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Capítulo 12

Luke

Cuando alguien consumía ciertas cosas no saludables para el cuerpo, muchos tenían un concepto erróneo y lo denominaban como un drogadicto, creían que esa persona tenía echada a perder su vida, alguien que era peligroso y malo, destructivo y tóxico. Pero muy pocos eran los que se tomaban en serio el querer averiguar por qué lo hacían. Bien, a mí me catalogaban de esa manera.

Decían que bajo sustancias actuábamos de una forma diferente a lo que solíamos ser en realidad. Yo jamás me atrevería a dañar a la persona que tanto amaba. No había tenido casos de querer golpear a alguien cuando estaba demasiado cruzado, ni mucho menos sentía la necesidad de ser agresivo o violento.

Juzgaban sin saber absolutamente nada. La mierda era más honesta que ellos, porque al final de todo era yo contra el mundo y nadie más.

Bajé las mangas de mi buzo negro que cubrían por completo mis manos, asegurándome que cada una estuviese a su temperatura normal. El tiempo se puso un poco helado y el cielo comenzaba a teñirse de un color gris, con eso sabía que la lluvia caería muy pronto.

No despegaba mi vista del suelo, mis tenis negros iban golpeando una botella que encontré en el camino de mi casa al instituto. Sabía que llegaría un poco tarde, pero no me preocupaba tanto. La profesora Caitlin solía preguntarme si tenía algún problema familiar que me hiciera desvelar; según ella, los adolescentes no deberían tener caras tristes, ojeras notables, piel pálida y unos cuantos kilos por debajo del peso normal; ella decía que eran síntomas de la depresión, yo le llamo: efectos del joint.

La mayoría de mis profesores sabían mi relación con esas cosas, pero muchos se hacían de la vista gorda. Al fin de cuentas no era el único estudiante que se dopaba y ellos tenían sus propios asuntos que cuidar o por los cuales preocuparse más que por un adolescente.

Duro, pero real.

Mi buzo de algodón se sentía cálido. Mi favorito, mamá me lo compró hace dos años en un viaje a Darwin. Divisé la entrada del instituto abierta y decidí correr antes de que la cerraran y me viese con la floja necesidad de saltarme la barda.

Caminé entre los pasillos, algunos alumnos corrían y otros tenían la cabeza dentro del casillero sin querer entrar a su primera clase. Mi vista se detuvo en la pelinegra que se apresuraba hacia su casillero mientras trataba de abrirlo para meter y sacar desesperada algunos libros. La comisura de mis labios se curvó y decidí alcanzarla.

—¿Llegando tarde? —pregunté en un susurro.

Esta pregunta la había repetido unas cuantas veces, que pensaba en bautizarla como su nombre.

Hasley giró bruscamente y me miró unos segundos para después bufar, hizo una mueca con sus labios y asintió.

—¿Es tan difícil para mis oídos oír el maldito despertador? —gruñó cerrando de golpe su casillero y guardar todo en su mochila—. Mi madre me va a matar si me mandan a detención.

—Ve el lado bueno —proseguí—. Podrás contarles esto a tus hijos —vacilé guiñando un ojo.

Ella me miró sin una pizca de humor y rodó los ojos.

—No ayudas, Luke —farfulló.

—No intento hacerlo —confesé burlón.

Creí que con eso me mandaría al diablo y se daría la vuelta para dejarme ahí, pero se mantuvo de pie y se cruzó de brazos. La observé durante unos segundos y sentí la necesidad de burlarme en ese instante. Pasé mi lengua por mi labio inferior y llamé su atención:

—Weigel.

—Mande —contestó.

Detestaba que a veces fuese tan educada porque yo era todo lo contrario hacia ella.

—Creo que en realidad necesitas un despertador eficaz —pronuncié entrecerrando los ojos. Por su cara supe que no entendió, por lo que fui directo—. Te has puesto la blusa al revés.

Al instante que terminé por completo mí frase, su cara se tornó en un color rojizo, sus ojos se abrieron y supe que esto fue como una limpia bofetada de vergüenza. Mordí mis labios evitando soltar una carcajada; con el simple hecho de habérselo saber podía ser suficiente para agregarle una risa y hacer de esto aún más vergonzoso.

—Demonios… —maldijo por lo bajo y agachó la mirada.

—Y creo que esto es pasta. —Apunté la pequeña mancha blanca que resaltaba en la tela negra.

Si pudiera leer su pensamiento sabría que estaría pidiéndole a cualquier santo que la desapareciera del mundo en este instante, pero ambos sabíamos que eso no pasaría. No me sorprendía si se trataba de Hasley Weigel.

—Necesito… ir al baño —avisó. Sin embargo, no se movió.

—¿Segura? —cuestioné—. ¿Con quién te toca en este momento?

—Con Hoffman —respondió en una mueca.

—¿Es el que te mandó la otra vez un reporte? —inquirí.

Me memoria era un poco buena, podía recordar perfectamente cuando se quejó de ello y yo llamé idiota al profesor, pero ella fue tan lenta que me cuestionó y terminé insultándola de igual manera.

—Sí —bufó cruzando sus brazos para tomar con sus manos cada hombro haciendo semejanza a una equis con ellos.

Una idea se cruzó por mi mente y no entendía por qué diablos lo haría.

—Ve al baño, en menos de dos minutos necesito que estés en frente del salón —ordené. Antes que ella pudiese decir algo, hablé de nuevo—. Hoffman… ¿es el que tiene una calva pero un bigote enorme?

Ella soltó una risa y asintió. Sin otra cosa por decir, tracé mi trayecto hacia el salón de aquel hombre que solía ser el presidente de la feria del libro en el instituto. Una vez que estuve delante de la puerta del aula, di unos toques para nada delicados. A los pocos segundos un hombre con calva y anteojos salió revelando su claro ceño fruncido.

—¿Ocurre algo? —pronunció su voz rasposa y pude sentir el olor a café al instante.

Odiaba el olor a granos de café.

—Sí —afirmé arrugando la nariz. Al ver como seguía su vista sobre mí, aclaré mi garganta, añadiendo—: ¿Es el profesor Hoffman?

La directora me ha mandado a decirle que lo quiere en este instante en la dirección con la lista del grupo C.

—¿Justo ahora? Pero estoy dando clases —excusó.

Me encogí de hombros y cambié mi mueca a un rostro neutro.

—Solo estoy cumpliendo —mascullé y me di la media vuelta.

Caminé unos dos metros y doblé en una esquina, deteniéndome en un peldaño de las escaleras y poder ver hacia el salón. Fueron unos diez segundos cuando el hombre salió para ir hacia la dirección.

Golpeaba con mi dedo índice uno de mis dientes del frente un poco desesperado de que Weigel no apareciera cuando vi que del otro extremo del pasillo caminaba a pasos rápidos, fui hasta ella y la tomé del brazo haciéndola girar.

—Luke… —susurró un poco paranoica, pero la interrumpí.

—Se supone que cuando el profesor no se encuentra en el salón dando clases, puedes entrar —informé—. Él no está.

—¿Cómo sabes que no está? —cuestionó confundida.

—Entra —ordené.

Liberé mi agarre de su brazo y me alejé de ella dirigiéndome a la mía, que muy a cuestas tendría que aguantar toda la basura de la profesora. La clase me aburrió como las demás, no fue hasta que me tocaba historia y decidí faltar, al igual que la siguiente, perdiendo el tiempo con mis auriculares. Miraba la hora y me preguntaba si quería repetir el año. Al final, reforzaría mi conocimiento, ¿no?

Subí las gradas con pasos lazos que por un segundo creí en no llegar hasta el último peldaño, asesté mi pie en uno para poder impulsarme seguido de tirar mi mochila en algún lado y sentarme.

Jugaba con el rollo de marihuana antes de encenderlo entre mis dedos. Me servía de mucha ayuda distraerme, así podría ignorar todo tipo de sonido a mi alrededor, el mundo se acallaría, solo sería yo, mi cajetilla y mi marihuana contra el mundo.

Todo un guerrero. Sarcasmo.

Admitía que lo odiaba, odiaba que esto se hubiera convertido en mi única forma de sentirme en calma. Se convirtió en algo tan adictivo que me hacía sentir bien, podía eliminar y olvidar algunos de mis sueños, los cuales hoy estaban hechos trizas, como el fino cristal de cualquier copa de vodka.

Estaba jodido.

Empecé a consumir marihuana a mis dieciséis años de edad, nunca tan seguido, de hecho, me daba miedo y lo dejé, sino fue hasta que llegué a los diecisiete y recurrí a eso como un pequeño escape. Probé por primera vez cocaína a mis dieciocho y, sin embargo, prefería miles de veces mi buen rollo.

Mi madre hace dos años tenía una expectativa de mí como un increíble arquitecto, y mi padre como el hijo menor el cual sería mejor que mis otros hermanos. Hoy las esperanzas de mi madre se habían ido y de la boca de mi padre solo salía lo imbécil que yo era.

Mis calificaciones bajaron hasta la mínima. En realidad, no me veía en un futuro, no podía imaginarme salir adelante. Desde ese entonces la dirección vio mis cambios y decidió aportarme un psicólogo fuera del instituto. Según mis profesores tenía un mal temperamento.

Mi humor era de los mil demonios, no solía ser tan paciente, prefería quedarme callado, mirando y calculando a cada persona que pasaba en frente de mí. Me podían irritar con tanta facilidad y solía ser tan accesible para decir lo que pensaba causando muchos conflictos por ello. Detestaba que me llevaran la contra, y lo más irónico del mundo, es que todo lo que repelaba; Weigel lo era.

Sabía cómo era, llegaba a ser tan infantil y estúpida. En cuarto año se veía tan testaruda, me preguntaba como Zev la podía soportar, era un poco cerrada para sus gustos y aparentaba ser chica de ciudad, cuando en realidad figuraba más a una chica de campo. Solía dormirse cada vez que llegaba al salón y su mejor amigo cubrirla. Ella era un año menor que yo, desde chicos, compartíamos tres clases que no importaba en qué grado ibas, siempre te juntaban con los demás. Taller, computación e inglés.

Dejé de verla debido a que repetí un año y de esa forma fue que volvimos a toparnos actualmente.

Tan inocente e ingenua que no se daba cuenta de ello y de que solo era una cara bonita ante los ojos de Matthew Jones.

Eché mi cabeza hacia atrás para llevarme aquel rollo a la boca y darle una profunda calada. Cerré mis ojos dejando que el humo me consumiese y el efecto actuase en mi cuerpo.

Los días en que no escuchaba sus quejas, o veía sus molestas acciones me hacían sentir más solo de lo normal. La extrañé a un cierto punto, y francamente odiaba el hecho de hacerlo, porque tenía en claro que extrañar es dolor, y por mi cuenta, no era algo que necesitaba en esos momentos.

Minutos después ya me sentía más relajado, y mi cabeza daba vueltas. No sé por cuánto tiempo me mantuve así hasta que sentí mi boca seca. Me puse de pie y cogí mi mochila, dirigiéndome a la cafetería. Sentía como si estuviese caminando en las nubes y todos los que pasaban a lado de mí eran como el aire.

La cafetería se veía un poco vacía. No sabía la hora, pero lo más seguro es que el tiempo del almuerzo ya había pasado y probablemente en menos de una hora las clases terminarían. Caminé hasta la máquina de jugos para meter algunas monedas y sacar uno de sabor a limón. Bebí un poco y el sabor ácido se coló por mis papilas gustativas.

Una vez que mi sed desapareció, empecé a deambular por los pasillos del instituto, tal vez en busca de la chica con dificultad de despertarse temprano. Creo que eso era algo que la caracterizaba mucho, de alguna manera se convertía en un don, creo.

No. La verdad no era un don.

Mi búsqueda se terminó cuando la vi apoyada en uno de los casilleros, pero mi estómago se revolvió cuando la vi con quien. Matthew Jones no me agradaba en lo absoluto. Rodé los ojos, sabiendo que nadie podía verme y fruncí mis labios para hacer algunas muecas. Qué desagradable. Arruinar su charla sería lo mejor que podía hacer en ese momento.

Caminé en dirección a ellos y no bastó menos de medio metro cuando la mirada azul de Weigel me observó y, con ella, la de Jones.

—Luke —ella saludó en una media sonrisa.

Sabía que mi presencia en este instante le desagradaba.

—Hey. —La voz del chico hizo que lo mirara. Hizo un ladeo de cabeza en forma de saludo, pero recibió una mirada vacía por parte de mí—. Bien… entonces me voy. —Matthew apretó los labios y elevó ambas cejas—. Nos vemos, Has.

«Has. Estúpido», pensé.

Se acercó a ella y le brindó un simple beso en la mejilla. Él sin dirigirme la mirada se alejó por el pasillo. Regresé mi vista a la chica y no pude evitar poner los ojos en blanco al ver el estado en el que se encontraba.

—Eres patética —escupí.

Su rostro color carmesí y con ganas de querer gritar.

—Cállate —pidió cubriendo su boca con ambas manos—. Es el primer contacto que tengo con sus labios.

—Eres patética —repetí mirándola.

Weigel solo negó con una sonrisa y bajó la cabeza para ocultar su emoción de mí. Esta chica era demasiado hormonal, me preguntaba por qué mis piernas no estaban alejándose de aquí, lejos de ella.

—Gracias —murmuró después de unos minutos en silencio.

Sabía a lo que se refería, por lo cual, con una seña le di a entender que no importaba.

—¿Tienes alguna otra clase? —pregunté elevando una ceja.

No quería que faltara, por alguna razón veía que eso le preocupaba mucho. Y no era que viera por ella y me importara mucho lo que ocurriese, solo un poco de buena causa.

—No —negó y pasó por encima de su cabeza la mochila.

—Bien —asentí, saqué mi celular y me fijé en la hora. Tres de la tarde con nueve minutos—. Vamos, y no hagas preguntas, no te quejes, si es posible finge que no existes.

—Al menos debería saber a dónde me llevarás para matarme —dramatizó.

—¿Qué? —hablé irónico—. No seas estúpida.

—Eres tan molesto —chilló.

—Comienzas a darme dolor de cabeza. —Toqué mi sien y comencé a caminar.

Escuché como gruñó y la sentí siguiéndome el paso. Seguía jodiendo la poca paciencia que llegaba a tener, al final ella terminó guardando silencio y caminar a mi lado, de vez en cuando la miraba por el rabillo de ojo. Iba distraída y a veces mordía su labio inferior con nerviosismo.

Caminamos unas cuadras más y llegamos al lugar en donde días atrás la traje y por el cual no asistió a la invitación del partido de Matthew. No podía negar que me sentí con una satisfacción enorme.

—¿Para qué hemos venido aquí? —inquirió mirándome con el ceño fruncido.

—Quería venir… —Mi voz salió fuerte y terminé con un aludido—, contigo.

Me alejé de ella y comencé a trotar dirigiéndome a uno de los árboles más altos del callejón. Me detuve en la punta del tronco de este y miré al cielo, seguía nublado, creí que llovería en el horario de clases, pero al parecer me equivoqué. Siempre me equivocaba.

Luke Howland era sinónimo de equivocación.

—¿Has escuchado aquella frase que dice que los árboles son el mejor amigo del hombre? —Dirigí mi vista a la chica quien se detuvo a un lado de mí frunciendo el ceño.

—Sí, pero no son los árboles, son los perros —corrigió y chasqueé.

—¿Podrías hacer el mínimo intento de darme la razón, Weigel? —gruñí acercándome al tronco y sentarme en el pasto. El árbol era enorme, por lo cual tenía demasiadas raíces sobresalientes creando medianos arcos en el suelo.

—Si Luke, he escuchado esa frase —ironizó rodando los ojos y copió mi acto.

Preferí no contestar nada. Apoyé la parte trasera de mi cabeza en el árbol y cerré los ojos dejando que el fresco aire acariciara mi rostro. Tenía la necesidad de fumar, y no en especial un poco de marihuana, solo tabaco, porque en realidad estaba en calma, me sentía bien y solo por costumbre quería sentir un poco de humo entrar a mis pulmones.

Palpé el bolsillo de mi pantalón hasta sentir la cajetilla y el encendedor, tomé un cigarrillo para llevarlo a mi boca y encenderlo. Sentía la mirada de Hasley, a ella no le agradaba la idea, sin embargo, no pronunció palabra alguna.

Mis ojos seguían cerrados mientras el humor del tabaco se adueñaba de mis pulmones, pero me vi con la necesidad de medio abrir uno para ver a Weigel halando de los hilos que se escapaban del corte de mi pantalón, sus dedos rozaban delicadamente la piel descubierta de mi rodilla causando una sensación de picazón.

—¿Qué haces? —mofé abriendo por completo mis labios y verla neutro.

—¿Tú los rompes? —preguntó y sacó por completo el hilo que estuvo molestando.

—Solo este y otros dos —suspire incorporándome y ponerme a su lado, su hombro chocó con el mío.

—¿Por qué? —Ella volteó a verme, sus ojos tenían una pizca de curiosidad.

—Realmente no me he puesto a pensar en eso —confesé sacando el cigarro de mi boca, la chica miró el humo que este procreaba y después a mí.

—¿Puedo probar? —pidió cautelosa apuntando la pequeña arma entre mis dedos.

—¿Qué? —Mi voz salió incrédula. Anonadado.

Ella no pudo haber dicho eso, no, no se podía referir al tabaco. Había escuchado mal, ese era mi única excusa para no poder aceptar lo que pronunció.

—¿Puedo probar el cigarro? —formuló mejor su pregunta para que yo pudiera entender.

En ese momento me sentí tan ingenuo y con la defensa baja.

—¿Esto es en serio? —ironicé—. No pienses tirarlo cuando te lo dé porque tengo una cajetilla casi llena.

—No quiero hacer eso, solo quiero intentarlo. —Mordió su labio hacia adentro mirándome con curiosidad.

La miré durante unos segundos tratando de ver más allá de sus ojos, pero ellos gritaban inocencia y sinceridad, ¿se supone que tendría que darle con tanta facilidad algo que podía ser malo? No le haría daño, no cuando la persona no se volviera adicta a eso.

—Bien —accedí acercando el cigarro a sus dedos, pero antes de entregárselo por completo me detuve sujetando su mano—. Solo prométeme algo, Weigel.

—Claro —susurró débilmente sin despegar sus ojos de los míos.

—Por más calma que sientas al hacerlo, no recurras a él como un método de anestesia cada que te sientas mal —sonaba tan cínico, porque yo hacía eso siempre, pero había una gran diferencia entre ella y yo…—: Tú no necesitas de esta mierda.

Hasley Weigel tenía más esperanzas que yo.

—Lo prometo. —Su voz sonó firme, como si supiera lo que hiciera.

—De acuerdo —asentí soltando su mano y dejando que ella tuviera el poder del pequeño rollo—. ¿Ya lo has hecho? —negó y solté una pequeña risa—. Solo aspira un poco, como si dieras un suspiro y mantenlo en tus pulmones durante unos segundos, ya después solo dejas que salga.

Ella hizo lo que le indiqué, aunque estaba seguro de que no lo haría bien y terminaría botándolo.

—Mierda —maldijo entre tosidas, no pude evitar reír.

—Tranquila, es normal que ocurra la primera vez —sonreí—. Inténtalo de nuevo pero esta vez procura no hacerlo tan acelerado, te desesperas y no está bien.

—Va. —Arrugó la nariz y repitió la acción un poco más calmada. Esta ocasión volvió a toser, pero salió mejor que la anterior, intentó dos veces más hasta que la última salió bien—. ¿Es posible que me maree tan rápido? —Ella tocó su sien y cerró los ojos durante unos segundos intentando desvanecer aquella sensación.

—Sí, sí lo es, más cuando es la primera vez que lo haces, y no tan bien como se supone que se debe de hacer —respondí a su pregunta—. Trata de no quejarte mucho, Weigel.

Miré hacia el cielo, el cual se ponía más nublado y el aire se hacía cada vez más fresco, las temporadas de lluvia ya empezaban a llegar a la ciudad.

—Nada mal —ella murmuró y dejó caer su cabeza en mi hombro causando un pequeño toque de electricidad en mi cuerpo.

Volteé para poder verla, sus ojos se cerraban y su respiración era lenta, pero reconfortante. Uno de sus brazos se apoyaba en mi pierna. Estaba en calma. Podía sentir como cada célula de mi cuerpo se desvanecían creando una sensación agradable, una mucho mejor de la que alguna vez había sentido.

En ese instante supe lo que tenía que hacer. Las personas que quería siempre terminaban lejos de mí. Por alguna razón Weigel me hacía sentir bien, y para que no se alejara de mí, no debía quererla.

—Lo sé —confesé.

—¿Luke? —me llamó.

—Dime.

—¿Estamos bien?

Se pregunta me dejó aturdido, sin entender el significado de esta. No sabía la razón por la cual musitó eso, aunque le respondí, basando en el pequeño escenario donde nos encontrábamos juntos.

—Sí, estamos bien, Hasley.

Y me arrepentí de haberle dado el cigarrillo.

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