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Capítulo 24
Luke
Sentí el ardor en una parte de mi cuerpo, aunque lo ignoré debido a que en ese momento mi cabeza dolía tanto que arrancármela era lo que pedía. Mis memorias se volvían más pesadas en la madrugada y lidiar con el rollo blanco que me había quemado justamente el pantalón me dificultaba concentrarme. Maldije al aire unas cuantas ocasiones para después pasar por alto la pequeña quemadura —no tan grave— en mi pierna y llevar directo el cilindro a mis labios dejando que el humo albergara el fondo de mis pulmones al momento de aspirarlo.
El aire fresco de la ciudad chocaba con mi cara. Podía sentir como las yemas de mis dedos estaban heladas, llegando al grado de que mis articulaciones no fueran las mejores, la mediocre sudadera que llevaba fracasaba en el intento de mantenerme en calor. Sin embargo, descarté la idea de querer dejar de fumar, así que con mi adicción siendo más fuerte, volví a posar el rollo entre mis resecos labios.
—¡Diablos, Luke! —André farfulló en un pequeño grito a mi lado—. Ya has consumido demasiado.
Eché todo al fondo de mi cabeza y dirigí mi vista al moreno, el cual estaba apoyado en aquella vieja y rayada pared. Había estado acompañándome desde todo lo ocurrido con Weigel. Casi una semana. Sí. Casi una semana desde que me pidió que me alejara, y lo estaba cumpliendo. Eso quería, ¿no?
Raras ocasiones yo entraba a las clases con la profesora Kearney. La esquivaba en el pasillo, y sí pasaba a su lado solo susurraba «sé fuerte corazón» sin mirarla y alejarme de allí a toda marcha sin voltear a atrás. Me iba a las gradas a hacer lo habitual, fumar y palpar los bolsillos de mis tejanos, desesperado por no encontrar mi encendedor. Y sabía que, si a mí me dolía, a ella peor, porque la ley de estas situaciones era así; duele más el alma cuando lo pides que cuando lo aceptas.
¿Un encuentro que haya disfrutado? Echarle en cara por segunda vez a Zev que mi prima lo engañó. Que satisfacción fue ver su cara de enfado. Si no fuera por el chico pelinegro de piel pálida, Neisan, tendría un golpe, y esta vez no sería por parte de mi padre.
Volví mi mirada hacia el frente. A la nada, sin ningún punto en específico. Relamí mis labios unas cuantas veces con mi lengua y di un suspiro profundo haciendo un mohín.
—Este será el último —divagué con mis propias palabras.
—Sí, claro —ironizó un poco—. ¡Hombre! Llevas diciendo eso desde hace rato.
—Andró… —arrastré mi habla, pero di un jadeo cuando una corriente de aire halada acarició la parte trasera de mi cuello.
—No, Luke —él cortó un poco enfadado—. Tienes los ojos demasiados rojos y no es principalmente por el sueño, solo… detente, por favor.
El chico intentó buscar mi mirada hasta que la encontró, sus ojos estaban mirándome suavemente con una pizca de compresión. Mierda, Andró. Asentí pesadamente y dejé que el rollo se resbalara de mis dedos llegando al suelo, dando por terminado su efecto, lo aplasté.
—Ya —pronuncié.
—Ya —afirmó.
Después de eso todo se quedó en silencio, él no decía nada y yo tampoco, pero nos entendíamos de esa manera, con Andró siempre era de esa manera. Duró el lapso de tiempo que tenía que durar hasta que habló.
—Demonios, ¿cómo pasó? —disparó.
Supe a qué se refería con esa pregunta. Rasqué mi barbilla y miré a sus ojos marrones. ¿Iba a decirle? Claro que lo haría. Andró, la única persona que me entendía demasiado bien, sin embrago, rectificando todo, él nunca ha sentido algo tan serio hacia una chica. Podía confesárselo, ya que Jane, era lo suficiente perra para reírse de mí en mi propia cara de que el gran Howland estaba enamorado.
—No sé, sinceramente no tengo la menor explicación hacia ello —admití negando—. No sabes en qué momento te enamoras, creo que no existe un instante exacto, simplemente pasa, te enamoras de su rostro, su personalidad, sus ojos, su humor, sus características, sus defectos. Eso es lo último que haces cuando amas por completo a una persona, es la circunstancia en donde ya no importa nada, en donde lo más mínimo son cosas pormenores, y tratas de mejorar todo por ella, aunque Weigel tiene aquella chispa que me hace sentir tan bien, pero su testarudez e inmadurez me hacen querer huir, sin embargo, no puedo, hay algo que me ata su persona, a que siga. Amo su mirada, esa que me grita muchas cosas que quiere decir, pero no lo hace.
Mis palabras fluían tan fáciles, no me costaba nada al decirlas, ni pensar en cada detalle de ella para dejar sobresalir lo que más me gustaba, solo hablé. Dejé que mi corazón lo hiciera y la honestidad reinara ante cada una de mis palabras. Desvié mis ojos a la luna, la cual brillaba demasiado, pero estaba a punto de ser oculta por algunas nubes.
—Añoro todo de ella, desde lo patética que se ve al llegar con una mancha de pasta dental en su blusa al instituto, hasta lo despreciable que puede ser al alejarme de ella. Es distintiva con su estilo retórico y aburrido, lo curiosa e infantil que es, su intento de frialdad es tan imbécil y única a su manera, simplemente es ella. Y no, no puedo renunciar ya.
—Luke… —La voz rasposa del chico sonó, pero no lo dejé hablar.
Volteé de nuevo a su mirada oscura.
—Sé que estoy jodido porque no me enamoré de sus virtudes… me enamoré de sus defectos.
Nos miramos fijamente durante unos segundos, hasta que su rostro se suavizo y frunció los labios. Le regalé una media sonrisa de lado y bajé la mirada hasta el suelo. Momento seguido, sentí el brazo de mi mejor amigo pasar por mis hombros y darme unas cuantas palmadas.
—Hey… no dejes que esto sea tan efímero —musitó para quedarnos de nuevo en un gran silencio.
Querer a Hasley había sido lo más tedioso que hice en mi vida, y era más tedioso que a pesar de todo lo ocurrido; no me arrepentía de hacerlo.
Intentando de todo para no caer ante ella, pero fue muy tarde, yo ya había caído y me hundí.
Resulta tan extraña la manera en que alguien puede llegar a tu vida y cambiar las piezas de todo, puede ser que para bien o para mal. Llega el punto en que no interesan sus defectos, en que aquellos detalles se vuelven especiales y únicos, comienzas a querer cada parte de aquella persona, porque no te importa nada, porque desde ese punto, sabes que estás enamorado, y es ahí en donde el mínimo defecto se vuelven cosas pormenores.
Llega el momento en que quieres a una persona y empiezas a mejorar tu vida, no por ti, ni por terceros, sino por ella, porque no quieres encerrarla en tu mierda, en tu mundo de basura y papel oscuro.
Pero me estaba cansando, y estaba decidiendo en si dejar de cruzar la línea, en si seguir esperando o avanzar, pero torna difícil cuando ella es mi razón, mis motivos y mis esperanzas.
Dejar que alguien entre a tu vida como ella lo había hecho era desgarrador, pero lo fue aún más cuando sus sueños se volvieron los míos, cuando su futuro se juntó con el mío… cuando mi corazón la dejó que lo tomara y lo destrozara.
Lo peor es que a pesar de todo ella me seguiría teniendo de una manera indescriptible entre sus manos.
Aún en el rincón más minúsculo de mi cabeza yacía algo que la justificaba ante sus acciones, antes sus apuñaladas frescas y sin ninguna gota de remordimiento, entregarme a ella quizá era mi anomalía más grave, pero sabía que no. No me arrepentía de nada, absolutamente de nada. Querer a Hasley era, sin duda, uno de los más hermosos placeres de la vida.
Sí, se sentía desastroso tener que pensar en alguien, dejar de preocuparte solo por ti, porque al final de todo, ese siempre había sido yo, mi mundo giraba alrededor de mis problemas, mis pensamientos y el punto blanco del crucifijo mismo; yo, no fue hasta que ella apareció.
Pero aquí el culpable: Yo. Yo lo era.
Aun sabiendo que podría haber el más mínimo rechazo ante ella seguí allí. Porque siempre fue así, siempre había sido así, se trataba de ella y de nadie más. Posar mis ojos en la amiga del ex de mi prima era la peor maldita mierda más hermosa que hice. No tenía sentido aquello, pero se volvió a la vez una mierda y una ocasión hermosa, sin embargo, los arrepentimientos ahora ya no servían de nada.
Destrozada. Ella lo estaba, pero intentó recargarse en mí un instante, y sí, esa era una de las razones por las cuales acepté alejarme de su lado, aparte de respetar su decisión, intervino mi cordura, mi subconsciente me hizo acordar de lo que era yo. De lo quebradizo que me encontraba, entonces hice lo más sensato del mundo; alejarme. No se tenía que recargar en mí, nunca debió buscar mi apoyo en ese pequeño momento, y no, no era egoísmo. Fue protección.
Cariño, no debiste apoyarte en mí, estaba a punto de caer, no quería que cayeras conmigo.
Negativo. Eso éramos ambos. Y sí, las leyes de la física dicen que los polos opuesto se atraen, pero, joder, juntos crearíamos la explosión más grande y hermosa que el humano alguna vez haya visto. Y sí, la creamos.
Su inseguridad, su desconfianza, el crédito que se tenía a ella misma hacía de esto lo más difícil del mundo. Por más que yo quisiese que disipara aquellos pensamientos que su cabeza procreaba no lo lograba, y maldición, se está perdiendo, y yo; yo ya lo estaba.
Azul. Como el cielo. Sus ojos eran aquel cielo azul que podías admirar en las mañanas. Tan tranquilo, cálido y acogedor, en donde podían divertirse, expresarte con ganas, llenarte de esperanzas y sueños para salir y cumplirlos. Eso hizo ella conmigo.
No había poder humano que lo cambiara. Ni siquiera Hasley con su indiferencia tan actuada, tan déspota y difícil de creer, que conllevaba a saber que aún su maldita mente de niña seguía allí, su inmadurez me sofocaba y odiaba eso, porque sabía que la chica era más que eso, más que inseguridad y falta de sentido común.
Y no era el límite de mi temperamento, ni mi perseverancia, tampoco mi orgullo, ni mucho menos me rendía, pero tenía que aceptarlo; jamás habría un nosotros, entre ella y yo.
Estar insistiendo en algo que simplemente no tiene resultado cansaba, cansaba tanto y dolía, que si el ser humano no ha conocido aún le infierno, esto podría ser el claro ejemplo de ello.
Weigel era de aquellas personas que querían salvarte, pero eran tan mala en eso, que terminaba haciendo de la acción un tormento. Disparaba hacia los que hacían daño, pero su puntería era de la misma mierda que terminaba incrustándote la bala en el corazón.
Raciocinios eran los que me sobraban para irme, pero juicios eran los que me faltaban para quedarme, porque a pesar de que la quisiera, me daba cuenta de que ella al hacer algo por mí resultaba peor, vaya que resultaba de esa manera, pero no importaba, no importaba siempre que se trataba de ella. Su intención era lo suficiente para mí.
Tómame y destrúyeme, corazón resiste, solo una vez más será.
Metafóricamente Weigel se volvió mi adicción. Y demonios. Tantas adicciones habiendo en este jodido mundo, sustituí la droga por una persona. Por ella. Por alguien que tarde o temprano se iría, se alejaría, desaparecería de mi vida con murmullos.
Creí encontrar la felicidad, y así fue. La encontré, porque a su lado mis sonrisas se pintaban de sinceridad, de honestidad y aclamaban el amor puro que nunca quise sentir, aunque tener los pies sobre la tierra era algo que no me olvidaba de tener en cuenta. Siempre estuvo presente, y así sería.
Líneas paralelas. Eso somos Weigel y yo. Tan juntos en una misma dirección y tan separadas que nunca se encuentran, sin embargo, a un punto de vista diferente se pueden visualizar juntas. En un infinito, pero juntas, y sí, aun así, el mismo infinito pueda ser un corto tiempo en segundos, está bien.
Honestamente lo estaba.