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Capítulo 5
Hasley
El deporte nunca fue uno de mis fuertes, la actividad física no estaba entre mis facultades que hiciera con facilidad u orgullo. No era un secreto que yo fuese la peor en la clase.
El entrenador Osborn no paraba de gritarme y hacer sonar aquel quejoso silbato para que corriera sin detenerme. Apenas llevaba dos vueltas de cinco, alrededor de trescientos metros y yo ya proclamaba por todo el oxígeno del mundo.
No podía seguir.
Rendida, me detuve jadeando y me apoyé sobre las rodillas. Tendría que aguantar al señor Osborn gritándome de nuevo.
—¡Vamos, Hasley! —oí que exclamó Josh, uno de mis compañeros.
—¡Ni de broma! ¡Ya no puedo!
—¡Exagerada! —carcajeó el castaño—. ¡Te espero el año que viene en la meta!
Me limité a entrecerrar los ojos y mostrarle el dedo del medio. Usualmente me llevaba mejor con los chicos. En realidad, me sentía en confianza con aquellas grandes bestias, me divertía mucho, aunque sus pláticas se basasen en obscenidades, curvas y videojuegos.
Escuché una risa familiar, ronca, sabía de quien se trataba. Volteé hacia aquella dirección en las gradas, las cuales no estaban tan lejos de donde yo me encontraba jadeante. Luke me miraba divertido con sus manos dentro de los bolsillos de sus tejanos negros, mientras levantaba sus cejas.
—¿Te diviertes? —Él habló primero, preguntando por lo alto y mirándome en espera de mi respuesta.
—Sí, lo hago, es fantástico correr bajo el sol —le di una sonrisa falsa.
Traté de recuperar mi respiración normal, abatiendo mis manos en frente de mí y dando una gran bocanada de aire.
Él hizo una seña con su cabeza para que me acercara. Giré mi cabeza en busca del entrenador. Aún no regresaba. Soltando un suspiro y no muy convencida, me acerqué a él. Me detuve a una distancia considerable de las gradas. Alcé la mirada y Luke se encontraba con sus brazos apoyados en el barandal. Él estiró uno de ellos a mí y lo miré con el entrecejo fruncido.
—Sube —pronunció suave ante mi mirada confusa.
—No puedo, si el profesor me ve me hará correr el doble de lo que me hace falta —expliqué mirándole con una mueca de ímpetu por su petición.
Luke rodó los ojos, pero no quitó su mano incitándome a que la agarrase. La cogí y él me subió fácilmente. Crucé una de mis piernas por el barandal torpemente haciendo que se enganchara, jadeé. Luke rio. Su brazo se posó por mi cintura y ayudándome a cruzarla completamente, zafó mi pierna y una vez que pude tener mi equilibrio lo miré.
—¿Hay algo en lo que no seas torpe, Weigel? —rio mientras mordía el arito que yacía en su labio.
—¿Algún día me llamarás por mi nombre? —ataqué rodando los ojos, cansada de lo mismo y su actitud un tanto jocosa.
—Lo hice el primer día en que cruzamos palabras —recordó esbozando una sonrisa con los labios cerrados y diversión en sus ojos.
—Me gustaría que lo siguieras haciendo —suspiré cansada.
Me senté en una de las gradas para poder descansar mis piernas y reposar un poco a causa del cansancio que sentía por haber corrido tanto.
—Es tan aburrido llamar a las personas por sus nombres. —Se sentó a mi lado. Volteé hacia él y no sé cómo ni en qué momento, pero ya tenía entre sus rosados labios un cigarrillo—. El mundo debería tener originalidad y no copia de copias.
—Lamento decirte que no eres el único que lo hace —hablé mirándole mal.
—Pero sí de los escasos —ganó sonriendo.
Tomó una calada y se quedó durante unos segundos con el humo en sus pulmones para después expulsarlo.
—Deberías estar en clases, ¿no es así? —pregunté intentando iniciar una conversación normal y así también evadir el tema antes sacado por ambos.
—No ha venido la maestra —respondió haciéndose hacia atrás para apoyar sus codos en un escalón.
—Mmm, ya —musité mirando hacia el cielo.
—¿Quieres? —Me ofreció un cigarro, a lo que yo me negué y él bufó—. ¡Aburrida!
Me levanté para darme la vuelta y mirarle.
—¿Por qué consumes eso? —pregunté.
Luke frunció su ceño por mi pregunta tan lanzada desde la nada, pero luego la suavizó. Él me había mencionado sobre aquello el día en que nos conocimos, así que ya no era un secreto para mí. El chico se levantó y relamió sus labios, dibujando una sonrisa. Odiaba que fuera tan egocéntrico.
—No comprenderías, mi querida Weigel —susurró.
—Tú qué sabes. —Me crucé de brazos—. No me conoces, no sabes nada de mí para poder llenarte la boca de suposiciones a mi persona.
—Por Dios, Weigel, ni siquiera fumas —recordó—. No trates de entender algo cuando no conoces sus derivados. —Él se acercó hasta mí—. Eres muy ingenua y empiezo a creer que también inocente.
Empecé a carcajear por lo último. Yo no era ingenua, ni mucho menos inocente, me consideraba lo suficiente inteligente para entender su inmadura mente, yo tenía experiencia. Él no tenía el derecho de tan solo hablarme unos días y pensar que ya me conocía lo suficiente. Era un completo estúpido.
—Piensas que me conoces y no es así —dije enojada.
Él sonrió más, ¿acaso le divertía mi mal humor?
—Tal vez me estoy equivocando. —Se encogió de hombros sin eliminar su sonrisa lánguida—. Y honestamente no lo creo.
—¿Qué? ¿Dirás que amas las motos, te drogas con tu grupo de amigos malos llenos de tatuajes y ropa de cuero negra, mientras se escapan de sus casas y se saltan la barda para ir a cualquier bar de mala muerte? —Mi voz en ningún momento abandonó su toque sarcástico.
—Deja de leer tanta literatura basura, Weigel —carcajeó, ganándose una mirada fulminante por mi parte a causa de lo irritante que se estaba comportando en ese mismo instante. Empezaba a sacarme de mis casillas. Quizá solo era un imbécil en busca de algo bueno que lo relajase. Sin embargo, no me tragaba mi propio pensamiento—. Pero sí, tengo una moto, solo en eso has acertado, lo demás es incierto.
Pásenme la pistola, por favor.
—Estás siendo muy molesto ahora —me quejé. Él rodó los ojos y puso su cigarro entre sus labios. ¿Cómo demonios era que no se le acababa? Luke sacó el humo por sus labios y llegó hasta mi rostro—. ¿Podrías dejar de hacer eso?
Enojo, eso fue lo que me invadió debido a su acción. No me gustó que lo echase en mi cara, por lo que no pude evitar arrebatarle el cigarro de su mano y llevarlo detrás de mi espalda, procurando no quemarme con este.
—Hey, devuélveme eso —se quejó.
—Te hice una pregunta —puntualicé, sonando calmada e ignorando su petición.
—Y ya te la respondí —dijo a regañadientes mostrándose su semblante vacío—. Dámelo.
—Solo quiero… —intenté hablar, pero Luke interrumpió.
—¡Demonios, Hasley, regrésamelo!
Espetó sin ninguna pizca de emoción y eso causó que me removiera. Él se acercó a mí y sus dedos tocaron mi mano, deslizándolos sobre mi piel.
—Ustedes, ¿qué hacen? —La voz autoritaria de alguien hizo que girara sobre mis talones.
Un profesor de deportes nos miraba con exigencia una explicación. Observé a Luke quien seguía con el mismo gesto tan apático y vacío, como si la presencia del hombre no le intimidase ni un poco.
—Enséñenme sus manos, ahora —ordenó.
Indecisa y llena de miedo le mostré mis palmas. Ya no tenía el cigarro. Luke hizo lo mismo pero, a diferencia de mí, el cigarrillo se posaba entre sus dedos. El profesor negó repetidas veces mientras soltaba un suspiro.
—A la dirección en este mismo instante. ¡Ambos!
—¿Qué? —logré articular.
No es cierto. No. No. Mi madre me mataría. Me encerraría en casa sin salidas o visitas durante cinco años, a menos que fueran las de Zev. Iba a protestar para poder explicar lo ocurrido, pero el rubio se adelantó.
—Espere, ella no tiene nada que ver aquí. De hecho, me estaba quitando el cigarro diciendo que me acusaría. —Luke me defendió, sin preocupaciones, ni tensiones en su persona.
—¿Seguro? —El hombre se cruzó de brazos—. ¿Por qué debo creerle cuando ha estado con usted?
—Porque ni siquiera la conozco, ella es de aquel grupo y yo de otro. Aparte puede olería, no ha dado ni una calada —el chico habló sin titubear—. Es más, ¿por qué querría estar yo con ella?
—¿Es verdad? —Ahora se dirigió a mí.
Miré un poco indignada a Luke por lo último que dijo, pero regresé mi vista al profesor. No sabía que decir. Echarle toda la culpa a Luke no me hacía sentir bien, por más enojada o irritada que me pusiera no quería hacerle esto.
Volví a él y se encontraba con el semblante serio. Noté algo diferente esta vez. Sus ojos gritaban que le siguiera la corriente. Di un profundo suspiro y me decidí.
—Sí, es verdad todo lo que ha dicho. Por lo que sé está prohibido fumar aquí.
—Bien, su nombre —demandó hacia el rubio.
—Luke Howland, último año, repetidor.
—Vaya a la dirección y usted —me apuntó— a su clase.
Asentí, el hombre se alejó y me quedé parada meditando lo que sucedió. Luke pasó por delante de mí, sin hablar, y saltó por el barandal. Rápidamente corrí hasta donde él fue.
—¿A dónde vas? —pregunté por lo alto.
—Por si no lo notaste tengo una cita con el asiento que ya me es familiar de la directora.
Quise disculparme por lo que había hecho, hacerle saber que lo sentía de verdad. Fracasé. Él ya corría una distancia lejos de mí.
Más tarde, en la cafetería, todo parecía estar normal. La plática con los chicos no cesaba, me incluían en ciertos temas o yo metía mi lengua, haciéndome notar e informándoles que formaba parte del grupo también.
—Chicos.
Esa voz. Oh, Dios. Esa bella y majestuosa voz que me paralizaba.
Como si mi vida dependiese de ello, alcé mi vista rápidamente. ¡Mierda! Me arrepentí en el momento por haber actuado tan descarada.
—Hola, Matthew —saludó Zev con tanta facilidad, sonriendo.
—Hola, Hasley. —El pelirrojo se dirigió a mí, sonriendo, ignorando el saludo de mi amigo.
No podía articular palabra alguna y eso me hizo sentir tan tonta. ¿Desde cuándo él y Zev se llevaban? Bueno, eran compañeros al ser capitanes de diferentes equipos, pero no lo suficiente para que se llevasen como uno de hace años. Aunque realmente no me molestaba en lo absoluto o me interesaba en estos instantes. Matt estaba en frente de mí sonriéndome y en lo único que me tendría que concentrar era en intentar que mi voz no saliese en un balbuceo o peor, tartamudeara.
—Hola. —Mi voz sonó un poco baja.
Necesitaría un inhalador.
—Has, hay un partido la siguiente semana y me preguntaba si quisieras asistir junto a Zev. Él me ha dicho que irá.
Caída libre. Volteé hacia el chico con ojos color miel quien me sonreía de oreja a oreja con los labios cerrados.
No podía creerlo.
Sentía esas ganas de golpear a Zev mientras gritaba que Matthew Jones me estaba invitando a su partido.
—Claro —asentí sonriéndole tímidamente.
—Excelente. —Se alegró él—. Entonces nos vemos luego.
Me regaló un guiñó y chocó puños con Zev para irse lejos de nuestra mesa.
Volví a mi mejor amigo.
—¿Desde cuándo? —pregunté.
—Hace un par de semanas. —Se encogió de hombros—. Es un gran chico, tuvimos una charla y así surgió lo demás.
Me limité a dibujar una boba sonrisa en mi rostro y gritar internamente. Sería muy infantil pero necesitaba dar brincos. Mordí mis labios y acuné mi cabeza entre mis brazos sobre la mesa.
—Tranquila, Hasley, ya tienes una casi cita con Jones. Ahora ¿qué piensas hacer? —Neisan rio.
Levanté mi cabeza para contestarle, pero fue imposible porque la mirada azul penetrante del chico rubio me atrapó desde una de las esquinas de la cafetería mirándome neutro. Entonces, caí en cuenta de que no sabía si lo expulsaron o fue mandado a detención. Me levanté de la silla y miré a los chicos.
—Los veo después —me despedí.
A pasos rápidos caminé hasta Luke, pero, antes de alcanzarlo, el chico salió de la cafetería. Corrí a la dirección en la que se había ido, pude divisar su ancha espalda con aquella camisa negra ajustada entre el tumulto de alumnos que cruzaban el pasillo.
—¡Luke! —grité intentando que se detuviera—. ¡Luke Howland!
Esta vez se paró en seco y giró hacia mí. Llegué hasta donde él y me apoyé en unos de los casilleros intentando recuperar mi aliento. Él me miraba como en las gradas después de tener nuestra pequeña… ¿discusión?
Cuando recuperé mi ritmo de respiración, pude hablar.
—¿Qué te ha dicho la directora? —pregunté realmente preocupada.
—Nada importante. —Se encogió de hombros—. Mejor dime, ¿qué te ha dicho Matthew Jones?
—Nada importante —le copié.
—Weigel —rio—, me imagino que de verdad fue importante para que actuaras como toda una chica hormonal.
—Solo me invitó a salir… con Zev —reí sin gracia.
No era que me molestara que mi mejor amigo me acompañara, pero se trataba de Matt, el chico que me gustaba desde hace tiempo, y si eso implicaba encerrar en el sótano a Nguyen lo haría.
—¿Sí? ¿A dónde? —Luke enarcó su ceja.
—A su partido —rodé los ojos ya cansada de que habláramos de lo mismo.
—¿Cuándo es? —inquirió.
—¿Acaso importa? —bufé apoyando mi espalda en uno de los casilleros—. No tiene nada de interesante que hablemos del tema.
Observó mis ojos como si estuviese pensando en algo importante, por unos segundos creí que me diría lo que la directora le había dicho. Fui la burla. No fue así.
—Creo que es el viernes de la otra semana —murmuró.
Sonrió y mordió su arito.
—Luke, de verdad no es algo que te importe, quiero saber que te ha…
—Tampoco es algo que te importe —atacó, interrumpiéndome.
Eso era lo último que podía soportar. Él era grandioso, un grandioso imbécil.
—Bien —dije firme y empecé a caminar lejos.
—Weigel —pronunció, pero con todo mi orgullo lo ignoré—. ¡Weigel!
Sentía mis pisadas cada vez más rápidas y era porque Luke corría hacia mí. No me había dado cuenta de que mis piernas se movían por todo el campo del instituto al mismo tiempo que Luke gritaba mi apellido miles de veces detrás de mí. El pasto debajo de mis tenis eran aplastados por cada paso que daba, sentía que ya me cansaba y no podría detenerme. No fue mucho lo que corrí hasta que la mano de Luke tomó mi brazo, intente zafarme y fracasé porque en lugar de hacerlo, caí al pasto junto a él. El ojiazul carcajeó.
—¿Por qué corres? Sabes perfectamente que no eres buena en atletismo y con mis piernas en comparación de las tuyas… mmm no —negó divertido.
—No pierdo nada con intentarlo —dije con la voz entrecortada.
Luke se acostó en el pasto y perdió todo tipo de contacto visual. Su perfil era muy hermoso, un ángulo casi perfecto. Su piel de un color beige y sus pestañas largas. Él giró su rostro y sus mejillas se colorearon de rojo al darse cuenta de que lo observaba. No pude evitar sentir ternura teniendo esa imagen. Desvié mi mirada y me senté en el pasto. Segundos después, él copió mi acción.
—Weigel —dijo.
Lo miré. Sus ojos eran intensamente azules, muy azules y no sabía si existían otros iguales o superables a ellos.
—¿Sí? —ladeé la cabeza.
—Pídele consejos a tu mamá para que no arruines tu cita con Matthew. Es psicóloga, de seguro te ayudará —me aconsejó, haciendo el gesto de comillas en la palabra cita.
—¿Cómo sabes que mi mamá es psicóloga? —intervine.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos junto a una sonrisa que no sabía descifrar: burlona o sarcástica. Pasó la punta de su lengua sobre su labio inferior y levantándose del césped, finalizó:
—Solo me han mandado a detención.