Apuesto a que te sorprenderá saber de mí. Por cierto, efectivamente se trata de mí, aunque debo confesar que ahora mismo no sólo no consigo acertar con tu nombre, ¿Laura?, ¿Susie?, ¿Odile?, sino que parezco haber olvidado el mío propio. Mi plan es probar diferentes combinaciones: Joe ama a Lola, Willy ama a Suki; Henry te quiere, cielo, ¿Georgia?, dulce de mi vida, cariño. ¿Te encaja alguno?
Durante toda la semana pasada tuve la sensación de que algo iba a ocurrir, una especie de cosquilleo en la tripa. Algo tenía que pasar. Di mis clases, volví a casa y me acosté, y esperé toda la semana aquello que tenía que suceder. Y por fin el viernes fallecí.
Una de las cosas que parece que se me ha traspapelado es cómo, o quizá me refiero al porqué. Igual que lo de los nombres. Sé que durante nueve años vivimos juntos en una casa sobre una colina en una ciudad pequeña pero cómoda, que no teníamos hijos —excepto en una ocasión que casi tuvimos uno— y que eres una cocinera terrible, cariño mío, ¿Coraline?, ¿Coralee? Yo también lo era y, siempre que nos lo podíamos permitir, cenábamos fuera. Yo daba clases en una buena universidad. ¿Princeton? ¿Berkeley? ¿Notre Dame? Era buen profesor y mis alumnos me querían. Sin embargo, no recuerdo el nombre de nuestra calle, el autor del último libro que leí, tu apellido (que también era el mío) ni cómo morí. ¿No te parece gracioso? ¿Sarah? Los dos únicos nombres que sé con certeza que son reales son Looly Bellows, la niña que me dio una paliza en cuarto curso, y el de tu gato. Todavía no voy a confiar su nombre al papel.
Al bebé íbamos a llamarlo Beatrice. Acabo de acordarme. Íbamos a llamarla así por tu tía, aquella a la que no le caigo bien. No le caía bien. ¿Asistió al funeral?
Llevo aquí tres días y estoy intentando fingir que tan sólo se trata de unas vacaciones, como cuando fuimos a aquella isla en aquel país. ¿Santorini? ¿El Reino Unido? La que tenía todos aquellos acantilados. La del hotel con las literas y las pequeñas hojas de papel higiénico de color rosa, como pañuelos. En las ventanas había conchas, ¿verdad? ¿No eran transparentes como el cristal de las botellas? ¿Olían a lejía? Era una isla muy agradable. Sin árboles. Dijiste que tenías la esperanza de que, cuando murieras, el cielo fuera una isla como aquélla. Y ahora que yo he muerto, estoy aquí.
Esto también es una isla, creo. Hay una playa y allí hay un buzón donde voy a meter esta carta. Además de la playa y el buzón, está el edificio en el que ahora estoy sentado escribiéndote esta carta. Parece un hotel perfectamente agradable dentro de un complejo vacacional, aunque no hay ningún otro huésped ni recepcionista ni anfitrión ni organizador de acontecimientos ni botones. Sólo yo. En el vestíbulo hay un televisor muy anticuado. He estado toqueteando la antena un buen rato, pero no he conseguido que se viera nada, sólo nieve. Con ella he intentado formar imágenes y personas. Parecía que me saludaban.
Mi habitación está en el segundo piso y tiene vistas al mar. Todas las habitaciones tienen vistas al mar. Hay un escritorio y un buen surtido de hojas de papel blanco encerado y sobres dentro de uno de los cajones. ¿Laurel? ¿María? ¿Gertrude?
¿Lucille?, aún no he perdido el hotel de vista porque tengo miedo de que no esté aquí cuando yo regrese.
Siempre tuyo,
Ya sabes quién.
El hombre muerto se tumba en la cama del hotel; sus manos, inquietas y curiosas, acarician su cuerpo de arriba abajo como si en realidad no le perteneciera. Una mano sostiene los testículos y la otra tira con fuerza de su pene erecto. Empuja con los tobillos contra el colchón; tiene los ojos abiertos, igual que la boca. Está intentando decir el nombre de una persona.
Fuera, el cielo parece excesivamente pesado y como hecho de algo grisáceo que sólo deja pasar la luz a regañadientes. El hombre muerto se ha dado cuenta de que nunca oscurece ni aclara, aunque a veces el aire parece más denso y entonces algo cae del cielo: pedazos del tamaño de un puño de una materia pastosa de color gris blancuzco. Cae hasta que la playa está cubierta e inmediatamente después empieza a disolverse. La primera vez que el cielo se desplomó, el hombre muerto estaba fuera. Ahora espera dentro hasta que la playa vuelve a estar despejada. A veces mira la televisión, aunque la recepción es muy mala.
El mar sube y baja por la playa, lamiendo y enrollándose alrededor del buzón durante la marea alta. Tiene algo que al hombre muerto no le acaba de gustar. No huele a sal como se supone que debe oler el mar. ¿Cara? ¿Jasmine? Huele a relleno de tapicería mojado, a pelaje chamuscado.
Querida ¿May? ¿Abril? ¿Ianthe?:
Mi habitación tiene una cama con sábanas finas y lisas, y un cuadro de algún pintor aficionado de una mujer sentada bajo un árbol. Tiene los pechos bonitos, pero su expresión es peculiar para ser una mujer en un cuadro en una habitación de hotel, incluso un hotel como éste. Parece contrariada.
Tengo un baño con agua corriente caliente y fría, toallas y un espejo. Me he mirado en él durante mucho rato, pero no me resulto familiar. Es la primera vez que me fijo bien en una persona muerta. Tengo el pelo castaño, con entradas; los ojos marrones y buenos dientes; los tengo hasta blancos, aunque no demasiado grandes. En el hombro tengo una pequeña marca, ¿Celeste?, donde me mordiste mientras hacíamos el amor por última vez. ¿Te diste cuenta de que de alguna manera iba a ser la última vez que lo hacíamos? Tenías una expresión de tristeza y, creo acordarme, también de enfado. Ahora la recuerdo, ¿Eliza? Me clavaste los ojos sin pestañear y mientras te corrías dijiste mi nombre; y aunque no recuerdo mi nombre, sí me acuerdo de que lo dijiste como si me odiaras. No habíamos hecho el amor en mucho tiempo.
Calculo que mido aproximadamente metro ochenta y, aunque no soy feo, tengo una expresión de preocupación un tanto fija. Puede ser fruto de las circunstancias.
Me preguntaba si por casualidad mi nombre era Roger o Timothy o Charles. Cuando fuimos de vacaciones, recuerdo que hubo una confusión similar respecto a los nombres, sólo que no los nuestros. Intentábamos pensar en uno para ella, quiero decir, para Beatrice. ¿Petrucchia? ¿Solange? Los escribimos todos en la playa con un palo para ver qué aspecto tenían. Empezamos con los nombres más sencillos, como Jane y Susan y Laura. Probamos con nombres sensatos como Polly y Meredith y Hope, pero después nos pusimos extravagantes. Arrastramos los palos por la arena y produjimos familias enteras de niñitas de ceño fruncido llamadas Gudrun, Jezebel, Jerusalem, Zedeenya, Zerilla. «¿Qué te parece Looly?», te dije. Yo conocí a una niña que se llamaba Looly Bellows. Tú tenías el pelo enmarañado alrededor de la cara, tieso de la sal. Tenías tropecientas pecas. Te reíste tanto que tuviste que apoyarte en el palo. Dijiste que parecía un nombre inventado.
Con todo mi amor,
Ya sabes quién.
El hombre muerto intenta actuar como si realmente estuviera allí, en aquel lugar. Intenta mostrarse de manera normal, adecuada. Tanto como le es posible. Está intentando comportarse como un buen turista.
No ha conseguido dormir en la cama, a pesar de que ha puesto el cuadro de cara a la pared. No está seguro de que la cama sea una cama. Cuando cierra los ojos, no se lo parece. Duerme en el suelo, que se parece más al suelo que la cama a una cama. Se tumba allí sin taparse con nada y finge no estar muerto. Finge estar en la cama con su mujer, soñando. Se inventa un sueño muy bonito sobre una fiesta en la que se ha olvidado de los nombres de todos. Se toca. Entonces se levanta y ve que la materia blanca que ha caído del cielo se está disolviendo sobre la playa; alrededor del buzón hay apilados varios montoncitos, como si fuera espuma.
Querida ¿Elspeth? ¿Deborah? ¿Frederica?:
Las cosas se están poniendo peor. Sé que si consiguiera recordar tu nombre, todo mejoraría.
Te dije que estaba en una isla, pero ahora ya no estoy seguro. Tengo dudas sobre la cama y el hotel, y tampoco estoy contento con el mar ni con el cielo. Todas las cosas de cuyos nombres estoy convencido, no me parece que sean eso, no sé si me entiendes, ¿Mallory? Tampoco estoy seguro de continuar respirando. Cuando lo pienso, respiro; y solamente lo pienso porque cuando no lo hago hay demasiado silencio. ¿Alison?, ¿sabías que en la cima de aquellas montañas (¿las Berkshire?) la altitud es tal que a las personas reales, personas vivas, también se les olvida respirar? Eso de que se les olvide tiene un nombre, pero no me acuerdo de cuál es.
Pero si la cama no es la cama y la playa no es la playa, entonces, ¿qué son? Cuando miro al horizonte, casi parece tener esquinas. Cuando me tumbé, perdí las esquinas de la cama de vista, como un horizonte.
También está el problema del correo. Ayer simplemente metí la carta en un sobre sencillo y lo introduje sin dirección alguna en el buzón. Esta mañana la carta había desaparecido y, cuando metí la mano y después el brazo, el interior del buzón estaba húmedo y pegajoso. Inspeccioné la parte trasera y descubrí un panel abierto. Cuando la marea sube, el correo se va al mar. Así que no tengo ni idea de si tú, ¿Pamela?, o ya que estamos, cualquier otra persona, está leyendo esta carta.
He intentado arrastrar el buzón para apartarlo de la orilla. Las olas me bufaron; una me pasó por encima del pie: fría, peluda y negra; abandoné. Tendré que confiar en el sistema de correos local.
En espera de que recibas esta carta pronto,
Ya sabes quién.
El hombre muerto sale a dar un paseo por la playa. El mar mantiene las distancias, pero el hotel le sigue de cerca. Se da cuenta de que si camina hacia la orilla, la marea se retira; eso está bien. No quiere mojarse los zapatos. Si se adentrara en el mar, ¿se dividirían sus aguas como con aquel tipo de la Biblia? ¿Onán?
Lleva su segundo mejor traje, el que se ponía para las entrevistas y las bodas. Supone que o bien murió con él puesto o bien es el traje con el que su esposa lo enterró. Lo lleva desde que se despertó y vio que estaba en la isla, despeinado y sudoroso, con la ropa arrugada como si la hubiera llevado puesta durante mucho tiempo. Sólo se quita el traje y los zapatos cuando está en la habitación. Vuelve a vestirse para salir. Va a dar un paseo por la playa. Lleva la bragueta abierta.
Las pequeñas olas azotan al hombre muerto. Debajo del agua ve dientes, dentro de los vítreos muros negros que son las olas más grandes, las que están mar adentro. Camina una buena distancia y se detiene con frecuencia para descansar. Se agota con facilidad. No se aleja de las dunas. Tiene los hombros caídos, la cabeza gacha. Cuando el cielo empieza a cambiar, se da media vuelta y el hotel está justo detrás de él. No parece sorprendido de verlo allí. Durante toda la caminata ha tenido la sensación de que alguien lo esperaba detrás de la siguiente duna. Tiene la esperanza de que sea su esposa, pero, por otro lado, si realmente fuera ella, también estaría muerta y él recordaría su nombre.
Querida ¿Matilda? ¿Ivy? ¿Alicia?:
Imagino mis cartas navegando hacia ti sobre las olas dentadas como diminutos barquitos blancos. Querida lectora ¿Beryl?, ¿Fern?, ¿te gustaría saber cómo estoy tan seguro de que te llegan las cartas? Recuerdo que siempre solía fastidiarte la manera en que yo daba las cosas por sentado. Sin embargo, estoy tan seguro de que estás leyendo esto como de que, a pesar de que todavía camino y respiro (cuando me acuerdo), estoy muerto. Creo que las cartas te llegan destrozadas y empapadas, pero legibles. De todos modos, si te llegaran de la forma habitual, probablemente no te creerías que son mías.
Hoy he recordado un nombre: Elvis Presley. Era aquel cantante, ¿verdad? Zapatos azules, labios gruesos y besucones, voz viscosa. Murió, ¿verdad? Como yo. Y Marilyn Monroe: un vestido blanco hinchado como una vela por el viento; Ghandi, Abraham Lincoln, Looly Bellows (¿te acuerdas de ella?), vivía en la casa de al lado cuando ambos teníamos once años. Durante todo el curso tuvo migrañas que la hacían ser desagradable con todos. Antes de saber que estaba enferma no le caía bien a nadie. Y después de saberlo, tampoco. Me rompió la nariz porque una vez le quité la peluca, alguien me había retado. Le sacaron un tumor de la cabeza del tamaño de un huevo de gallina, pero murió de todos modos.
Cuando le quité la peluca, no lloró. En el cuero cabelludo tenía algún mechón de pelo quebradizo, la cara hinchada por los fluidos como si le hubieran picado las abejas. Parecía vieja. Me dijo que cuando muriera volvería a rondarme, y tras su fallecimiento yo fingí que no sólo la veía a ella, sino grupos enteros de fantasmas pálidas, calvas y gordas que se escondían detrás de los árboles, hinchadas y zumbando como enjambres. Se trataba de un juego aterrador aunque divertido al que jugaba con mis amigos.
Llamábamos a las fantasmas «loolys» y nos inventamos reglas que nos mantenían a salvo de ellas: una manera determinada de caminar, una dieta a base de comida blanca: nubes de chuchería, bolitas de miga de pan blanco y arroz hervido. Cuando nos cansamos de las «loolys», acabamos con ellas decorando la tumba de Looly con los restos de las rosquillas glaseadas y el pan de molde que finalmente nuestras madres, que sospechaban, se negaron a seguir comprando.
¿Has decorado tú —¿Felicity?, ¿Gay?— mi tumba? ¿Me has olvidado ya? ¿Tienes otro gato, otro amante… o sigues de luto por mí? Dios mío, te deseo tanto, ¿Camelia?, ¿Azucena?, ¿Azucena?, ¿Rosa? Supongo que se trata de lo contrario de la necrofilia: el hombre muerto que quiere follar una última vez con su mujer. Pero no estás aquí y, si lo estuvieras, ¿te acostarías conmigo?
Te escribo cartas con la mano derecha y con la izquierda hago aquello otro que solía hacer con la izquierda desde los catorce años, cuando no tenía nada mejor en que ocuparme. Creo recordar que cuando tenía catorce, no había nada mejor que hacer. Pienso en ti, pienso en tocarte, pienso en ti tocándome y te veo desnuda. Tú me miras fijamente y yo estoy a punto de gritar tu nombre. Entonces me corro y el nombre que acude a mis labios es el nombre de una persona muerta, uno completamente inventado.