te sientas una fila por delante. De pronto se oye un «¡crac!» y el avión se parte por la mitad como una brizna de paja. Tu mitad se eleva y la mía cae. Tú te giras y me miras, y yo tiendo los brazos hacia ti. Copas de vino, periódicos y jirones de ropa vuelan por el aire. El cielo se incendia. Creo que es posible que me pusiera delante de un tren. Iba en bicicleta y alguien abrió la puerta del coche. Iba en barco y se hundió.
Eso es lo que sé. Iba a alguna parte. Ésa es la historia que más me convence. Tú y yo hicimos el amor, y después te levantaste de la cama y te quedaste mirándome. Pensaba que me habías perdonado, que íbamos a continuar con nuestras vidas tal como habían sido antes. «¿Bernice? —dijiste—. ¿Gloria? ¿Patricia? ¿Jane? ¿Rosemary? ¿Laura? ¿Laura? ¿Harriet? ¿Jocelyn? ¿Nora? ¿Rowena? ¿Anthea?».
Me levanté, me vestí y salí de la habitación. Tú me seguiste. «¿Marly? ¿Genevieve? ¿Karla? ¿Kitty? ¿Soibhan? ¿Marnie? ¿Lynley? ¿Theresa?» Decías los nombres en staccato, uno tras otro, como puñaladas. No te miré, cogí las llaves y me marché de casa. Tú te quedaste junto a la puerta y miraste cómo me metía en el coche. Tus labios se movían, pero no pude oírte.
Árbol estaba delante del coche y, cuando lo vi, di un volantazo. Antes de llegar a la carretera ya iba demasiado deprisa. Empotré al gato contra el buzón y después el coche chocó contra el lilo. Llovieron pétalos blancos y tú chillaste. No recuerdo qué ocurrió después.
No sé si es así como fallecí. Quizá muriera más de una vez y por fin ésta fue la definitiva. Aquí estoy. Creo que esto no es una isla. Creo que soy un hombre muerto metido en una caja. Cuando estoy en silencio casi puedo escuchar al resto de hombres muertos arañando el interior de sus cajas.
O puede que sea un fantasma. Puede que las olas, que parecen estar hechas de pelaje, sean pelaje, y puede que el agua que me bufa sea en realidad un gato y que el gato también sea un fantasma.
Quizá esté aquí para aprender algo, para hacer penitencia. Las «loolys» me han perdonado y a lo mejor tú también lo harás. Cuando el mar se acerque a mi mano, cuando me ronronee, sabré que me has perdonado por lo que hice. Por dejarte después de haberlo hecho.
O puede que sea un turista, atrapado en esta isla con las «loolys» hasta que llegue el momento de volver a casa o hasta que vengas a buscarme, ¿Poppy? ¿Irene? ¿Delores? Y por eso espero que recibas esta carta.