Boulevard
Boulevard » Capítulo 4
Página 8 de 40
Capítulo 4
Hasley
La mirada de mi madre me pedía a gritos que le diese una explicación. Era incapaz de desviar mis ojos de los suyos tan penetrantes. Me veía como si los míos fuesen una cueva oscura, buscando un poco de luz en ella.
—Es increíble que me llamen del instituto diciéndome que estás faltando a clases —replicó con un tono de voz duro.
Bajé mi vista tímidamente hasta los dedos de mis manos que estaban encima del banco de la cocina, entrelazándose nerviosamente. Inflé ambas mejillas tratando de restar la tensión que se esparcía por todo el ambiente en el que nos encontrábamos ambas.
Al parecer el maestro Hoffman me reportó por mi falta de ayer y la directora le llamó avisándole de mi ausencia en clases. Ahora estaba en medio de una discusión con ella en la cocina, exigiéndome un porqué que valiera la pena, por el cual había faltado a clases. Bonnie Weigel era muy estricta a la hora de hablar de mis estudios, siempre me repetía que eso sería lo único de lo que dependería mi futuro. Había estado trabajando tanto para poder pagar mis estudios y cada gota de sudor debía recompensárselo con el instituto.
No podía esconderme de su campo de visión en lo más mínimo.
Apoyó su mano sobre la mesa y empezó a tocarla con las uñas de sus dedos, creando un sonido rítmico, haciéndome saber que esperaba una respuesta. Aquello solo aumentaba mis ganas de querer volverme chiquita y rodar en el suelo.
—Hasley Diane Derricks Weigel: estoy esperando una explicación —demandó enojada con mucha autoridad.
Mi nombre completo. Bien, siempre que usaba ese tono de voz junto a mi nombre completo es que el asunto iba en serio.
—Ese instituto está peor que preescolar. —Fue lo único que dije en un tono bajo recibiendo una mirada de desaprobación por parte de suya.
—Hasley —mi madre reprendió con poca paciencia.
La estaba sacando de sus casillas. Tenía mucho temperamento y la perseverancia era algo que nunca perdía en medio de una discusión, fuese cualquier tema o conflicto.
—Lo siento mucho, ¿sí? —Me arrepentí.
Y no mentía… O tal vez algo.
—Eso no basta, Hasley —suspiró relamiendo sus labios—. Sabes perfectamente que no me gusta que andes perdiéndote las clases.
—La primera vez el profesor Hoffman no me dejó entrar, él me odia —me excusé, creando un mohín.
—Ay, Hasley, según tú a ti todos te odian.
Ella puso los ojos en blanco.
—¡Él me odia aun más! —Alcé los brazos y dejé caer mí cabeza en la mesa.
—Claro —mi madre habló irónicamente—. Dime, ¿por qué has faltado ayer a literatura? Ni siquiera te apareciste en la puerta del aula.
—Porque obviamente no lo haría, ya era un cuarto de hora tarde y solo son cinco minutos de tolerancia. No quería otra humillación, ya van tres en la semana y tengo permitida dos.
—Ah, ¿te permites humillarte? —se burló.
—A veces me reto, —respondí.
Parpadeó varias veces y elevó su mano a la altura de su hombro.
—Eres difícil.
A pesar de que no entendiera el sentido de sus palabras, le sonreí orgullosa. Mamá prefirió guardar silencio y coger su bolso, buscando algo dentro.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Busco mi celular —respondió mirando hacia los lados, dibujando un ceño fruncido.
Me levanté del taburete y comencé a ayudarla, dirigiéndome a la sala. No tuve que perder tanto tiempo en encontrarlo, porque el famoso sonido de su celular era un ringtone demasiado antiguo. Sonó en uno de los sillones.
—¡Creo que ya lo encontré! —le avisé.
—¡Contesta! —me ordenó acercándose.
Rápido lo cogí entre mis manos y deslicé mi dedo por la pantalla. Sin embargo, no hablé, estiré mi brazo hasta que ella lo alcanzó, llevándoselo a su oreja.
—¿Diga? —preguntó. Me quedé parada justo en frente de ella mientras oía todo lo que hablaba, al parecer era sobre su trabajo—. Oh, pero yo he dejado todos los expedientes y documentos en uno de los cajones. —Arrugó el entrecejo—. Está bien, voy para allá.
Colgó el celular y volvió a la cocina.
—¿Te vas a ir? —pregunté siguiéndole el paso.
—Sí, se han perdido documentos de unos pacientes —bufó de mala gana e hizo una mueca—, pero ni creas que te has salvado —advirtió—. No lo vuelvas a hacerlo o me veré obligada a castigarte. Es verdad, Hasley.
—Bien —mascullé.
—Te preparas algo de comer y si vas a salir con Zev, avísame. Te quiero aquí en casa antes de las ocho —ordenó mientras se ponía su saco de color crema.
—¿Antes de las ocho? Oh, eso me dará tiempo para mmm… ¡Nada! —espeté sarcástica—. Igual no creo salir con Zev.
—¿Siguen peleados? —Mamá preguntó, cogiendo las llaves.
Ella estuvo cuando el chico vino por mí para ir a su entrenamiento, así fue como escuchó los insultos y gritos de nuestra parte. Sin embargo, a regañadientes subí a su auto haciéndole gestos. ¿Infantil? Lo sé.
—Es un idiota —bufé.
—Así funcionan las amistades, cariño. Él te quiere —agregó—. Ya, me tengo que ir, cuídate.
En la puerta, a punto de irse, solté una pregunta fuera de lo común:
—Mamá, ¿por qué las personas se drogan?
Ella se detuvo y me miró con el gesto más confundido, saliéndose de su órbita.
—¿A qué se debe tu pregunta?
—Me ha dado curiosidad. Hemos tenido una plática sobre las drogas hace unos días, ya sabes, las campañas de prevención —mentí encogiéndome de hombros.
Su rostro se suavizó.
—Bueno, a veces es por problemas familiares, privados, un trauma en su niñez, falta de comunicación con sus padres o llegan casos en que sienten que el problema son ellos —explicó fluidamente—. En algunos casos solo porque quieren hacerlo sin ningún porqué. Hija, recuerda que esto de la drogadicción es un problema serio.
Mamá trabajaba en una clínica, en donde ayudaba a la gente con sus problemas, mayormente eran adolescentes y uno que otro adulto. Solía decir que psicología era para cuando tenías tu alma perdida y no te encontrabas a ti mismo.
—De acuerdo. —Fue lo único que dije y mordí mi labio.
—Bien, ya me tengo que ir —se despidió agitando su mano en forma de despedida y salió.
Me quedé en el sillón recostada y miré hacia el techo. La casa estaba en un completo silencio, uno que se sentía tan triste. Siempre habíamos intentado que tuviera vida y fuera pintoresca, como toda casa normal pero nos resultaba imposible. Después de que mi padre se fue, mi madre había estado levantando esta casa por sí sola, la cual era muy grande para dos personas, pero aun así las dos éramos unidas. Ella y yo teníamos una relación muy bonita, de madre e hija; no niego que había desacuerdos o peleas entre nosotras pero, al final, terminábamos abrazadas viendo una película que a ella no le gustaba y se dormía a la mitad.
En esa soledad, las palabras de Luke se proyectaron de nuevo en mi cabeza.
«Weigel, solo cuido de ti».
Después de todo no había servido de nada. Iba a ser lo mismo si perdía la clase con la profesora Kearny. No, hubiese sido peor. No sé cuánto tiempo estuve en el sillón, hasta que el sonido del timbre me obligó a levantarme. No tenía idea de quién podría ser. Arrastré mis pies por el piso, miré por la abertura de la puerta y me percaté de aquella mata de rulos dorados que se asomaba.
—Hey —Zev saludó apenas abrí.
Su mirada era de cachorro regañado. No podía seguir tratándole mal, estuve evitando sus llamadas y en el entrenamiento lo veía sin ninguna pizca de emoción. Todos sus compañeros se dieron cuenta. Por más idiota que se comportara, no dejaba de ser mi mejor amigo. Después de todo, él solo cuidaba de mí como aquel único hombre que tenía en mi vida.
—Lo siento —susurró, sus ojos se empezaron a cristalizar.
Mi corazón se encogió.
—No, no, no —dije rápidamente y lo abracé—. Cálmate, no tiene que ver con nuestra pelea, ¿cierto?
Él no agregó nada, pero asintió. Me llené de temor, volviéndome pequeña ante él por verlo llorar y no saber la razón. Me separé de él y cerré la puerta para sentarnos.
—¿Qué ocurre? —inquirí, poniendo una de mis manos sobre su rodilla.
Él relamió sus labios y echó un suspiro.
—Mis padres se separarán, mi… mi papá se llevará a Alex —balbuceó—. Hasley, no puede hacerle esto a mamá, no debe.
Mis cejas se juntaron y tragué saliva sin tener nada positivo que decir en ese instante. Zev siempre había estado cada vez que tenía problemas y trataba de darme consejos, aunque era malo y terminaba haciéndome reír. Ahora que él me necesitaba, yo no sabía qué hacer para ayudarlo. Me odiaba por ello y me sentía inútil ante mi mejor amigo, por lo que solo acorté la distancia entre nosotros y lo abracé, permitiéndole que hundiera su rostro entre mi cuello y mi hombro.
Sus lágrimas mojaban mi piel y mi blusa, pero no me importaba en lo absoluto. No tuve noción del tiempo estando así. Finalmente, fue Zev quien decidió alejarse. Sus ojos se encontraban hinchados y sus labios muy rojos. A pesar de que se viera tan tierno, no podía aceptar el hecho de que estuviese así por algo que lo destruía por dentro.
—No sé muy bien aún, creo que no se irá de la ciudad —musitó.
—Eso es algo bueno. Digo, tu madre podrá ver a Alex al igual que Lourdes a tu papá.
—No es lo mismo —respondió.
—Sé que no es lo mismo, Zevie, pero sería peor si se fuera de la ciudad —negué ante mis palabras y lo volví a abrazar después—. Algunos matrimonios suelen tener muchos problemas, no entiendo por qué, se supone que te casas porque amas a la persona. Sé que balbuceo y ahora lo estoy haciendo —reí, separándome y mirándolo—. ¿Quieres hacer algo para distraerte?
Él asintió.
—Jugar videojuegos.
—No tengo ninguno —respondí.
—Lo sé, es terriblemente deprimente —bufó.
—Oh, claro —rodé los ojos—. ¿Quieres hablar de música? Esa que los chicos y tú suelen escuchar.
Zev me miró con su ceño fruncido.
—¿Desde cuándo te interesa ese tipo de música?
—La otra vez Neisan estaba hablando sobre algunas bandas y me sentía muy tonta al solo oír cómo me platicaba de algo que yo no entendía —mentí.
—¿Por qué lo haría? Él sabe que no es de tu agrado.
—Ah, ¡pues no lo sé! ¡A ustedes jamás les ha interesado lo que yo piense u opine! —exclamé.
—Qué mentirosa —farfulló, entrecerrando sus ojos.
—Lo que sea —contesté.
—Ujum, dormiré. Tengo sueño.
Fue lo último que dijo y se giró, quedando boca abajo en el sillón. Cogió una almohada y se la puso en la cara. Bien. No había obtenido nada de información y yo no había sido de gran ayuda, pero Zev era muy fuerte y mañana seguiría con su sonrisa tan linda y sus hoyuelos hundidos en sus curiosas mejillas, riendo con aquellas carcajadas ruidosas, contagiosas y chistosas. Sus padres habían tenido conflictos estos últimos meses, él amaba a su mamá e igual a su papá. Qué situación tan desagradable cuando vemos cómo dos seres que tanto amabas se pelean de un momento a otro.
??
Mi mirada buscó rápidamente la cabellera rubia que tanto anhelaba ver desde que entré al salón de clases. Di con ella al fondo de una esquina, mirando hacia abajo. Dispuesta, caminé a donde él se encontraba y me senté en la silla vacía. Luke levantó la vista y frunció el ceño al verme.
—¿Qué estás haciendo? —demandó, dejando de hacer garabatos en su libreta y cerrándola.
—Tomar asiento —indiqué obvia, sonriéndole llena de burla.
—Eso lo sé, Weigel, no soy estúpido —gruñó, poniendo en blanco sus ojos—. Me refiero al por qué te estás sentando aquí, a mi lado.
—Lo quiero hacer porque puedo y quiero, ¿tienes algún problema? —respondí.
—A la defensiva, ¿eh? —vaciló y continuó—: Si piensas que somos amigos, estás equivocada —atacó—. Sentarte aquí traerá la atención y yo oso de que no se percaten de mi existencia.
—No dije que lo hacía porque consideraba que éramos amigos, realmente no lo he pensado ahora que lo dices. —Apoyé mi codo sobre la mesa y dejé caer mi mandíbula sobre mi puño—. Igual no llamo tanto la atención si no tengo a mi querido amigo pisándome los talones, así que descuida, ninguno de los dos será el centro de atención —agregué, refiriéndome a Zev.
Y es que en realidad era cierto. La mayoría de las personas solo trataba de entablar una plática conmigo por él, pues sabían que se encontraba soltero, lo que se resumía a carnada fresca. Si era el capitán de un equipo importante del instituto, doble.
Interesadas tenían escrito en la frente.
Aquello me hizo pensar que debía de estar a su lado. Después de que me dejara sola en la sala viendo televisión, se despertó con un poco de hambre, pedimos pizza y comimos mientras hablábamos de cosas que salían al azar, sin ningún tema de conversación fijo. Mamá llegó por la noche y lo saludó, lloró con ella y lo estuvo aconsejando hasta que fue demasiado tarde y se vio con la necesidad de llamar un transporte privado.
—Como sea… —Luke inició dejando la frase en el aire y miró hacia el frente pensativo, volvió a mí y retomó su habla— ¿Por qué has llegado temprano?
—Excelente pregunta, mi madre me ha despertado. Resulta que anda paranoica porque la dirección le llamó.
Me miró interesado o al menos fingía y honestamente lo hacía muy bien.
—¿Dirección?, ¿qué has hecho? —preguntó.
—El profesor Hoffman me ha reportado por llegar tarde y no entrar a dos de sus clases en esta semana; es la primera y le toma mucha importancia a la puntualidad. Lo he dicho: él me odia.
—Idiota —susurró.
—¿Él o yo? —pregunté, no muy segura a quién se refirió.
Me miró divertido.
—Los dos.
—¿Sabes? Tus cambios de ánimos me asustan y no tengo ganas de descifrarte —respondí.
Lo decía en serio, hace unos minutos andaba de mal humor reclamándome la razón por haberme sentado a su lado y ahora me miraba divertido como si mi desgracia le agradara.
—¿Descifrarme?, ¿qué?, ¿acaso soy algún tipo de código morse?
—No, solo lo pareces —inquirí.
—La verdad es que a veces quieres ir contra las reglas, pero no puedes. Realmente eres ingenua —respondió.
—Claro que no —defendí.
—Uhum —musitó haciendo una seña con su mano sin interés.
Después de eso, ya nadie pronunció nada. Puse mi mochila encima del banco y decidí tomarla como almohada. Era muy temprano. Faltaban unos diez minutos para que empezara la clase. Mamá me despertó una hora antes de lo normal y moría de sueño. Rápidamente algo hizo clic en mi cabeza y miré al rubio quien se encontraba de nuevo garabateando algo en su libreta.
—¿Por qué tú llegas tan temprano? —hablé con gelidez. Luke me miró sin emoción y cerró su libreta.
—Preguntas mucho, Weigel.
—Ese es un… —me detuve, pensando en alguna palabra correcta que pudiese definirlo—. ¿Defecto? No creo que sea un defecto, es búsqueda de información y es mejor preguntar que ser un completo ignorante.
—Y también hablas mucho —chistó.
—¡Eres un grosero! —exclamé.
—Qué delicada —rio—. Me retracto. Si lo fueras, no llegarías con una mancha de pasta de dientes en tu blusa al instituto.
—Solo fue una vez y…
—¡Joder, créeme! Me he dado cuenta, no ha sido una sola vez —interrumpió.
—¿Cómo sabes eso tú? —demandé, extrañada.
Me daba miedo que supiera cosas de mí, sobre todo los pequeños detalles que la mayoría de las personas no solían fijarse.
—Esto responderá tu pregunta y a la primera —habló, moviendo sus pestañas lentamente—. Me gusta llegar media hora antes y sentarme de último para ver cada ser patético entrar por esa puerta. Es divertido ver como unos se chocan con el marco de la puerta porque llegan casi con los ojos cerrados —confesó burlón—. Me gusta reírme de la desgracia de lo demás.
—Creo que eso es… —No sabía cómo describir aquello—. ¿Raro? ¿Inhumano?
Él solo se encogió de hombros restándole importancia.
Estiró su brazo por debajo de su silla y sacó una gaseosa. La agitó repetidas veces creándole mucha espuma; por un momento creía que explotaría. Sí. Luke la abrió con cuidado, cerciorándose de no hacerlo completamente, esperando a que el gas saliese y realizar la misma acción de nuevo. Tenía ganas de preguntarle por qué lo hacía, sin embargo recordé lo que me había dicho minutos atrás. Así que con todo el orgullo del mundo volteé a otro lado y acuné mi cabeza entre mis brazos. No duré tanto porque a los pocos minutos la maestra entró con su toque de amor y sus labios rojos, dando el inicio a la clase.
Me fijé en que el rubio no le prestaba atención por escribir cosas en su libreta. Por el rabillo del ojo pude observar que hacía rayas y círculos sin ningún sentido o al menos para mí no lo tenían. Algo llamó mi atención: una fecha. En medio de todo ese borrón pude apreciar una fecha. De golpe, cambió de hoja y comenzó a escribir.
«La gente debería dejar de ser metiche, como tú, por ejemplo».
—¡Oye! —me quejé sin levantar mucho la voz.
Luke solo me dedicó una sonrisa demasiado falsa, para luego regresar a su semblante serio. La libreta la puso debajo de su codo y llevó su barbilla al puño, prestándole atención a la señorita Kearney.
Este chico resultaba ser más duro que una roca, tan cerrado y hostil. Solo abría la boca tratando de ofender, hablar de bandas y decir información sobre mí. Ni su nombre me había dicho; si no fuese por Neisan no lo sabría.